Cuando la injuria es de buenos modales

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El clima durante el escrutinio electoral en Estados Unidos actúa de revelador sobre el grado de penetración del fascismo edulcorado en nuestras democracias. Todas aquellas violencias institucionales e individuales con las cuales nos venimos desayunando desde el principio de la crisis sanitaria, parten de un determinado acervo: el sometimiento a un conformismo populista sumamente extendido, del cual no se libra nadie sin profundos estigmas. Los atropellos a las libertades ya no son monopolio de tiranos chaplinescos o caudillos de tipo Yo el Supremo. Se suman, a la sazón, líderes impostados como “moderados”, perfectamente presentables en sociedad.

En la medida que ser o parecer, en el siglo de la realidad aumentada no constituyen categorías distintas, lo que sí importa es que el Príncipe declare auto percibirse como moderado, blinde su legitimidad haciendo suya la doxa del políticamente correcto, (racialismo, ideología de género, encierro poblacional masivo, invención de por lo menos un nuevo “derecho”), propague la idea de la necesaria unidad (la unidad siendo la condición necesaria de la obediencia), que todo disidente sea demonizado como extremista y toda persona que fomente dudas, sea ridiculizada con rango de iluminado conspiracionista. Cumplidos esos requisitos, se confiere un cheque en blanco para la implementación de toda una serie de prácticas propias de la tiranía clásica. Sin que se note.

Yo soy un moderado”. contesta orgullosamente José Manuel García Margallo, ex ministro de Exteriores de Mariano Rajoy, a Roberto Centeno en el marco de un álgido intercambio, el 4 de noviembre, por Antena 3. Margallo planta la bandera de quien está del lado correcto de la historia. Lo que sigue es condescendencia pura. Centeno reprocha al ahora eurodiputado del PPE un tuit a favor de Biden, alegando, que la temática de campaña del demócrata no difiere de los tópicos de Podemos. Lo interesante es la segunda parte del enunciado de Margallo. “Yo tengo un inconveniente, soy un moderado, no utilizo palabras como infame”. Entiéndase los moderados no injuriamos, no como los extremistas, o sea simpatizantes de Trump.

El que vota Trump es calificado de “Uncle Sam”, si es afroamericano, “traidor a la raza” si es hispano, siendo eso de lo menos violento, “white trash” si es blanco. 

Injurias inmoderadas

Hace bien Margallo de poner sobre la mesa la cuestión de los improperios. Un estudio comparativo de injurias, difamación y anatemas por parte de los dos campos sería muy oportuno para comparar el nivel de amedrentamiento ejercido por los unos y los otros. En Estados Unidos, el que vota Trump es calificado de “Uncle Sam”, si es afroamericano, “traidor a la raza” si es hispano, siendo eso de lo menos violento, “white trash” si es blanco. Obviamente sumadas a esas bondades, conviene agregar los infaltables: “ignorante” y “fascista”. Una mujer blanca de más de 50 años, votante de Trump, es estereotipada como el paroxismo de la lacra societal por las consultoras trabajando para el campo demócrata.  Nomenclatura del odio que no esperó la hiper demonización de la era Trump.  Demonizar y ridiculizar el electorado opositor, es la marca de fábrica de la nueva izquierda occidental desde por lo menos tres décadas. “Basket of deplorables”, nombraba Hillary Clinton en 2016, los votantes Trump, siendo ella misma esposa de, ama de casa, sin carrera profesional propia, de más de 50 años, y cornuda a la vieja usanza merced a un marido acosador sexual serial. Pero claro dispone de la vacuna: es “moderada”.

Kamala Harris, calificó el resultado de las elecciones como victoria de la “decencia”. Una palabra muy rara en el glosario político occidental. Se podría concebir en un contexto wahabita, pero en Estados Unidos… ¿Es de pensar que Trump, sus votantes o su programa serian indecentes? Lady Gaga, por oposición es una gran dama, culta, inteligente. Distinguida sobre todo. Cualidad autocumplida: vota Biden. Es más, hizo campaña para él. ¡Santa subita! No es de extrañar ante tanta “virtud” expuesta que el votante de Trump se asuma algo tontón. La realidad, es que no hay límites a las palabras cargadas de odio ideológico, al escarnio más desinhibido, cuando es proferido por un “moderado”.

