El malestar existencial de la clase media

Texto y foto © Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción protegidos.

La irrupción en el escenario político internacional de mandatarios surgido ex nihilo, fuera o en disidencia de su aparato, responde a una sola clave:  el voto de la clase media. Un estamento difuso y heterogéneo, sumiso desde su piso más bajo a su techo más alto en un sentimiento de abandono por la clase política.  En todas sus expresiones civiles y culturales se percibe la bajísima autoestima de la clase olvidada, y es una realidad de alcance planetario. Con o sin razón, sus miembros se perciben como corderos silenciosos, amontonados en un ascensor social averiado, despreciados por el marketing político convencional y sus problemas soberbiamente excluidos de las placas programáticas.  

Esa noción de olvidados es lo que más se desprende de todas las manifestaciones de una clase media que hasta hace pocos años votaba altruísticamente en defensa de intereses de gente más pobre que ella, a punto tal de regalar su voto a partidos de izquierda o, por la preservación de intereses de gente más acaudalada, por demás inmune a los efectos del péndulo ideológico. Esa clase media empieza a manifestarse públicamente y a votar, cuando lo puede, en pos de sus propios intereses, tal como procedian sus padres hasta la década de los 60.

Hasta hace muy poco, la clase media no generaba empatía. Si es verdad que de ella surgen las fuerzas vivas de la Nación, de laboriosidad y de ingenio, siendo el segmento donde recalan profesores, médicos, comerciantes, pequeños emprendedores; en su anchura también se codea la clase media provincial o la clase media baja urbana, considerada como un magma de cutres, buenos para inspirar las bromas de la nueva intelectualidad. Bromas de los cuales los primeros en reírse son aquellos retratados al vitriolo.  

En Estados Unidos, el Basket of Deplorables de Hilary Clinton, fue el Tomahawk que hundió su campaña.  Fue una injuria sin disimuló hacia la clase media. Una clase media despreciada en proporciones idénticas por los medios mainstream. Donald Trump ganó esa elección por un motivo principal y casi excluyente: en cada una de sus apariciones y tweets, explicita o subliminalmente expresaba un: “yo sí os quiero”.

En Francia, la creación de un impuesto ecológico sobre las gasolinas contaminantes ha desencadenado una serie de protestas en forma de revival de la toma de la Bastilla, con anatemas que no hubiesen deparado en 1789. Una analogía no disparatada si se tiene en cuenta que, en Francia, como en el resto del mundo todas las revoluciones han sido iniciadas por la clase media.

Los chalecos amarillos no son otra cosa que un movimiento catártico, desordenado, espontaneo que destapa un malestar ahogado durante décadas, utilizando el primer pretexto que se presente. En el se expresa lo que podría ser, una corriente liberal que aspira a pagar menos impuestos, y en la misma gesta, una vertiente en todo antagónica que reclama más Estado providencia y más autoridad.

La clase media francesa ha tenido que tragarse brutales transformaciones societales como la irrupción del terrorismo, la transformación de su modo de vida por la llegada masiva de poblaciones con otras costumbres, las limitaciones para sus hijos en las escuelas públicas de la periferia. Nunca nadie se ha volcado sobre su capacidad a absorber tantos cambios en tan poco tiempo. Nunca ningún estudio se ha propuesto medir las consecuencias múltiples que aquello podía representar, en una perspectiva histórica.

El caso de Brasil es interesante al respecto. El discurso por momentos chocante de Jair Bolsonaro ilustra una incipiente rebelión hacia las imposturas intelectuales y morales del postmodernismo. Bolsonaro, llegó y se dirigió específicamente a ese flanco. Al atacar los temas más tabúes como la ideología de género liberó una mayoría bajo grillete intelectual. Claro que en esa dialéctica si se desencadeno el sentido común, también puede haberse colado instintos autoritarios que mejor hubiesen seguido siendo reprimidos.


El discurso por momentos chocante de Jair Bolsonaro ilustra una incipiente rebelión hacia las imposturas intelectuales y morales del postmodernismo.

La profundidad de la herida por los problemas no atendidos y padecidos por la clase media puede derivar en escenarios de conflictos más violentos. Eso se verá en unos años en Francia. Cuando el farragoso lio de argumentos contradictorios se divida en ramas con radicalidad propia. Algo ya observable durante los últimos episodios de los chalecos amarillos. Estarán entonces dadas las condiciones de uno de esos epiciclos trágicos de la historia.  

En América Latina, bajo el yugo del denominado “socialismo del siglo XXI”, la culpabilidad de todos los males fue trasladada de lo alto de la pirámide social a la clase media que paso a ser odiada. Bruscamente fue de buen talante olvidar que, es de sus entrañas que salió la mayoría de las víctimas de la represión durante las últimas dictaduras que afearon el continente, mientras que la mano de obra de la tortura fue proveída por los sectores más humildes.  Es desde los repliegues de la clase media que se ha expandido la democracia merced a sus esfuerzos y a veces martirio. Pero eso no cuenta. En ese manoseo de la historia, la clase media se convirtió en la culpable de todas las plagas. Incluido ahora del fenómeno de inseguridad que padece en un continente que genera mayor cantidad de homicidios del mundo, sin necesitar de una guerra para alcanzar ese siniestro récord. La clase media debe hacerse cargo del resentimiento estructural del continente bajo todas sus formas. La palabra maldad ha sido desterrada por los propios malos.

En Argentina, la expresidenta Cristina Fernández nutria una fobia por la clase media. Como Karl Marx soñaba con hacerla desaparecer o, mejor dicho, por terminar de hacerla desaparecer. Todos los populistas y totalitarios de izquierda o derecha prefieren un sistema binario compuesto de ricos muy ricos y pobres muy pobres y se dedican a producir más de los dos, sobre todo más pobres. En las redes sociales, el troll K trataba a la clase media como parásitos, seres malvados, “grasas”, fachos; gente impresentable, en soma.


Cristina Fernández nutria una fobia por la clase media. Como Karl Marx soñaba con hacerla desaparecer o, mejor dicho, por terminar de hacerla desaparecer.

Es esa clase media que se volcó por un cambio en 2015. Cambio que resultó ser una nueva estafa y la perdida de una gran oportunidad histórica. La clase media argentina sigue buscando alguien que entienda su malestar ante su estancamiento. De en cuando, surge en Buenos Aires, un esporádico cacerolazo, que es como expresan los locales su descontento. Antes eran cacerolazo anti-K, hoy son anti-Macri, pero en el fondo siempre es la clase media y sus miserias que se expresa.

La clase media argentina espera alguien que no se atenga a aplicar escolásticamente la ortodoxia liberal de Adam Smith y de David Hume. Necesita ser liberada del estrangulamiento fiscal, poder vivir sin miedo de ir a engrosar las tropas de nuevos pobres, necesita escuelas públicas y privadas de calidad para sus hijos, necesita que se ponga fin a esa forma de corrupción desaforada que es el nepotismo inductor de involución, precisa que se revalorizan los territorios del interior y se les dé más autonomía, necesita seguridad sin que se rehabiliten las mafias policiales, exacerbando poderes que nunca han sabido usar. En breve, necesita ella también ser escuchada con empatía, respeto y eficiencia por un candidato que se dirija con valores genuinos a gente que tanto da, a quien tan poco se retribuye, a quien ya no se puede mentir.



Categorías:ensayo

Etiquetas:, , , , ,

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: