«Yo no fui» de Macri

Teresita Dussart. © Todos derechos de propiedad intelectual y de reproducción protegidos

Esta abril, tras un nuevo descanso del presidente Mauricio Macri en un remanso idílico, la economía argentina registró picos pavorosos. El riesgo país llegó a reventar el techo histórico de los 1000 puntos. La confianza del mercado coloca el gobierno de Mauricio Macri en vecindad con Venezuela, por lo menos en economía.  Los parches para frenar la depreciación del peso ante el dólar, apenas si ya resultan eficientes.  A mediano plazo parecen actúar más bien como filo de navaja para cauterizar una hemorragia. Y así, las conmociones diarias se suceden y se asemejarían, si no se fuese por el hecho que cada una trae su cohorte de nuevos pobres y acerca más Argentina a una de esas megas crisis de las cuales su historia económica y financiera está plagada. Es el único país del cual se puede escribir indiferentemente, fundición por fundación.

Se empieza a analizar Macri por lo que vale y no lo que quiere aparentar

No hay un indicador alentador se mire por donde se mire: inflación anual superando los 50%, receso de la actividad desde nueve meses, caída de las acciones argentinas en Wall Street, tasas de interés alucinantes, bonos soberanos por el piso, pérdida total de la confianza de los mercados. La única sorpresa que podría suscitar esos pésimos resultados sería consecuencia de mensajes no debidamente escuchados, los cuales se vienen emitiendo desde hace tres años y medio.

La mundanidad de un Macri que no desdeña oportunidad de brindis con representantes de casas reales, o de sacar a relucir una esposa que no habla, así tampoco como jugar partidos de golf con otros jefes de Estado, confundió un tiempo la comunidad internacional y tal vez logró seducir Christine Lagarde que tarde o temprano deberá rendir cuenta de su excentricidad de criterios en la gestión del caso argentino. Macri pensó que la reconexión al mundo era una cuestión de imagen que se dirimía en las revistas Hola y Gente y no en los informes de las agencias de notación. Qué las cuestiones de fondo eran cosa de resentidos. Que los inversores vendrían por enamoramiento a su persona, su esposa y su hija Antonia y no por la buena salud de la economía, la modernización del Estado y las oportunidades surgidas.

Es que, si hubo un discurso aperturista, no hubo rastro de programa para ponerlo en práctica. Ni durante la campaña de 2015, ni después.  En los hechos, el macrismo es un peronismo de izquierda, de tanteos, pruebas y ensayo, que siempre termina por plagiar los errores del kirchnerismo. A veces sin siquiera cambiar el nombre de las medidas.  

A pesar del evidente mimetismo, Macri se escuda en el “yo no fui” cuando de asumir su responsabilidad se trata. Es la culpa de Cristina y de la “herencia”. Es verdad que el kirchnerismo instaló una inflación a 2 dígitos, dejando el país en un 23%, espantó los inversores a través de las expropiaciones (YPF, Aerolíneas Argentinas), engordó un estado paquidérmico de funcionarios militantes, normalizó el clientelismo y la corrupción portando esta último a niveles raramente alcanzados en América Latina y generó opacidad en todos los ámbitos de la vida política, institucional, económica. Pero no había nada de todo aquello que un gobierno voluntario no pudiese revertir en seis meses. En parte, porque ida Cristina, gran parte de los problenas, asociados específicamente a su persona, desaparecían.


Macri ha sido adiestrado a impostarse como un reformista impedido. Nada más falso. Nadie inhibió una reforma. Tal vez hubiese sido el caso. No se puede saber, simplemente porque ninguna reforma de fondo se presentó a dar batalla.

El yo no fui de Macri se acompaña también de “un yo quiero, pero no me dejan”. Macri ha sido adiestrado a impostarse como un reformista impedido por horribles conservadores que le ponen palos en las ruedas. Apela al inconsciente colectivo argentinos y al recuerdo del primer presidente de la democracia, Ricardo Alfonsín quien padeció de las muchas tropelías del peronismo. Ninguna comparación puede ser más alejada de la verdad. A diferencia del radical, todas las leyes del macrismo fueron votadas por el peronismo. Nadie inhibió una reforma. Tal vez hubiese sido el caso. No se puede saber, simplemente porque ninguna reforma de fondo se presentó a dar batalla. Para darse de moderno instaló, a fin del año pasado, el debate la despenalización del aborto, como si fuese la prioridad del momento.

No reformó porque no supo, no quiso

Macri dispuso de una ventaja política de entrada que le hubiese permitido quedar en la historia como un refundador, a pesar de haber sido electo por descarte con un corta mayoría. Gozó del visto bueno de la mayoría de los sectores de la sociedad. Hasta dispusó de una cierta neutralidad por parte del kirchnerismo, el cual en 2016 se veía aún mendigando en poz de una paz judicial (y la obtuvo en gran parte). Por si fuera poco, el emblemático líder de la CGT, Hugo Moyano acompaño su candidatura a la presidencia haciendo literalmente campaña a favor de la coalición Cambiemos, antes de darse vuelta a fines de 2016.

