El FMI puede ser parte de la solución si Argentina cambia

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La nave del Como Si argentino vuelve a aterrizar, en catástrofe. Tras tres años de inacción, disimulado tras el conveniente concepto de gradualismo, a lo cual se debe sumar el aumento del despilfarro público, Mauricio Macri se resigna a emprender la política de reordenamiento por la cual debería haber empezado, condición sine qua non para activar los mecanismos de recuperación. Pero no lo hace por motus propio. Lo hará en el marco de un procedimiento de rendición de cuenta. El 8 de marzo el presidente argentino volvió a emprender el camino a Canossa de sus predecesores, golpeando a la puerta del Fondo Monetario Internacional. El organismo resultó ser el primer sorprendido. Por lo menos, a juzgar por su última evaluación en su informe país de diciembre 2017, la cual trenzaba laureles a la gestión macrista. “El país ha cauterizado múltiples distorsiones económicas y realizado un importante progreso restaurando la integridad y transparencia en la gestión del sector público. Esos cambios han colocado la economía en un camino más fuerte y corregido varios de los más urgentes desbarajustes macroeconómicos”.

No se sabe cómo el organismo conducido por la avezada Christine Lagarde, pudo llegar a conclusión tan optimista. La realidad es que, a parte sincerar las estadísticas nacionales del Indec, organismo instrumentalizado por la propaganda de la administración anterior y, luego, ese gran momento que representó el pago a los hold out en 2016, durante lo que quedarán como las Idus de marzo del macrismo, nada cambió. La catastrófica herencia kirchnerista, lejos de ser subsanada fue consolidada, no solo por la inacción, sino por mensajes confusos por parte del prolífico y poco coordinado equipo económico.

Donde debería cundir una feroz competencia fiscal, para paliar al índice de riesgo-país en aumento exponencial, simétrico al coeficiente de solvencia, se impone el diktat de ortodoxia peronista

No hubo cambios

La lucha contra la inflación lejos de ser tratada con rango de prioridad absoluta fue naturalizada. En diciembre de 2017, el gobierno llegó incluso a revisar a la baja las metas de inflación para el año en curso, a 15%, en lugar del aumento inicialmente proyectado de 8 y 12. Lo cual, aún en el mejor de los casos, hubiese seguido siendo la tasa más alta de la región después de Venezuela. Ningún inversor podría proyectarse en un país con 25% de inflación. Por si no fuese bastante desalentador de por sí, rige desde abril otra invitación a no invertir. El decreto 279/2018 impone gravar los extranjeros que compren productos financieros en el país. Donde debería cundir una feroz competencia fiscal, para paliar al índice de riesgo-país en aumento exponencial (33,62 puntos desde principio del año), simétrico a su coeficiente de solvencia, se impone el diktat de ortodoxia peronista, una vez más, pero esta vez con aval del gobierno del presunto cambio.

Otro aspecto que no cambió es la independencia del Banco Central Argentino (BCA). Una demostración de la problemática relación de su presidente Federico Sturzenneger con el equipo económico macrista -, partiendo del todo poderoso Jefe de Gabinete Marcos Peña, sus vice jefes y toda una tertulia que brilla sobre todo por su soberbia-, es su política errática cambiaria: flotante o intervencionista, es a pedido de la Casa Rosada. Una preocupación elemental del BCA debería ser: ¿cómo invertir en un país que ostenta un tal atraso cambiario? Un gobierno que proclamaba disponer de todo los argumentos para atraer una lluvia de inversiones no podía ahorrarse la etapa consistiendo en dejar su moneda nacional encontrar su punto de equilibrio.

No es menester ser economista para entender que donde impera uno o dos operadores por rubro, el precio no lo decide el mercado

No es solo fiscal

Pero hay más, porque el problema no solo es fiscal es de competitividad de las empresas. En 2001, la polémica de si el problema era fiscal o de ineficiencia de las empresas ya existía a través de sus voceros, dos ex ministros de economía, respectivamente Roberto Alemán y Carlos Rodríguez. Es un todo sistémico y perene.

