Ojalá hubiese sido un gobierno de CEOs

(c) Teresita Dussart, todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

Sobre el macrismo existen dos mitos propagados hasta el hartazgo. La primera es que la coalición Cambio (que de coalición solo tiene el nombre) está compuesta de ex CEOs. El vocablo CEO, en el glosario peronista, apunta a una representación casi diabólica de tecnócratas defendiendo sesgadamente los “interese del sector privado”. Es menester tener presente que los empresarios privados (valga la redundancia) constituyen la némesis absoluta del peronismo de izquierda.  Cuando un peronista se refiere a creación de empleos se refiere a más puestos de funcionarios. El segundo estereotipo que le pega a la piel a Mauricio Macri como chicle callejero sería que, en sus tres años de gobierno, habría procedido a una “reconexión” de Argentina al resto del mundo.  Lamentablemente, y por partes iguales, ni el Macrismo fue un gobierno de CEOs, ni la anunciación de una reubicación en el mapa global se traduce en los hechos. Se trata de dos clichés trágicamente falsos.  Dicho de otra forma, la doble manifestación de una oportunidad histórica perdida, tal como habíamos avizorado en este blog desde fines de 2016.  

Si Argentina hubiese gozado de la buena fortuna de ser gobernada por personas con experiencia del sector privado, la primera cosa que estas hubiesen impulsado hubiese sido de crear las condiciones redhibitorias para facilitar la vida de los agentes económicos. De tal modo, que el concepto de “disciplina fiscal”, usado hasta el meollo, hubiese tenido por acepción que las fuerzas vivas de la nación paguen menos impuestos, que sean estas más, otorgándole el oxígeno necesario para reanimar empresas en coma inducido por la administración fiscal, proveyéndoles además de herramientas de desarrollo fundamentales, como el acceso al mercado creditício, que no sea el de las tasas de interés usureras. Un gobierno de CEOs hubiese pensado obsesivamente en generar crecimiento. Como ocurre con Brasil, con Estados Unidos, con Ecuador, con Portugal y con tantos países, se trate de representantes de economías del primer mundo o emergentes, cuyo denominador común es que todos salieron de una crisis aplicando el único remedio para sanear: preservar la microeconomía.

En el marco de una globalización desmultiplicada por las nuevas tecnologías y del Global Chain Value, el cual desemboca en un “Made in the World”, el imponer a los potenciales operadores argentinos una retención, fue como tirarle una nueva ráfaga al muerto.  

Lejos de hacerlo, la asfixia fiscal fue profundizada durante el gobierno de Mauricio Macri, prorrogando la aberrante política de retenciones al agro argentino, una rareza a nivel mundial, e inventando nuevos obstáculos como el de las exportaciones de servicios. Una animalada que se concretó en 2019. Un hecho a contra reloj del mundo. En estos momentos se está negociando el Acuerdo Sobre el Comercio de Servicios o TISA en Ingles. En el marco de una globalización desmultiplicada por las nuevas tecnologías y del Global Chain Value, el cual desemboca en un “Made in the World”, el imponer a los potenciales operadores argentinos una retención, fue como tirarle una nueva ráfaga al muerto.  Claro que las sutilezas de la desterritorialización de la economía, en medio de la descomposición industrial de bienes de consumo francamente rudimentarios, pasan fácilmente por alto. Tanto es verdad que los que tenían algo por crear y vender se han ido, poco a poco, en búsqueda de tierras más hospitalarias.

El macrismo no es business friendly

De la misma manera, si el gobierno de Macri hubiese estado compuesto de Ceos hubiese establecido una hoja de ruta listando las operaciones a implementar, para de una vez por todas, poner en pista el país, pasando por una profunda restructuración o refundación, como se quiera. Como se hace cuando un CEOs toma el desafío de levantar una empresa en quiebra, soliviantándola de todos los factores de fracaso, todo aquello que obstaculiza su prosperidad, su crecimiento, inhibe su ingenio, le impide competir en el mundo, enriquecer sus recursos humanos y ser enriquecida por ellos.

En el ranking del Ease Doing Business establecido por el Banco Mundial, Argentina mantiene en 2019, la misma posición que en 2018:  119 sobre 190. Se encuentra en la cola de las naciones las menos business friendly. Con el agravante que las naciones que la siguen responden a la métrica de la economía frontera, cuando no son estados bajo embargo (Iran) o estados padeciendo algún tipo de conflicto civil o internacional.

