Ideología de género, quimeras reproductivas, ordenamiento del transhumanismo

@Teresita Dussart, todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

Si el siglo XX es el siglo de las utopías políticas, el siglo XXI es el siglo de las distopias societales. La ceba transformista des los proyectos prometeos, de ingeniería de un hombre nuevo, librado de sus vicisitudes, uniformizado, robotizado no murió en 1945, ni tampoco en 1989. El siglo XXI retoma el testigo, allí donde las grandes y peligrosas utopías lo habían dejado, redoblando la apuesta. Esta vez, el esfuerzo de deshumanización ya no tiene por horizonte una ruptura radical con un orden político, económico, religioso, sino lograr la “autodeterminación” del sujeto de su condición biológica. En una palabra es una distopia transhumanista. Lejos quedaron los cuestionamientos de John Locke sobre la maleabilidad de la naturaleza, la parte del condicionamiento cultural y aquella de heredabilidad. El transhumanista niega, cuanto menos recala la biología al rango de un determinismo superable y quebrantable como cualquier otro. El género es imaginario.

El 30 de julio, Úrsula von der Leyen, la presidenta de la Unión Europea redactó un tweet, arrobando la comunidad LGTBi:” Our treaties ensure that every person in Europe is free to be who they are”. Donde debería contraponerse los términos, la formula asocia libertad con un determinismo radical. Según la máxima autoridad política de la Comunidad europea, un sujeto no solo puede potencialmente convertirse en aquello que desee ser, sino que, formidable tautología, es lo que desea ser.

Cuanto más gris el funcionario, más alejado del folclore almodovareño, mayor celo pondrá en garantizar que todos participen del “como si” de la cultura Queer. La inflación de leyes aberrantes sobre el tema es llamativa. La voluntad implacable es de hacer entrar a toda costa, en el Derecho Positivo, la expresión de una sexualidad personalísima, brecha tras brecha: el matrimonio igualitario; la identidad auto percibida; la relativización de la matriz antropológica padre-madre ; los sistemas de reproducción tercerizados que pasan por la comercialización de material humano;  la inclusión en el sistema penitenciario femenino de hombres auto percibidos mujeres, aun no habiendo sido operados; la introducción de hombres alegando auto percibirse mujer en las cuotas de discriminación positiva a favor de mujeres; el eugenismo con ocasión de las quimeras reproductivas; la mismísima confusión entre procreación y reproducción; la identidad filiatoria prohibida como clausula contractual para niños fecundados como objeto de laboratorio; el traslado de la potestad paternal al Estado; la erradicación de la palabra mujer o madre para no ofender hombres auto percibidos mujer; la promoción de la prostitución normalizada, promovida por trans auto percibidos mujer, es decir desde la libido masculina. El adoctrinamiento de cerebros en clave orwelliana es fabuloso. Los triángulos entrarán en los cuadrados y los rectángulos en los círculos, sí o sí.

La forclusión de la naturaleza no es opinable. Los anatemas para cercenar el debate generan las condiciones de lo que en el mundo ya se denomina “cultura de cancelación” (cancel culture en inglés). Perder un trabajo por no opinar correctamente es cada vez más común

 

Cancel culture

La forclusión de la naturaleza no es opinable. Los anatemas para cercenar el debate generan las condiciones de lo que en el mundo ya se denomina “cultura de cancelación” (cancel culture en inglés). Perder un trabajo por no opinar correctamente es cada vez más común. Una persona en desacuerdo, o a quien simplemente no le guste una de las expresiones de la contemporaneidad transhumanista, es una persona fóbica. No gustar de algo, en general, se ha convertido paulatinamente en un crimen. La autora de la saga de Harry Potter, J.K Rowling ha hecho la experiencia de ello, al ironizar sobre los esfuerzos desplegados por una funcionaria de una ONG, consistiendo en no pronunciar la palabra mujer y remplazarla por “personas que menstrúan” mientras inculcaba educación sexual a niños de comunidades pobres. En un tweet del 6 de junio, Rowling escribe “People who menstruate. I’m sure there used to be a word for those people. Someone help me out. Wumben? Wimpund? Woomud? La respuesta fue la cancelación de presentación, contratos y toda la letanía de ostracismo habitual en esos casos.

