Alberto Fernández y sus incógnitas

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Con una mayoría de 47, 85% versus 40,64% del presidente saliente Mauricio Macri (Juntos por el Cambio), teniendo 91,75% del padrón escrutado, Alberto Fernández (Frente de Todos), el ex Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, ha sido entronizado por las urnas como el futuro presidente de Argentina. Aunque no haya sido un triunfo avasallante a nivel nacional, el kirchnerismo es de nuevo realidad tan solo después de cuatro años.

Notablemente, Axel Kicillof, ex Ministro de Economía de Cristina Fernández, tuvo la precedencia de la arenga por sobre el presidente electo, Alberto Fernández. Una señal a tomar en cuenta, de lo que podría ser la jerarquía del poder real del kirchnerismo, del cual se desconoce si será la versión 2.0 o si se sigue con la 1.0. En su arenga, Kiciloff apuntó al fracaso de “modelo neoliberal” del macrismo. Algo falso por sobre manera. El macrismo no fue ni liberal, ni neoliberal, ni promercado. El propio Dante Sica, Ministro de Producción y de Trabajo del macrismo, calificó sus políticas de medidas kirchneristas.

Cristina Kirchner, ex presidente, con los consabidos estragos, ahora vicepresidente electa, celebró la elección a gobernador de Kiciloff como “un reconocimiento político” para ella. No tuvo la misma ternura para Alberto Fernández a quien la primera palabra dedicada fue una orden, matizada de “atrevimiento”, consistiendo en pedirle de gobernar desde mañana lunes, antes mismo de ser ungido oficialmente. Fernández declinó cuando le tocó contestar con una perogullada. Cristina parece querer forzar la mano a su tocayo, consistiendo en presentar un gabinete endógamo y asegurarse que no es el nuevo Lenin Moreno argentino.

No es la única en querer saber. Alberto Fernández es uno de los pocos presidentes del mundo en llegar al poder sin haber informado de su equipo económico. Pero eso no es anormal en Argentina donde las elecciones la ganan candidatos que hacen campaña sin programa y sin comprometerse sobre un equipo. En el caso de Fernández, además tiene que cuidarse del ala dura que le hizo Rey.

El caso es que la radicalidad expuesta por Kicillof, y su clara legitimidad cristinista, hacen más urgente saber que valores van a inspirar las medidas del presidente electo. De ese punto su discurso no dio ninguna señal. Aunque descartó diplomáticamente aplicar el orden cristinista, su única señal es la afirmación de un gobierno más abierto. Las últimas semanas se lo veía asumiendo una postura cada vez más cristinistas, yendo hasta decir que «Cristina y yo somos lo mismo«. Esa frase y otras de la misma índole, le hicieron perder parte de los votos de los macristas desilusionados que vieron en él un posible revival del menemismo.

Fue notable que su única referencia kirchnerista del discurso del post elecciones fuese dedicada al difunto Néstor. Ni una valoración sobre el gobierno de Cristina. No obstante, el festejo se dio en un ambiento estrictamente cristinista y camporero. ¿Siendo el presidente electo, no tenía la autoridad de ser acompañado de gente representando el ambiente más abierto en el cual se ha movido estos años? ¿Cuál será la política económica de Alberto Fernández y cuál será su dependencia al libreto populista y setentista de Cristina Fernández? ¿Cuál será la implicación de esta en la gestión al día al día de los asuntos del Estado?

El riesgo es a doble filo. Si Fernández acata las ordenes de Cristina y se ajusta a los preceptos marxistas de Kiciloff, el país sigue hundiéndose. Si intenta forjar su destino, Cristina puede «castigarlo» fomentando disturbios al mejor estilo chileno o ecuatoriano. La presión es enorme y quien dice saber, miente. Todas las señales son subliminales. No hay nada cierto. El contrario también puede producirse si Cristina decide volver a poner al menú del día sus tropelías, su autoritarismo y restregar la maldad que cobija y rebasa cuando ejerce el poder. Algo que está demostrado, le hace mal a la salud. La dinámica de las masas está dando paso a un fenómeno de respuesta rápida en la calle que bien podría retornarse contra el nuevo oficialismo, el cual ya no encontraría la misma paciencia entre la opinión pública argentina. Menos ahora que el kirchnerismo llega al poder sin el viento de cola de la soja

