Por una bioética de la tecnociencia mientras estemos a tiempo

©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción protegidos y reservados.

Del 4 al 8 de marzo, se desarrolló en la Unesco, una conferencia sobre el tema “Principios para la Inteligencia Artificial: ¿hacia un enfoque humanístico? Contemplar las innovaciones de modo holístico, apuntando a una compleja sustentabilidad, empieza a figurar en ciertas agendas. La OCDE es otro de los tantos recintos donde se expresa la necesidad de un cuadro normativo para arbitrar situaciones paradigmáticas, sintomáticas de un miedo. Miedo inconfesable qué el post humanismo pueda llegar a ser algo más que un rubro de la ciencia ficción.

Desde 1998, la Comisión Mundial de ética de los conocimientos científicos y tecnológicos (Comest) viene proveyendo recomendaciones a la Unesco, para acordonar las mutaciones inducidas por las maquinas cognitivas, las nanotecnologías y la ciencia en general. En 2017, ante la aceleración de los procesos de inteligencia artificial, la Comest publicó su “Ética de la robótica”. Un informe con sabor a regreso del futuro.

Ese mismo año, la Asamblea Parlamentaria Europea encargó al Rathenau Instituut un informe sobre los “Derechos del Hombre en la era del robot”. Informe que en Europa registró una real trascendencia, desembocando en la creación de dos nuevos derechos. El Derecho de no ser objeto de controles por herramientas de Inteligencia Artificial. El derecho a un contacto humano significativo, es decir que las maquinas no reemplacen (por lo menos no completamente) los servicios, sean estos públicos o privados.   

Los propios padres de la inteligencia artificial han creado el “Partnership for IA” (PAI) , una forma de alardear de auto regulación. En tapa del libro “Superinteligencia[1]”de Nick Bostrom, filósofo, fundador del Instituto “Futuro de la Humanidad” de Harvard, hasta figura una encendida recomendación de Bill Gates. El postulado de Bostrom es que la inteligencia artificial ya es infinitamente superior a la inteligencia humana. Por lo tanto, la cuestión no es de saber si la primera va a dominar la segunda, sino cuando va a ocurrir.

Pero no hay que ilusionarse. Las buenas intenciones del PAI son minimalistas e interesadas. Basta para cerciorase entrar en el programa y descubrir que la única critica que no venga inmediatamente corregida por un subliminal “pero es tan genial lo que hacemos” consiste en denunciar el uso que se puede hacer de las redes sociales para desinformar. Esa crítica es en realidad el pretexto por antonomasia, desde hace dos años, para editar contenidos y censurar aquellas personas que no votan como los miembros del partenariado. So pretexto de lucha contra las fake news, los GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft) se irguieron en tribunal de la Inquisición del Políticamente Correcto.

A pesar de ello, el debilitamiento de los gigantes americanos de la IA no es deseable. Los únicos competidores que podrían ocupar el vacío serían los Batx (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi) o sea grupos orgánicamente vinculados al Partido Comunista Chino (PCC), sirviendo las veleidades de expansión de Xi Jinping. El combate de la IA se disputa entre la extrema hipocresía de la Sillicon Valley por un lado y por otro la satrapía china.

A nivel nacional, el resto del mundo, o sea la gran periferia de la IA, pocos países disponen de un consejo de bioética digno de ese nombre, compuesto de filósofos, científicos, técnicos. Los embates parlamentarios ante un reto bioético, que pocas veces será reconocido como tal, se dirrimen como siempre: planteamientos religiosos versus laicos. Nada nuevo bajo el sol,
nada de debates sobre las interacciones, implicaciones, consecuencias y perspectivas de largo plazo de la revolución biotecnológica en marcha.

Argentina, control total desde SIBIOS al registro de ADN de Bullrich

No es de sorprender por ende que muchas de esas disrupciones, a pesar de transgredir principios cardenales consagrados por el Derecho público, pasen sin mayores cuestionamientos. En 2012, el Ministerio de Salud británico (NHS) inicio un programa de secuenciación del genoma. La idea loable en apariencia siendo de “permitir los científicos de comprender mejor las enfermedades genéticas”. El primer aspecto detestable del programa es que las personas ceden su información adeenica a cambio de dinero. Lo cual implica una mercantilización de lo más irrepetible de un individuo. Los voluntarios reciben el resultado de su análisis genómico. Un regalo que puede generar descomunales disgustos. Nadie puede ignorar tener predisposición a morir, pero que te lo demuestren no es nada agradable. El programa, sostenido por millonarias subvenciones no ha dejado de expandirse abriéndose a todo tipo de voluntario. El riesgo, insoslayable, a corto plazo, es la instauración de un tobogán eugénico. Sin hablar de manipulaciones en vista del perfeccionamiento o “upgrade” de la especie que ya están sobre la mesa.

