Del políticamente correcto a los antifa, estragos de la doxa del odio

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G20 Krawallen Selfi

Un brote de racialismo como nunca visto antes amenaza la coexistencia pacífica en varios países democráticos del hemisferio norte. La subida del discurso antifa de hiperbolización de la identidad racial, o más bien dicho, del color de la piel como referente totalizante de la persona humana, borra décadas, si no siglos de integración nacional post etnicismo. Ante las manifestaciones de racismo anti negro y anti blanco a su vez, la destrucción de estatuas propias a la memoria intima de cada nación, la obligación de hincar la rodilla por parte de los “blancos” en nombre de una supuesta culpa congénita, la exigencia impuesta a los afroamericanos o europeos de avalar el caos, para no verse denigrado como “Uncle Sam” u otro apodo humillante; se va rarificando el aire. Fuera de la doxa victimaria, solo queda el salto hacia la censura.

Las imágenes de la muerte de George Floyd, víctima de violencia policial, constituyen un imborrable tormento. Un crimen de supina crueldad y cobardía, tanto por parte del que lo cometió, como de los que no lo impidieron. Sin embargo, hasta la fecha, nada, absolutamente nada, indica que esa violencia fuese inspirada por el odio racial. La ONG, “Comunity United Against Police Brutality”, reportó 10 denuncias de violencia atribuidas a Chauvin a lo largo de sus 19 años de carrera, tres de los cuales fueron motivadas por “comentarios despectivos”. De haberse registrado consideraciones racistas, es probable que esa ONG tuviese constancia de ello. Ningún registro en las redes sociales o en los testimonios acaecidos desde el fatídico 25 de mayo, tras tres semanas de altísimo escrutinio mediático, dan cuenta de un comentario u acto racista en la vida de Chauvin. La patrulla que procedió al arresto de Georges Floyd estaba conformada de cuatro agentes de diversos orígenes, así como lo es la policía de Minnesota. Nada menos parecido a una organización de “supremacistas blancos”. La ahora exesposa de Chauvin, Kelly Chauvin es descendiente de la minoría Hmong de Laos. Por fin, sé daría la extraordinaria casualidad que la víctima y el victimario hubiesen trabajado juntos de matones en una discoteca frecuentada por afroamericanos. Esa última información siendo, no obstante, sujeta a versiones contradictorias y desmentidos.

Relegación identitaria

Es más fácil recurrir a estereotipos que atenerse a una realidad que no corresponda a la narrativa funcional. Un estudio del Departamento de psicología de la Universidad de Maryland publicado el 5 de mayo de 2019, sobre disparidades raciales en casos de disparo policial, demuestra que a medida que la proporción de hispanos y los afroamericanos aumentan en las estadísticas de violencia policial, las victimas tienden a ser más…  hispanos o negros que blancos.  Según el National Violent Death Reporting System, en una investigación que va de 2009 a 2012, 53% de las víctimas de violencia policial son blancos, 32% negros, 83% estaban armados. Si los blancos son más numerosos, la cifra para los afroamericanos tiende a ser demográficamente desproporcionada, empero coherente con su representación en las estadísticas del delito. No siempre fue así.

El intelectual afroamericano Jason Riley en sus dos ensayos históricos, “Please stop helping us” y “False Black Power”, repasa los avances de los negros en América después de las conquistas por los derechos civiles y previas a la irrupción de la mirada culposa y victimaria. Observa que la dislocación social es concomitante al desarrollo de políticas identitaria (identity politics).  Atribuye a Barack Obama y Hillary Clinton el haber relegado la condición negra a un hecho identitario el primero, y un reservorio captivo de votos, la segunda, sin por lo tanto haber mejorado su situación laboral, todo el contrario. Sobre Obama dice “es un voto simbólico”. “No es el final del racialismo, es el principio. El final del racialismo es cuando se vote a un negro por él mismo y no para redimir la culpa blanca”. La dramatización sobre el color de piel, la reducción a una realidad racial obsesiva, la victimización como estereotipo, son según su análisis parte del problema de la delincuencia, no la solución.

Escenarios idénticos al de Floyd sobran, trágicamente. Las víctimas son tanto blancas como negras. El 10 de agosto de 2016, Tony Timpa (blanco) murió en circunstancias aún más dramáticas, después de haber gritado treinta veces pidiendo auxilio y avisando los policías (todos blancos) que se estaba muriendo. Durante 13 minutos, los agentes, lo mantuvieron faz contra tierra, presionado por una rodilla, aplastándole los pectorales y burlándose de él, hasta el momento en que es cargado en la ambulancia por los paramédicos, ya muerto. El hombre de 32 años no era un delincuente. Padecía de esquizofrenia y había procedido a llamar él mismo el 911, sintiéndose en crisis.  No hubo ni marchas, ni expresiones de escándalo tras su muerte. Los policías están libres. Ninguno de ellos fue expuesto a la vindicta popular. La ideología victimaria es sesgada. Califica quien merece del protocolo compasivo quien no. 

