Tiro por elevación contra el Gran Ayatola Ali Khamenei

A diferencia de las protestas de 2009, no son los sectores liberales que apuntan contra el régimen. El Guía Supremo, Ali Khamenei está perdiendo su base popular.

©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

Los disturbios desde hace cuatro días en Irán en respuesta a la agudización de la situación económica y el anuncio por parte del presidente Hasan Rouhani de subir la gasolina de 50%, ha volcado a la calle aquel segmento de la población que tradicionalmente compone la carne de cañón clientelar del sector más conservador. Los barrios del sur de Teherán, ciertas minorías étnicas de provincias del norte, los pobres, el contingente más radical sobre el cual se apoya el populismo de la revolución islámica es el que inicio las protestas que desde la ciudad de Mashhad (noreste de Irán) se han extendido a todo el país. Es en gran parte, el mismo segmento de la población que apoyó la represión, durante lo que fue conocido como Revolución Verde de 2009, cuando los manifestantes protestaban contra el fraude electoral de Mahmud Ahmadinejad y por el fin de la opresión religiosa.  A pesar de la dificultad en acceder a documentos confiables, por la censura, las imágenes que son difundidas ofrecen una perspectiva global muy distinta de los hechos ocurridos hace nueve años. No hay ningún símbolo que recuerde el Movimiento Verde por ejemplo. Eso es elocuente.

Aunque las protestas actuales podrían técnicamente debilitar el recientemente reelecto Rouhani, enemigo por antonomasia de los conservadores, es revelador que los Basij ya han hecho saber que no permitirán que se extienda tal estado de hecho. Saben que las víctimas directas de lo que podría ser la transformación de una protesta en un Movimiento, serían ellos y no los reformadores. El peor escenario para los halcones del régimen es precisamente aquello que se está concretizando: perder la confianza de su base.

La decisión este domingo de Rouhani de volver sobre el aumento de la gasolina; entre otros paños fríos impuestos, tal como garantizar el derecho de los iraníes a expresarse, o el reabrir aunque sea parcialmente ciertas redes sociales como Instagram y YouTube es, por un lado un favor que el reformista acaba de conceder a los halcones, a la vez que, quitando con una mano lo que la otra otorga,  también es una invitación hacia los sectores liberales a hacerse oír en la calle, de un modo que le sea redituable políticamente.

La codicia de los grupos paramilitares islamo nacionalista ha estrangulado la economía de todo el país.  Una de sus herramientas, la más nociva,  ha sido el sistema de falsas privaciones, conocidas como Khousoulati.

Milicias y prebendas, la economía estrangulada

No cabe duda de que Rouhani también está apuntado por los manifestantes. Se han oído varios “muerte a Rouhani”. Grito que puede provenir tanto de nostálgicos de Ahmadinejad como de reformistas. Después de todo Rouhani es el reformista “autorizado” por Khamenei. Los verdaderos reformistas no pudieron presentarse a ninguna elección después de 2009. Pero en algo hay un acuerdo dentro del hartazgo expresado: la corrupción endémica que gangrena el país -, un flagelo más efectivo aún que las sanciones exteriores-, es causada por el ala conservadora del clero y sus milicias. La codicia de los grupos paramilitares islamo nacionalista ha estrangulado la economía de todo el país.  Una de sus herramientas, la más nociva,  ha sido el sistema de falsas privaciones, conocidas como Khousoulati (khousu por privado) y douati por estatal. Se trata de toda una red de negocios prebendaríos en manos de los Guardianes de la Revolución y sus parientes que deja a millones de personas fuera del sistema. 12,4% de la población no tiene trabajo.

Rouhani ha intentado limitar el poderío oligárquico de los Pasdarans. Empero, se tratá de un reto tan político que solo la calle puede conquistar. Parece que es lo que los sectores populares le están brindando. Su moderación en la represión de las manifestaciones, hasta ahora, podría resultar una buena jugada a largo plazo, para el hombre que sueña con ser el futuro Guía Supremo. Dicho de otra manera: no quiere acabar con la República Islámica sino hacerla más viable.

