Thomas Friedman y sus rudimentos para describir la complejidad del Siglo XXI

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Thomas Friedman, triple premio Pulitzer y columnista del diario The New York Times, presentó, este jueves, su libro, “Gracias por llegar tarde”, en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El libro de Friedman se descompone en tres ejes, los cambios tecnológicos, climatológicos (los que más miedo le infunden) y económicos, por medio de la globalización. Se concluye por una descripción de su paraíso perdido y valores en el Estado de Minnesota.

Friedman rememoró que cuando publicó su primera columna no podía creer que le habían pagado 50 dólares por opinar. Nosotros tampoco lo podemos creer, y menos que eso haya durado tanto tiempo. El mundo de Friedman es tan binario como el mundo del Good Old Fashion Artificial Intelligence, aunque los algoritmos del cerebro humano ostenten menor capacidad a aprender de sus procesos de prueba y error. Es un mundo maravilloso de buenos y malos sin matices. El presidente Donald Trump, por ejemplo, sobre el cual el autor se expandió mucho más que la temática del libro, a menudo a pedido del entrevistador, Luis Novaresio, es malo, pero malo, malo de lo que no hay. Es “una especie invasiva”. Es “un demente”. Un hombre que emite “una mentira por hora”. Obama por oposición, “mintió una sola vez en ocho años. “. En el mundo de Friedman la incredulidad no existe. Los buenos siguen siéndolo aún confrontados a su ruindad. Por ejemplo, que la Silicon Valley sea responsable de aquellos algoritmos produciendo lo que el filósofo italiano, Franco Berardi, califica de “proceso de cableado de las mentes” y de “disolución de la concepción moderna de la humanidad”, sin hablar de la erradicación de la privacidad, la muerte del pudor, el atropello a las libertades, el espionaje permanente, la devastación neurológica y otros flagelos; como se trata de un estamento de votantes del Partido Demócrata, no cuenta.

En ningún momento, esa elite y la clase política que la ha acompañado habrá experimentado la necesidad de imponer un principio de precaución, hasta que fueren evaluadas las posibles consecuencias para la psique social y el devenir del genero humano. El valor de capitalización de las New Tech, tanto como el marketing político o comercial que se podía fomentar a raíz de la diseminación de contenidos, siempre ha estado por encima de cualquier tentativa de moratoria, impensable e impensada. Friedman tampoco considera que sea necesario preocuparse en demasía. Confía en la “increíble capacidad de adaptación de la humanidad”. Y tiene razón, la humanidad se adapta. Su forma de adaptarse es la involución. Friedman dice ver “ups and downs” en las nuevas tecnologías. Lo bueno alega es la capacidad en “conectar los corazones”. Lo malo se intuye es la producción de Noticias Falsas, inconveniente que solo se produce cuando se pronuncian conservadores del ala votante de Trump.

Según Elon Musk otro editorialista del New York Times, comentando el libro del filósofo sueco Nick Bostrom “Superinteligencia” no cabría tal disyuntiva. “La inteligencia artificial es más peligrosa que las armas nucleares”. Claro que Friedman habiendo oído hablar de la Ley de Moore, entiende que a un cierto punto la aceleración exponencial pueda volverse incontrolable. Se desquita dejándolo por asentado. Que la gente que compre el libro no pague por nada. Pero como gran parte de la humanidad que ha perdido en sensibilidad, como consecuencia de la hiper solicitud del cerebro por millones de bits de información, sus sensores de riesgo están confundidos. Su miedo va hacia la gente que no vota como él. Y eso descalifica su libro de entrada. Para volcarse sobre la aceleración de las mutaciones tecnológicas y sus efectos a corto y mediano plazo, se debe quebrar con los esquemas del siglo XX y las rencillas del microcosmo de periodistas de Washington o de Nueva York. Friedman no accede ni a ese nivel de prospectiva filosófica, ni al necesario bagaje de tecnicidad.

En cada una de las tomas de postura de Friedman, como cuando es preguntado sobre el asesinato de Jamal Kashoggi, le cuesta salir de sus estereotipos. El príncipe Mohamed Ben Salman, autor de crímenes de guerra en Yemen, de un alza de las ejecuciones en Arabia Saudita sin precedente, de desaparición de varios oponentes, otros que Kashoggi, es el producto de una narrativa de opinólogos de altísimo impacto como Thomas Friedman. Lo han designado bueno. Lo han inventado. Por lo tanto, goza del beneficio de la duda. Los rusos ellos son netamente malos. Durante el caso Skripal, del nombre del espía ruso presuntamente envenenado en Reino Unido, no cabía la menor duda para la tribu de Friedman, que Putin el mismo fuese el autor intelectual, a pesar de la ausencia de prueba.

En el fondo, está nueva entrega de Friedman viene a profundizar la distopia de lo que él califica de “comunidad sana” (healthy community), es decir gente mutilada intelectualmente en su capacidad crítica por el diktat de la corrección política de la postmodernidad y padeciendo una depredación cognitiva abismal por los efectos combinados de las nuevas tecnologías. Es precisamente la sociedad que ha generado los Frankenstein de Marc Zuckerberg y tantos otros, cuyas bestias están aprendiendo sobre nosotros mucho más de lo que nosotros alcancemos a saber de ellas, y mucho más de los que una larga columna de opinión en forma de libro de Friedman nos pueda reseñar.

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