Negligencia y denegación de cuidados en los países bajo confinamiento

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La tragedia de Liliana Giménez, muerta, el 9 de abril, por denegación de cuidado en la provincia de Córdoba, formaliza lo que ya se venía reportando en varios países del mundo, a través de las redes sociales desde el principio de la crisis del coronavirus. Liliana era una mujer de 44 años que tenía la vida por delante. En una estremecedora cadena de tweets previo a su muerte, relata su odisea de nueve dias para ser atendida. A todas luces, su muerte configura un crimen de lesa humanidad tipificado en las convenciones internacionales de derechos humanos. Un atentado a la integridad física que toma por pretexto un supuesto sistema colapsado, cuando se pide a los pacientes de quedarse en casa y que no pasa nada por el lado del Covid-19 de relevante, por lo menos no en Argentina.

El pánico irracional al potencial contaminado es una de las características paradigmáticas, observables ya con suficiente distancia en tiempo y espacio desde el principio de la crisis. Es el común denominador entre los países que han portado lo más lejos posible el confinamiento. Es la consecuencia psicológica de la medida disruptiva. En el inconsciente colectivo, el mensaje profundamente enquistado es, que debe ser una plaga como nunca se ha producido en la historia, para que se tome una medida de la cual la memoria humana no disponga registro, ni en sus libros, ni en sus piedras, tal como el actual universo concentracionario en el cual están inmersas las naciones a quien les dio por imitar la metodología china.

Otro aspecto notable de la presente crisis sanitaria es el querer hace entrar a toda costa, el paciente en las estadísticas del Covid-19, amplificando al infinito el abanico de síntomas: dolor de vientre, conjuntivitis, dolor muscular, renal. Merced a esa amplitud, fruto de la improvisación y del tocar de oído, está contaminado virtualmente toda persona que llama a un servicio médico y además de no ser atendido, el paciente se arriesga a la violencia verbal de sus vecinos cuando no estrafalarias amenazas de acciones legales por ser culpable de estar enfermo.

También abundan testimonios en España y en Italia de pacientes dejados en casa, munidos del solo Paracetamol para hacer frente a la complejidad de los síntomas, sin observación médica, sin siquiera acceder aunque sea a un test chino de mala calidad, por decir. Personas que podrían ser salvadas con un antibiótico a penas se manifiesta la sobre infección mueren por denegación de cuidado. El cierre de los consultorios, el increíble bloqueo de la puerta de emergencia, todo eso conforma una monstruosidad nunca vista de historia médica.

Ajenos a la parafernalia de los aplausos de balcón, desde que se desató la crisis del virus chino se han instalado conceptos peligrosísimos, como el de “triaje” de personas mayores o padeciendo de complicaciones. Esas personas se ven excluidas de entrada de unidades de cuidado intensivo. La cuestión bioética parece haber sido zanjada por un comité de ángeles de la muerte. Además de denegación de cuidados se está practicando un maltusianismo desinhibido con la misma tasa de aprobación social que la instauración de la sociedad macro concentracionaria. Se trata de las mismas personas mayores que se pretende cuidar segregando las generaciones y castigando a niños, desescolarizados y en arresto domiciliario, por ser potencialmente contaminadores.



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