No fue golpe, fue huida

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El desenlace del gobierno de Evo Morales en Bolivia caldea los ánimos en un continente, del cual una parte de la clase política mantiene vigente el ideario de la guerra fría. Ese grupo, compuesto de unos pocos mandatarios de Estados quebrados alienta sin escrúpulos la inestabilidad institucional contra el presidente Sebastián Pinera en Chile. En cambio no duda en calificar de “golpe”, la renuncia de Evo Morales, huido por motus propio, dejando en evidencia, ante el mundo entero, un nivel de fraude grotesco. Una tentativa de golpe fingiendo legimidad a través de las urnas. Una receta de dictador, vieja como las republicas bananeras, o cocaleras. Morales llegó para convertir su país, primero en narco estado, lo logró, y estuvo a poco de dar el paso hacia la narco dictadura gracias a una decisión arrancada al Tribunal Constitucional en 2017, de avalar la reelección indefinida.

Los países que componen el grupo de los que gritan al golpe son (Nicaragua, Honduras, Cuba, Venezuela, Argentina). Pero, además, se ha consolidado una tertulia compuesta de (ex) líderes autoritarios de la década pasada, reaccionarios autoproclamados progresistas. El grupo de Puebla, así llamado, nació en julio de 2019.

Además de contar entre sus miembros varios procesados por corrupción, como Rafael Correa de Ecuador y el condenado Lula da Silva (liberado merced a un fallo surrealista de la SPF), el ex jefe de gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, responsable de la peor crisis económica de historia española, Puebla cuenta entre sus socios fundadores a la expresidenta Dilma Rousseff. Tal vez a Rousseff no le guste recordarlo, pero en 2012 brindó asilo al exdiputado boliviano Roger Pinto, del partido opositor “Convergencia Nacional”. El diputado que en ese entonces investigaba el narcotráfico operado por el partido oficialista “Movimiento al Socialismo” (MAS), siendo víctima de varias formas de hostigamiento, fue obligado de buscar refugio en la Embajada de Brasil. En 2012, logro ser exfiltrado. En ese momento, Pinto no se benefició de un salvoconducto, tal como Evo Morales. Su exilio se realizó en condiciones dignas de una película de Hollywood con la ayuda del diplomático Eduardo Saboia. El episodio generó duraderas fricciones diplomáticas entre los dos estados fronterizos. Morales tuiteo en ese momento: “Quien se esconde o se escapa es un delincuente confeso. NO es un perseguido político”. Palabras que hoy suenan proféticas.

Pinto murió en Brasil en agosto de 2017 en el marco de un accidente aéreo calificado de sospechoso. Fueron muchos los políticos y periodista que el cocalero persiguió y reprimió, casi siempre como retaliación por acusaciones portando sobre hechos de narcotráfico. En 2017, el diputado opositor Tomas Monasterio, hoy candidato a la presidencia por “Bolivia Dice No” (BDN) no pudo hacer valer su inmunidad parlamentaria y fue encarcelado, como medida de retorsión por revelar una operación de trafico de precursores químicos hacia Argentina. Un esquema que tenía a Morales y su entorno como responsables.

Al haber otorgado el asilo, México propina un doble servicio. El primero a los opositores de Morales que se lo quitan de encima. A Morales él mismo, que se exime de responder de sus delitos, entre otros el de fraude electoral ante el Ministerio Publico.

Andrés Manuel López Obrador declinó la invitación hecha por Alberto Fernández de liderar el Grupo Puebla. Su ADN populista no deja espacio a la duda. Como muchos de ellos, ve tentativas de golpe de estado por todas partes y su gran lucha no es contra el narcotráfico sino contra las redes sociales. No obstante AMLO no llega hasta los portones de delirio peronista del 70. Conserva una buena dosis de pragmatismo y quiere preservar, con los socios sanos del continente, relaciones aceptables, Estados Unidos incluido. Eso implica no entrar en embarazosas relaciones con corruptos y tiranos. Por eso ni él ni su canciller, Marcelo Ebrard, pronunciaron siquiera una vez la palabra “golpe”. Queda que, al haber otorgado el asilo, México propina un doble servicio. El primero a los opositores de Morales que se lo quitan de encima. A Morales él mismo, que se exime de responder de sus delitos, entre otros el de fraude electoral ante el Ministerio Publico. Circula la hipotesis que la «sugerencia» del ejercito fue concertada con Evo.

Ese coctel de indigenismo anti republicano, racista, populista, en casos aislados entongado con el narcotráfico es lo que menos necesita importar México

Pero a México puede que la hospitalidad le resulte pesada. “Mi único delito es de ser indígena” espetó al tocar la tierra mexicana. Es una declaración calculada. La raza es importante para Morales. Dividió profundamente la sociedad boliviana en función de un criterio de melanina. Diluyo las instituciones para remplazarlas por órganos de representatividad arbitraria y fundada en aspectos raciales, tal como las Asambleas Indígenas. En Bolivia, parte de las comunidades indígenas, hartas de ser instrumentalizadas por Evo, le habían retirado su apoyo.

