El fernandismo, la última plaga de Argentina

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Uno de los primeros tótems que Alberto Fernández quiso derribar al acceder a la suprema magistratura, fue el concepto de meritocracia. Figuraba entre los pocos conceptos de ética socio demócrata que su predecesor, Mauricio Macri, se preocupó de instalar, sin ir no obstante, tan lejos como para hacerlo realidad. Alberto se encargó de anatemizar la idea de modo que ninguna decisión derivando del mérito se produzca durante su mandato. Y se nota monstruosamente. “Los argentinos a los que la meritocracia dejo de lado”, así de impenetrable es el concepto del mérito dentro del kirchnero-fernandismo, o fernandismo para simplificar. En esa confusión de valores, el mérito sería un factor de discriminación, en lugar de ser el botón del ascensor social, el garante del buen gobierno y la primera herramienta para luchar contra la plutocracia, el nepotismo y las varias formas de corrupción. Cuando un mandatario, de entrada se muestra tan confundido sobre conceptos universales, avisa de lo que sigue.

Para gestionar un fenómeno tan disruptivo, multifacético, como la pandemia del Covid-19, ser gobernados por méritófobos declarados, no auguraba nada bueno. Al azar de sus varias mutaciones, el virus perdio aparentemente de su carga viral al tocar América del Sur. Los tres países, Uruguay, Paraguay y Argentina registran un número de muertos muy bajo, y en su mayoría se trata de personas habiendo superado el techo de esperanza de vida, a veces de veinte años y/o padeciendo de severas causas de mortandad. De no ser por la clemencia de la naturaleza, Argentina después de cuatro meses de ser inducida en coma artificial, “por si ocurriera algo”, se habría producido una hecatombe. Para dar un orden de idea de lo realizado, se han practicado la mitad de los tests que Irak, un país en total derelicción por casi dos décadas de guerra larvaria o abierta contra el terrorismo. El “si por si” no ha servido a ninguna preparación. Se asemeja más bien a un “te mato por si mueres. “A lo que si ha sido útil es a hacer de Alberto Fernández un hombre feliz. A medida que el confinamiento va degradando las perspectivas de vida de sus compatriotas, el aparece más eufórico. Pide, – exige sería más acorde al tono empleado-, a la población, “que sea feliz en medio de tanto dolor”; señal que el presidente no está ubicado en tiempo y espacio.

La pandemia como campeonato mundial

El presidente pasa el tiempo comparándose y cometiendo incidentes diplomáticos con Chile y Brasil específicamente, pero a pesar de esmerase en su narativa, los hechos son impiadosos. La cantidad de testeos en promedio es diez veces más importante en cualquier país de la región, que lo que se practica en Argentina, y qué decir de la calidad y cantidad de insumos. Por otra parte, siguiendo la obsesión de analogía con los países colindantes, como Uruguay y Paraguay, de aplicarse los confusos preceptos intelectuales del fernandismo, haciendo abstracción de toda métrica, el contraste sería terrible para Argentina. En Uruguay, las víctimas mortales son 25 y en Paraguay, 17. El compararse constantemente con otros, hasta exponiendo estadísticas en conferencia de prensa totalmente falsas, dan a pensar que Fernández interpretó que la pandemia algo tenía que ver con mundial y mundial con fútbol y que él aspiraba a ser el campeón de ese Covid-19.

Con la distancia en el tiempo, se tiene por seguro, que independientemente de la cantidad de testeos-, factor importante en lo que hace al seguimiento de la crisis más que a la prevención de la propagación -, el virus ha hecho su vida, como lo hacen todos los microorganismos. En algunos lugares se ha manifestado más virulento que otros, por toda una serie de métricas que no obedecen a ajustes políticos. Esa es la tarea de la epistemología real, no la militante. Obrar a entender. A eso sirve la expertise. No la de los médicos de cuarta que circundan el presidente. Observando todos los escenarios a nivel mundial, la variable de ajuste más importante reside en la identidad del virus el mismo, su genómica y comportamiento, o sea mutaciones. Lo otro, consiste en tratar con serenidad los síntomas como se hace todos los años para las otras cepas de tipo gripal.

