Gestión neroniana del Covid-19

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El confinamiento impuesto como solución a la brocha gorda, arrasando con todo, sin ninguno estudio de impacto, sin escuchar epidemiólogos otros que los apocalípticos, no ha contenido la circulación del virus, como se puede observar de hora en más, merced a la distancia critica ofrecida por las diversas experiencias del hemisferio norte. Fundándose en la estricta observación, hasta parece que ejerce de factor agravante. La mayoría de los muertos, y tal vez sea ese el único denominador común, se dio en clúster ultra cerrados. 80% de los decesos por el virus chino, en Europa y Estados Unidos, provienen de residencias de personas mayores. Otro gran ejemplo de clúster fue el caso del crucero, Diamond Princess.  Y claro, al origen de esta tormenta perfecta están las declaraciones de la OMS haciendo del arresto domiciliario masivo en Wuhan -, modelo que nunca debió ser exportado al resto del mundo -, un ejemplo extraordinario de contención del virus. Por el contrario, se observa que los casos de desconfinamiento más dinámicos ocurriendo estos días, no se han traducido, hasta ahora, en ninguna parte del mundo, por la amenaza de la famosa segunda ola.  

He aquí varios niveles de responsabilidad con relación al Covid 19. Primero, aquellos muertos por Covid-19 que no debieron morir, de ser en condiciones de gestión sanitaria serena y normal, España por ejemplo. La explicación del manejo desastroso de la situación la ofrece el propio vicepresidente, Pablo Iglesias, del partido chavista “Unidas Podemos”: [debemos] “politizar el dolor”. Otro nivel de responsabilidad es aquel de las regiones del hemisferio norte que estando prevenidas de la preexistente crisis de infraestructura con relación a su envejecimiento poblacional, territorios que ya registraban una sobre letalidad por influenza viniendo de muchos años, no hicieron nada para remediarlo y debieron hacer frente a una cepa nueva desconocida en pésimas condiciones. Ese es el caso de la región de Lombardía. [i]. Otro nivel de responsabilidad es el atropello la Constitución e instituciones democráticas, arropándose en un pseudo “interés superior” que es lo que hacen todas las dictaduras. En el futuro, ese precedente, podría derivar en una relativización de la importación del modelo democrático para candidatos al totalitarismo. Probablemente a eso se refieran los que tienen la boca llena de “Nuevo Orden”.

La gestión neroniana del Covid-19 derivará en una de las crisis humanitarias más graves de la historia.

Pero sobre todo, la responsabilidad mayor, la más criminal es la de la onda de choque humanitaria que los centenares de millones de puestos de trabajo perdidos van a generar en cuanto a acceso a la salud, educación, calidad de vida, salud mental, in fine, las pérdidas de vida. La gestión neroniana del Covid-19 derivará en una de las crisis humanitarias más graves de la historia. No se puede condenar a nadie por lo inevitable, por ejemplo una catástrofe natural. Pero se puede y debe condenar un responsable por decisiones sesgadas, tomadas en conocimiento de causa, cuando se podría haber hecho de otra forma.  

Algunos, por cinismo, ignorancia, tal vez los dos, como Alberto Fernández, quisieron instalar una entelequia de disyuntiva entre economía y salud, como si la segunda no dependiese osmóticamente de la primera. Como si las estadísticas de esperanza de vida de países ricos y países pobres no marcaban la relación entre salud e ingresos, como si los números de mortalidad infantil y materna no manifestaban la evidente correlación entre dinamismo de la economía y salud. Como si la salud no fuese un todo holístico incorporando prosperidad, realización personal, calidad de vida, educación y salud. Parece increíble en el siglo XXI tener que volver sobre semejante perogrullada. Que quien lo ponga en duda sea una peronista, eso ya es menos extraño.

Tragedia para las naciones emergentes

El caso de Bangladés es un buen ejemplo para medir la barbaridad en la cual ha coludido el experimento neroniano. El país asiático es uno de los países más pobres del mundo, se sitúa en cuanto a PIB en el puesto 150 de 194 naciones. Desde 2014 venía registrando un crecimiento muy favorable por encima de 6%, 7,9% en 2018, gracias a la industria textil que provee 83% de los recursos económicos. Con la imposición de un lockdown, aunque parcial, se vinieron a sumar más de 10 millones de familias pobres en tan solo ocho semanas, por la cancelación de ordenes de clientes confinados en sus países, resultando en el cierre de 58% de las empresas locales. El promedio de edad en Bangladesh es de 27,4 años. Por lo tanto no se ve afectada por un virus, cuyo promedio de edad de víctima fatal en el mundo es de 81 años. De una población de 161.356. 039 personas, habían muerto el 25 de mayo, 480 por el virus chino. ¿Cuesta mucho medir el hiato entre la medida absurdamente desproporcional y el costo humano que representa los millones de nuevos pobres en un país, víctima de todo tipo de calamidades, entre otras naturales? ¿Como se defenderán esos nuevos pobres de entre los más pobres ante la próxima inundación, terremoto o autentica plaga? ¿Dónde estarán las personas que los quisieron “cuidar”?  

