Y ahora, Madame Lagarde, ¿nos lavamos las manos?

(c) Teresita Dussart, todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

En estas postrimerías del gobierno macrista, cada día, los argentinos amanecen con la seguridad que con el correr de las horas, se volverán a perforar nuevos techos inflacionarios. Todos los indicadores son negativos en dos dígitos. Saben que, si se salvan de otro resbalón devaluacionista, será únicamente por la intervención del Banco Central (BCRA) y del control cambiario reinstaurado al mejor estilo Albania en 1977. Y, por si fuera poco, el país ha entrado técnicamente en default. El “reperfilamiento”, según el tortuoso eufemismo macrista, amenaza con transformarse en un huracán de fuerza 5 a medida que las reservas van bajando en un esfuerzo de estabilizar la moneda. Los capitales huyen y no les falta motivos. En cuanto a los bonos tóxicos van recayendo en el acuario habitual donde giran escualos excitados por el olor a sangre.

No habría nada nuevo bajo el sol, si no fuese que el ciclo entrado en agonía debía ser el del Cambio. El de una ruptura paradigmática con todos aquellos disfuncionamientos que ya casi no pueden ser calificados de crisis por su cronicidad.  Sin embargo, quien hubiese escuchado el presidente Mauricio Macri, en sus muy escuetas manifestaciones desde 2015, o incluso durante su campaña, sin dejarse entrenar en la parafernalia que lo acompaño, no tendría motivos de sorpresa. El mandatario nunca tuvo otro plan que no sea imitar el kirchnerismo, en una versión, eso sí, aún más aberrante. Lo único que puede y deber sorprender es que los equipos del FMI no hayan procedido a diligencias mayores, antes de desembolsar los 44 mil millones de los 57 mil millones comprometidos, el mayor préstamo de historia del fondo. Christine Lagarde, no es economista y aún menos ostenta experiencia de banquero central. Es la primera dirigente del Fondo a ser ajena a la mismísima razón de ser del fondo. Pero se presume que su experiencia a la cabeza de Baker McKenzie le dejo el tiempo de hacerse a la idea de lo que es una auditoria de riesgo país.  ¿Qué paso entonces?

Silencio de radio

Ante resultados tan inquietantes para el pueblo argentino, y para el Fondo a su vez, o sea para todo otro pueblo cuyo sistema financiero pueda requerir de un rescate, el silencio de Lagarde -, ella que supo ser tan adusta con otras naciones -, es un tumulto. La memoria de la injuria hecha a los griegos en 2012, cuando los invectivó de evasores seriales, echándoles en cara, en plena tormenta, que el dinero del FMI se vería mejor invertido en ayuda a “un pueblo en África” que “a la gente de Atenas”, todavía provoca escozores.

Entre 2012 y 2019, la señora Lagarde procedió a una significativa mutación. Se muestra menos quisquillosa con los 44 mil millones esfumados en Argentina. Fondos que no beneficiaron a nadie. Tampoco a nada de vinculado a los estatutos del FMI. Crédito que ya ha sido parcialmente defaulteado. La funcionaria francesa no se pregunta, por lo menos si lo hace, no lo hace público, de saber si no hubiese sido más productivo invertir ese dinero en tantos otros rescates. La mala gobernación y la desidia que acompaña la historia política y económica argentina es infinitamente más nefasta que la del Pasok, por corruptos que sean los socialistas griegos.

La funcionaria francesa no se pregunta, por lo menos si lo hace, no lo hace público, de saber si no hubiese sido más productivo invertir ese dinero en tantos otros rescates.

Lagarde parece haber borrado la palabra argentina de su vocabulario. ¿Se lavo las manos, antes que el Titanic se hunda? El diario británico, The Telegraph publicó un lapidario requisitorio contra la funcionaría: “Argentina is Christine Lagarde’s latest disaster-next in Europe”.  El next in Europe es en alusión a su nuevo puesto a la cabeza del Banco Central Europeo.

