Hijos indignos de padres que no se indignan

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«Quiero que sepas, hijo indigno, que la ternura paterna ha llegado a su límite con tus acciones; que sabré, antes de lo que figuras, poner coto a tus desórdenes; prevenir respecto a tí, el enojo del Cielo, y lavar, con tu castigo, la vergüenza de haberte dado el ser”. (…). Palabras de Don Luis.  Don Juan o el Convidado de piedra, de Molière.

Podría sorprender el énfasis que la sociedad argentina esta dando al crimen de Fernando Báez, cuyo trato mediático es omnipresente y, extrañamente, por una vez, no parece prestarse a instrumentalización ideológica o recuperación política. El hecho ha calado hondo en la opinión publica. La imagen de Fernando despierta pulsiones de bondad, de empatía. Su muerte atroz asociada a lo que se conoce de sus virtudes, comparada a la felonía de los autores toma las proporciones de un martirio de corte postmilénico.  

La generación Z a la cual pertenecen tanto los asesinos como la víctima es aquella que hace zapeo digital. Aquella que invento esa forma de bullying extremo consistiendo en atacar en piraña una víctima, designada por ostentar un talento o ser mejor en algo, filmar su martirio y difundirlo luego en la miríada de redes sociales nuevas, todo con sentimiento de total impunidad, para goce de los perpetradores tanto como de los mirones. Dos generaciones tecnológicas anteriores, existían los snuff movies. Videos de asesinatos y violaciones reales que circulaban entre una clientela sádica y de modo clandestino. Eso sí, los autores de semejante producción eran adultos perteneciendo a lo peor del crimen organizado.

Lo proprio del caso de Fernando es que, su puesta a muerte filmada se da por jóvenes adultos sin antecedentes penales, cuyo único rasgo distintivo es su tremebunda estupidez. Por lo tanto, allí donde algunos ven en la mediatización del caso un sobredimensionamiento, otros observan una señal esperanzadora. Una batalla ganada contra la entropía, la deshumanización. Es una tragedia singular. Una épica contemporánea que pone en alerta. Ante cual impone detenerse y hacer muestra de indignación. Pasaran hechos geopolíticamente más trascendentales, la economía, las deudas del país impactaran mostrando gestos de mejor o peor gestión; cosas de la contemporaneidad las cuales ciertamente afectan el día al día. Pero es bueno saber hacer un uso ralentizado de la actualidad. Tomar el tiempo de activar la consciencia, sin ser carcomidos por la masividad de los datos.

En medio de tanto crimen, de tanto sadismo, de la prepotencia de la bestia cretina, del concepto de “empatía cero” a la obra; la capacidad de escandalizarse sigue viva. Se observa una sociedad que aún no ha sido tan envilecida como para insensibilizarse ante lo intolerable. Una sociedad que se despierta como padres aturdidos, allí donde los padres biológicos no parecen inmutarse por la transgresión en la cual incurrieron sus hijos.

La vergüenza, la deshonra figuran como emociones vernáculas. Pertenecen a un idioma olvidado. Son hijos que nunca se enfrentaron al miedo a la transgresión.

Entre los varios componentes de esa tragedia, está la manifiesta imbecilizacion generacional, tal vez también genética, que permite que una manada de hijos de familia de clase media se haya ilustrado matando por traición a un joven indefenso, ultrajándolo verbalmente con insultos racistas.  Pero la bajeza no es nada nuevo. Lo nuevo es que dejan constancia de ello paso a paso, hasta cuando lo celebran entre audios, mensajes y videos, sin registrar una sola expresión de compasión y a fortiori de culpa. Nada los inhibe. No temen ninguna forma de sanción, más allá una mínima inquietud ante la llegada de la policía. La vergüenza, la deshonra figuran como emociones vernáculas. Pertenecen a un idioma olvidado. Son hijos que nunca se enfrentaron al miedo a la transgresión. Son la tercera generación huérfana de autoridad paterna y materna. La tercera generación extranjera al concepto de “honraras a tu padre y a tu madre”, algo que Fernando sí había interiorizado. Y por eso exitó en sus asesinos el instinto depredador.

En toda esa gesta infamante, hay un aspecto insuficientemente retratado en los medios; no menos protagónico. No se observa el oprobio familiar. El paradigma del hijo indigno, aquel por cuya conducta se provoca la más amarga decepción, no se traduce en ninguna de las conductas de los padres. Actúan en calidad de garantes de la omerta. Avalan, relativizan, disculpan, transfieren en la fiscal Verónica Zamboni o en la opinión publica la carga de la culpa. Sin fiscal y sin opinión publica sus hijos serian, en el peor de los casos, víctimas de una “desgracia”. La palabra crimen, no figura en su vocabulario. El “hecho”, “lo que paso”, así sintetizan ellos o el abogado Hugo Tomei, el cual sigue ejerciendo la defensa de todo el grupo, señal que no reconocen forma alguna de responsabilidad, ni siquiera gradual. La prepotencia es ciega. Cometer, avalar la peor transgresión y a su vez juzgar temerariamente a terceros es su normal.  

Sus hijos podrían haber matado antes, porque hechos de similar bestialidad y cobardía se daban repetidamente en su feudo de Zarate. Uno de los partícipes necesarios, Alejo Milanesi, el 21 de enero de 2019, prácticamente ya mata a un joven, con su tertulía de mal nacidos. Lucas Pertossi escribe ese dia en su cuenta twitter:  “3 noches seguidas a las piñas, si no hay piñas no pudo haber sido alta nocheeee jajajaja”.

