La civilización como cuerpo equivocado

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Es difícil encontrar su camino en la selva de identidades percibidas, intimas, sórdidas, estrafalarias, sufridas, brotadas de los entrecruzamientos clónicos del movimiento LGTBI. Todas gozan de entidad jurídica: hombres que se proclaman lesbianas, niños estrogenizados desde los ochos años, homosexuales castrados para favorecer encuentros con hombres “heterocapitalistas”, lesbianas radicales misándricas. El derecho positivo a través de la Ley de identidad de género, fuerza la mayoría a rendir pleitesía a la auto nominación que encumbre tanto la identidad como el tipo de goce sexual. Los pedófilos son los últimos a verse excluido del reconocimiento social como categoría reprimida aunque, merced al dispositivo legal de Educación Sexual Integral desde la más temprana edad, el Estado les organiza las condiciones de su autorrealización, libre de represión.

Desde una perspectiva liberal, el hecho que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo y no con el del otro es perfectamente encomendable. El problema es cuando la marea “trans” pasó de ser la expresión de una libertad individual a querer infundir su problemática relación con la realidad. Especialmente, a partir del momento en que el deconstructivismo y lo que conlleva de perversión psicótica empezó a ser impuesto por la autoridad como dogma desde la escuela primaria y, más precisamente, cuando ya no quedó dudas sobre el hecho que sus militantes dispusiesen de una suerte de inmunidad ideológica para destilar su odio y discriminación hacia todo aquel que no participe de la propedéutica de mutilación física y mental.

La ideología de género ha dejado de ser el apotegma de Simone de Beauvoir y su muy sobre interpretado “no se nace mujer”, expresión que solo quiso destronar los estereotipos estáticos del “eterno femenino”. De todos modos, los grandes avances del feminismo liberal (totalmente ajeno al feminismo radical o lesbiano) no son tanto el fruto de panfletos ni siquiera los de Beauvoir cuya valentía no se hizo sentir durante la Segunda Guerra Mundial. Hacer olvividar su coqueteo con el ocupante alemán fue una constante preocupación de la gran “luchadora” de los derechos de las mujeres. Las heroínas de los derechos de las mujeres son millones de anónimas, a lo largo de los siglos, muy reales, muy protagónicas, con una incuestionable identidad de nacidas mujeres.

La toma en consideración del dolor psíquico ante realidades complejas en los procesos de sexuación tuvo como piedra angular Jacques Lacan y Catherine Millot, ambos tratados con mucha distancia por los LGTBI. El aporte del psicoanálisista a la comprehensión de la psicosis reside en la dinámica forclusiva, el rechazo del nombre del padre y el denominado síntoma de “empuje a la mujer” o despertar homosexual del psicótico. Remite a la noción de enfermedad.

El problema, por no decir la tragedia, surgió cuando se quiso desplazar el fenómeno trans de la alcoba o la performance undergound al espacio público para sancionar prácticas personalísimas que la evolución de usos y costumbres daban de todos modos por toleradas, sin necesidad de una ley. La tolerancia, valor supremo que alguna vez fue enseñado como fuerza motriz de la democracia es hoy un concepto por manipular con cautela, pues es odiado dentro de la cultura victimaría. El engendro o transgénero no se conforma con la mera aceptación de su singularismo, sino que postula por el monopolio del derecho. Es la sociedad culpable, pues es ella que condiciona las afectaciones de roles hombre/mujer y el tipo de goce que deriva de ello. Es la otra mano invisible, vale agregar, necesariamente capitalista.

De disruptores endocrinos no se habla y de violencia hecha a las mujeres en los países musulmanes tampoco. Las violencias hechas a las mujeres en serio y los fenómenos que alteran los procesos de sexuación surten como temas de mal gusto.

La cultura trans, ideología de género, feminismo radical se desprenden en un solo bloque de la hecatombe postmoderna y de la French Theory. Ese todo funesto entró por la ventana al salón. Es oficial. Es norma. Es mainstream. Es establishment. Ocurrió, paradójicamente, en el marco de la Conferencia sobre las Mujeres, organizada por las Naciones Unidas, en Pekín, en 1995, cuando accidentalmente se coló la expresión “igualdad de género”, en lugar de igualdad entre mujeres y hombres.

Todo el mundo sabe que las conferencias sobre infancia, mujeres, medio ambiente, o los Derechos Humanos, organizadas bajo la egida de Naciones Unidas no sirven a nada sino a reunir esposas de mandatarios aburridas y directores de ONG que corren desesperadamente detrás de estas o de sus representantes, esperando captar algo de atención, en el mejor de los casos una subvención o algún nivel de compromiso público. En 2018, durante la última Asamblea General de la ONU se invitó Juliana Awada a participar de otra edición sobre el mismo tema en Nueva York. Afortunadamente no excedió una sesión de foto colectiva. Bien podría haber firmado una resolución de castración de todos los varones nacidos los años impares, sin deshacerse de su sonrisa de siempre. La ideología de género es la nueva “hambruna en África “es el ítem de damas de beneficencia por excelencia. Da buena consciencia y es cool. De disruptores endocrinos no se habla y de violencia hecha a las mujeres en los países musulmanes tampoco.

Una de las expresiones de esa cultura de muerte es el culto a la fealdad, particularmente impactante en la exposición de cuerpos monstruosos durante las manifestaciones de feminismo radical.