Son muchas las preguntas que quedan en suspenso. ¿Quién otorga a un estado defaulteador serial, 57.000 millones de dólares, cuando todas las señales que ha dado el mandatario de turno es que haría peor que su predecesora, la cual ya era muy mala? ¿Quién le pide a un Estado que ya ostenta el título de país con mayor presión fiscal del mundo de apretar aún más el nudo al ahorcado, cuyas piernas se balancean en el vacío, mientras desvía la mirada sobre los gastos de un gobierno populista y clientelista como lo fue también el macrismo? ¿Qué institución supuestamente encargada de corregir desbarajustes financieros, permite que se emitan tantos bonos tóxicos, con tasas estratosféricas y se fuerce el brazo de bancos amigos para reconducir una deuda que facilita la huida de capitales? ¿Qué institución declara mantener su confianza en un Estado que no ha demostrado en tres años y medio poder corregir, aunque sea uno de los tantos problemas del país? ¿Qué institución presta dinero sin operar los necesarios relevamientos en un Estado que ha aplicado a la letra las peores recetas del peronismo: maquina burocrática, nepotista y pletórica?

La Paloma y el Prócer del Cambio

Macri y Lagarde presentan varias características en común. Ambos superponen el criterio de confianza al de idoneidad. Para ambos, la comunicación es todo, el contenido lo de menos. Tanto es así que Lagarde se inventó un karma de “Paloma” durante sus años a la cabeza de la institución de Bretton Woods. Una “paloma” que habría sabido morigerar la ortodoxia del viejo FMI. Lástima, porque en Argentina la ortodoxia del viejo FMI no hubiese estorbado para impedir el desastre al cual se asiste.

Macri por su parte, en materia de comunicación, logro ser identificado como el Prócer del Cambio. Hasta la fecha dispone de unos cuantos miles de recalcitrantes que aún lo respaldan. Vive en otro mundo, divorciado de la realidad. No duda en invocar la “previsibilidad”, como lo hizo ante la Asociación Empresaria Argentina, a pesar del caos imperante compuesto de una infinidad de secuencias prueba y error y experimentos varios, desde que llego a la Casa Rosada.

Al equipo de burócratas del FMI les ha faltado lucidez. Se han dejado subyugar por eslóganes. Para los republicanos en Estados Unidos el FMI es una cueva de marxistas. Hay algo de verdad. Tal vez le convendría a su directorio prestar un poco más de atención a la política de los países receptores del crédito. Por algo, los primeros en haber soltado la mano a Macri han sido liberales (en el sentido europeo). Ellos han sido los primeros en dar en el diagnostico justo.

Los hechos se repiten porque los que gobiernan son de la misma estirpe. Macri representa la economía prebendaría, el anti-mercado, la opacidad, el sobreprecio. Creció y se benefició de una cultura de extorsión. Ignora la libertad de emprender. No entiende del acceso al crédito no usuario. La libre competencia lo espanta. No podría transformar un país que necesita de una revolución fiscal, que requiere de una política social que no sea otra cosa que una buena política económica. Macri no podría hacer surgir un mercado con reglas claras. El centro neurálgico de la City porteña está compuesto por cuevas, o sea financieras de la economía paralela. Una economía semi mafiosa porque otra es imposible. Hace setenta años que esa es la economía argentina: la cueva. De eso el FMI no parece estar enterado.

 

La burocracia europea será ideal para Lagarde, caricatura del alta funcionario, que ha absorbido el léxico impostado de la corrección política: inclusividad, identidad de género, cambio climático, blablablá. Le gusta las cumbres multilaterales, G20, G7, Davos y demás “pince-fesses” o pinchaculos como se denominan esos encuentros en francés, donde de besito en besito, como se acostumbra a hacer, salteando el protocolo con aires de falsa descontractura, se aprecia el vértigo del poder. Ahora, le será un poco más difícil con el antecedente argentino. Y lo que está por venir.  



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