Por eso, los países de la región, que sí ostentan ellos algún respeto por el mérito, teniendo en cuanta su tasa de pobreza respectiva, han decidido, beneficiándose de la experiencia del hemisferio norte, no arriesgarse a ponerse en modo hibernación. Han preferido mantener los motores encendidos. Tanto es así, que muy pronto van a ser receptores de una migración argentina.

La pandemia del virus chino quedará como un gran derrotero científico en la historia de la medicina global. Pero en Argentina, ha alcanzado una dimensión literalmente luctuosa por su severidad y duración. “La cuarentena va a durar lo que tenga que durar para que los argentinos estemos sanos y no se mueran”. Esa frase absurda por donde se lo mire es contra fáctica. El fernandismo genera cada día más enfermos, como consecuencia del decreto nacional de urgencia del 20 de marzo 2020 y sus sucesivas prorrogas que lo que se computa del propio Covid-19. El vacío es total para los cuidados de toda la gama de patología preexistentes.

No se dispone de estadísticas de la sobre letalidad vinculada a la denegación de cuidados, por las patologías otras que el Covid. Abundan los testimonios de operaciones reprogramadas poniendo en riesgo la vida de los pacientes, tratamientos oncológicos desatendidos, se tiene constancia de una tasa anómala de muertes cardio vasculares, las cuales se habrían multiplicado por diez, se sabe que el riesgo de suicidio es inmenso y que la salud mental tanto como el recurso a la automedicación se han convertido en problemas endémicos. El gobierno no puede ignorarlo, En su momento debería dar cuentas judicialmente por lo que representa caso por caso, cada una de las tragedias humanas.

Par dar un orden de idea del nivel de encierro después de 100 días, los niños en ciudad de Buenos Aires y provincia del mismo nombre disponen de un “derecho” a una hora de salida semanal. Lo otro, si “transgreden” es en violación de la cuarentena. Y a la menor protesta, el régimen, aquello en lo cual se convirtió la presidencia de Alberto Fernández, amenaza de volver a la fase uno. Volvieron a usarse expresiones de la dictadura como “desobediencia civil” en boca de destacados kirchneristas. Se nota el terror ante la posiblidad que la gente pierda miedo al virus. Es menester, para poner las cosas en contexto, recordar que muchos de los cuadros históricos del kirchnerismo ostentan un pasado en la represión de la última dictadura a pesar de sobreactuar la cuestión de los DDHH, precisamente para hacer olvidar su rol. Solo gobernantes odiando sus compatriotas pueden infligir semejantes vejaciones.

La ciudad de Buenos Aires esta algo protegida comparado a los notables abusos en la provincia del mismo nombre en manos del halcón kirchnerista, Alex Kiciloff. Desde hace dos semanas, se libera una parte del espacio público para ejercicio físicos a partir de las 8pm. Aun así el encierro es inconmensurable y conforma cada día más el retrato del país de las ultimas cosas, tal como lo describe Paul Auster.

Alberto Fernández, observa una oportunidad allí donde el pueblo solo ve muerte, desolación, ruina económica, y nueva ola masivo de exilio.

Todo eso Fernández lo barre, por ahora, de una mano. “La pandemia nos ha dado una enorme oportunidad para poner las cosas en su lugar. Ya sabemos la injusticia que tenemos en nuestra sociedad. Tenemos la oportunidad de cambiar esto, para que la justicia impere entre nosotros. Justicia es tener acceso a la educación, la salud y el agua”. Nada más alejado de la realidad. En su glosa rudimentaria, de la cual el verbo tener sirve para todo, Alberto Fernández, observa una oportunidad allí donde el pueblo solo ve muerte, desolación, ruina económica, y nueva ola masivo de exilio.