Como si las estadísticas de esperanza de vida de países ricos y países pobres no marcaban la relación entre salud e ingresos, como si los números de mortalidad infantil y materna no manifestaban la evidente correlación

En Guatemala, la misma infausta narrativa generó el triste fenómeno de los “pañuelos blancos”, personas abandonas a su suerte, que por medio de ese señuelo hacen saber su penuria alimentaria. Esas personas son las víctimas directas de la segregación de un factor de riesgo excluyente y francamente marginal en medio de tantos otros problemas más álgidos El país centro americano comparte casi el mismo promedio de edad que el Bangladesh: 26,5 años. A la fecha registro 58 muertos de 17.878. 758 personas, o sea 3 muertos por millón de habitantes. ¿Era necesario afamar un país, cuya pobreza endémica hace arrojar miles de inmigrantes hacia el Norte en condiciones de las más cruentas? ¿No hubiese sido mejor atender la jerarquía de prioridades, poniendo la misma energía en abrir la economía, buscar inversores, mejorar los problemas de salud endémicos, luchar contra el crimen organizado?

Se podría seguir así país por país. Buenos Aires se ha convertido en un meadero a cielo abierto por la cantidad de familias que ha venido a sumarse al 40% de la población viviendo ya bajo el techo de la pobreza. La UNICEF prevé que después del confinamiento el saldo será de 60% de niños pobres. Habrá que tener las agallas de ir a explicar a esos futuros adultos, si es que llegan a la edad adulta, que un presidente entrevió un antagonismo entre economía y salud, pero todo fue en pos de la “solidaridad”. Posiblemente no le den el mismo contenido a la palabra. Las villas miseria están que arden. La mayoría de sus pobladores vive de la economía informal y la perspectiva de convertirse en un gueto circundado por camiones militares que sirven la sopa, no es nada entusiasmante para gente que solo anhela, en su gran mayoría, un futuro mejor para sus hijos.

Señal de las más graficas en la relación entre salud y economía, uno de los buques insignia de la salud cardiovascular, principal causa de mortandad en el mundo, el Instituto Favaloro, señaló que cierra dos de sucursales en la capital argentina.

Los países pobres están claramente más afectados, pero las naciones más ricas no se salvan. Volvo cierra su usina en Suecia, llevando al paro una mano de obra de obreros calificados. Son decenas de miles de familias directa o indirectamente afectadas. Las cifras están al rojo pitillo. Las políticas sociales de las naciones que más refugiados reciben verán afectada su ya crítica dificultad en absorber poblaciones nuevas que llegan con una mochila muy pesada. Se prevé una recesión similar a un escenario de posguerra. Es una hecatombe humana con efectos de rebote difíciles de proyectar por su amplitud y transversalidad.

Han sido muy pocos los políticos que han arriesgado inmolar su futuro político y ser ridiculizado por medios mainstream que se hicieron cargo de propagar todo tipo de fake news, como los datos adulterados de Alberto Fernández o de la OMS, pero escupen sobre quien intente ponderar los hechos, contemplando la sofisticada realidad de su país. Jair Bolsonaro en Brasil se ha sacrificado políticamente, haciendo mucho más que otros, pero no participando del coro de las Casandras. Exponiéndose físicamente, en un modo criticado por muchos, pero entendible para quien de buena fe, conociendo la realidad de terreno, comprende que en un país de 244 millones de habitantes del cual una porción significativa vive bajo el techo de pobreza, con varias enfermedades endémicas, no se puede parar la vida económica, aun si eso fuese eficiente para reducir el virus. Y no lo es. El Covid es solo uno de los factores en la cola de riesgos y dista de lejos de ser el más importantes. Entonces cuando un Fernández proclama, “Qué me importa cuánto dure, la cuarentena, va a durar lo que tenga que durar”, tendrá que hacerse cargo ante la historia de la enormidad de las consecuencias, que su medida desproporcional, irracional -, política sin lugar a duda -, vaya a sembrar.


[i] Ver Distopia sanitaria en este blog.



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