Eran poca cosa los deberes por cumplir para transformar Argentina en un país normal. Primero atacarse a la presión fiscal descomunal. Argentina es el país con mayor presión tributaría del mundo según el Informe de Competitividad Fiscal del World Economic Forum de 2018. Hasta existen retenciones fiscales. Es decir que determinados agentes económicos, como los del sector del agro, pagan al fisco de antemano. Una rareza a nivel mundial. Y eso Macri, no se lo puede achacar a Kirchner. No solo no procedió a una reforma fiscal, sino que inventó nuevos impuestos como una retención apuntando está vez a las exportaciones de servicios y otros rubros económicos, matando a la raíz la competitividad de las pobres pymes argentinas. Como si estas no tuviesen ya suficientes problemas.

Según el ranking de libertades económicas de 2018, Argentina viene justo antes de Venezuela como peor clasificado, comparando 162 países. Eso tampoco se lo puede achacar Macri a Kirchner. Entre 2016 y 2018 tuvo toda latitud para proceder a reformas que hagan subir el país de por lo menos diez casillas, merced a lo cual Argentina no estaría ahora en recesión. Pudo haber instaurado una autentica autoridad de la competencia, para poner fin a los oligopolios y luchar contra precios fijados. La falta de competencia tampoco es algo que el macrismo puede achacar al kirchnerismo, pues el perpetuó el mantener el organismo en un perfil tan bajo que nadie supiera siquiera de su existencia. Organismo, por cierto, dirigido por un militante-amigo del Pro cuyo nombre, ningún periodista especializado sería capaz de nombrar sin antes fijarse en Google, debido a su nulo protagonismo.

Inútil aclarar que Argentina sigue liderando el ranking de los países más proteccionistas del mundo. Eso tampoco cambió. El macrismo también pudó incentivar el ahorro, crear zonas de competencia fiscal a nivel regional, dar más autonomías a los territorios del interior, generar seguridad jurídica a través de una justicia realmente independiente, instaurar una verdadera oficina de lucha contra la corrupción, no ese esperpento propagandístico. Siendo locos, pudó elegir nombrar los miembros de su gobierno por criterio de idoneidad. Pudó poner fin al nepotismo, ese incesto profesional, y a un deep state compuesto de redes familiares. El macrismo también podía no hacer ciertas cosas. Como no iniciar ninguna obra pública antes que el inventario de lo existente este en orden, dejando los grandes proyectos para un fin de mandato o segundo mandato.

El macrismo comparte con el kirchnerismo ese coctel de ignorancia y soberbia, que hace que fuera de los amigos y familia no se deja asesorar por nadie. A ello hay que agregar que ambos solo se pueden vincular con gente de su confianza para poder llevar a cabo los negocios prebendarios que casi todos los miembros de este gobierno, al igual de los que precedieron, llevan a cabo, ellos, sus testaferros o parientes. Aunque huelga aclarar, en el caso de Macri con notablemente menos presión inquisitorial por parte de una prensa increíblemente obsecuente hasta hace unas pocas semanas.



La hiperinflación, dolarización, influencia china son síntomas tan macristas, como kirchnerista de una forma de chavismo soft.

Es probable que Macri no perciba él mismo sus limites intelectuales para analizar y guionar la política. Pero podía tener la intuición de otros dirigentes, los cuales a pesar de no ser lumbreras, entendieron que su gabinete debía disponer del genio del cual carecían. Macri, muy al contrario, eligió acompañarse de una camada de ministros, uno más incapaz que él otro. Cuando tuvo un ministro potable como Alfonso Prat-Gay, lo echó. Así se llega al apotegma más vulgar de historia política: “Cada vez que hicimos hacer algún pronostico, le pifiamos” (pifiar= errar en slang argentino) dicho por el jefe de gabinete Marcos Peña en el marco de una entrevista televisa en abril 2019. El jefe de gabinete que también es presentado por la prensa de su país como la eminencia gris, ni más ni menos, del presidente no solo considera que gobernar es hacer pronósticos del propio ejercicio del poder, además admite que mismo en eso se equivocan. Habría que ser sordo mudo para no entender que los resultados son coherentes con quien gobierna.

El aparato propagandístico sigue alimentando la leyenda según la cual el mercado internacional castiga Argentina, no por los resultados de Macri, sino por el miedo al retorno de Cristina. Miedo instalado por una demoscopia, proviniendo de Isonomía, una consultora cercana al gobierno, que otorga una ventaja de 9% a favor de la ex mandataria, en caso de balotaje con Macri. Pero ese no es el problema. Los analistas no ven diferencias de fondo entre Kirchner y Macri. La hiperinflación, dolarización, influencia china son síntomas tan macristas, como kirchnerista de una forma de chavismo soft. Y el responsable en 2019 es inconfundiblemente el presidente Mauricio Macri, cuya mala praxis hasta ha logrado rehabilitar el pasado poco glorioso de su predecesora.



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