El régimen venezolano sin limites

Las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contemplando dentro del campo de los posibles, la intervención física, para poner un término a los atropellos del régimen chavista, generaron un amplio consenso internacional de desaprobación. Una de esas voces es la del mandatario colombiano Juan Manuel Santos, el cual estimó que América Latina, siendo un “continente en paz”, había que “mantenerlo así”. El efecto disuasorio de las declaraciones de Trump poniendo un límite conceptual a Nicolas Maduro fue neutralizado por los bienintencionados habituales. 

©Teresita Dussart. Todos derechos de propiedad intelectual y derechos de reproducción reservados.

Es porque una tiranía es un sistema que no respeta los procesos electorales que no se la puede derrocar por las urnas. Existen todo tipos de sistema de gobiernos, la democracia parlamentaria, la democracia con ejecutivo mayestático, la dictadura de la mayoría (el chavismo de Chávez, el kirchnerismo de Kirchner), el despotismo ilustrado, la dictadura como concentración de poder, y por fin la tiranía o totalitarismo como ejercicio del poder absoluto y de opresión estridente del pueblo. Una tiranía, por definición, solo se remueve con una revolución, una intervención militar extranjera o la muerte del tirano siempre y cuando este no deje sucesor tan tirano como él. Maduro tiene sucesores aún peores

Formular por primera vez la idea de un limite

Rara vez se habrá asistido a tanta catilinaria hipócrita como aquel coro de respuestas a Donald Trump, cuando el 12 de agosto envisionó la intervención física en Venezuela como una posibilidad más. “ Tenemos muchas opciones para Venezuela, incluyendo la opción militar, si es necesario “. Las declaraciones de Trump no parecían siquiera haber sido consensuadas con el Pentágono, por lo tanto, con ello lo único que hacía era formular, por primera vez, la idea que existe un límite a la brutalidad. En el fondo no es más que una variante de la lógica de la disuasión que hizo sus pruebas durante la guerra fría. La disuasión también es diplomacia. Es una postura en ruptura radical con la parafernalia de negociación que se ha desempeñado hasta ahora con el régimen chavista, pero es uno de los artes de la diplomacia al fin, y no el menor.

A penas Nicolás Maduro, su inquietante vicepresidente narco, Tarek El Aissimi, el sanguinario Diosdado Cabello, los “colectivos” y sus sicarios hubieron acusado recepción del mensaje, el cual realmente produjo un viento de pánico como núnca antes; los tenores del escenario político internacional, apurados en condenar Trump como un coro de viudas de Chávez, vinieron a ponerle paños frio a ese efecto. “No se preocupen estamos aquí para que esto siga así“, en substancia ese fue el correctivo.

El Mercorsur es un coso que ni pincha ni corta y cuanto menos interés se le preste, más rápido se pasa a lo que de verdad importa.

La respuesta la más absurda fue previsiblemente la del Mercosur en su comunicado: “Los únicos instrumentos aceptables para la promoción de la democracia son el diálogo y la diplomacia”. La promoción de la democracia en un contexto neroniano de erradicación de las instituciones básicas devenga en echar un manto de buenos modales sobre la violencia de Estado. El Mercosur, aberración institucional, no solo no logró ser un instrumento de integración económica para los países del Cono sur que lo componen, tampoco ostenta liderazgo político internacional. Es un coso que ni pincha ni corta y cuanto menos interés se le preste, más rápido se pasa a lo que de verdad importa.

Otro flanco de jesuitismo bergogliano fue el del insoslayable José Luis Zapatero. Las varias misiones de buenos oficios del ex jefe de gobierno español, más que ayudar a encauzar la democracia, profundizaron la tiranía de Nicolás Maduro, bajo el manto de una negociación hábilmente pensada para dilatar los tiempos cuyo eje consistió en equiparar las partes: el tirano, el pueblo mancillado, sus representantes encarcelados, empujados al destierro, amenazados por las huestes del GNB. Fiel a él mismo, Zapatero no escatimó ninguna de las expresiones trilladas como “hacer ganar la convivencia”, como si el antagonismo se construía sobre cuestiones anecdóticas.

Bajo ese mismo concepto de empate moral de todas las partes, eje de la diplomacia desde hace 17 años con Venezuela, Zapatero sentenció: “Una intervención militar, además de vulnerar los principios de legalidad internacional, sería la peor alternativa. Igualmente sería una opción sencillamente nefasta y un grave error histórico”. Una breve exegesis de los 140 caracteres hace aparecer que, para el padre de la mayor crisis económica de historia de España, cabrían “alternativas” y “opciones”. ¿Será que Zapatero cree en milagros y magia blanca?

