Rusia ante la construcción de su Leyenda negra

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La rusofobia no es una novedad. Por el contrario surge de las convulsiones intra occidentales más profundas y se inscribe dentro de un ordenamiento histórico. La rusofobia no deriva de una ofuscación ante actitudes puntuales de política exterior rusa. Si es verdad que Vladimir Putin ha volcado una moderada empatía hacia las repúblicas del eje bolivariano, esa coincidencia de interés no ha sido seguida de una real cooperación económica, ni de inversiones. Se trata de un nivel de intercambio ni más ni menos elocuente que las relaciones que Rusia puede mantener con México, indiferentemente de quien lo gobierne. En la preparación del infamante acuerdo de paz con la narco guerrilla marxista Farc de 2015, gestionado en gran parte desde Cuba, Rusia no desempeñó ningún papel. Donde sí marca una diferencia la política exterior rusa es sobre la cuestión siria, de la cual es un árbitro. Y con Irán, cuyas relaciones en el fondo son bastante similares a aquellas preconizadas por Emmanuel Macron en Francia, así como de la mayoría de los líderes europeos: statu quo en cuanto al acuerdo nuclear con Irán firmado en 2015 que Donald Trump amenaza con rescindir. Con Irán sostiene además sutiles tironeos resultantes de las sinergias y rivalidades propias al escenario sirio y otras del espacio eurasiático.

Con Israel, Rusia ostenta las mejores relaciones diplomáticas y de inversión de su historia, a pesar de substanciales diferencias sobre Irán. Dicho burdamente desde una perspectiva rusa el peligro proviene de los estados sunitas más que chiitas. Los vínculos entre la Federación y el estado sionista se articulan en el conocimiento y respeto de los ítems no negociables por ambas partes. Las relaciones entre Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin son las de dos hombres que observan las políticas erráticas de Bruselas y Washington y actúan en el momento debido como les parece. Aunque esas actuaciones puedan resultar antagónicas, obedecen a un mismo credo. Mientras Occidente se pierde en refinadas cavilaciones, a veces útiles a su cometido, ellos tiene que atender verdaderos problemas. Hasta allí llega la convergencia entre los dos estados. Por lo demás, experimentan un grado de intelección por parte de los stakeholders globales inversamente proporcional. En resumen, nada que se aparte del abecedario de relaciones diplomáticas, desde que el mundo es mundo.

¿Herencia soviética o Bizancio?

La rusofobia tampoco parece estar conectada a la herencia soviética, en cual caso sería un resentimiento estructurado sobre una base entendible. Viene de más lejos. Ninguna satrapía, dictadura, monarquía absolutista es objeto de reacciones tan poco decorosas cuando no abiertamente injuriosas, como lo fue la expulsión de diplomáticos rusos en base a alegaciones no demostradas tras el caso altamente improbable de presunto envenenamiento del ex espía Skripal en el Reino Unido. Cualquier individuo, absorbiendo las noticias en el día a día, retendría que “Los rusos”, vocablo invocado como imprecación amenazadora, sería el nombre de una raza maléfica. ¡Si no comes tu sopa, llamaré a los rusos! Rusia funge de Golem del mundo.

Los rusos”, vocablo invocado como imprecación amenazadora, sería el nombre de una raza maléfica. ¡Si no comes tu sopa, llamaré a los rusos! Rusia funge de Golem del mundo.

La rusofobia es multiuso. Sirve fundamentalmente de clave para atacar al presidente Donald Trump, pero no es excluyente. Puede llegar al extremo de generar una representación simpática de yihadistas genocidas, siempre y cuando estos sean explícitamente enemigos de Rusia, o enemigos de uno de sus aliados, o a lo menos de un Estado que no haga parte de la liga del odio hacia Rusia. La rusofobia consiste sin lugar a dudas en un odio irracional y específico que parece atravesar el tiempo. El periodista suizo Guy Mettan, se ha aventurado a remontar ese atavismo tan lejos como 1054, en su opus “Rusia-Occidente, una guerra de mil años” correspondiente al Gran Cisma entre la componente griega o bizantina de la cristiandad, de la cual Rusia es la heredera y la parte latina u occidental, de la cual deriva el catolicismo.

Es un hecho que Bizancio es el Imperio lavado del mapa memorial occidental. A penas si está presente en los manuales escolares de la Unión Europea. Sería tentador incurrir en una fantasía de conspiración transgeneracional apuntando a obviar todo aquello que pudiese retrotraer a la traición fundadora. Traición romana que hizo de Rusia, la heredera de la parte griega es decir, de la parte más visceralmente occidental de Occidente. Pero todo bien pensado, la teoría de Mettan parece demasiado sofisticada para un Occidente cuyas categorías de la realidad se ciernen en rededor de las bromas de una Michelle Wolf o de las pedantes amonestaciones telegénicas de Christiane Amanpour, ciertamente no en torno a un compenetrado conocimiento del Medioevo y menos, mucho menos, un condicionamiento transhistórico.