No más discurso violento” proclamó Biden en su discurso de aceptación de los resultados este domingo. ¿Se refiere a los suyos?  Esta cuestión de terrorismo ideológico es crucial. Afecta de igual manera votantes conservadores y liberales en todas las democracias. Se puede aplicar a los votantes de Vox, en España, cuyo partido de referencia no ha hecho nada que no sea reclamar la aplicación de la Carta Magna. Solo eso, pero todo eso. Un reclamo extremista, aparentemente, a juzgar por su soledad cuando se trata de presentar una moción de censura, de votar contra un Estado de alarma abusivo o de recurrir a la Corte Suprema.

Desde un punto de vista de ciencia política pura, no hay nada, absolutamente nada en la placa programática de Trump o lo que fue su administración durante cuatro años que haga de él un extremista. Pero eso queda entre paréntesis. En la era de la post verdad, los hechos son superfetatorios. A pesar de haber sido el presidente más odiado por la prensa mainstream, a tal punto que le armaran el fake news antológico de la “campaña intervenida por Putin” y, siendo presidente de la mayor potencia del mundo, haber sido objetivamente expuesto a un nivel de censura, sin precedentes en la historia; Trump, nunca siquiera pensó en imponer una censura previa. Esas actitudes extremistas son cosas de moderados.

Voto escondido

El nivel de escarnio termina por convencer el simpatizante conservador que, efectivamente, su defensa de la justicia, junto a la prudencia y la verdadera moderación, ideario ético-político occidental si lo hay, desde Platón, son conceptos infamantes, que lo convierten en un paria y, elegir por tanto profesar en secreto sus valores, convertido a partir de ese momento en un animal herido, optando por expresarse a través de identidades anónimas en las redes sociales. Eso hace a la opacidad del espectro político. De allí el voto “sorpresa” hacia Donald Trump. Y no es para menos. Profesar una simpatía por Trump o siquiera empatía hacia sus votantes, te puede hacer perder un trabajo, un cliente, invisibilizar.  Muy concretamente y muy rápido. Y como en el campo de valores conservador, no se heroíza la víctima, los discriminados no portan como estandarte las arbitrariedades de las cuales son víctimas, para abrirse “derechos”. Podrían imponer la misma poción al otro lado. Pero resulta que los extremistas son más moderados y tolerantes.

El siglo XX nos dejó como enseñanza que el planteo ético reside en saber cuándo temer, no la desobediencia sino la obediencia.

Ese odio desmultiplicado por la resonancia que le dan los editores de redes sociales partidarias tales como Twitter, vicia el proceso electoral más allá de los enfrentamientos normales propios a una campaña. Sus efectos son sistémicos, pudiendo influir de manera realmente insidiosa en el proceso electoral. No solo por la inhibición o autocensura que induce en el votante, sino por la exigencia de cumplimiento, tácita o explícitamente, de todos los agentes que participen del proceso.

La casi totalidad de los partidos del mundo, los cuales alguna vez se reconocieron como socio demócratas, ha optado por una actitud pusilánime, consistiendo en no confrontar el fascismo edulcorado, sino superar la apuesta. “No haré nada que no hizo Cristina”, llegó a decir Mauricio Macri tras asumir como presidente en Argentina. Y así le fue. La grieta se convirtió en ese país en mala palabra. Lo que sea, por no parecer extremista.

El consenso sin grieta es lo que espanta. La ausencia de disidencia, de matiz, la búsqueda de unidad monocromática. Ante tanto escarnio, solo queda el estoicismo y recordar que el siglo XX nos dejó como enseñanza que el planteo ético reside en saber cuándo temer, no la desobediencia sino la obediencia.

 



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