El Patrimonio, una intima emoción

Teresita Dussart. © Todos derechos de propiedad intelectual y de reproducción protegidos

Cuando el lunes a las 18.50 las vigas de Notre-Dame se convierten en antorchas, un fervor se acapara de millones de personas por el mundo comparable al pánico, propio a los animales, ante un incendio forestal. Solo que, aquí, lo que está siendo devastado es el patrimonio.  La misma conmoción se produjo el 29 de enero de 1996 con otro incendio, el de la Fenice de Venecia o, antes, en 1966 tras la inundación de la Biblioteca de Florencia y en ocasiones de tantas otras iconoclasias, sembradas por la barbarie, las catástrofes naturales o la màs nefasta de las furias, la desidia. Todas esas destrucciones al patrimonio son perdidas que nos afearon. En ningún caso nos hicieron mejores.

Desaparece el icono patrimonial y se rompe un eslabón fundamental de la cadena del tiempo.  Desaparece el fuelle de la historia, miles de episodios que poco a poco fueron fomentando la idiosincrasia de un pueblo.  Por incendio, por inundación, por guerra o terrorismo, su desaparición viene a recordar cuan íntimo, por no decir carnal es el vínculo entre patrimonio y comunidad.  En la noche del lunes al martes, en los bordes del Sena, las lágrimas a duras penas contenidas, tanto de católicos como de ateos ofrecían una muestra muy concreta del tipo de conmoción asociado al sentimiento patrimonial. Es el desgarro por un afecto perdido que en su desaparición nos arrastra a un estado de derelicción.

El patrimonio es imprescindible para la salud de una Nación. Cumple la función de asegurar posteridad a una identidad original forjada por epopeyas, algunas auténticas y otras no tanto, fijadas en un para siempre, aun cuando se haya apartado de su destino original, institucional o cultual.

Las ciencias humanas, la post verdad o el revisionismo ideologizado se han esforzado tanto como posible para reducir la emoción patrimonial a una herramienta al servicio de la historiografía oficial o de la folclorisación de las tradiciones, defalcando el sentimiento a emoción -, más vulgar-, siendo la emoción representada como un componente cursí, propicio a los demagogos. Vale decir, a un paso del fervor identitario y nacionalista.

Allí entra de pleno la cuestión de la reconstrucción o reconstitución de Notre-Dame. Cuando se produjo el incendio de la Fenice, en Italia no existía otra alternativa al plan “com´era dov´era”. No se concebía otro motivo de hacerla resurgir de las cenizas que el devolverla a su gloria primigenia, proyectada para los siglos de los siglos. En el caso de Notre-Dame lo mismo debería occurir. Claro que los más apegados al sentimiento patrimonial, serán los primeros en ajustarse a un doloroso oxímoron. Lo irrepetible, como el esfuerzo de los artesanos del siglo XII, no vuelve. La viguería compuesta de miles de troncos de robles medievales no se puede recomponer.  La ilación al tiempo y el concepto de unicidad serán determinantes y a su vez factores limitantes.

Por otro lado, harán oír sus voces aquellos cuya axiología propone generar un mundo profano a sus raíces. Previsiblemente propondrán estructuras con formas y significados disruptivos, pastiches tendiendo hacia el parque temático, o pedanterías arquitectónicas con materiales chinos pensados para el corto plazo. La declaración de Emmanuel Macron, aunque bien intencionada y dotada de toda la fuerza del Padre de la Nación, al más puro estilo gaullista, lo cual tan bien encarna, se dejó tal vez llevar por su entusiasmo. Aún si la tecnología del siglo XXI no es la del siglo XII: ¿qué se puede (re)constituir en cinco años?

Una expresión francesa para imponer sentido común o jerarquizar lo verdaderamente importante consiste en “poner la iglesia al centro del pueblo”. (L’Eglise au milieu du village). La variable de ajuste moral ante semejante encrucijada debería ser recomponer el deber de transmisión. Eso es lo verdaderamente importante. Por transmisión se entiende extender a generaciones futuras esa relación singular a la historia compuesta de la noción de trascendencia, de unidad y a la vez apostando a la universalidad. Rompiendo con los casi nueve siglos, a pesar de la Revolución francesa, a pesar de las pestes, de varios incendios anteriores, de dos guerras mundiales, el milenio de la tecnología disruptiva no fue capaz de garantizar ese deber de ser humano de transmitir intacto el patrimonio.



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