No obstante, sin ir tan lejos el ninguneo de toda forma de protagonismo positivo de Rusia en la historia contemporánea es asombroso. El rol de la Unión Soviética en el derrocamiento del nazismo por ejemplo, es un sacrificio épico. Lo mismo se podría decir de la transición de un sistema totalitario a una democracia en 1991, acontecimiento que se consumió sin derrame de sangre. Ni hablar del protagonismo del presidente Vladimir Putin, cuando propuso un control internacional del arsenal químico sirio en agosto de 2013, ante el total estancamiento diplomático de Europa o Estados Unidos. Esa resolución permitió aplacar una operación de propaganda criminal de Al Nusra y fue respetada a raja tabla hasta la fecha, a pesar de nuevas campañas de desinformación de grupos yihadistas aún activos.

Malos fuera de alcance del Eje del Mal

Decir algo de positivo de Putin es querer suicidarse profesionalmente, o declararse traidor al mundo libre. Más vale declararse admirador de Kim jon- Un, o más preciado aún del príncipe heredero Mohamed bin Salman (MBS). A pesar del enamoramiento de los medios por MBS, el mismísimo día que se abría la primera sala de cinema en Arabia Saudí, este 30 de abril, se ejecutaba el condenado nº47. Bajo la mano de hierro del príncipe “reformista”, la cantidad de ejecuciones ha aumentado de 72% en lo que va del año, en comparación a 2017, en un país que ostenta el siniestro record de 89% de las penas capitales llevadas a cabo en el mundo. Ello, sin hablar de las torturas, castigos vejatorios y demás atrocidades perpetradas como parte de los usos y costumbres de la petromonarquía. Nada de eso genera una nueva fobia, pero tampoco críticas, tribunas, o animados talk show.

A China se la mira con los ademanes enamoradizos del típico perdedor afectado de fetichismo asiático, ávido de complacer servilmente su futura viuda negra y que esta pueda disertar de la felicidad celestial cuando haya completado su ciclo de devastación.

De China se puede proceder a la misma analogía. Pekín no se molesta siquiera en darse las apariencias de la democracia. El partido comunista chino se mantiene como metastructura a pesar de haber renunciado a su esencia ideológica. De ese modo se perpetúa el control hegemónico de los hombres de aparato. Los campos de concentración (Laogai) están presentes en el corazón de todas las grandes ciudades; la política de expansión militar en Asia del sudeste no conoce contención, la censura de Internet es peor que en Iran, el control demográfico se ejerce en violación de las libertades civiles más fundamentales, la política de dumping de precios ha destruido varias economías emergentes en África por medio de la invasión de productos de calidad infamante, sus usinas flotantes de pesca vacían los mares y los contamina. Por donde se mire China es un flagelo para el mundo. Las crecientes inversiones en materia de Inteligencia Artificial de un país ostentando tan bajos estándares de respeto de los derechos humanos, que por si fuera poca ha sido varias veces agarrado in flagranti en casos de espionaje industrial; todo ello es alarmante. Sin embargo Occidente no genera una actitud fóbica hacia China. Al contrario. A China se la mira con los ademanes enamoradizos del típico perdedor occidental afectado de fetichismo asiático, ávido de complacer su futura viuda negra alienígena, de modo tal que esta pueda disertar de la felicidad celestial cuando haya completado su ciclo de devastación.

Devolver a Cesar lo que pertenece a Cesar

Se dice de Rusia que su intromisión en procesos electorales y adulteración de noticias se produce principalmente a través de las redes sociales. Pero esas redes sociales son americanas y sus algoritmos conocidos solo de sus fundadores. De no ser así, ¿por qué no hay un Facebook ruso? No lo puede haber porque Facebook es un monopolio. Lo reconoció Marck Zuckerberg durante su audiencia ante el Congreso americano. Twitter, Instagram, Amazon, Google todas, absolutamente todas las aplicaciones de consumo masivo son americanas. Y los software que contribuyen al análisis de big data también son herramientas americanas en su mayor parte. Estados Unidos detiene el monopolio a través de sus empresas y de los algoritmos que estas comparten con los servicios judiciales y de inteligencia, de los datos públicos y privados de la población mundial y cualquier ente que pague se lo puede proveer. Eso son productos que conciben empresas americanas porque la Silicon Valley se encuentra en Estados Unidos y no en Rusia. Telegram, la mensajería criptada rusa ha sido prohibida de uso en su país esta semana, al negar su fundador Pavel Durov, cumplir con una orden judicial exigiendo el acceso del FSB (el FBI ruso) a los mensajes cifrados de los usuarios. El mismo pedido fue realizado en Francia en casos de terrorismo. Esa es la realidad rusa. No poder tener acceso a una mensajería producida por los nerds locales.