Ya no es un secreto para nadie que la pandemia sirve a este otro gobierno de incompetentes de instalar una dictadura o la más parecido a ello. Todas las expresiones de Alberto Fernández van en el sentido de plasmar el ejercicio de poder en modo regaliano cuando no caprichoso. «Si les gusta o no, a mí me han dado los poderes para hacerlo». La realidad es que en ningún momento la Constitución argentina le ha otorgado al presidente la potestad de llevar a cabo, siquiera 10% de las medidas disruptivas, transgresoras, que ha tomado sin previo aval del Congreso y que aun con su anuencia, no hubiesen sido posibles. Una de las grandes decepciones del fernandismo, es que siendo Profesor de Derecho de la UBA, uno alimentaba la esperanza que sería más inteligente que su predecesor, lo cual no debía resultar difícil.

Esa fue una ilusión muy ingenua, obviando los ingredientes que hacen a la argentinidad. Los diplomas obtenidos durante los 70 en este país deben ser examinados a la lupa. Fernández siendo hijastro de un juez en esa época, está claro que podía permitirse ahorrarse el mérito. En varias entrevistas, el profesor de Derecho ha dejado en claro su desconocimiento de las leyes de su país, tanto como la jerarquía entre Constitución, ley y decreto, sin hablar del poco caso que hace él también de la separación de poderes. El derecho es por otra parte, una profesión de gente de letras, y basta escuchar Alberto Fernández dos segundos para entender que lo suyo es la juerga no la casuística y desde luego no está para hablar “en difícil”.

Las principales avenidas de la capital, Buenos Aires se han transformado en una seguidilla de cortinas tiradas, no por el confinamiento por la quiebra. La crónica de las tragedias personales, de nuevos pobres en situación de calle, de trabajadores de la economía informal que ya no pueden alimentar su familia, conforman un cuadro desgarrador. Algunos episodios fueron más alarmantes que otros, como el de la ghettoización y militarización de Villa Azul, un barrio popular de tipo favela, ahora parcialmente levantado. En cualquier otro país del mundo hubiese agitado las consciencias en nombre de los derechos humanos. Nadie sabe lo qué paso a ciencia cierta a puertas cerradas durante esas tres semanas de encierro.

Las imágenes del ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, ametralladora en la mano, en el marco del arresto de un criminal de derecho común, las declaraciones explícitamente dictatoriales del gobernador de Buenos Aires. Todo apunta a una república que pegó el salto de populista al renunciar al Estado de Derecho y va tanteando hasta donde puede ir, respaldándose en los profetas del miedo. Cuando las ansias amenazan de convertirse en contraproducentes para su cometido, Alberto Fernández promete que el “Estado tiene una solución para todos”. La fórmula solo puede apuntar a dos escenarios. Un escenario castrista de estatización de lo que quede en pie, o el wishful thinking del pirómano bombero.

¿Qué solución puede tener un Estado fallido para un pueblo que antes de la cuarentena ya padecía de un 40% de su población viviendo bajo el techo de pobreza? ¿Dónde las empresas ya se han ido. Latam la semana pasada es la última de una larga serie? ¿Dónde todos los mensajes para alejar las inversiones extranjeras ya han sido pronunciados, donde ni los chinos quiere seguir comprando el país? La sensación que inspira todo esto, es que Alberto Fernández no puede desencadenarse. Levantar el confinamiento lo obligaría a enfrentar el escenario de tierra arrasada. Mientras dure el lockdown está tapado.

Todo ha sido posible, porque el pueblo argentino es un pueblo relativamente manso y no dispone en su historia de grandes figuras asociadas a la democracia liberal. Los grandes nombres que transitan su historia son tiranos o fomentadores de tiranías. Rosas, Perón, Irigoyen, y los nombres que la derecha exhibe, Roca, Mitre, son personajes mediocres en el mejor de los casos, infaustos o usurpadores, la mayoría de las veces. La ruptura política de Argentina con el resto de América Latina y con Europa es la clave de sus experiencias trágicas. La ciudad de Córdoba, desde donde parten la mayoría de las protestas prodemocráticas es la que más relación conserva con su herencia hispánica, y por ende europea y democrática.