Ese amplísimo grado de reconocimiento nacional e internacional potencia una ideología de odio en ciernes. Como toda hiper potencia devenida divinidad al alterar las leyes de la naturaleza y de la moral, el militante de la ideología de género quiere desterrar paulatinamente o no tanto, las fundaciones antropológicas de ese cuerpo equivocado en versión macro que es la especie. La dimensión mortífera de la ideología de género fue totalmente asumida y hasta postulada por uno de los grandes apóstoles de los Queer Studies, Lee Edelman en su Opus “No future”. Una de las expresiones de esa cultura de muerte es el culto a la fealdad, particularmente impactante en la exposición de cuerpos monstruosos durante las manifestaciones de feminismo radical. El otro es la sobre ponderación de la problemática del aborto, como metáfora de castración a la fuente de la infancia, una condición de inocencia odiada por la ideología de género, en una sociedad donde el mayor problema es la esterilidad sistémica.

Tratándose de cultura LGTBI y feminismo radical o lesbiano es muy importante remitirse a la fuente para compenetrarse del grade de delirium tremens en los escritos militantes. “Luddismo sexual” (sic) es un panfleto online. Las autoras se presentan, sin sorpresa, en “lenguaje inclusivo” :” “De nuestros cuerpos ciborg, de nuestras plataformas de tecno vivas conectadas con nuestros deseos inclasificables y nuestras nuevas y extrañas formas de placer creamos un mundo con los animales, con lxs indigénas alzados contra los Estados de las repúblicas bananeras y contra todo el sequito de niños bien que defienden el pensamiento europeo-blanco o apoya gobiernos progresivo-progresistas en las regiones de sudakanlandia.” Es un melting pot de varias causas delirantes, entre las cuales el racismo anti-blanco es asumido. Constituye un mantra de la cultura trans. El heterosexual blanco también es evocado como hombre cis (como Cisalpino por oposición a transalpino). También se desprende del texto una inclinación zoófila (un delito) y aparece otra forma de racismo positivo sobre los pueblos primitivos considerados probablemente como machos alfa, hiper erotizados, tanto es así que están “alzados”. No es seguro que a los denominados indigénas les guste figurar en ese listado, en el mismo plan que animales. Está a la vista, que la autora del panfleto, de feminismo no entiende nada, ya que es en las sociedades tradicionales donde los mal tratos a las mujeres gozan de la mayor aceptación social. Todo muy cursi y muy retrograda. Pero lo más alienante es la deshumanización tras el proceso de desidentificación consumado: “son tecno vivas”.

Esa frialdad es aún más espantosa si contrapuesto al poco caso que conceden al padecimiento de millones de mujeres víctimas de malos tratos objetivos de toda índole: físico, económico, de violencias equiparables a crímenes de lesa humanidad como violaciones colectivas, torturas, crímenes de honor. Esas mujeres no deben esperar ninguna forma de ternura o de empatía por parte del feminismo radical, hijo de la ideología de género.

Ese profundo desprecio hacia las víctimas transpira en otro texto no menos delirante, “Mujeres y Disidencias”, redactado por un puñado de alumnas del Colegio Nacional de Buenos Aires. El texto fue leído el 27 de septiembre en una escenificación, donde uno por uno venián citados, como ante un tribunal de la Inquisición, los profesores acusados de supuestas miradas o comentarios subliminalmente picaros para el que practique telepatía. En cambio, reprochan a un adulto haber defendido los derechos de una compañera abusada. “y NUNCA {única palabra en mayúscula del texto} nos olvidaremos del director de esta orquesta, el rector Gustavo Zorzoli, que además expuso ante los medios de comunicación el caso de abuso de una compañera en el contexto de una toma con el fin de deslegitimar la medida de fuerza”. No todas las víctimas se valen.

Las feministas históricas siempre han consideraron la prostitución como la más vil dominación machista, la cosificación por antonomasia de la mujer.

“Acá nos paramos firmes. Somos las invisilizades (sic) de siempre (están en todos los canales), les violentades, les acosades, les abusades, personas trans, gordas, putas, gays, lesbianas, pero por sobre todo somos personas empoderadas.“ Esa apología de la prostitución muy trans, muy almodovareña, muy de feminismo lesbiano o de hipersexualidad precoz es un rasgo que hubiese espantado cualquiera de los fundadoras del feminismo político y hasta de las primeras figuras de la ideología de género, como Monica Wittig. Las feministas históricas siempre han consideraron la prostitución como la más vil dominación machista, la cosificación por antonomasia de la mujer.

Una generación hiper narcisista, con un coeficiente intelectual en neta regresión con relación a las generaciones anteriores, con muchas dificultades de acceder al amor está causando más estragos y entropía que legiones de barbaros. “Este libro es una bitácora posible acerca de la afección y los modos de afectación hasta ahora conocidos como “Amor” y “enamoramiento” dentro del régimen heterocapitalista global, contemporáneo, integrado y cognitivo” dicen. ¿El siglo XXI será una edad divorciada del amor, de la razón, de la belleza y del coraje?

2 thoughts on “La civilización como cuerpo equivocado

  1. Brillante y denso y en tramos llegando a lo desconocido para mi algunas de tus ackaraciones, pero expresas los sentimientos encontrados y lo que he intuido respecto de esta paranoia donde estos grupos y aun mas con la Demostracion de Trelew, nos remontan a imagenes de la era de Piedra donde estas “feminas” parecen corresponder a una variante anterior al Homo Sapiens
    Estos grupos deberian desaparecer porque no creo q haya demasiados varones dispuestos a fecundarlas.
    Igualmente es preocupante el apoyo de organismos internacionales como la OEA q ofrecen dinero con el objeto de propagar esta ideologia de muerte

  2. Gracias por este análisis al que adhiero.
    Es más que preocupante que se les preste oídos en las escuelas y colegios.
    Los docentes de escuelas y colegios públicos tienen una responsabilidad que, en general, no están asumiendo.

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