Cortesía del nacionalismo flamenco al catalán

©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y de reproducción protegidos

Es poco decir que Bélgica es un país particular. El secretario de Estado belga a la Inmigración y refugiados, el nacionalista flamenco Theo Francken no ha tenido mejor idea que proponer otorgar el estatuto de refugiado político a Carles Puigdemont, alegando de sus dudas sobre la posibilidad de un “juicio justo” para el ex presidente de la Generalitat, depuesto por sedición. Declaraciones hechas a la cadena de televisión flamenca VTM, el mismo día que Puigdemont es implícitamente invitado por el Portavoz del gobierno español, Iñigo Méndez de Vigo a participar de las elecciones del 21 de diciembre. Apertura que, por cierto, no dejo impertérrita amplios círculos de la opinión pública española, por lo que sugiere de amnistía de facto a la sarta de delitos reprochados al ex jefe de gobierno autonómico. Las declaraciones de Méndez de Vigo vinieron a soplar sobre las brasas aún ardientes de la Declaración de Independencia Unilateral (DUI) y lo que la historia registrará como un mes de vejaciones catalanistas hacia todos los españoles, incluida la sociedad civil catalana. Los rumores conspirativos de negociaciones espurias entre el gobierno de Mariano Rajoy y ciertos sectores “moderados del radicalismo” en vista de algo no menos alarmante que sería la reforma de la Constitución corren por las redes sociales.

Ese jesuitismo que ha mellado en toda la vida política, intelectual y cultural belga que se podría definir como una suerte de escatología de cuello blanco.

El Primer Ministro belga, Charles Michel se sintió obligado de poner paños fríos a las declaraciones sumamente ofensivas de su ministro, aunque fuese oscureciendo más que aclarando. Instó al funcionario flamenco “a no echar leña al fuego” (en francés es aceite al fuego: huile sur le feu). Fue todo menos una clara desautorización. El viernes tras haberse concretado la aplicación del artículo 155 en España, de conformidad con la Constitución y habiendo Rajoy hecho alarde de una templanza que le fue vivamente reprochada, Bruselas fue la única capital europea a atenerse a una actitud, prácticamente equidistante. “Una crisis política solo puede ser resuelta a través del dialogo. Apelamos a una solución pacifica con respecto al orden nacional e internacional” encomendó en su cuenta de Twitter, Charles Michel (en inglés).

A pesar de conservar rasgos genuinos de lo que fue el liberalismo belga, la filosofía política de Charles Michel no es inmune a ese jesuitismo que ha mellado en toda la vida política, intelectual y cultural belga que se podría definir como una suerte de escatología de cuello blanco o la atracción apologética del catolicismo de izquierda (casi una tautología) hacía lo pestilencial extendida a todo el arco político. Desde el Sendero Luminoso representado por joviales andinos con poncho y flauta, figura actualizada en los 70 del inofensivo amigo Chang de Tintín en el Lotus Azul, y tantos personajes que recorrieron las calles del campus de Lovaina-La-Nueva, Alma Mater de la Teología de la Liberación, tercermundismo compasional derivando en el siglo XXI en una plataforma de apoyo a los antisistemas del mundo. Lugar donde también se formó o mejor dicho deformó el líder populista autoritario ecuatoriano Daniel Correa. En 1993 Bélgica votó un “Ley de Competencia Universal”, así, directamente para juzgar a los malos del mundo. Una ley por encima de las competencias de lo que es hoy la Corte Penal Internacional (CPI) donde casi todos los líderes democráticos del mundo. Esa ley dejó de existir por su dimensión circense que la hacía simplemente inaplicable, pero tuvo muy buena prensa. El espíritu de la Ley le sobrevive.

El jesuitismo político belga tuvo como figura paroxística, Leon Degrelle, el jefe de la Legión Valona de la Waffen SS el cual precisamente murió en exilió en Málaga en 1994, disfrutando la condición de  “refugiado” que le había otorgado el general Franco. ¿Desea hoy Franken devolver la cortesía? Naturalmente no se puede comparar Puigdemont con Degrelle. No obstante es intrigante la recurrencia de  simpatía entre personajes que comulgan en un nacionalismo identitario, supremacista, xenófobo, capciosamente disfrazado de víctima. Lo es cuanto más que hace décadas que los flamencos vienen amenazando con la secesión al igual de la invasión de los Tártaros de Dino Buzzati, hasta el hastió. Sí la disrupción con la Constitución al modo Puigdemont les parece legitima, los patrocinadores de la secesión flamenca siempre lo pueden contratar  como asesor. Los resultados, sobre todo económicos, están a la vista.

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Categorías:EUROPA

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