De cambiar se habla lo menos posible

Nota de opinión

©Teresita Dussart Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción reservados

 

Mientras en Brasil, a pesar de la crisis institucional, reformas cardinales descongelan el mamut latinoamericano, en Argentina la campaña para las elecciones legislativas de agosto sale a remozar trilladas promesas y previsibles tarascones entre seudo opositores. El tópico del marketing político y sus gurúes, Jaime Duran Barba y sus imitadores, es que Argentina es un país de gente buena, con pocas aspiraciones: pizza, asado y mate y no hay motivo por esmerarse en producir un programa o ideas. Es una visión insultante para la inteligencia del argentino medio. No obstante, todos los candidatos comulgan en ese impronta tan intrascendente como ajena a las prioridades del país.

La lectura de la situación por parte de la opinión publica argentina es infinitamente más sofisticada, acorde a las realidades abstrusas que debe sortear. Una de las preguntas que un argentino de base se hace es: ¿En virtud de que lógica económica seguimos sin poder importar bienes como los otros, tenemos que consumir malo y caro sin poder elegir, aceptar ser cautivos de operadores no competitivos en nuestro país, mientras, por otra parte, se ha normalizado y creado el tour de viaje de compras en los países vecinos? ¿Qué nos pasa, que no pasa a los otros y nos impide ser un país normal? No hay respuesta a esa pregunta ni tampoco a miles de otras en los argumentos de campaña, tal como vienen siendo desplegados hasta la fecha. El campo dialectico de la contienda electoral implica, ante todo, sacar más o menos forzosamente funcionarios o militantes en los barrios para proceder al “timbrazo”. En el timbrazo nace y muere la creatividad de Durán Barba. Otro must:  fotografiarse en situaciones de revival del “cabezita negra” donde rusticidad y pobreza son exhibidas como meta insuperable de la argentinidad. Más osado, parte del kit clientelar: “no nos alcanza el dinero para vivir, nos tienen que dar, dar por dar, y más”.

La semana pasada el presidente Macri manifestó querer hacer política en serio emprendiendo un proyecto de reforma, a la imagen de lo que ocurre en Brasil con la reforma “trabalhista”, aunque en una versión light donde no se toca a los sindicatos musolinistas. Esa reforma si fuese bien explicada podría ser un tema de campaña como promesa de regreso a la competitividad. Últimamente el presidente ha dado señales de querer afirmar una identidad política. Mal no le vendría. La campaña del PRO hasta ahora se mantiene en el lineamiento de aversión a las ideas, a los conceptos de más de tres silabas y a la sintaxis minimalista al estilo María Eugenia Vidal, como una suerte de efecto bobo asumido y reivindicado. El kirchnerismo vendió la idea que ser culto y decir cosas inteligibles era cosa de “gorila” y ese precepto caló hondo, especialmente en aquellos que contemplaban una grieta con el peronismo no como un cumplido, sino como un lastre.

Mientras tanto la oposición, necesariamente peronista o filo peronista, prosigue su intención de volver a imponer la receta que condujo al ocaso argentino, receta por demás en vigor con algunos amancebamientos. Lo que no evoluciona, involuciona. El kirchnerismo puede volver a pesar en el escenario político argentino, por la inercia del gobierno macrista durante la primera mitad de su mandato. Cristina Fernández a pesar de ser una de las figuras latinoamericanas más corruptas de la historia se presenta a las elecciones para una banca en el Senado de la Nación. Eso sí, gomo algunas asperidades, la más importante el nombre del partido” Frente para la Victoria” de siniestra memoria que pasó a ser “Unidad Ciudadana”. Tampoco ya se refiere a la clase media en modo despectivo. ¿Si el macrismo imita el kirchnerismo por qué el kirchnerismo no imitaría el macrismo y ser intercambiables uno por otro?



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