Abismo entre la percepción internacional y domestica de Macri

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Si algo Macri ha logrado establecer entre sus pares, es la imagen de un líder reformista sucediendo a un gobierno populista. La instalación de la marca Cambio ha calado hondo en la percepción de los decidores globales a quienes los informes sobre Argentina no llegan, simplemente porque es un país que no genera efectos domino de ninguna especie y cuyo poco o nulo liderazgo a nivel internacional, permite una gobernación muy por debajo de los radares de las grandes cadenas de medio. Se retiene de Macri las buenas nuevas con las cuales objetivamente inauguró su mandato. Tal como lo reconocía José Luis Espert, el candidato liberal del Frente Despertar, en el marco de un programa televisivo:  a Macri “se le debe de haber puesto fin al cepo y al default”.  Esa fue la primera y última buena noticia que llegó de Argentina al mundo. Para un hecho nuevo habría que esperar el anuncio del préstamo al FMI. Credito antológico, sin precedentes, anómalo: 57 mil millones de dólares.

Christine Lagarde justificó el mayor préstamo de historia del organismo como un ditirámbico respaldo a las reformas de la coalición Cambio sin miedo a desvirtuar la función del FMI que es de corregir desequilibrios financieros y no de hacer política. Esas reformas por otra parte parecen ser conocidas tan solo por ella. Otros países, mejores alumnos, con un índice de riesgo menos adverso, economías que nunca defaultearon, andan batallando por un décimo de lo otorgado a Argentina. Ecuador, a pesar de ser un país que registra un crecimiento constante (haciendo excepción de 2016), hubo de tratar con una Lagarde sin predisposición al mimoseo con su presidente Lenin Moreno.  Muy por el contrario, con él, la francesa hizo alarde de tecnicismos y condiciones muy al estilo “viejo FMI” previo el otorgamiento del único desembolso de 6000 millones de US$.

Es decir, cuan eficiente resultó el autobombo de Mauricio Macri. En cambio, en la economía real, la propaganda duranbarbista no resiste.  Los primeros en haber pagados los platos rotos de lo que ni siquiera fue una fiesta, fueron aquellas empresas extranjeras que intentaron la aventura argentina. Macri había prometido una “lluvia de inversiones” y no estuvo lejos de la verdad. Argentina volvió a entusiasmar al mundo, pero el entusiasmo fue de mecha corta. Aquellos que se animaron a pesar de las malas experiencias pasadas, no tardaron en desencantar.  Es que aquí no entra un alfiler que no tenga que ver con el circulo del poder.  Exactamente como en la época de Cristina. Empero, con una sensible diferencia. Durante el kirchnerismo, y singularmente a partir de su disputa con Clarín, se filtraban permanentemente “carpetas” sobre la corrupción del ejecutivo hacia determinados locutores convertidos ipso facto en “periodistas de investigación”.

Desde 2016 eso ya no existe. Macri y los miembros de su equipo viven la acuciante consciencia de sus límites. Por ende, su relación a la prensa ha sido tan esquiva como la del kirchnerismo, articulada en torno a una selección de cortesanos, mantenidos en base a sobornos. A menudo personajes de la farándula se substituyen al periodismo político de fuste o lo que queda de él. La mayoría de los “periodistas” del prime time argentino, obran burdamente, sin siquiera disimularlo, a la propaganda del macrismo. Allí donde el kirchnerismo tenía su 678, el macrismo ostenta varios 876. Incluso se han producido casos de explicito amedrentamiento.  Así lo hizo el presentador ultra militante del macrismo, Luis Majul, infundiendo miedo a aquellos votantes que podrían votar por un candidato alternativo al macrismo. Visto desde el resto del mundo, Macri es un defensor de la libertad de prensa. Libertad de adular.

La mayoría de los “periodistas” del prime time argentino, obran burdamente, sin siquiera disimularlo, a la propaganda del macrismo.  Allí donde el kirchnerismo tenía su 678, el macrismo ostenta varios 876.