Por contraste, la respuesta a la muerte de Floyd se traduce en saqueos a tiendas, ya muy impactadas por el lockdown, (probable happening simbolizando el repudio al capitalismo “neocolonial”) profanación de monumentos, incendios, manifestaciones masivas en el mundo -, algunas pacíficas -, ataques a policías aislados (Francia, Reino Unidos), todo ello en medio de la algarabía de huestes inmortalizando sus fechorías con selfi y lives en todo momento. Naturalmente con anuencia y flagelación culposa por parte de medios y políticos. El folclore idiócrata al completo. Ante ese escenario, el Consejo Municipal de Minnesota no solo obtemperó ante la exigencia de transferir fondos de la policía hacia servicios sociales (“defund the police”), sino que subió la apuesta procediendo a desmantelarla. Una experiencia que puede llegar a ser interesante. ¿Cómo será la vida de comunidades vulnerables sin, o con menos policías? El 31 de mayo 2020, 18 personas fueron asesinadas. Es el día más violento de historia de Chicago desde 1961. Todos asesinatos intracomunitarios. La policía no pudo actuar.   

El caso de Adama Traoré, ahora presentando como el George Floyd francés, de origen maliense, quien murió 19 de julio 2017, tras un confuso episodio de control de identidad es todo una parabola. Adama se encontraba en ese momento con uno de sus 17 hermanos, el cual era buscado por un penúltimo hecho de extorsión violenta. Los Traoré componen una fratria violenta. Adama, a 23 años ya ostentaba un prontuario frondoso con 17 causas de robos con violencia, tráfico de droga, provocación de incendio, ultraje a las fuerzas de seguridad y mucho más. Siendo interpelado esa tarde, en la periferia de Paris, emprende la huida.  Los dos policías que lo persiguen son negros ellos mismos. Aquí tampoco, nada de “supremacistas blancos”. Según las dos autopsias realizadas, Adama Traore muere como resultado de una enfermedad infecciosa grave de la cual padecía anteriormente.

A partir de ese momento su amplia fratria da cabida a una prosopopeya de violencia racial y retrata el martirio de un “chico bueno”. El mito Adama Traoré, no obstante se ve ensombrecido por la denuncia por violación homosexual de un codetenido, en el marco de la última incarceración del difunto. La víctima de la violación, Steven es secuestrado y golpeado casi a muerte por otro hermano, Yacouba, para amedrentarlo, con intención de luego entregarlo a amigos. En un mensaje vocal les anuncia:” Os traigo un regalito”. Yacouba ha sido desde entonces condenado por esos mismos hechos, a 18 meses de cárcel.  

Los Traoré organizan a partir de allí las más violentas revueltas de historia de violencia periurbana francesa, aprovechando ahora el caso Floyd para volver a ser noticia. El caso de Steven se mantiene en rango de anécdota. La narrativa victimaria de los Traore no va hasta reconocer a otros esta condición. Cada una de las manifestaciones, en memoria de Adama, como la del sabado 13 de junio es marcada de imprecaciones violentamente antisemitas.

La ideología victimista es piel de cordero para el lobo. Mantiene en minoría de edad perpetua sus “beneficiarios”

Cómo se puede apreciar, el arbitraje de elegancia entre victimas existe. Todas las víctimas son iguales pero algunas son mucho más iguales que otras. Una buena victima según un antifa debe compulsivamente ser una persona “racializada” (barbarismo inventado por los antifa franceses, “racisé” = persona de cualquier color menos blanco) o participe de la ideología de género, o por lo menos aferrada a una narrativa de explotación, en cual caso puede, en contados casos, ser blanca, siempre y cuando admita ser white trash.

La ideología victimista es piel de cordero para el lobo. Mantiene en minoría de edad perpetua sus “beneficiarios”, los exime de un juicio justo, donde su responsabilidad sea examinada la luz de las normas y leyes merced a una doxa auto exculpante, hasta en caso de flagrante delito. Examinándola de cerca, la ideología victimista sirve los intereses del racismo.

De fobias

La prolífica autora J.K Rowling tuvo que recurrir ella misma a la glosa victimaria y alegar haber padecido de violencia machista para protegerse de los ataques por redes sociales de la turba transgénero, tras lo que fue percibido como un crimen de lesa majestad. Todo surgió a raíz de un re-tweet, el 6 de junio pasado, a través del cual manifestaba su desazón ante la expresión “personas menstruantes”. Los trans parecen tener un problema con la palabra mujer cuando es usada por una mujer.  Consideran que lo correcto es extender la expresión “persona menstruante”.