El hijo indigno de un padre digno es aquel que habiendo fallido al deber esencial hacia la persona humana a fallido al buen nombre de sus progenitores.

Los padres no podían ignorarlo, debido tanto al nivel de la violencia perpetrada como a la propia publicidad que sus hijos hacían de ella. Evidentemente, algo de esa lógica mafiosa, de esa imposición del terror, les caía bien. No es simple denegación de aquel que, por esas cosas del querer, se niega a encarar la realidad. Todo concurre a pensar que los padres eran plenamente conscientes de las bestiales tropelías de sus hijos, porque además estos las anunciaban de antemano por redes sociales. Como cuando se van a Villa Gesell y uno de ellos anuncia que es para romper lo que aún no lo fue. Habrá que ver si en algún caso, no hubo encubrimiento familiar, como parece sugerir una víctima.

 El amor no debe ser incondicional. Especialmente el amor de padres. El rol de un padre consiste en educar ante todo. No es una historia de amor pasional, que no entienda de razón ni de convenciones o leyes. El hijo indigno de un padre digno es aquel que habiendo fallido al deber esencial hacia la persona humana a fallido al buen nombre de sus progenitores. Un padre ante un hecho así debe decir, me has decepcionado irreparablemente. Has traído la deshonra en mi casa, has faltado el respecto a las generaciones que te preceden y comprometido el buen nombre de las que siguen.

Las indagatorias del miércoles fueron la primera oportunidad para observar si en un mes, alguno de los ocho coautores del crimen (otros dos están en libertad, considerados con rango de participes necesarios), habían podido procesar alguna actitud de arrepentimiento. Y por la misma ocasión, evaluar qué tipo de mensaje, los padres ante un hecho tan disruptivo habían transmitido a lo largo de las visitas en el centro penitenciario o de sus comunicaciones telefónicas.

La actitud de los asesinos fue increíblemente frustrante. De las escasísimas palabras que profirieron dos de los más implicados, evocaron un hecho ajeno a su responsabilidad. “Yo había pedido tres veces que nos manden el video, porque todavía no sabíamos que había pasado”, espetó Máximo Thomsen. Desencriptando: si es que se produjo tal hecho, nos pasó a nosotros también. En el mismo acervo, dos de ellos afirmaron: “no sé porque estoy detenido”. Lo más cínico, de vuelta, es que se trata de una causa donde sobreabunda la prueba producida expresamente por los propios autores. Uno de ellos, Blas Cinalli, mensajea a las 5.5 am, media hora tras el asesinato: “Amigos flasheamos, lo matamos”. Primera persona del plural. No dice se murió. “Lo matamos”. Tiene consciencia, sino moral, fáctica, del homicidio colectivo perpetrado.

Su consciencia moral no se ha activado en un mes de detención y no da muestras de poder hacerlo. Nadie de entre las personas de su entorno ha manifestado una marca de oprobio que apunte hacia un sentimiento de culpa, de vergüenza. A contrario. Disponen de asistencia psicológica para evitar precisamente que la culpabilidad surja, cosa que ni por asomo parece entrar en el campo de sus posibles, y los lastime emocionalmente. 

Se nota en la torpeza semántica, que a pesar de condiciones económicas correctas, los individuos están impactados de una imbecilidad certera que les inihibe la capacidad de abstraer conceptos morales.

Lo cierto es que los familiares de los asesinos expresaron el deseo de hablar con los padres de la víctima. Y estos, padres dignos de un hijo digno lo rechazaron como se merece, pues todo en la actitud de los familiares apunta a respaldar a sus hijos a pesar de su vileza. No se observa una ruptura radical. Una indignación reparadora. Al contrario.  De las pocas palabras expresadas por lo padres, sintezando, es que “fue una tragedia” (Marcial Thomsen). De vuelta aparece el concepto que es algo que les paso a todos.  “No había planeado matarlo”. Mataron salvajemente, eso sí. Las pruebas proveídas por los hijos indignos hablan por sí misma: los mensajes mandados entre ellos, el regocijo, el abandono del cuerpo. Eso habla de una impresionante carencia de formación moral. De un estado de salvajismo, tal vez enaltecido.  

Fueron diez bestias pegando, arengando, profiriendo insultos racistas (extrañamente un hecho desestimado por la justicia), pero fue sin querer queriendo. Ese enaltecimiento puede ser producto de una herencia peculiar que hace los sujetos inaccesibles a la empatía para todos aquellos que no formen parte del núcleo familiar. Se nota en la torpeza semántica, que a pesar de condiciones económicas correctas, los individuos están impactados de una imbecilidad certera que les inhibe la capacidad de abstraer conceptos morales. La madre de uno de ellos, “manda mucho pésame” (sic) a los padres de Fernando.  

 Lo propio del hijo indigno es su prepotencia. Se sitúa por encima del bien y del mal. La mitología así como la historia de la humanidad esta llena de siniestros personajes que fueron hijos indignos. Eacos es considerado en la mitología como el griego más sabio por haber desterrado sus dos hijos fratricidas. Es cosa de sabios, siendo padres, darle la espalda al hijo criminal. Por lo menos lo es en la sociedad conformada por ideales virtuosos. En la sociedad mafiosa, el principio de continuidad entre las generaciones se teje a través del legado del más violento.

El caso es que a medida que pasan las semanas, la indignidad de los hijos que conforman el comando asesino del hecho conocido como crimen de Villa Gesell, habla cada día mas de la corresponsabilidad moral e intelectual de los padres.

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