En cuanto al punto de la legalidad, una intervención estaría perfectamente amparada en el derecho internacional humanitario dentro del denominado “deber de proteger.” Zapatero es de la generación ultra legalista, para los cuales sin ley no hay norma moral que valga. En junio de este año, asociaciones aglutinadas en un colectivo de representantes de la Sociedad Civil Venezolana han solicitado al Consejo de Seguridad que se proceda a una “evaluación y resolución de la crisis venezolana” en el marco del capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas. Por si fuera poco, Maduro a violado uno por uno todos los puntos del Tratado de Roma. Si Venezuela estuviese en África, la Corte Penal Internacional (CPI) ya habría iniciado una instrucción.

“Mantener así”

En América Latina, paz es lo que menos hay, y si se agrega la violencia de Estado, por encima de la inseguridad provocada por las pandillas, crimen organizado, narcotráfico, se produce la conflagración venezolana.

Otra de las declaraciones surrealistas fue la de Juan Manuel Santos, en presencia del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, en visita oficial a Colombia la semana pasada. “Ni Colombia ni América Latina, desde el sur de Rio Grande hasta la Patagonia, podrían estar de acuerdo {con la idea de una intervención militar en Venezuela}; América es un continente en paz; mantengámoslo así”.  El presunto estado de paz latinoamericano es, sin lugar a duda, la evaluación la menos feliz, de las tantas desgraciadas aserciones de Santos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), América Latina es la región del mundo donde a pesar de representar menos de 10% de la población mundial, se cometen 37% de los homicidios voluntarios. Estadísticas que van aumentando año tras año. Los 10 primeros países en la lista de la OMS que registran más asesinatos en el mundo son todos latino americanos y de ellos Venezuela es el tercero, Colombia el cuarto.  Homicidios por criminalidad de derecho común. Según el noveno informe anual de 2017 de la ONG Forum Brasileiro de Segurança Pública, en cuatro años murieron por homicidio más de 300.000 personas en el país lusitano. Es decir, más muertos en Brasil que en Siria por el conflicto allí prevalente. En América Latina, paz es lo que menos hay, y si se agrega la violencia de Estado, por encima de la inseguridad provocada por las pandillas, crimen organizado, narcotráfico, se produce la conflagración venezolana.  Eso es lo que Santos parece querer “mantener así”.

Según Delsa Solorzano, diputada nacional por el Estado de Miranda y miembro de la Comisión de DDHH de Venezuela, la cantidad de asesinados por el régimen, en lo que va del año es de 137. Evidentemente no hay paz en la región y menos en Venezuela. A esas muertes se suman las de la inseguridad producto de la hambruna y de la informalidad de la economía derivando en mafias. Tal vez a Santos le convenga relativizar el estado larvario de amenaza permanente a la paz civil y a la vida en su región, en la medida que la explicación de ese estado de hecho tiene mucho que ver con la impunidad de la cual se benefician a nivel continental los criminales. De ese punto de vista, la amnistía masiva para miles de guerrilleros de las FARC, en violación de todos los preceptos del Tratado de Roma sobre crímenes de lesa humanidad es edificante. Un mensaje que los chavistas han debido contemplar como un interesante precedente para causas futuras que podrían acaecerles.  Desde luego el acuerdo firmado con las Farc por Santos, no es portador de ningún efecto disuasorio, él.

La propia oposición venezolana se ha mostrado muy reacia a una intervención norteamericana. La Mesa de Unidad Democrática (MUD), rechazó en un comunicado la “propuesta”, sin nombrar Estados Unidos, poniéndole a la par de la intervención cubana en Venezuela. Aunque dividida esa coalición, el rechazo a una tal intervención parece ser real y no impostado.

Una intervención en Venezuela sería un esfuerzo costoso en lo financiero y político con poco o nulo interés para la fuerza nacional o multilateral que lo conformaría. Por lo tanto, sin un aval explícito de la oposición local, exigiría mucha abnegación por parte del dirigente que tomaría la decisión. Algo que ni Trump llegado al caso, haría. Más teniendo en cuenta, la aversión de estos últimos años por parte de las opiniones públicas de las grandes potencias a las operaciones exteriores. No obstante, no existe ningún escenario de salida de crisis a corto, mediano o largo plazo sin intervención. Con tan pocos respaldos, la tiranía corre el riesgo de instalarse en el tiempo al igual que el castrismo.

Los preceptos tales como “Si quieres la paz prepara la guerra” de Vegecio, o ese otro de Lord Winston Churchill, “quisieron la paz a cambio del deshonor, tuvieron la guerra y el deshonor”, no hacen parte del acervo de los dirigentes bobos latinoamericanos, cuya soberbia incompetencia y cobardía tiene su región entregada a la guerra sucia y la banalización del homicidio desde décadas.

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Sobre el mismo tema en este blog:

https://relacionesinternacionales.co/2016/10/30/cpi-todo-hacia-africa-nada-hacia-america-latina/

 



Categorías:Latin America

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