Brevísima relación de la destrucción de Catalunya por Puigdemont Casamajó

©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción protegidos

 

La caravana de Carles Puigdemont ha ido a calar en el corazón de lo que fueron, hace poco más de seis siglos, los Países Bajos españoles, fuelle de la propaganda flamenca anti hispánica, mejor conocida como Leyenda Negra. Parece que la memoria transgeneracional deja máculas, pues las imprecaciones surrealistas de Puigdemont contra Madrid sobre “su extrema agresividad” y lo que afirma de ausencia de garantías para un juicio justo encontraron cierto eco en el nacionalismo “flamingant”. Una región donde la ancestral aversión a España, desde la época de Felipe II, sabiamente entretenida en los siglos posteriores, puede despertar reflejos adormecidos.

Puigdemont fue a reencontrarse con odios añejos, respaldándose en el nacionalismo flamenco, especialmente el del partido Niew-Vlaamse Alliantie (N-VA) de Bart de Wever. Esa busqueda de audiencia internacional, aunque confinada a la realidad belga, tampoco resultó un exito. El N-VA es un partido independentista pero no suicida. Nunca infligiría a Flandes lo que Puigdemont infligió a Cataluña y se conformaría con obtener el nivel de autonomía del que goza Cataluña y otras regiones de España, que con los Lander alemanes son los sistemas más descentralizados de Europa.  Además, Belgica es un país que se gobierna prácticamente solo. Su mejor momento fueron los 514 días que vivió sin gobierno, entre 2010 y 2011. El nacionalismo secesionista es una postura, nada más.  Si los flamencos quisiesen verdaderamente ser independientes ya lo serían hace mucho.

Por la mañana, Charles Michel el Primer Ministro belga tuvo que arrimarse a los micrófonos para disipar el deje de ambigüedad donde se había dejado arrinconar tras su declaración, posterior a la aplicación del artículo 155 de la Constitución española.  “El señor Puigdemont no está en Bélgica ni por invitación ni por iniciativa del Gobierno belga. La libre circulación dentro del espacio Schengen le permite estar presente en Bélgica sin ninguna otra formalidad. Según sus propias palabras, el señor Puigdemont vino a Bruselas porque es la capital de Europa. Y será tratado como cualquier otro ciudadano europeo. El Gobierno belga no ha tomado ninguna medida para alentar la llegada al territorio belga del señor Puigdemont”.

Cuando se trata de protocolo, en Bélgica, se sabe mejor que en cualquier otra cancillería hacer pasar mensajes con aires de yo-no-fui. No responde entonces ni el número de informaciones generales.  Al señor Puigdemont no le fue concedido ninguna de las infraestructuras institucionales belga o europea para su conferencia de prensa. Tuvo que conformarse con el Press Club Brussels de la rue Froissart, como lo podría hacer el jefe de una asociasión de piscicultura y acudir sin escolta oficial en medio de un cordón de banderas españolas. Nada de la parafernalia a la cual apostaba para la escenificación de lo que venía a denunciar sobre la crueldad y tiranía de Castilla.

Para colmo, otro flamenco, en un relámpago de sentido común quebró el simbolismo mismo de la estrambótica fuga puigdemontesca. Ese hombre fue Kris Peeter, el Vice Primer ministro de Bélgica, el cual espetó: “Cuando llamas a la independencia, mejor te quedas con tu pueblo.” Eso fue lo más cercano, dentro de lo permitido por el buen gusto, a tratar a alguien de traidor y cobarde.

Aparte Bart de Wever que se expidió señalando el catalán como amigo, pero no tanto como para ofrecerle una plataforma, el único respaldo de Puigdemont se cobrará en honorarios. Se trata de Paul Bekaert el abogado que emula Bartolomé de las Casas y la iconografía inquisitorial a cada vez que defiende un etarra de la envergadura de Natividad Jáuregui (alias Pepona) contra los pedidos de extradición de España, alegando del “riesgo de tortura”.

La cobardía de Puigdemont, su narcisismo aleccionador, el bastardeo ideológico entre el populismo a la salsa caribeña con representantes del nacionalismo flamenco y sus orígenes a menudo infamantes, además de otras afinidades inconfesables como el islamismo, eso es lo que entrará en la historia además del peor corte de pelo en política. La hispanofobia de Puigdemont y su representación feudal de la división territorial, fue muy probablemente un mal necesario para poner fin al catalanismo radical. Es que, la propaganda recalentada, al parecer no funciona.

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Categorías:ESPAÑA

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1 respuesta

  1. “Cuando llamas a la independencia, mejor te quedas con tu pueblo.”
    Un toque de distinción jaja

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