El lobby Queer considera que la palabra mujer es ofensiva, por no decir discriminatoria, o mejor dicho no inclusiva. Recomienda usar expresiones como “personas con vulva o útero o personas que menstrúan”. Así lo recomienda Clue, una aplicación que se propone ayudar a explicar el cuerpo, haciendo de la biología una ciencia relativa ajustada a las necesidades del credo Queer. Ese tipo de entes difunde una nomenclatura del género: cis, trans, binarios, no binarios, fluidos, que solo ellos entienden. No obstante, un queer estimará que no demostrar la debida compenetración sobre cada una de esas mutaciones endocrino-societales, es hacer prueba de “ignorancia”. Una persona educada debería poder expresarse con erudición sobre las peculiaridades genitales de un unicornio.

Según la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, emanación del PSOE, formada por una amplia red de organizaciones feministas: “la teoría Queer está generando una utilización interesada de los términos de identidad sexual e identidad de género”, poniendo en riesgo el propio concepto jurídico y sujeto político de mujer.” Sin querer minorar el inmenso valor de la iniciativa, aquella utilización efectivamente interesada de la ideológica de genero proviene de los propios socios del PSOE en su pacto faustiano con el Partido Podemos y tantas otras formaciones del odio. En su momento la asociación “Hazte Oír, fue la primera en intentar sensibilizar sobre el tema a través de un autobús recorriendo España. Pero al estar conformado por gente más bien de derecha y católica, siendo su líder un hombre, su acción por pertinente que fuese se veía condenada al oprobio y proscripción.

La Alianza contra el Borrado de las Mujeres surge en reacción a la “Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia”, aprobada el 10 de junio. Su autora, Irene Montero es ministra de Igualdad. A pesar del intitulado de su cartera, se trata de una mujer que llegó al poder, a la vieja usanza, por ser la mujer de, en este caso de Pablo Iglesias.  La Ley no aportaría nada nuevo al dispositivo de protección a la infancia preexistente, el cual era perfecto, si no fuese por dos enfoques francamente disruptivos. Uno, el más mediático consiste en el concepto de “autodeterminación de género”.  Se sabe que a la extrema izquierda le gusta coquetear con procesos de descolonización imaginarios y donde pueda colocar el concepto lo hará, aun cuando se trate de cuestiones estrambóticas. «Los niños, niñas y adolescentes tendrán derecho a que su orientación sexual e identidad de género, sentida o expresada, sea respetada en todos los entornos de vida”.

 

Se trata de desautorizar padre y madre, coherente en ello con el análisis lacaniano de la forclusión del nombre del padre en el fenómeno de disforia de género. El Estado asumiría ante la falla del ejercicio “positivo” de responsabilidad parental

Un aspecto más insidioso, menos mediático, no menos desantropizante, es el rol que el Estado se dispone a ejercer dentro del espacio familiar.  Oponerse o no alentar una disforia de género, será asimilado a “violencia contra el menor” (nunca calificados de hijos, hijas). La Ley aunque no lo formule como tal, estriba en una forma de privación preventiva de la patria potestad.  “Para ello, la ley refuerza los recursos de asistencia, asesoramiento y atención a las familias para evitar los factores de riesgo y aumentar los factores de prevención”. La palabra “prevención”, en ese contexto, en boca de autoritarios, reviste connotaciones que remiten a los tiempos pre-democráticos. En el Artículo 25, “Prevención en el ámbito familiar”, el germen del Estado totalitario no deja lugar a dudas. “Las Administraciones Públicas, en el ámbito de sus respectivas competencias, deberán proporcionar a las familias en sus múltiples formas, y a aquellas personas que convivan habitualmente con niños, niñas y adolescentes, el apoyo necesario para prevenir desde la primera infancia factores de riesgo y fortalecer los factores de protección”. Entre los factores de riesgo, se destaca “La no aceptación de la orientación sexual, identidad de género o las características sexuales de la persona menor de edad.”

Parentalidad condicionada

El texto de Ley define la buena parentalidad, o sea la parentalidad autorizada, como aquella que cumple con “ejercicio positivo de la responsabilidad parental”. Dispone “de medidas destinadas a favorecer y adquirir tales habilidades”. La idea subyacente es tan distópica como la misma negación del sexo biológico. Se trata de desautorizar padre y madre, coherente en ello con el análisis lacaniano de la forclusión del nombre del padre en el fenómeno de disforia de género. El Estado asumiría ante la falla del ejercicio “positivo” de responsabilidad parental, la educación o quizás, el adoctrinamiento.

Esa parentalidad “positiva” es la misma que propina tratamientos hormonales irreversibles a niños cuyos procesos psicológicos y físicos están en plena fase de desarrollo. Tratamientos cuyos efectos colaterales rebasan de lejos la cuestión sexual o reproductiva.  Esa forma terrible de maltrato infantil hace pensar a una forma de síndrome de Münchhausen por poder. Personas al cuidado de un menor, induciendo enfermedades ficticias, obedeciendo a “una necesidad patológica de atención, compasión, complicidad, lástima y/o admiración por parte del personal médico y la comunidad en general”. En una lectura contemporánea: padres heroicos respaldando sus hijos en su percepción disfórica, pasajera o definitiva. Angelina Jolie es el arquetipo de la persona padeciendo de ese tipo de síndrome.

Con el tiempo, desbaratar la autoridad parental será cuanto más fácil que los hijos dejarán de ser frutos de la procreación natural, para ser productos de la tecnociencia reproductiva, cada vez más sofistica y aleja de la alteridad padre-madre. Esos sistemas de reproducción son ideales para una sociedad totalitaria por venir al estilo del “Mejor de los Mundos”. Borran las huellas transgeneracionales, las buenas y las malas, erradican el vínculo filiatorio y sus lealtades.  Los padres y madres humanos son todos imperfectísimos. Deslices de violencia verbal o física pueden aparecer. Arbitrariedades, momentos de mal humor, egoísmo, falta de tiempo, errores garrafales.Nuestras abuelas, tatarabuelas, madres, no hace tanto tiempo, se distinguían por su destreza en aquella disciplina, tan mediterránea, del lanzamiento de chancletas, surtido de comentarios poco aptos para alimentar la autoestima del menor. El genio humano es fruto, en parte, del caos emocional. La reproducción y la parentalidad “positiva” garantizan que esos flagelos no puedan suceder. Una sociedad totalitaria es una sociedad sin arbitrariedades, conflictos, crímenes o enfermedades.

La Ley votada en Francia, en julio de este año, sobre la Procreación Medicalmente Asistida (PMA), renuncia a principios fundadores de bioética, bajo presión del lobby de la ideología de género, increíble impulsor de la ingeniera reproductiva. Y de los laboratorios también ya que las nuevas técnicas reproductivas ofrecen toda la doxa del políticamente correcto para paliar la falta de ética de las quimeras biotecnológicas en curso.

Una salvedad, la gestación por vientres de alquiler, tan común en otras partes del mundo, como en Ucrania, donde representa una industria lucrativa, seguirá siendo prohibida en Francia. Resiste por ahora, el ultimo baluarte bioético francés: el principio de no comercialización del cuerpo humano y, a su vez el reconocimiento de la madre “portadora” como plenamente madre. En cambio, introduce el eugenismo a través de la extensión del diagnóstico preimplantatorio de detección de anomalía cromosómica. Abre las puertas a varias técnicas de ingeniera reproductiva. Todo por satisfacer la demanda de lo que el Dr. Emmanuel Hirsch califica de “esterilidad societal”. Los niños en adopción-, un mecanismo sumamente humano, de convertirse en padres-, no pueden competir con lo que permite el ordenamiento jurídico, en lo que va del milenio.

El transhumanismo se nutre del transexualismo para romper las cadenas antropológica y biológica de la especie. Cuanto más alejado de la realidad biológica más cerca de la máquina. Inculcar la idea que el sexo biológico, no hace a la identidad del género, nivela la génesis del humano con la máquina.   

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