El día que el “protocolo” destronó la Ley

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“Los protocolos fueron aplicados”. Así de tajante, justifico Pere Ferrer Sastre, el director de los Mossos d’Esquadra el uso de la pistola eléctrica. 50.000 voltios disparados sobre una paciente de psiquiatría a menos de un metro y por la espalda. A pesar de estar delante del hospital, ningún médico se hizo presente para ofrecer asistencia. Lejos de toda autocritica, el cuerpo médico al contrario denunció penalmente la joven. Se hubiese esperado que los profesionales de la salud condenen el uso del taser sobre uno de sus pacientes. Pero ese tipo de conducta hace parte de lo que la distopia sanitaria se llevó.

La víctima había acudido a un centro médico en Sabadell (Barcelona) para una consulta psiquiátrica. Al ver que su madre no podía entrar-, allí también por una oscura cuestión de “protocolo”-, entró en pánico. Las imágenes son de una violencia insostenible. Bajo ningún concepto hubiese sido tolerado, una acción tan desproporcionada, cuanto menos sobre un enfermo, de ocurrir en circunstancias no covidisadas.

Esos médicos heroizados, desde el principio de la dictadura sanitaria, han impuesto en el inconsciente colectivo, en un tiempo récord, la idea, que ante la emergencia sanitaria (creada en gran parte por su mala praxis, por lo menos tanto como por el virus) la Ley constituía un estorbo y mejor sería desplazar el ordenamiento jurídico, instaurando al tope de la jerarquía de obligaciones los protocolos sanitarios. Todos y por doquier, proclamados a dedo, sin ninguna entidad empírico-analítica e infundidos en base a una alta dosis de paternalismo.

El «protocolo” permite que cualquier persona, con o sin uniforme, dotado de un pequeño poder circunstancial se sienta investido de autoridad

Así es como de pronto los protocolos han invadido todos los espacios. La semana pasada la que escribe fue testigo de una de esas tantas situaciones aberrantes que se viven en cada momento, en un vuelo de la compañía Ryanair, entre Paris y Sevilla. Una familia: papa, mama, y bebe de unos dos años, con chupetín en la boca, ocupando un rango de tres sillas, fueron separados, de un modo muy poco ameno por una azafata. El motivo “protocolo”. “Distanciaron socialmente” él bebe de su mama. Durante todo el vuelo, siempre como parte del protocolo, los pocos pasajeros debían “pedir permiso” a la azafata para ir al baño. El «protocolo” permite que cualquier persona, con o sin uniforme, dotado de un pequeño poder circunstancial se sienta investido de autoridad. Las vejaciones se están instalando como parte de la nueva normalidad. Nuevas formas de maltrato se van extendiendo a todos los sectores.

En el marco del mismo viaje, llegados a Sevilla, con todos los documentos conformando parte del protocolo sanitario: test PCR de menos de 72 horas realizado en Paris en un laboratorio homologado, además del Formulario Sanitario completado, los pasajeros debieron superar varios retenes de personal disfrazado como para un escenario de guerra biológica. Para poder pasar se les exigía a algunos, de someterse a otra prueba, en aplicación de un “protocolo”, cuyas métricas son conocidas de ellos solos. De lo contrario, la amenaza explicita era la deportación. O como entender de otra manera él: “Se va para atrás”. Las normas europeas, la Constitución, la ley, nada de todo eso vale ante la fuerza del “protocolo”.

Al oponerme rotundamente a otra prueba, me encontré rodeada de por lo menos 6 funcionarios, cuyos salarios estando asegurados a fin de mes no encontraron mejor modo de justificarlo, que la de hostigar ciudadanos inocentes, o sea «la gente». Hicieron de mi persona su prioridad securitaria durante un lapso de casi una hora. Tener un PCR hecho, en conformidad con las normas publicadas por el Ministerio de Sanidad (en si ya una intrusión a la privacidad y la integridad física) no parecía suficiente. La nueva normalidad no se conforma con infantilizar. Debe criminalizar la “gente”. El no someterse al protocolo arbitrario decidido por el cacicazgo localista del color político que sea, puede sumir el ciudadano en un escenario de tipo breaking bad, en donde se ve en la piel de un narcotraficante de alto vuelo o terrorista. Se insinúa en todos y cada uno la percepción, propia a los regímenes dictatoriales, que la situación la más arbitraria, la más impensable, sin ser automática, figura en el campo de los posibles.

En Francia el productor de rap, Michel Zecler, lo vivió de modo tan brutal, que bien pudo haberle costado la vida. La intensidad de la violencia policial, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, no se debió a la presunción de comisión de un ilícito grave, sino al hecho que “no llevaba mascarilla”. No aplicó el protocolo. Eso justificó que fuerzas de seguridad violen una propiedad privada, lo muelan a golpes a pesar de saber que estaban siendo filmadas.

Y lo peor no son las imágenes. Es todo aquello que no queda registrado, y que resulta imposible reportar en el contexto actual si no es por la acción de las redes sociales. Eso es lo que la Ley 24 intentó controlar. La Ley de Macron, ahora suspendida, no es tanto una Ley que va contra la libertad de Prensa. Lo es técnicamente, pero la prensa ha sido tan colaboracionista desde el inicio de la distopia, que el problema no reside en esa otra violación constitucional. El problema es la información incontrolable y que no basta con descalificar indiscriminadamente como fake news. La que circula por las redes sociales, cuando estas no la censuran.

Es tiempo de retomar su destino en mano. Sera difícil volver a la situación anterior. La manera de lograrlo es de negar toda entidad a aquello que venga presentado como “protocolo” y desobedecer a todos aquellos que se aparten del Estado de Derecho

Mientras los protocolos se van substituyendo a las leyes, el contexto actual ha favorecido la proclamación de nuevas leyes estrambóticas, con las cuales habremos de componer. En Francia es la Ley 24, en España es la Ley de protección de la infancia consistiendo en desposeer los padres de parte de la potestad. Es todo un mundo abyecto que ha surgido bajo nuestras narices. Sin hablar del aumento de las herramientas biométricas en apoyo a los “protocolos” para “cuidar la gente”, o como dicen “por el bien de todos”.

En Argentina, el velorio de Maradona ha expuesto la dimensión arbitraria, fantasiosa, política de todos los protocolos que desde el mes de marzo hacen de la vida de los ciudadanos un infierno. Mientras millones se agolpaban para un velorio muy clientelar, el protocolo dictado por el gobierno de Alberto Fernández sigue impidiendo familiares de acompañar sus seres queridos, los niños de ir a la escuela. Formoseños tienen vetados el volver a sus casas. Padres tienen que transportar en brazos a sus hijos enfermos en situaciones de desamparo desgarrador.

Es tiempo de retomar su destino en mano. Sera difícil volver a la situación anterior. La manera de lograrlo es de negar toda entidad a aquello que venga presentado como “protocolo” y desobedecer a todos aquellos que se aparten del Estado de Derecho.



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