Por algo los acontencimientos se mimetizan, Con el PRO, la cuestión de la competitividad no ha sido siquiera encarada. La cultura cartelaria se mantiene intacta. No es menester ser economista para entender que donde impera uno o dos operadores por rubro, el precio no lo decide el mercado. Argentina es el paraíso del monopolio, de los carteles predatorios, del abuso de posición dominante (además de ser el de la economía prebendaría y del nepotismo). Argentina es un país con mentalidad aduanera, de proteccionismos interno y externo. De ese cáncer surgen varios flagelos: el entendimiento en materia de precios y la dinámica inflacionaria, la inhibición severa a la libertad de iniciativa, el arrinconamiento hacia la economía clandestina, la incapacidad de corregir el superávit comercial por parte de entes que teniendo cautivo el mercado nacional no necesitan pelear para conquistar nuevo mercados, en los cuales de todos modos no estarían en condiciones de hacer valer valor agregado alguno. Son todas barreras que asfixian el pequeño emprendimiento, por ende la verdadera economía inclusiva. Los carteles existen gracias a sus laderos políticos, la corrupción, el conflicto de interés. Un gobierno del cambio, labrado por la cultura de mercado debería escindir a la hacha los monopolios. Pero esa lucha no moviliza más la actual mayoría que, lo que fue durante el reinado del infausto Secretario de Comercio, Guillermo Moreno.

Argentina es un caso aparte para el FMI, como los para el Club de Paris o para el Centro Internacional de Arreglos sobre diferencias relativas a Inversiones (CIADI), y lo es por malos motivos

Los faraminosos proyectos de obra pública, tanto como el lancinante llamado a inversiones extranjeras debieron ocurrir después de haber terminado de poner la casa en orden. El presidente recién electo de 2015 gozaba entonces de una ventaja política, lamentablemente desaprovecha para implementar la poción que ahora exigirá el fondo. El tipo de préstamo del cual debería beneficiarse Argentina es conocido como Stand By Arrangement (SBA). Es un formato que descarta conceptos estigmatizantes tales como “ajuste” o “reforma estructural.” De hora en más, se habla de programa holístico, de hoja de ruta. Pertenece al Estado solicitante introducir una letra de intención con un programa de reformas para solventar el programa que condujo al pedido de ayuda. Es lo que se espera del Ministro de Hacienda Nicolás Dujovne en los próximos días. Ese programa debe ser aprobado y a partir de allí se instaurarán las pautas y calendario de evaluación, este último ejercicio siendo la condición previa a los desembolsos pactados.

El estimulo exógeno de reformas solo puede resultar positivo si el país lo sabe aprovechar. Argentina es un caso aparte para el FMI, como los para el Club de Paris o para el Centro Internacional de Arreglos sobre diferencias relativas a Inversiones (CIADI), y lo es por malos motivos: su recurrencia a pedir, a no cumplir lo pactado y a escrachar el ente crediticio o de arbitraje. Desde su fundación Argentina registra ocho episodios de default y el ciclo vicioso siempre empieza de la misma manera. Terminada la operación de seducción, se inicia el linchamiento político consistiendo en tratar de caranchos, torturadores, aves de mal augurio y otras amabilidades al ente prestamista y sus figuras destacadas. La cultura peronista y su fuerte desconexión al mundo, no permite siquiera compenetrarse de los mecanismos del Fondo.

Como por ejemplo entender que el dinero sale del bolsillo de los contribuyentes de los estados donantes, atravesados por otros problemas que Argentina y por así decir hartos de un país que se repite hasta el hartazgo. El FMI fue pensado como un gigantesco fondo mutualizado. Hoy tiene otras prioridades. Entre las miradas al futuro está el rescate de Venezuela en los meses o años que vienen, proyecto sobre el cual el FMI ya se viene volcando.

Espantosa comunicación

El mensaje del presidente del 8 de mayo, anunciando el pedido de rescate al FMI, hubiese ameritado un toque de pedagogía para esmerilar el viejo discurso fóbico sobre el fondo. Una narrativa alimentada por los acontecimientos dramáticos del default de 2001. Hechos que fueron consecuencia de la mala gobernación local ante todo y no de una política de ajuste impuesta porque sí. Si era para dar tan pocas explicaciones sobre las razones que propugnaron una decisión percibida como tan polémica en su país, bien podía Macri callarse. También es verdad que si el PRO llegó al poder ostentando como marca, el aliciente de un “Cambio”, hasta ahora nunca pareció pretender otra cosa que un recambio de personas y tal vez de estilo. De hora en más tendrá que proceder a aquello por lo cual fue votado: enderezar el país, aunque ya sea en un clima político más enrarecido.

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