Münchhausen, envejecimiento poblacional, impronta china, factores de la colapsocracia

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Meses después de la declaración de pandemia, por la variante surgida en China del coronavirus endémico, propio al resfrío del invierno boreal, el Sars cov-2 o Covid 2019, aún varias naciones se encuentran atrapadas entre las garzas de tres factores, extranjeros los unos a los otros, conformando la tormenta perfecta. Por una parte, el síndrome de Münchhausen en versión macro, o como ganar respetabilidad y empatía asfixiando pueblos sanos que políticos, ineptos para la gestión de los asuntos corrientes, pretenden cuidar, matándolos a fuego más o menos lento, al generar un cuasi estado de sitio, digno de los juegos del hambre. Por otra, el populismo bolivariano bajo influencia china, mucho más depredador de lo que el proyecto oficial de colonización del mundo, el famoso Belt and Road, dejaba entender hasta hace poco y, last but not least, totalmente silenciado, el síndrome neroniano típico de los pueblos dotados de una pirámide etaria inversada, el cual se podría resumir en un “después de mí, las moscas”.

El envejecimiento poblacional y sus efectos en materia de psicología colectiva son determinantes a la hora de abordar una crisis sanitaria. Primero, porque envejecimiento poblacional equivale de facto a riesgo permanente de colapso del sistema sanitario, sea por las enfermedades prevalentes, por la gripe estacional, o por un germen emergente, de la índole que sea. A menos de disponer de una infraestructura hospitalaria adaptada a esa categoría demográfica y de pensar la edad en un marco cultural totalmente distinto al que se impone en los países más afectados por el fenómeno de no renovación generacional. A medida que la proporción de personas mayores irá en aumento, la enfermedad y la muerte volverán a ocupar el puesto que ocuparon antes del siglo XX. Un lugar predominante, pero en una sociedad técnicamente avanzada. El efecto combinado del empoderamiento de la inteligencia artificial y de una mortandad biológica muy presente, explica la hiperbolización del Covid-19 y sus consecuencias: una sociedad de gente viviendo en el terror de la Parca e intentando imponer sus miedos a todos los sectores, con tal de fumigar simbólicamente todo rastro pudiendo representar una amenaza para su supervivencia. Para alcanzar su propósito, dispone de su peso electoral y de los medios de comunicación masivos.

El pedido de más y más encierro, por parte de la generación del baby boom y del deconstructivismo, deriva en un sentir que se traduce en estos términos: “lo tengo todo detrás de mí. Si me muero que se mueran todos conmigo, que quiebren las empresas, que los niños no vayan a la escuela, que carguen con la culpa de ser representados como terroristas biológicos como si nunca antes los seres humanos hubiesen positivamente vehiculado gérmenes, que la gente deje de abrazarse, que los hospitales ni curen ni hagan prevención de ninguna enfermedad, que las calles se vacíen, que ver amigos en un bar se convierta en una cuasi actividad subversiva etc.

Nueva normalidad, tiranía en neolenguaje

La “nueva normalidad” es uno de esos tecnicismos producto de la ingeniería semántica del políticamente correcto para designar lo que antes era tiranía. El políticamente correcto ha pasado de incurrir en las peores cursilerías para esquivar nombrar determinadas realidades cargadas de culpa a conformar el glosario orwelliano de un siglo espantosamente antropocidio en lo que lleva de tiempo. Imponer normas anticonstitucionales, ultrajar todas las libertades, tanto como la dignidad humana y hacer de cada una de esas tropelías un precedente para justificar el que sigue, de tal modo que la violencia institucional se convierta en derecho consuetudinario ya es huella.  Como no podía ser de otra forma, “la nueva normalidad” dispone de sus intelectuales. Todas las dictaduras gozaron de propagandistas voluntarios o forzados, cuando no simplemente idiotas útiles. En una entrevista al periódico ABC, el ensayista Alejandro Gandara, aboga por la erradicación de lo normal: “Tenemos políticos que apelan a una nostalgia constante y a volver a una normalidad que debemos dejar atrás cuanto antes.” Miedo, o curo editorial, Gandara no duda en comparar el Covid con la peste que decimó Atenas, durante la segunda guerra del Peloponeso. La analogía representa una tal falsificación histórica que podría hasta resultar cómica, si no se tratase del tipo de entelequia que permite fogonear un estado de pánico, paradigmático, de un nivel del cual la historia no registra constancia, ante ninguna plaga: peste bubónica, lepra, fiebre amarilla, Ébola, y otras.