Macri es responsable del retorno del kirchnerismo

Macri deja una situación típica de un peronista, aunque el no se reconozca como tal. Hiperinflación, escasez de reservas del Banco Central (a pesar de haberse beneficiado del mayor préstamo de historia del Fondo Monetario Internacional) y varias alarmas sobre el servicio de la deuda en cuanto a los bonos tóxicos emitidos a lo largo de su presidencia. Mucho más pobres de los 30% que Cristina, su predecesora le dejo. Todas son bombas de tiempo. Por lo tanto, conocer más de las veleidades del presidente electo, no es una exquisitez intelectual. Urge saber. Hasta en los círculos más informados, las informaciones contradictorias se fundan en especulaciones.

Es tan poco lo que se sabe de Alberto Fernández, que hay que aferrarse a los pocos hechos trascendentales e irrefutables. Su triunfo se debe a un doble patrocinio. El de Cristina Fernández y su capital de votantes sectarios, entre los cuales grupos de choques latentes con capacidad de movilización de la calle en estamentos claves. En particular, y sobre todo, los sectores más postergados de la sociedad argentina. Esos sectores, sobre los cuales todos los gobiernos peronistas o peronizados han construido sus victorias, a la vez que trabajaban a producir más de ellos.

El otro gran patrocinador de Alberto Fernández es Mauricio Macri el mismo, cuya gigantesca incompetencia habría hecho el éxito de cualquier opositor. En este caso, el primero en la contienda era Alberto Fernández. Hubiese sido otro, hubiese ganado igual. Cristina Fernández no es el mayor stakeholders de la victoria de Fernández. Fue clave el factor “bronca”, lindando el odio, la palabra no es demasiado fuerte, por parte de los que en 2015 eligieron el ex Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con la esperanza de un cambio real, en ruptura con los factores del ocaso argentino.

Los argentinos votaron mayoritariamente a Fernández y a Macri, partes del mismo problema, no por defecto, sino porque la adicción a los errores consuetudinarios es parte de un destino asumido.

Además de la desidia y presumiblemente sofisticada corrupción del gobierno de Macri-, pudiendo eventualmente superar la de los Kirchner, con quienes el grupo familiar ya se había enriquecido cuando estos estaban al poder, el mandatorio saliente hizo la peor campaña que se podía imaginar. Fue tanta la estulticia de Macri, que ningún observador seguía sus diatribas al asecho de alguna información utilizable para construir un análisis racional.

Huérfanos de un líder de la oposición

El primer error fue de sorprenderse y luego de castigar los votantes, tras los resultados de las PASO. Dando a entender que su percepción estaba fundada en un análisis tan sesgado que no le permitía ni tomar las providencias de lo que estaba pasando. El segundo error fue de hacer una boyante campaña a través de su gira del “Si se puede”, consistiendo en repetir vacuidades. Su mejor campaña hubiese consistido en mostrarse trabajando, haber procedido a una remoción de su inútil gabinete, incapaz de corregir siquiera un aspecto de la macroeconomía. Macri, sabiendo que perdía, hubiese debido trabajar a crearse un perfil de futuro jefe de la oposición. Porque eso es otro de los factores preocupantes: ¿Quién tiene legitimidad y autoridad para una oposición inteligente y refundadora?

Muchas veces se ha dicho de Argentina, que las crisis se debían a la falta de un recurso humano político de calidad. No fue el caso en 2019. La oferta sí era interesante. Además de Mauricio Macri, se presentó el economista liberal José Luis Espert, autor de la “Economía prebendaria” con un programa de cambio real, trazando el camino hacia un país normal. El candidato recogió la nada mismo, 1,5%. Compitió también José Luis Gómez Centurión con la misma suerte. Su discurso «Provida» impidió hacer el foco sobre propuestas económicas francamente sensatas en ruptura con el escenario peronista casi hegemónico. Por fin, Lavagna, el ex ministro de economía de Kirchner haciendo las veces de viejo sabio, ofreció una tercera vía, aceptable para los tropismos de un país complicado. Los argentinos votaron mayoritariamente a Fernández y a Macri, no por defecto, sino porque la adicción a los errores consuetudinarios es parte de un destino asumido. La buena noticia es que como no puede ser peor, cabe la esperanza para una mejora.



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