En cuanto a las agencias de control de compras del Estado, sea oficina anticorrupción u otras están en modo avión. Ni hablar de la agencia de control de la competencia, de la cual se le desconoce otra función que no sea decorativa.

El macrismo es antimercado

Según los rankings correspondientes, con Macri, más que con Cristina Fernández -, Argentina fue más proteccionista, tan poco transparente, tan amiga de los monopolios, tan hostil a las libertades económicas, más generadora de asfixia fiscal (país con mayor presión tributaria del mundo según el Informe de Competitividad del World Economic Forum de 2018), aumento sus tasas de interés haciendo aún más imposible a las pymes el acceso al crédito. En otras palabras, si el kirchnerismo y en especial el cristinismo fue anti-mercado, el macrismo fue peor. La cruenta realidad es que, con Macri, Argentina aumentó su riesgo país hasta romper el techo de los 1000 puntos para luego bajar a 900 y mantenerse en ese siniestro puesto. Con semejante nota, el pseudo acercamiento al mundo solo puede ser contemplado como un espejismo. El choque con la realidad ha sido tal, que sectores de la pequeña y mediana empresa que aborrecen del marxista Axel Kicillof, candidato a la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, estiman que hasta él podría ser más promercado que el equipo actual.  

Durante 4 años los argentinos observaron que la inflación pasó de un nivel que, ya era alarmante con la herencia kirchnerista, 27% anual, a los 56% actuales. Entre 2015 y 2019, el dólar (blue) paso de 15 a 45 pesos, el desempleo creció de 7% a 10% durante el mismo periodo. Pero el meollo de las promesas incumplidas fue la expansión de la pobreza que saltó de cuatro puntos de 30 a 34, según la medición de la Universidad Católica Argentina (UCA).  Al macrismo le ha faltado la visión humanista del liberalismo, asumida por todas las socialdemocracias. La única política social que funciona es una economía sana. No es la caridad, los planes sociales, la prosopopeya compasional impostada de las damas de beneficencia del gobierno.

En 2015 Macri no tenía otro programa que reemplazar a Cristina Fernández. Muchos dudaban de su capacidad, pero muchos más querían terminar con el kirchnerismo. El balance de los dos le otorgó esa corta y rara mayoría. En 2019 se esperaba que Macri haga campaña por primera vez sin recurrir al anti-kirchnerismo como carburante. Pero a Macri no solo no se le cae una idea, hasta promueve hacer política sin argumentos. En el marco de la campaña que precede las elecciones Primarias, Abiertas, Simultaneas y Obligatorias” (PASO), la pobreza intelectual con relación al cuadro fenomenológico que atraviesa la nación es sideral. “En el pasado no hay futuro”, “vamos que, si se puede”, “que no vuelvan más”, “vamos para adelante” son repetidos miles de veces. En su cierre, el martes pasado, creyó necesario recordar a los gritos lo que considera como su mayor proeza: el haber puesto fin al anegamiento de las calles capitalinas cuando era jefe de gobierno porteño, equiparando una gestión absolutamente normal, coherente con lo que fue su función, con un gran salto tecnológico.

El macrismo como tautología, yo porque soy yo

El macrismo ha mantenido a flote Cristina Fernández, para poder demonizarla durante las elecciones y usarla en su función ideal de único contrincante. Ignorando los otros candidatos, o intentando eliminarlos de la contienda como sea. Resulta que en un giro en U que nadie hubiese imaginado, el kirchnerismo puede ganar las elecciones de octubre 2019. Si el candidato kirchnerista gana las elecciones es muy probable que se vehicule por el mundo la imagen de un Macri en mártir reformista no comprendido. Esa sería una interpretación profundamente injusta. El macrismo fue electo para refundar una república sobre bases nuevas.  Si pierde es porque no cumplió, no intento, porque su estulticia quedo expuesta, porque robó una esperanza. Hace mucho en Argentina que la desidia de los unos es abono para la desidia de los otros. No ayuda que el mundo mire con los ojos de Ximena, un incompetente más.



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