Ese coctel de indigenismo anti republicano, racista, populista, en casos aislados entongado con el narcotráfico es lo que menos necesita importar México, porque ya bastante lo padece en interno, carcomiendo sus instituciones. Los carteles han mutado hace ya un tiempo hacia un discurso populista, teñido de indigenismo a la vez que daban el salto en violencia hacia el terrorismo. Hoy esos grupos criminales, escisiones de carteles de segunda generación, no tienen nada que envidiar a los crímenes de Isis en Siria o a la crueldad de los mexicas y sus hileras de cráneos. Evo Morales tiene sus propios contactos en ese mundo. Bajo su presidencia, la superficie de producción de coca ha explotado en un coeficiente estratosférico. Y no es para el acullico. Por culpa de Morales, Argentina país vecino se ha convertido en el mayor consumidor de la región.

La realidad es que Morales debió quedarse en Bolivia para ser juzgado, pero aprovechó para huir con las ínfulas de héroe herido. No hubo golpe. Los militares no tomaron el poder. Le sugirieron de renunciar ante el legítimo hartazgo de un pueblo enfrentado a una nueva impostura electoral. Y a él le convino seguir ese consejo, porque no tenía ninguna posibilidad de salir de otro modo que no sea para entrar en una cárcel.

No solo los resultados del voto del 20 de octubre estaban impactados de nulidad por el nivel de fraude bestial constado por los veedores de la OEA. Pero la misma contienda electoral representaba una violencia institucional mayúscula. En 2016, el presidente Evo Morales había él mismo organizado un referéndum para garantizar su perpetuación al poder, como en una novela del realismo latinomaericano. Perdió ese referéndum, y a pesar de ello, se candidateo a su reellecion por cuarta vez, lo que hacía de él, un reo de puro derecho. Las elecciones anteriores fueron impactadas de serias dudas sobre la calidad del escrutinio. Su actuar de tirano no podía sino tirar la gente a la calle propiciando un riesgo de de guerra civil.

Como siempre Argentina analiza poco y sobreactúa mucho desde la alienación setentista que habita todos sus líderes políticos sin excepción.

Los Fernández en el rol de abogados del Eje del Mal

Como siempre Argentina analiza poco y sobreactúa mucho desde la alienación setentista que habita todos sus líderes políticos sin excepción. Los unos por necesidad de sobrevivencia política. Ese es Alberto Fernández. Los otros por ausencia de opinión, cuando no de inteligencia: Mauricio Macri. Los otros, para hacer olvidar su pasado de usureros exitosos durante una época en que, de un lado como otro imperaba la violencia política asociada a la mafia, esa fue la pareja Kirchner. Alberto Fernández lidera desde el domingo el coro de los que gritan al golpe. En su último tweet hasta acusa Donald Trump de haber regresado a los 70 en alusión al estereotipo del «imperialismo» en la cosmogonía peronista. Todo, porque Trump se felicitó de la renuncia del tirano con peinado en forma de gorra andina, augurando de la próxima caída de otro tirano usurpador, el colombo-venezolano, Nicolas Maduro.

Alberto Fernández, aun presidente electo se está mostrando mucho mas talibán que el candidato que llego al poder, en gran parte, merced a los demócratas del centro derecha, defraudados por el macrismo. En lugar de dedicarse a trabajar en la conformación de un gobierno y de un programa que aporte indicadores claros del rumbo que se abre, se ha volcado afanosamente en abogar por los tiranos del Eje del Mal.

En uno de sus tweets, de contenido explícitamente racista, al igual que su benefactora, Cristina Fernández, Alberto, hace alusión a la apariencia de Evo, la cual seria la apariencia de todos los bolivianos. Es un tweet anti blanco, anti criollo, antisemita, anti asiático, anti republicano, anti afroamericano, anti pelirrojo, anti todo lo que no sea parecerse a Evo y la supina fealdad que Dios le dio a él y solo él. Es un tweet tribalista, profundamente desconocedor de los valores de la república. Y proviene de dos personas que tienen la boca llena de la palabra “inclusividad”. De aplicarse la acepción de Fernández de la república, habría que volver en todo América a reducciones aimaras, quechuas, guaraníticas, y de todas aquellas etnias que alguna vez existieron (menos aquellas que los argentinos ya constituidos como nación erradicaron tras la independencia). Habría que barrer con todas las instituciones europeas, es decir españolas fundadas desde el siglo XVI en América, a partir de donde se piense y se funda el espíritu del Estado nación, de la república, y de la independencia. Todos conceptos que los usurpadores del bolivarianismo real desconocen. ¿Quién hubiese pensado que, en la segunda década de este milenio, otro peronista vendría a prestar su acervo neo-musolinista para revivir las soeces del chavismo y del narco populismo?



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