Ningún hecho objetivo puede cundir donde exista una caza de brujas. El mensaje fue recibido cinco sobre cinco por todos aquellos que alguna vez consideraron que poder alardear de buenas relaciones constituía una ventaja, especialmente en el rubro de los asuntos públicos y del comercio internacional. Ese fue el caso de Rex Tillerson, el ex Secretario de Estado. En 2013, siendo presidente de ExxonMobil, Tillerson fue galardonado con la Medalla de la Amistad, distinción creada por Boris Yeltsin. Como CEO de la petrolera americana firmó una serie de contratos con Rosneft, la empresa estatal rusa. No obstante, tan inquisitorial fue el ataque de los medios en relación a esa distinción, que sintió la necesidad de cumplir con la obligación de demostrar su patriotismo anti ruso. Durante su última gira como Secretario de Estado, en México, en enero de 2018, Tillerson advirtió los mexicanos que serían las próximas víctimas de una intromisión rusa en las elecciones. Podría haber dicho lo mismo en Cambodia. El caso era de ofrecer garantías de su lealtad rusofobica.

La realidad es que los medios occidentales, cuanto más se proclaman liberales, más parecen padecer de una tenaz nostalgia soviética.

Uno hubiese podido aspirar que la caída de la Unión Soviética y una política de retorno al redil fuesen acompañadas de una suavización de la rusofobia por parte de las elites que más la combatieron en el terreno de las ideas. Eso no ocurrió. La Gorbimania fue lo más cercano a una luna de miel, pasada casi sin transición a luna de hiel. La realidad es que los medios occidentales, cuanto más se proclaman liberales, más parecen padecer de una tenaz nostalgia soviética. Lo que trasciende las producciones culturales, tales como la serie “Homeland”, es que el estereotipo del ruso aceptable es el agente “Old school”. El agente cuyos supuestos códigos éticos son los que regían antes de la caída del muro. Todo lo que viene después, es decir lo que se instaura a partir del retorno al crecimiento ruso es malo. El “nuevo ruso” es un ser aborrecido. Cae de preso propio que todo emprendedor ruso es asimilado a “oligarca”. Esa expresión acuñada durante la fase de Boris Yeltsin por los “millonarios nombrados” a dedo, ha dejado de ser realidad hace diez años. Muchos han desaparecido del escenario, de manera bastante calamitosa por cierto, siendo reemplazados por tecnócratas, formados en Moscú y las mejores universidades del mundo.

Durante el mandato de Bill Clinton, concomitante al de Yeltsin, la versión de una Rusia etilizada, exótica, fiel a sus peores estereotipos, pobre, ahogada por la inflación galopante, con jubilados y soldados mendigando a la vista de todos, sus complejos militaro-industriales oxidados mientras grupos pertenecientes al crimen organizado se pelean para hacerse de ellos; todo eso retrataba una Rusia a la deriva que no inspiraba respeto. Fue la época del Rusian bashing, distinto de la rusofobia paranoica y compulsiva. Desde entonces, y singularmente desde la llegada de Vladimir Putin, presentado por la prensa occidental a veces como un agente del KGB o, como un Pantocrátor aplastando poblaciones caucásicas, cuando no líder de una nación de Untermenschen, se terminó la risa. Pero al mismo tiempo, Rusia se reencontró con una forma de racismo escindido de toda forma de culpa.

De la rusofobia derivan los episodios más trágicos de la actual Federación y hasta aspectos suicidaríos para un Occidente si quisiese prestar un poco más de atención a lo que está en juego. Se está aislando un país cuyo apetito de apertura ha sido ampliamente demostrado. Ese arrinconamiento produjo hace un siglo las condiciones de la tragedia de 1917. Las ideas liberales importadas de Francia e Inglaterra y recibidas con entusiasmo a principios del siglo XX, paradójicamente asentaron las bases de la usurpación bolchevique, como consecuencia del juego sucio del Káiser Guillermo II. La primera acción de su espía estrella, Lenin, fue en buena lógica de retirar Rusia de la Triple Entente en noviembre de 1917. La revolución de 1917 habría podido ser evitada, pero todas las partes estaban de acuerdo sobre el hecho que nadie quería de una Rusia rica, fuerte y cosmopolita. El retiro de Rusia costó a los aliados millones de muertos más. El retiro de Rusia en Siria habría causado estragos impredecibles.

Durante la presidencia de Obama, Putin actuó indiscutiblemente como un freno a la política de fomento de “Primaveras Árabes”, disfraz del yihadismo global cuya consecuencia es la guerra más violenta en una parte del mundo que de guerras sabe mucho. La intervención de Rusia es lo que hoy parte de la opinión pública mundial, no representada por sus constituyentes, retiene como factor de seguridad, pues es lo que impide que ningún grupo yihadista, no tan solo Daesh, haya podido divertir el arsenal químico sirio o transformar la zona de Sham en un califato desde donde emprender una nueva expansión territorial. Esa percepción es lo que los medios mainstream recalifican de “fake news” o producto de una supuesta propaganda rusa.

El populismo vive a través de sus clientes y de una narrativa de hostilidad con un enemigo arbitrariamente identificado. Periódicamente nuevos libros, películas vienen a remover las brasas de la hoguera. Superando las necesidades partidarias de usar Rusia a fines domésticos, también se vislumbra una inquietud ante la pérdida de un liderazgo global tras tantos errores. Y es que si Rusia no es un enemigo, no deja de ser un creciente rival.



Categorías:Asia Central, ensayo, EUROPA

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