Amplia victoria de Sebastián Piñera

 

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El candidato de derecha Sebastián Piñera (Chile Vamos) gana las elecciones presidenciales con 54,57% de votos con un total de 99,57% de mesas escrutadas. Su contrincante socialista, Alejandro Guillier Álvarez con 45% de votos, se queda casi 9 nueve puntos atrás. Lejos, muy lejos de las previsiones que pronosticaban un resultado tan reñido que hasta imaginaban que se debiese proceder a un minucioso reconteo.  Una vez más, las consultoras se equivocaron elaborando sus proyecciones sobre encuesta técnica y analíticamente mal diseñadas, agudizando presunciones erradas sobre el reporte de votos de la primera vuelta.

La victoria de Piñera no hace lugar a la ambigüedad y lo asienta en el confortable sillón del presidente electo con mayor cantidad de votos desde 1993. No obstante esa victoria no debe hacer olvidar que tendrá que lidiar con un Congreso donde no dispone de mayoría en ninguna de las dos cámaras y desde donde le costará tejer alianzas. En particular deberá afrontar la máquina de impedir de la formación populista Frente Amplio de Beatriz Sánchez. El Podemos chileno dispone de 20 diputados sobre un total de 155 en la Cámara baja. A ello hay que agregarle los 43 diputados de la izquierda agrupados en el pacto parlamentario Fuerza de la Mayoría (PS, PC, PDD) además de los varios partidos antisistema que componen la compleja constelación de la izquierda chilena.  En esa configuración, llevar a cabo las reformas pro-mercados prometidas durante su campaña no lo tiene ganado de antemano.

Piñera no podrá volver sobre el alza de impuestos a las empresas de la era Bachelet, ni impostar fácilmente las varias medidas que figuran en su hoja de ruta económica cuyo objetivo es reducir la dependencia a las exportaciones de materias primas, en particular el cobre. En cuanto a su agenda política sobre la sulfurosa cuestión de la reforma de la educación pública y en el capítulo de la seguridad nacional, en lo tocante al radicalismo mapuche, un tema de trascendencia regional, Piñera deberá enfrentar una feroz oposición en el Congreso.

Su discurso de noche electoral fue consecuente con ese panorama: un discurso de unión, por demás fiel a una certera tradición republicana chilena desde la restauración de la democracia, que la cortesía sea lo último que se pierda: “más allá de las diferencias, nunca más un chileno debe considerar a otro chileno como un enemigo (…) Hacer un buen Gobierno requiere de todos, incluso de aquellos que votaron por Guillier. Hoy día tenemos que unirnos más que nunca, porque tenemos una exigente misión que cumplir, porque hay un mundo nuevo golpeando a nuestras puertas (…) y porque el camino hacia tiempos mejores no va a ser fácil“.

Para Guillen, el contundente fracaso empezará a ser objeto de debate y autocritica a partir de mañana. El querer haber apretado en un mismo abrazo al populismo del Frente Amplio y a la Democracia Cristiana, cuyos votantes en el segundo caso no siguieron la bajada de línea de sus dirigentes, diluyó su identidad liberal en los temas societales y centrista en lo económico en un magma que no podía generar adhesión. Tal vez no sea necesario buscar más lejos. El votante del siglo XXI sigue comprando identidad política a pesar de, o precisamente debido a la entrada de formaciones emergentes que vienen a descolocar el tablero tradicional.

 

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