HOPE, el proyecto geopolíticamente disruptivo de la diplomacia iraní

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En el contexto de protestas y de «máxima presión«, concepto acuñado por el exasesor a la seguridad nacional de Estados Unidos, John Bolton, Iran intenta mantener su agenda.  El domingo en Teherán, el Emir Qatarí, Sheik Tamin Bin Hadad Al Tani se reunió los dos representantes del gobierno bicéfalo iraní, el presidente Hassan Rouhani y el Ayatola Ali Khameney. Casi concomitantemente en Muscat (Omán), Mohamed Javad Zarif, ministro de asunto exteriores de Iran, se reunió con el nuevo Sultán, Haithan Bin Tariq Al Said. El mensaje subyacente de tal actividad diplomática con sus más rodados aliados de entre las petromonarquías, parece haber consistido en demostrar la continuidad de la política con los países que bordean el estrecho de Ormuz.

Kacem Soleimani fue asesinado precisamente cuando acudía a una reunión con un intermediario iraquí encargado de la shuttle diplomacy con Arabia Saudí, quien debía entregarle una respuesta determinante para el proyecto faro de la diplomacia iraní y, singularmente de su arquitecto, Javad Zarif. Un proyecto disruptivo de un punto de vista geopolítico, que Javad Zarid había considerado como lo suficiente maduro para hacerlo público en Naciones Unidas el 27 de septiembre de 2019 y para el cual cuenta con el apoyo del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Gutteres. 

Ese proyecto es el Hormuz Peace Endeavor (HOPE), un tratado de Paz entre los países que bordean el tan estratégico estrecho, por donde pasa 60% de la producción de petróleo del mundo, entre los cuales se encuentra, además de Iran, las siete petromonarquías que conforman el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG): Bahréin, el Sultanato de Omán, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar, y Arabia Saudita. La variable de ajuste para lograr el acuerdo de todos los miembros del CCG es el beneplácito de Arabia Saudí, aliado de Estados Unidos por antonomasia (aunque patrocinador de los mayores atentados contra intereses americanos sin que nadie se inmute). Arabia Saudí es, hasta la fecha, el correveidile en el Golfo del concepto boltoniano, ya citado, de “máxima presión”. No obstante, se perciben cambios. Hasta hace poco una línea infranqueable ostracizaba Qatar y Omán, del resto de los estados miembros del CCG, por sus vínculos más equilibrados con Iran. Aunque sutil, a medida que la estrella de Mohamed Bin Salman (MBS) ha ido empalideciendo, especialmente después del vil asesinato del periodista Jamal Kashoggi en circunstancias inauditas, se percibe un tímido deshielo en la guerra fría del Golfo. Lo que parecía imposible, podría ser negociable. La firma de un acuerdo garantizando la libertad de navegación, la no confrontación y la seguridad energética seria lo que propondría el acuerdo HOPE.

«Domina la idea que la política doméstica americana y sus giros a 180° entre aliados de un día y enemigos el otro, representa un lastre superior de la ventaja que se pueda retirar de ello. «

El índice de impresentabilidad de MBS no es el único factor. Está la cuestión de la eficiencia. Arabia Saudí ya no se vería tan convencido que Estados Unidos es la fuerza que pueda garantizar la estabilidad en la región. Desde 2018, a partir de la salida intempestiva de Estados Unidos del acuerdo nuclear con Iran, el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPoA) surgieron en forma de provocaciones varios accidentes y sabotajes de tankers en el estrecho de Ormuz. El juego de suma cero entre Iran y Estados Unidos ha generado un clima de región al borde de la crisis de nervios. Domina la idea que la política doméstica americana; sus mentiras pueriles y sus giros a 180° entre aliados de un día y enemigos el otro, representa un lastre superior de la ventaja que se pueda retirar de ello.

Esa ventaja solo puede consistir en seguridad. Y eso en Medio Oriente se traduce por fuerza y unidad. Si es por unidad, el asesinato de Soleomani ha tenido por efecto que las milicias chiitas iraquíes de Moqtada al-Sadr y del Ayatollah Al Sistani se reconcilien con Iran. Si es por fuerza, a contrapié de lo que tuiteó Donald Trump el 3 de enero, “Iran nunca gano una guerra, pero nunca perdió una negociación”; es fáctico y de público conocimiento que desde hace 2700 años Iran gano casi todas sus guerras. Más cerca en el tiempo, como lo reconocen los propios militares americanos, Saddam Hussein no hubiese caído en 2003 si no fuere por la ayuda de Iran. Por si acaso, también es el ganador de la guerra Iran-Irak que va de 1980 a 1988, cuando Saddam Hussein aún era un eximio aliado de Estados Unidos.  Pero, por sobre todo, Iran es el ganador de la última guerra contra el terrorismo, en el Sham. Por algo los últimos bolsones de yihadistas de Isis celebraron el asesinato de Soleimani. La batalla de Mosul contra Los terroristas del Estado Islámico fue ganada por milicias chiitas y sus aliados kurdos, en algunos casos protegidos a lo lejos por la aviación americana porque, a pesar de todo del odio a Iran, de su capacidad de coordinar sus milicias dependía la seguridad global, incluida la de aquellas naciones que financiaron o entrenaron los yihadistas, cuando no le brindaron profundidad de campo estratégica.

Lo mismo se puede decir de la guerra en Afganistán donde las milicias chiitas fueron decisorias en la lucha contra los talibanes. La propensión por parte de Estados Unidos a perder sus guerras y traicionar los proxys que les salvan las papas del fuego ya es leyenda. Primero los kurdos luego Soleimani. El único terreno donde Estados Unidos no necesite del apoyo paradójico de Iran, es en Yemen, donde sostiene sin matices el genocidio houtí perpetrado por Arabia Saudí.

«Donald Trump quiso comparar la muerte de Soleimani con la de Oussama Ben Laden, pero no es lo mismo por dos motivos, Soleimani lucho contra Ben Laden y muchos chiitas fueron víctimas de Al Quaeda»

El haber asesinado un militar que estuvo objetivamente en la trinchera, se piense lo que se piense de los Pasdaran, de un modo tan cobarde, tan poco conforme a las leyes de la guerra, deja aun dentro de los más iranofobos, aun cuando no lo puedan o quieran confesar una sensación de algo de transgresivo. Algo que una potencia militar que se honre decididamente no puede, no debe hacer. Un acto de un nivel de felonía por así decir paradigmático. Donald Trump quiso comparar la muerte de Soleimani con la de Oussama Ben Laden, pero no es lo mismo por dos motivos, Soleimani lucho contra Ben Laden y muchos chiitas fueron víctimas de Al Quaeda. Por último, porque la muerte de Ben Laden en Pakistán fue el resultado de una operación militar, no de un lanzamiento de misil a distancia.

Sería muy ingenuo para los postulantes de la política de la “presión máxima” sobre Iran, pensar que, si se llegaba a “caer el régimen” (siendo Iran el único país de la región en ser calificado de régimen en medio de un conjunto de monarquías totalitarias, sin ningún tipo de apego hacia forma alguna de democracia); Iran dejaría de ser el archipiélago de mayor influencia regional que constituye por ahora, teniendo como único rival y de lejos a la Turquía de Recep Erdogan como bastión protector de los sunitas. Más iluso serio pensar que las arbitrariedades, las humillaciones incesantes, como la amenaza de destruir 52 sitios culturales de la madre de casi todas las civilizaciones del mundo o el recuerdo de los efectos producidos por las sanciones que aquejan los civiles iraníes, reformistas y conservadores por igual, se evaporarían de un día para otro.



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