Fuera de Córdoba el país, se moviliza, no cuando se toca a sus libertades, sino al “campo”. Este sábado se registrando numerosas movilizaciones, la mayoría de ellas, en coche. Las concentraciones tenían por motivo la intervención confiscatoria por parte del kirchnerismo de Vicenti, una empresa del agrobusiness en concurso de acreedores. Vicenti es una de esas típicas empresas locales, cuyos socios se han dedicado a comprar voluntades políticas con los dos gobiernos precedentes para obtener créditos, ventajas competitivas y luego evadir fondos, no pagar proveedores, y perder como corresponde todo tipo de confianza, por donde se mire. En otro país, se procede a una auditoria forense, se buscan los haberes evadidos y se manda en cárcel los socios si se demuestra una intención luctuosa en la mala gestión. Un gobierno en un país normal, no solo no incumple la Constitución adjudicándose el papel de la justicia ordinaria, sino que no busca comprar un asset que no vale nada, cuya deuda se alza a 1300 millones de dólares -, deuda que de ser nacionalizada la empresa debería ser (re)pagada por los contribuyentes -, y menos cuando como en Argentina, se acaba de soplar las velas de un noveno default y se está aún intentando negociar con sus propios acreedores.

Nula fiscalización por parte de la oposición

Para que el retrato sea completo, se debe sumar la carencia de oposición y de liderazgo intelectual. Nadie en la oposición ha propuesto una comisión de seguimiento de la política sanitaria, del conteo de camas disponibles y su atribución. Mucho menos ha exigido que el DNU pase por aval del Congreso, o dispuesto de una comisión científica independiente, para evaluar la fiabilidad de los testeos, o dirigir sus propias investigaciones, contrarrestar los científicos militantes, o para preguntar que transportaron los aviones de Aerolíneas Argentinas que supuestamente fueron a buscar insumos a China. El nivel de fiscalización de la oposición es de 0.0. Nadie de la oposición ha dado de su persona para levantarse contra la ghettoización de las villas, desplazándose en comitiva, para asegurarse que el gobierno no se aproveche de la situación, atentando contra los derechos humanos. Y se puede seguir. Las oportunidades perdidas por parte de la oposición de hacer algo útil conforman un catálogo demasiado largo como para poder rendir exhaustivamente cuenta de ello.

El pueblo argentino siempre ha sido huérfano de oposición otra que decorativa. En los ocho años de presencia en Argentina he asistido a todo tipo de tropelías, humillaciones a determinadas personas por cadena nacional, confiscaciones, situaciones de corrupción y nepotismo dignas de una satrapía del siglo XVII. En las tímidas manifestaciones, a menudo exclusivamente catárticas, los famosos cacerolazos, jamás he visto, un opositor liderar o por lo menos respaldar en persona la protesta. Hay personajes interesantes que fueron cambiando según las transiciones de poder, Fernando Iglesias, en la época de Cristina Fernández, luego José Luis Espert o Javier Milei, entre otros, que ya existían pero con mucho menos protagonismo. Pero siempre fueron intelectuales u opositores de estudio de televisión. Iglesia comprometió toda su respetabilidad al convertirse en un propagandista básico de Mauricio Macri.

El problema argentino no es solo el peronismo, sino un extraño atavismo que lo hace mas propenso ha tragarse lo intolerable sin chistar. Cuando ha habido una resistencia, no fue política sino un infausto coso mafio-terrorista, involucrado en la practica de la extorsión y el enriquecimiento de sus cuadros luego reconvertidos en jugosos hombres de negocios, o personajes honorables a pesar de sus delitos de derecho común. El apotegma de una de ellos, Patricia Bullrich: «animémonos y vayan» explica la falta de liderazgo y el estado de derelicción del pueblo ante una nueva dictadura. Consiste en decir, seamos valientes pero poned el cuerpo vosotros. Argentina padece de un nuevo desastre de proporciones históricas y la explicación de su virulencia está en su ADN cultural tanto como lo es para el Covid-19.



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