Masas hiper violentas, preludio de los totalitarismos por venir

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Las escenas de guerra dejando centenares de heridos entre las fuerzas de seguridad, destrucción del mobiliario público, saqueo de comercios, yendo hasta varias tentativas de homicidio, en Cataluña, así como la violencia insurreccional en Chile, conforman una mutación en la expresión de la protesta civil global.  Una forma de violencia paradigmática, que ya se había dado a conocer, iniciando de alguna forma el género, a través de la revuelta de los “chalecos amarillos” en Francia. El vandalismo compite en violencia, por lo menos en lo que toda a los estragos materiales con el del terrorismo.  El desafío para los organismos de Seguridad del Estado son del mismo nivel. Con la variante que, a diferencia de los grupos violentos estructurados, no parece existir prevención real ante la voluntad de arrasar con todo de las masas hastiadas de odio. La chusma se moviliza a través de las redes sociales y toma cuerpo y velocidad de precipitación por efecto de contagio, como una forma de alteración psíquica que se propaga.

En 24 horas, miles de personas en busca de una épica que justifique una buena selfi han logrado destruir la red metropolitana en Santiago de Chile

En 24 horas, miles de personas en busca de una épica que justifique una buena selfi han logrado destruir la red metropolitana en Santiago de Chile. En Barcelona, los encapuchados y antisistema, circunstancialmente independentistas, han generado un caos remitiendo a escenas del Sarajevo asediado. Ayer aun miembros de los autoproclamados Comités de Defensa de la Republica (CDR) tiraban basura, simbolizando presuntamente una “España que apesta”. Un espectáculo psicopático, donde se compele a revindicar una narrativa de odio identitario forjado por la difracción de la realidad.

Según declaraciones a TVE de Toni Castejón, representante de los Mossos de Escuadra del sindicato de policía CIPOL, su servicio no está preparado “para ese nivel de violencia”.  Se han observado tanto en Chile como en Cataluña situaciones donde las fuerzas de seguridad, desbordadas, han retrocedido ante el avance de los manifestantes.

Eslóganes y odio a la libertad de prensa

Herederos de los grupos Black Bloc de los 90, lo que caracteriza la masa violenta es la pérdida de capacidad discursiva. Si se compara manifestaciones ocurridas en el mundo recientemente, Hong Kong, Francia, Chile, Cataluña, Ecuador, más allá de la legitimidad política o no, a raíz de la protesta, el denominador común es la pobreza de contenido político y de calidad intelectual en la construcción de lo que sería una acción de disidencia. Retrocediendo a épocas de disrupción democrática o de Estados totalitarios, los cuales vieron surgir grandes líderes que cambiaron la historia, los movimientos civiles actuales son la expresión de una estupidizacion acelerada de una masa que no se mueve si no es por eslóganes y hasta en eso son de una pobreza desafiante. El poco caso que hacen de las ideas en general y de toda información que no satisfaga su narrativa los lleva a odiar la libertad de prensa. Han sido tantas las agresiones hacia los periodistas como hacia las fuerzas del orden, tanto en Cataluña como en Chile.

Mucho del derrotero violento, trenes quemados, comercios saqueados, tiene por finalidad el alcanzar la edad adulta a través de un acto iniciático que sería una protesta de ruptura, necesariamente brutal para romper con el cordón umbilical de acero que lo liga hasta después de los treinta años a la infancia con canas.  Un aumento de tarifas puede ser la mecha que prende sobre una frustración lindando el estado de castración del acceso a la adultez. Una épica de protesta violenta, consistiendo en romper lo que de todos modos el antisistema no usa – , por ejemplo, servicios públicos o cajeros -, puede ser la teatralización de esa necesidad existencial de convertirse en alguien, pasando del patinete a la bomba de ácido.

La ola, el Tsunami, tal como evocado por los propios (Tsunami democrático) es la de la dinámica populista. Como tal necesita generar una identidad aglutinante de victima para poder justificar las peores tropelías, incluyendo el homicidio o su tentativa. La locura neutraliza toda forma de empatía, hacia aquellos apuntados como enemigos. A partir de allí no cunde ningún código. En las guerras convencionales, se presta asistencia a los heridos, incluso del bando adverso.  No con esta gente.

Estado de excepción y toque de queda

El problema es que para aquellos ciudadanos habiendo accedido a la condición de adultos concomitantemente a su edad biológica, el Peter Pan terrorista está generando las condiciones necesarias a mayores restricciones de sus libertades. En Chile se ha impuesto por primera vez desde el regreso de la democracia un toque de queda. La expresión Estado de excepción figura en el campo de los posibles en España, una de las naciones más democráticas del mundo.

La violencia masificada repite un modelo ya ensayado en la historia. En el siglo XXI también debería ser estudiado desde la Teoría de la Involución.

Ante técnicas de guerrilla urbana, vandalismo, saqueos y violencia extrema contra quien no sea parte del cuerpo-masa, el riesgo es la escalada. Los atentados terroristas en Europa ya dieron pie al retorno de militares en armas y a la imposición de tecnologías de prevención que irrumpen el derecho a la privacidad y la presunción de inocencia. La violencia insurreccional, como hecho masivo, huérfano de partido, de movimiento consolidado, de líderes, de debate intelectual, representa una nueva oportunidad de control sobre el ciudadano. Solo se puede entrever donde aboca el fenómeno en curso proyectándose en un ensayo de política ficción y lo que augura es el fin de la democracia como la conocemos en las próximas décadas.

Violencia de masa y masas violentas no es la misma cosa. No obstante, no es necesaria mucha perspectiva histórica para tomar las providencias que tarde o temprano se reconcilien las dos acepciones. El fascismo es un movimiento de masa. A principios del siglo pasado, la violencia masificada era un tema candente y los que lo advirtieron tuvieron trágicamente razón. Entre ellos, José Ortega y Gasset en su opus, «la Rebelión de las Masas» y Freud en su “Psicología de las masas y análisis del Yo”. La violencia masificada repite un modelo ya ensayado en la historia. En el siglo XXI también debería ser estudiado desde la Teoría de la Involución.



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