Y eso que el ranking del Banco Mundial solo incorpora factores muy básicos como el del acceso a la electricidad, la posibilidad de transferir propriedades, su sistema crediticio, en medio de una lista de unos diez parámetros compuestos de obviedades liminares. No incorpora factores esenciales como el comportamiento de las autoridades de defensa de la competencia (de tan bajo perfil en Argentina que nadie conoce el titular de la agencia), la corrupción (con las nuevas revelaciones sobre las contrataciones espurias a empresas amigas de Guillermo Dietrich, ministro del Transporte y otros funcionarios, se desvela el pico del iceberg de la inmensidad de la corrupción que acompañó este gobierno, como ocurrió con su predecesor), el costo de transporte (transporte inexiste u obsoleto) y demás factores.

Un CEO no hubiese tolerado de mantener el sistema pernicioso de acuerdo de salarios con un sindicalismo único y obligatorio, no democrático, que desde década empuja los precios hacia el alza

Demás es decir que un CEO hubiese nombrado ministros los cuales en sus carteras hubiesen actuado tal como directores de departamento, bajo obligación de resultados medibles. Por donde se mire los rankings de Argentina en el mundo, facticos o cualitativos, como podría ser respectivamente sur Índice de performance logística (IPL) o su nivel de libertad económica, el país está en retroceso de posiciones que ya eran muy malas en 2015. No hubo gestor en esas carteras. El recurso humano fue el de un rejunte de amigotes cuyo paso por la empresa privada, cuando y si ocurrió, se dio en el marco de la «economía» prebendaria. O sea, de la maquina de sacar dinero del Estado en base a empréstitos no honrados, de sobreprecios, de licitaciones falseadas, concertadas previamente, de delito de iniciado y de toda una serie de fraude dentro del cual el Estado funge de caja y la empresa de aspirador. Un tipo de microeconomía que no necesita de ningún nivel de gestión y menos de formación, pero sí de mucha picardía.

Un CEO no hubiese tolerado de mantener el sistema pernicioso de acuerdo de salarios con un sindicalismo único y obligatorio, no democrático, que desde década empuja los precios hacia el alza imponiendo aumentos en dos dígitos, en un ritmo de por lo menos una vez por año. Cuanto más grave que la escalada de salarios hace espejo a otra realidad que es el de una economía fuertemente cartelizada, la cual debería ser multada varias veces por las autoridades de la OMC, si esta sirviese de algo. Un jefe de Estado con mentalidad de CEO’s hubiese tenido la valentía de poner un punto final a ello, porque si algo tiene que ser un CEO es valiente. Por algo esa noción anglosajona de “change factor” constituye la calidad principal de un cuadro.

No se puede reconectar un país al mundo cuando se le otorga a su Aduana la misma función que bajo la administración de los Austria en el siglo XVI.

Sobre la reconexión al mundo, más allá de las cenas de gala con miembros de las monarquías europeas y de haber celebrado el G20 en Argentina, como tocaba por turno, y no por Macri ser Macri, el caso es que no se celebró uno solo acuerdo comercial, sea preferencial o regional, con este gobierno más que con el kirchnerismo. Los acuerdos comerciales son el reflejo del grado de apertura al mundo y la condición por antonomasia de sus exportaciones. Es la única reconexión fehaciente. El acuerdo con el Mercosur, en la mesa de negocionaciones desde hace más de 20 años, tiene por única variable de ajuste Brasil. El gobierno de Macri y su enano cortesano que hace las veces de Canciller, ni pinchan ni cortan en lo tocante a su devenir. Esa es la realidad. No se puede reconectar un país al mundo cuando se le otorga a su Aduana la misma función que bajo la administración de los Austria en el siglo XVI.

Macri llego al poder de la mano de Moyano, cantando la marcha peronista y termina en su fórmula con Miguel Ángel Pichetto, monje negro de Cristina Fernández a quien ha sido fiel hasta el final. Hay una actitud conspirativa que consisten en decir que los hechos no son lo que aparentan que conduce a descartar los presagios, por más enormes que sean. No estaría mal por una vez considerar que las apariencias sí traen verdades insoslayables a la razón, que de no contemplarlas se falsea drásticamente el análisis de determinada situación.



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