La corrupción no es la única dolencia. A Rouhani se le reprocha el activismo de Irán en la zona Sham. La derrota de los peores grupos yihadistas de todos los tiempos no es de ningún consuelo para un pueblo que soporta una larga lista de problemas en política interior. El gran coagulante de la sociedad iraní que federa tanto los sectores reformistas, hartos del régimen religioso con la base popular y su expresión más estridente, los bazari es el nacionalismo. Irán es mucho, pero mucho más nacionalista que islámico. En otros tiempos, el juego de influencias de Irán en Siria, sosteniendo al presidente Bashar al Assad ante la asonada del islamismo wahabita o en Irak ante la misma amenaza o proveyendo las fuerzas de retaguardia a los Hutíes, minoría chiita masacrada por las fuerzas genocidas de Arabia Saudí habrían sido saludadas con el martirologio consabido. No obstante, ante los problemas económicos y societales, tales como la ya instaurada conversión de Irán en un estado de consumo masivo de opiáceos, el costo de esas campañas militares directas o a través de proxy, ha dejado de ser percibida positivamente.

De ese punto de vista las declaraciones del Hasan Nasrallah, jefe del Hezbollah en junio de 2016: “mientras Irán tenga dinero no faltaremos de nada” repercutan con creciente provocación.” El “Hez”, organización terrorista y clientelar, no es ni siquiera iraní. Es libanesa. Algo que se tiende a olvidar. Mejor aún que las milicias revolucionarias, el Hezbollah ha sabido jugar de las fuerzas o debilidades del régimen. Cuando el régimen disminuyó el financiamiento, durante la presidencia de Akbar Hachemí Rafsandjani, el grupo libanés lo “congració” con un atentado en América Latina en conjunto con sus socios mafiosos argentinos, respaldándose en sus variopintas redes de poder político local. Fue el atentado a la mutual Amia de junio de 1994. El Hezbollah es un perro malo cuya correa no se puede soltar sin que se dé vuelta contra su maestro.

Irán se encuentra en una encrucijada ante un Occidente, que se desvive en expresiones de empatía política y mediática cuando no franca colaboración hacia las satrapías del Golfo, patrocinadoras del terrorismo de masa.

Por otra parte, Irán se encuentra en una encrucijada ante un Occidente, el cual paradójicamente se desvive en expresiones de empatía política y mediática cuando no franca colaboración hacia las satrapías del Golfo, patrocinadoras del terrorismo de masa. La llegada del presidente Donald Trump se anunciaba como un giro radical en ruptura con la culpable complicidad de Barack Obama hacia la Hermandad Musulmana entronizada en Egipto, Túnez, Libia merced a las “Primaveras” de falsa bandera. Durante su campaña el magnate americano tuvo palabras muy duras contra Arabia Saudí y hasta acusó, muy justamente por cierto, a la entonces candidata Hillary Clinton de haber aceptado donaciones vertidas a la Fundación del mismo apellido emanando de un Estado que financia el radicalismo y el odio.

Esa lucidez pertenece a sus mejores momentos de campaña. Es ahora oficial, desde el 20 de diciembre que Estados Unidos y Arabia Saudí están en discusión en poz de construir facilidades nucleares, a priori civiles en el país de donde salieron la mayoría de los terroristas del 9/11. Compañías americanas participarán de la licitación en 2018. La madre de todos los errores (han sido muchos) está en camino y visto desde Teherán, tanto por sectores reformistas o conservadores es un puñetazo en el plexo solar.

Por eso declaraciones de Donald Trump en relación a las protestas tales como: “El mundo está mirando”, no cunden en los sectores donde naturalmente podrían alentar un movimiento más entusiasta. Los iraníes esperaban una ayuda de Occidente en 2009. En lugar de lo cual fueron armados los grupos yihadistas que los consideran Takfires contra los cuales han tenido que luchar. Ahora observan la grieta entre Europa por una parte y Estados Unidos y Israel por otra, en sus políticas pro wahabita y no entienden.

El régimen terminará por caer, y va a caer por su flanco populista. Como caen todos los regímenes populistas cuando se acaban los recursos clientelares. Pero cuando se acabe, y se va a acabar porque cualquier persona que ha visitado Irán sabe que nadie odia más el régimen que los propios iraníes, la pregunta será: “¿Qué hacemos con el poder sin límites que está estableciendo el nuevo hombre fuerte de Arabia Saudí, el príncipe heredero Mohamed Ben Salman y una potencia nuclear en la Meca?



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