El delito de “presunción de coronavirus” es hoy equiparable al crimen de genocidiario. Lo mismo o casi peor, el delito de “contacto estrecho de persona”, conformado constelaciones asimilables a una asociación ilícita

Un nivel de pánico tal, que autoriza a desandar las conductas humanas más básicas. Madres indignas son celebradas como responsables por impedir a sus hijos ir a la escuela. Comportamientos de amistad, de solidaridad han sido acuñados de delictivos. El estar enfermo se ha transformado, pasando de ser lo que es, una condición de vulnerabilidad apelando al deber de protección y asistencia, no solo por personal médico por cierto, sino por familiares y amigos, a ser contemplado con rango de delito. De hecho, el delito de “presunción de coronavirus” es hoy equiparable al crimen de genocidiario. Lo mismo o casi peor, el delito de “contacto estrecho de persona”, conformado constelaciones asimilables a una asociación ilícita y justificando las peores intrusiones en la vida privada. Conductas por parte de las autoridades que no serían toleradas ni siquiera en el marco de una redada antiterrorista. La ley aberrante ha reemplazado valores, los cuales, precisamente, para un historiador deberían ser de interés por tratarse de todas aquellas normas ajustadas al Derecho natural, opuesto en todo y por todo a las conductas atroces padecidas a partir de marzo de este año. Lo peor es que la “nueva normalidad” ha sido parte del problema durante el “primer brote” conduciendo a muertes evitables al impedir a la gente asistir a los centros de cuidados, y recibir la pastilla contra la presión alta, el antiinflamatorio o antibiótico para curar la sobreinfección, como en cualquier otro escenario de epidemia vírica. Sin hablar de todos los muertos generados por los lockdown en el mundo.

Ese miedo ha abierto las puertas del infierno. Las nuevas restricciones a las libertades en Madrid, por ejemplo, parecen poder retroalimentarse del precedente del encierro producido en 2020, sin necesidad de proclamar el Estado de alarma. El precedente representa una amenaza concreta, vivida, reiterable que ya solo podría ser enmendada por una reforma de la Constitución que prevea un mecanismo de Nunca Más a un tal estado de avasallamiento del ciudadano.

Pusilanimidad de la oposición

Es acongojante, asistir al espectáculo de una España argentinizada, bolivariana, es decir bajo influencia directa o indirecta de Pekín, en donde se replican las mismas políticas tan aberrantes como autoritarias, de las cuales padecen los argentinos, cuya inmensa mayoría tiene por único horizonte, el exilio. La España de Pedro Sánchez es la nueva Argentina. Y el parecido, no solo se mide a la puja política entre el Estado nacional y la capital, Madrid o Buenos Aires, en una tentativa sin disimulo de asfixia. Se mide también a la pusilanimidad de su oposición que busca en causas anecdóticas la oportunidad de hacer oír su voz, obviando lo verdaderamente importante que es denunciar el estado de colapso prevalente, protestando, pero terminando por acatar las órdenes de encierro.

La clase política le ha perdido la vergüenza al miedo. Se inclina ante el miedo. No percibe que transmitir miedo, un miedo irracional además, es como desgraciarse en público.

Es un enigma, que probablemente ya no obedece a criterios políticos, sino generacionales. Anestesiados por su confort económico y lo que muchos identifican como un reflejo de casta, cortado de las realidades civiles, la clase política le ha perdido la vergüenza al miedo. No percibe que transmitir miedo, un miedo irracional además, es como desgraciarse en público. La gestión de riesgo no se condice con el miedo, y liderar es arbitrar riesgos. Lamentablemente las oposiciones en los países gobernados por clicas tendiendo a régimen populista, deja mucho de desear, en su imitación de Chamberlain, con el mismo final esperable. Aun cuando no fuese de la amplitud de lo vivido durante el primer semestre, un nuevo confinamiento es una perspectiva suicida para economías en las cuales todos los indicadores sociales y económicos están al rojo pitillo.

Si la clase política no se departe del consenso de miedo es porque se siente muy a gusto en el rol de madre abusadora, asfixiando su prole, dramatizando su heroísmo, generando una mortandad, la cual en una situación de gestión serena del hecho sanitario seria drásticamente inferior. La demagogia del miedo es el síndrome de Münchhausen trasladado a la política. Su redito ha sido inmenso en su primer round. Podría no serlo en el secundo.

El Covid no es el problema. El problema es la generación política más cobarde e incompetente de la cual se tenga memoria. No cabe ninguna duda que para ese nivel de políticos lo más cómodo consiste en agitar el hipotético desarrollo de una improbable vacuna, como limite a la tiranía, para contrarrestar un virus cuyos síntomas si los hay (de lo contrario no es enfermad) se curan con fármacos presentes en el mercado desde décadas.



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