Ante la catarata de insultos y anatemas tales como “TERF”, uno de los tantos acrónimos producidos por la nomenclatura de género (“Trans Exclusionary Radical Feminist, feministas radicales excluyendo trans), la autora de la saga de Harry Potter, creyó necesario redactar una palinodia publicada en su portal, muy documentada, sobre la disforia de género, en el cual deja algunas definiciones, las cuales probablemente no la vayan a ayudar ante el tribunal de Inquisición: “El lenguaje “inclusivo” (comillas del autor) que llama las mujeres menstruadoras (sin femenino en el texto ingles) o personas con vulvas, choca muchas mujeres, siendo deshumanizante y marcando desprecio. Entiendo que los activistas trans consideren que el lenguaje debe ser apropiado, y gentil, pero para aquellas de nosotras que hemos sido vejadas por hombres violentos, esto no es neutral. Es hostil y alienante”. En otras palabras, JK Rowling se abrió las puertas del infierno al imputar, con mucha razón, a los activistas trans, de un comportamiento implícitamente machista. De hecho, típicamente machista son los muchos epítetos de hostigamiento que le han sido dirigido.

Para rematar Rowling agrega: “Cuando abres las puertas del baño y vestuarios a cualquier hombre que cree o siente que es mujer-, y como dije, la confirmación de género puede ahora ser obtenida sin ninguna necesidad de recurrir a una intervención quirúrgica o de hormonas, entonces estas abriendo la puerta a cualquier hombre que quiera entrar. Eso es simplemente la verdad”. La prensa mainstream se ha vuelto tan gregaria, tan censora del políticamente correcto, que no ha habido quien tome su defensa, a pesar de llevar la autora décadas en la plaza publica y poder respaldarse en una buena agenda de periodistas amigos. Un milagro, por una vez, el partido socialista español, se acordó de alguno de sus valores fundadores y le brindó un respaldo a través de una campaña intitulada: “contra el borrado de mujeres”.

Los trans parecen tener un problema con la palabra mujer cuando es usada por una mujer.  Consideran que lo correcto es extender la expresión “persona menstruante”.

El uso y abuso de neologismos asociados a la palabra “fobia” es parte del arsenal del terrorismo intelectual. La fobia según la RAE significa, en la primera acepción: “Un temor intenso e irracional, de carácter enfermizo, hacia una persona, una cosa o una situación. En la segunda, “Odio o antipatía intensos por alguien o algo”. En la naturaleza, la diversidad de la especie humana, en democracia, sin hablar de fobias, también puede ocurrir que a alguien no le guste, o le guste menos, o no le guste siempre algo o alguien, sin por lo tanto que se trate de odio y sin que ese sujeto a apreciaciones varias y propias se convierta en un ser repudiable a desterrar del espacio público.

De cierta inocencia proxeneta

La serie Netflix ofrece un nuevo documental sobre el caso Jeffrey Epstein, y como no podía ser de otra forma, todos los lugares comunes de la campana MeToo, hilvanaron la totalidad de los episodios. La saga sobre el magnate de oscuro origen financiero y adicto al sexo llama la atención sobre la manera con la cual se da por adquirida de antemano, la impunidad de las mujeres que participaron de la pirámide, de la cual eran prostitutas y proxenetas a su vez. En dos casos, hasta entregadoras de sus propias hermanas. Si en un caso se puede hablar de abuso real, una joven de 14 años, víctima de adicciones; la casi totalidad de los otros testimonios revelan personas que después del famoso “masaje” o de actos sexuales concretos, tomaron el dinero y volvieron voluntariamente, tal como lo cuentan ellas mismas hacia Epstein. Participaron de viajes y se mostraron francamente complacidas con las liberalidades de las cuales se beneficiaron. Se observa una autentica venalidad y complicidad.  Lejos de la visión angelical o del inocente por tonta, que no resiste a los hechos.

Cuando a una determinada categoría de personas se le otorga una inmunidad de entrada, algo va mal.

No quita la infamia del estupro por ser la mayoría menores de edad (16 años en promedio), pero calificarlas una por una de “sobrevivientes” o de víctimas de trata” es un insulto para las víctimas reales de ese terrible flagelo. Son corresponsables y muchas de ellas deberían ser juzgadas por proxenetismo. Su lugar no correspondía al de la parte civil. En todo caso, no se podía desconocer su actuar.  Cuando a una categoría de personas se le otorga una inmunidad de entrada, algo va mal. Ese expediente judicial que termina con el suicidio de Epstein es una funesta alegoría de la imposibilidad de decir la justicia en una cancha marcada por la neo moral del políticamente correcto.

Ante el nivel de censura ejercido por las redes sociales, de los artistas en busca de autopromoción que le dan eco a los eslóganes BLM, privilegio blanco, MeToo, etc., de la prensa mainstream, más auto censora, que censura de satrapía, conviene hacerse a la idea que lo razonable es ser pesimista. La perdida de coeficiente intelectual a pasos agigantados irá instalando sus comportamientos cada vez más previsibles y dogmáticos. Los eslóganes y hashtag ocupan el vacío dejado por la dialéctica, la polémica, la ironía, la sátira, el sentido del humor, la provocación, confrontación, los argumentos, la lucidez. Es un camino sin vuelta.  



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1 respuesta

  1. excelente..!! Felicitdaciones.

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