A los antípodas, en Argentina, la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, una exterrorista de los 70, cuya pasión por las armas y el uniforme, nunca ha sido desmentido, sea del bando que sea, propuso hace dos semanas, nada menos que registrar el ADN de todos los argentinos, sin mediar consentimiento, como si de criminales sexuales o homicidas se tratase. De concretarse una tal medida, sería una nueva violación, sin punto de comparación en el mundo, del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP). Un tratado que impone a sus firmantes de garantizar el Derecho a la Privacidad. El Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas ya se había volcado en 2016 sobre el extraordinario equipamiento biométrico argentino y sus nulas garantías en el uso de los datos personales colectados.


De concretarse en Argentina el registro de ADN, sería una nueva violación, sin punto de comparación en el mundo, del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP).

SIBIOS (Sistema Federal de Identificación Biométrica para la Seguridad) fue introducido en 2011 por la presidencia autoritaria de Cristina Fernández, sin ningún tipo de concertación jurídica, política o civil, a pesar del manifiesto ataque a las libertades individuales que conlleva.  El país, que no es particularmente objeto de un riesgo terrorista, impone a cada una de sus entradas y salidas (por lo menos las de las personas honestas. Los narcotraficantes o contrabandistas no lo padecen), la toma compulsiva de la huella dactilar y de la retina del ojo. Nadie se puede oponer al procedimiento, sin enfrentarse a graves problemas con el servicio de Migración, ademas de la imposibilidad de penetrar su territorio. Ninguna administración de un Estado de Derecho en del mundo, ni entre aquellos más fuertemente expuestos al riesgo terrorista, dispone de algo similar.

Los más grave en el fondo no es el abuso de poder de un ejecutivo determinado, sino la forma en la que los ciudadanos la naturalizan. Parte de esas innovaciones son aceptadas cuando no alentadas. En un estado que no dispone de una larga trayectoria democrática, más bien el contrario, no es de extrañar que la biometría sea asimilada a seguridad, mismo si concomitantemente a su implementación, el país se convirtió en narco estado. La seguridad, socialización, marketing son parte de los argumentos que la tecnociencia más suele proveer para justificar la erradicación de la privacidad.

Inteligencia humana, un estorbo

Imperceptiblemente, los más increíbles abusos de poder van entrando en el campo de lo posible porque el salto tecnológico del siglo XXI ha matado la incredulidad y por ende la indignación.  Condenar parte de las implicaciones de los desarrollos tecnológicos es cuanto más difícil que la innovación es percibida como progreso, y el progreso es percibido como infalible. Aunque la única infalibilidad a la vista resulte ser la extinción programada de la especie como se la conoce, y el debut de lo que ya se denomina el poshumanismo. Después de todo, como lo demuestra Charles Darwin, hasta las especias más adaptadas han terminado por extinguirse.


En lo que atañe a la política, la economía, el arte; la inteligencia es prescindible y hasta en determinados casos, un estorbo.

La concomitancia del surgimiento de tecnologías disruptivas con el postmodernismo tiene una primera víctima muy obvia. La habilidad lingüística para decir el mundo, definir el bien, el mal, la libertad, el honor, el pudor, la justicia. Un hashtag vale más que mil discursos. La devaluación de la inteligencia humana es tal, que solo sirve si puesta al servicio de la tecnociencia. En lo que atañe a la política, la economía, el arte; las facultades cognitivas son prescindibles y hasta en determinados casos, un estorbo. Las probabilidades que un político inteligente llegué al poder son cada vez más escasas, independientemente del sesgo ideológico.

Kylie Jenner, benjamina de la fratria pornócrata Kardashian ha demostrado que se puede figurar en la clasificación Forbes, sin pensar, sin estudiar, sin crear y sin siquiera generar empleos. Tan solo vendiendo paletas de maquillaje de la más execrable calidad, a través de una frondosa presencia en las redes sociales y la exposición obscena de su vida privada. El paradoja de una civilización que palpita a través de algoritmos es que compartir la promiscuidad y el intelecto de un mono bonobo puede valer mil millones de dólares.  

La probabilidad de ver surgir una administración “humanísticamente disruptiva”, disminuye a medida que se descienden los peldaños de la involución. En el mejor de los casos, en las más viejas democracias, necesariamente periféricas, quedan dos décadas para un sobresalto. Y es una estimación optimista. Para lograr ese sobresalto se debe exigir con más rigor la prohibición de mercantilización del cuerpo humano sea material orgánico o genómico.  Poner fin a la versatilidad de un derecho positivo que se ajusta incondicionalmente a todas las mutaciones tecnológicas y societales, reintroduciendo ciertos conceptos de inmutabilidad humanista. Considerar que una innovación que atenta contra la libertad individual y privacidad no es progreso, sino retroceso. Pero, por, sobre todo, tal vez lo más difícil, aceptar con fatalismo que sin una cierta dosis de patologías y de crímenes, la sociedad humana deja de ser humana. La ciudad idílica platónica es un infierno totalitario y lo será doblemente en su versión 2.0.

Notas sobre el mismo tema, en este blog:

La civilización como cuerpo equivocado.

Un siglo psicótico

Falsa Modernidad de la progresía y sus estragos en el Derecho positivo


[1] BOSTROM NICK. (2016). Superinteligencia, caminos, peligros, estrategias. New York. 352p. Teell.



Categorías:ensayo, Inteligencia Artificial

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