Un asesinato al estilo Naranja Mecánica

@Teresita Dussart, todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

El asesinato de Fernando Báez, conocido como crimen de Villa Gesell, ha conmocionado toda una nación. Mas allá de sus fronteras es muy importante hacer de la tragedia del joven y dulce estudiante en abogacía, asesinado cobardemente por una manada de animales, un caso de estudio de la criminología contemporánea, con la consecuente respuesta judicial. Que no sea simplemente otro crimen de la banalidad del mal y de la crueldad coetánea. La configuración del crimen en manada, filmada, con un grupo de personas que no solo no presta asistencia a una persona en peligro de muerte inminente, sino que encima arenga los agresores, los cuales van dando golpes a una víctima desprevenida, sin posibilidad de asegurar su autodefensa, en situación altamente ultrajante para la dignidad de la persona y su integridad física más allá del riesgo de vida, es un escenario que se va repitiendo.

No menos importante que él o los agresores, en la realización de la gesta narcisito-criminal, está todo un grupo que no entiende del concepto del deber de asistencia, carente de toda noción moral relacionada a lo que antes eran valores altamente positivos como la valentía, el sentido de la justicia, la manifestación de oprobio ante la infamia.

Va a ser muy importante que se recupere todos los videos y no solo los videos de los diez acusados, sino de muchos otros jóvenes presentes, los cuales se les escucha riendo y correando injurias racistas y llamados al odio, hacia el joven que yace al piso a punto de emitir su último respiro. En ellos se configura lo que el psicólogo clínico Simón Baron Cohen calificó como «El grado de empatía cero, Teoría de la crueldad” (2011 Alianza Editorial). Será muy importante para el futuro que, esas personas, asuman su responsabilidad en un grado asimilable a coautores intelectuales del asesinato, y que se desglose el fenómeno en un abordaje sistémico, para poder entender cómo se llega a anestesiar en esas huestes, sujetos a priori habiendo tenido acceso a estudios por lo menos de secundaria y educación de clase media, todo rastro de comportamiento humano.  

Ese tipo de ataque de ultrajante a homicida se está convirtiendo en un fenómeno de sociedad. La victima puede tratarse de una chica a la salida de una discoteca castigada por ser linda, o de un joven por merecer buenas notas en la escuela. Es una forma de bullying asesino o de incitación al suicidio. No menos importante que él o los agresores, en la realización de la gesta narcisito-criminal está todo un grupo que no entiende del concepto del deber de asistencia, carente de toda noción moral relacionada a lo que antes eran valores altamente positivos como la valentía, el sentido de la justicia, la manifestación de oprobio ante la infamia. Es una humanidad enucleada de todos sus reflejos de preservación, porque la empatía es el motor de la preservación. No solo eso, sino que goza del espectáculo y rinde pleitesía al agresor.

Es de resaltar en el caso de Fernando, el protagonismo de una testigo, Tatiana, la cual actúa como un ángel al rescate en medio de la gehena de bestias, una flor surgida del lodo. Fernando es la alegoria de la victima en una escala de valores invertida y del triunfo del mal. La victima es en todo mejor que sus agresores. Es mejor alumno, es mejor persona, es más empático, en más inteligente, ostenta mejores disposiciones físicas, es en general mejor persona. Sus cualidades atraen el depredador como la sangre los escualos.

Cuatro o cinco generaciones de cultura mafiosa fuertemente arraigada, asociados a la involución milenial y al exhorto gregario a la crueldad por las redes sociales configuran una funesta configuración humana.

La imperdonable muerte de Fernando debe servir a crear un caso de escuela. Y Argentina puede ser pionera en esta casuística, siempre y cuando entienda la gravedad del fenómeno. Varios factores sociológicos hacen que Argentina sea un terreno propicio a esa nueva forma de crueldad por motivos cuyas raíces se vinculan al resentimiento de una sociedad donde el ascensor social sigue varado por el nepotismo y el amiguismo, donde muchos idiotas ocupan puestos importantes en estamentos estratégicos y el mérito es explícitamente considerado como mala palabra.  Son muchos los lastres infamantes, anti éticos, políticos y culturales, asociados al extracto mussoliniano del peronismo (peronistas no son solo los que declaran serlo). Tampoco parece casual que los agresores sean en mayoría de ascendencia de Italia del sur. Cuatro o cinco generaciones de cultura mafiosa fuertemente arraigada, asociados a la involución milenial y al exhorto gregario a la crueldad por las redes sociales configuran una funesta configuración humana. En cuanto a la dimensión cultural mafiosa, llama la atención que el sistema penitenciario argentino haya considerado pertinente detener todo el grupo en una misma celda colectiva, fortaleciendo la dinámica del grupo criminal y la obligatoriedad de observar la omerta.

A ello se debe agregar un racismo cultural muy argentino donde la expresión “negro de mierda” está totalmente naturalizada por una cultura filonazi que nadie describió tan bien como el exembajador de Estados Unidos en Argentina, Spruille Braden en su informe “Blue Book on Argentina”, documento que, aunque parezca mentira, décadas después, sigue siendo clave para entender mucho de lo que pasa por aquí. Ese nazismo “cultural” se ha enquistado en la cultura mafiosa. Con la especificidad que los que lo practican suelen responder a las características de sus injurias mucho más que las víctimas.  En el caso de uno de los agresores más implicados, su madre parece provenir directamente del paleolítico. Fernando era un chico guapito de origen paraguayo. Los agresores provienen de ese estamento de la clase media donde sin ser guapos y sin merito académico o de índole alguno (tampoco deportivo) se es guapo por los malos modales y la cultura de la omerta.  

Ese tipo de agresión viene muy bien descripta en la película Idiocrasia de Mike Judge (2006), la cual se presenta como una proyección de aquí a 2500, cuando el ser humano ya solo puede gozar de la obscenidad y del ataque cobarde haciendo alarde de una propensión a la empatía menor que el mono capuchino. No se puede negar la dimensión involutiva expresada en ese tipo de violencia, la cual ya venia profetizada por otra película, la de Stanley Kubrick en su opus «Naranja Mecánica» de 1985. Por eso es menester volver a poner sobre la mesa el rol de la sanción penal, aniquilado por la ideología setentista. Ante la mutación de la violencia, que ya no es la de la inseguridad relacionada a la pobreza o al crimen organizado, sino de la bestialidad y de la crueldad normalizada, no se debería temer repensar la noción del castigo, como fin en sí, sin rebuscar en la aplicación de la sentencia condenatoria, finalidad paliativa alguna. El castigo puro es el antídoto a la entropía societal.

Sobre el mismo tema



Categorías:Argentina, Sociedad, Uncategorized

Etiquetas:, , , , ,

1 respuesta

  1. Muy buen enfoque del caso y nos marca en que sociedad nos convertimos o que sociedad SOMOS!

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

error: Content is protected !!
A %d blogueros les gusta esto: