Récord de incidentes diplomáticos para un Alberto Fernández radicalizado

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Desde la elección del presidente Alberto Fernández, la comunidad internacional decidió atenerse a una actitud de wait and see. Una determinación consistiendo en rehuir de los estereotipos fundados en el legado de Cristina Fernández, ahora su vice, y dejarle el tiempo de hacerse un lugar entre los halcones del kirchnerismo y una administración moribunda que intentaría achacarle su desidia en su último tramo.  Se entendía que, en la fase de campaña, el candidato del Frente se guardase de revelar lo que tiene realmente dentro del estómago. Reinaba hasta hace dos semanas, una suerte de desprejuiciosa expectativa, fundada en declaraciones exhumadas del archivo del Alberto Fernández en su fase de opositor a Cristina. Todas declaraciones que iban en el sentido de un Alberto alguna vez converso a la social democracia. “Estados Unidos quiere que seas exitoso” espetó Mauricio Claver, el asesor de Donald Trump para América Latina a Alberto Fernández durante su visita a México.

Alberto Fernández, se ha transformado en un líder estudiantil de una unidad básica militante de los 70. Algo que podría parecer muy divertido si no fuese que el país aúna dos nefastas herencias

En parte también se trataba de una expectativa por defecto. La idea general ante el Waterloo económico de Mauricio Macri y la profundización de los estropicios de la precedente administración siendo, que, al no poder ser peor, cabía la posibilidad que sea mejor. Uno nunca desconfía lo bastante de los sofismos y menos con peronistas involucrados.  

Injerencia en asuntos soberanos de sus vecinos

En las tres semanas que corren desde las elecciones del 28 de octubre, Alberto Fernández, se ha transformado en un líder estudiantil de una unidad básica militante de los 70. Algo que podría parecer muy divertido si no fuese que el país aúna dos nefastas herencias, la de Cristina Fernández de Kirchner y la de Mauricio Macri con lo que deja de deuda externa y doméstica, más otros flagelos que conforman un colapso económico como nunca visto.  

El presidente electo ha asumido un perfil altísimo retomando el testigo de la patraña castro populista, de las venas abiertas y otros lugares comunes de Cristina Fernández, exactamente allí donde la había dejado en 2015. Y, cuanto peor, incurriendo en todo tipo de injerencia en política internacional de modo a ponerse el mundo entero en contra, allí donde debería obrar incesantemente, con equidistancia a suscitar respeto.

En Uruguay, el presidente electo fue a prestar su respaldo al Frente Amplio, en la persona del delfín de Tabaré Vázquez, Daniel Martínez. Martínez ha ganado en balotaje el 27 de octubre ante el candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou. No obstante, en segunda vuelta todas las encuestas dan el candidato de la derecha ganador. La intervención del kirchnerista en favor del frentista bien puede haber hundido su protegido. Dios sálvame de mis amigos, de mis enemigos me encargo yo.  Resulta cuanto más invasiva la injerencia del virtualmente jefe de Estado, que los uruguayos guardan una pésima imagen de Cristina Fernández, además de ser muy susceptibles sobre los riesgos de contaminación de la argentinidad. Aceptan el dinero que se escapa con muy buenos motivos de Argentina hacia sus cofres (muchos menos desde que gobierna el Frente Amplio) pero no así sus conceptos de gobernabilidad. El propio Mujica alberga una gran ambigüedad al respecto de Cristina con la cual no siempre tuvo expresiones muy caritativas. Por si fuera poco, siendo aun candidato, Fernández sintió la necesidad de traer a colación un hecho nuevo sobre un episodio clave del krichnerato, el de las valijas de Antonini Wilson. Se trataba de dinero proviniendo de Venezuela para financiar la primera campaña de Cristina Fernández. Entre gallos y medianoche, el tocayo declara ahora que ese dinero estaba destinado a Uruguay. Corría por entonces el año 2007 y el presidente era Tabaré Vázquez…

En Bolivia, país que detiene las llaves de la sustentabilidad energética de Argentina, un hecho nada anecdótico; Alberto Fernández, como un militante antisistema más, se sumó a la denuncia de golpe de Estado. En nada influyó en su actitud que este probado que la única tentativa de Estado que hubo fue la del 20 de octubre cuando Evo Morales cometió un fraude de manual, para conferir un semblante de legitimidad a su narco dictadura y perennizarse en el poder. Hasta Rusia ha reconocido el gobierno de transición. Fernández él quiere invitar a Evo Morales a su asunción. El único país que sobreactúa la ideología, que no sea Venezuela o Cuba, es Argentina, la que se viene y gran parte de la que se va.

Con un Chile en llamas y a pesar de ser Sebastián Piñera uno de los primeros lideres del mundo a felicitarlo por su elección, no tuvo una palabra de empatía hacia la tragedia de este autentico ejemplo de democracia en la región. Al contrario, no tuvo empacho en hacer participar de su juguete, el “Grupo Puebla” a Marco Enríquez Ominami, una de las musas del clima neroniano imperando en Chile. Tampoco ha denunciado los elementos antisistema argentinos que se sabe, en Chile como en Cataluña confieren letras al odio a través de las redes sociales en escenarios sediciosos que sean portadores de alguna simbólica para ellos.

En Brasil para ser justos con Alberto Fernández, es verdad que Jair Bolsonaro actuó de modo muy indelicado. También es verdad que el candidato y luego presidente electo Alberto Fernández no se cansó de clamar por doquier: “Lula libre”, interviniendo en la justicia de un país soberano. Cuanto más absurdo jugar al dador de lecciones que, a pesar de haber sido condenado, con todas las garantías del debido proceso, en un país, como Brasil que suma mejores notas en cuanto a seguridad jurídica y transparencia que Argentina, Lula fue liberado por un fallo de la Corte Suprema que vale lo que vale. Brasil tiene el poder de empujar a la quiebra argentina. Otro pequeño detalle al cual un aspirante a Jefe de Estado debería prestar atención. Cuanto más que los brasileños están hartos del Mercosur que les ata a las desavenencias del incomodo vecino y están dispuestos a acusar el perro de rabia si con eso lo pueden eutanasiar.

Cachivache de Grupo Puebla

El Grupo Puebla, rejunte de corruptos, autoritarios, prófugos de la justicia y perdedores de la década pasada, o sea malos y además has been, ocupa mucho tiempo en el planning de Alberto Fernández.  Intento vendérselo a Andrés Manuel López Obrador, probablemente motivado por el hecho que el mexicano padece de sus propias manías populistas. AMLO gobierna como ensimismado en la construcción de su narrativa del 4T (cuarta transformación), cuando no en defender su política de los “abrazos y no balazos” a los sicarios degolladores y en perseguir opositores en las redes sociales. Pero, aun así, AMLO, le significo a Fernández, en otras palabras y resumiendo: todo bien con el cachivache de Puebla, pero aquí tenemos un país en serio, allá tu si tienes tiempo para eso.

Fernández no es el primero en cometer incidentes diplomáticos garrafales. En Argentina es tradición. Cristina insultaba sin pudor los jefes de Estado según sus antojos. Macri declaro en una entrevista a une vedette argentina, Viviana Canoso, que Trump no tenia ninguna posibilidad de ser electo, que era un “chiflado”. Y por si fuera poco su Embajador en Washington, Martin Loustau se mostró en la sede de campana de Hillary Clinton el día en que perdió las elecciones. Todo un hito. Tras varios desplantes, Trump terminó por perdonar su colega con quien compartió algo más que conversaciones políticas en su juventud. Esa palanca, Fernández no la posee.

Lo que se ha visto del Alberto Fernández desde la elección, in crescendo, es un ideólogo recargado, desconocido como tal, que hasta se junta con los gordos de la CGT, la mafia sindical y les promete un lugar en el gobierno. Macri también lo hizo. Tal vez Fernández le esté devolviendo la cortesía a su predecesor, inaugurando un macrismo de malos modales. El caso es que, por donde se lo observe, relaciones internacionales o lo que filtra de su gabinete, no aparece ese pragmatismo, condición necesaria para allanar los problemas por afrontar en menos de un mes. Aún puede soprender, dispone de cuatro años, pero la expectativa no es positiva.



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