Involución de la especie, evolución tecnológica: Condición del encuentro entre máquina y humanidad

 

 

La Ciencia ficción de los años 70 giraba en torno a dos matrices, uno tecnológico, otro científico. La primera vislumbraba un mayor estado policíaco controlado por máquinas. El segundo proyectaba en el futuro un ser humano “mejorado” por los avances de la ciencia. En los albores de este milenio, lo que se concretó es una era tecnológica, en ningún caso científica. El escenario en progresión es el de un humanoide imbecilizado, en parte por una serie de factores ambientales y sus consecuencias endocrinológicas, mientras herramientas dotadas de inteligencia artificial, beneficiándose de la delegación de las funciones mentales humanas, va ocupando cada intersticio de la actividad de la especie.

©Teresita Dussart. Todos derechos de propriedad intelectual y reproducción protegidos.

Cuando en los 90 las nuevas tecnologías se toparon con el crimen organizado, surgido del fin de la guerra fría, de la globalización y luego del hiperterrorismo wahabita, nuevas herramientas fueron impulsadas como una respuesta razonable a la dimensión de las amenazas. Entre esos dispositivos se encontraba el pasaporte biométrico y su chip RFID (Radio Frequency Identification) que almacena datos de identificación de ciertos rasgos anatómicos como el iris, las huellas digitales, la geografía de la mano. El chip incorporado a los documentos de viaje es garante de la “trazabilidad” de la persona como de cualquier otro bien.  En sí, el nuevo pasaporte ya constituía una forma inquisitorial de limitación del derecho a la privacidad y a la libertad de circular.

Se debe a la concomitancia entre surgimiento del terrorismo masivo y desarrollo de las nuevas tecnologías complejas, un escenario de intromisión en la vida privada y alteración de los principios directores de las libertades individuales, sin precedentes.  El estado de emergencia permanente, como resultado de las amenazas objetivas, amplió el alcance del fichaje, creando las condiciones de lo que, de no ser implementado por sociedades reputadas democráticas, sería lo propio del régimen policial. En lugar de atacarse al problema poniendo en práctica el esfuerzo necesario para derrotar el enemigo, se normalizaron herramientas de control preventivo y crónico para todo ciudadano, ello indiscriminadamente.

Así es como mientras se extendían conjuntos regionales y territorios exonerados de control aduanero, se gestaba el seguimiento permanente del ciudadano a través del GPS incorporado al teléfono o de cualquier otra herramienta rastreadora, de las muchas que llevamos sin saberlo. En declaraciones a la cadena de televisión CNN, Robin Li, Ceo del grupo chino Baidu, declaró querer desarrollar un sistema que no haga necesaria la presentación de documentación. Es decir que seamos anatómicamente identificables ya no sólo por la biometría. Lo impactante de esos grupos de ciberseguridad que gastan millones de dólares en búsqueda y desarrollo es que no les preocupa ni en lo más mínimo una posible obstrucción legal, teniendo en cuenta el carácter polémico de esos instrumentos. Tienen por asegurado poder vender sin otra mayor inquisición que las certificaciones industriales correspondientes.

A pesar de esas medidas de seguridad, la criminalidad organizada y el terrorismo bucean en la profundidad del Darknet. Conocen sus protocolos y puertas de entrada no rastreables, saben manejar contenidos dinámicos, direcciones IP, pagar con Bitcoins y eludir su presencia tras algoritmos criptográficos. Mientras tanto, el usuario estándar entrega paquetes de datos permanentemente, información comercialmente altamente redituable para las plataformas.

Cada cinco minutos, el usuario está diciendo algo de él a alguna torre o a través de sus múltiples formas de pago electrónico, todas provistas de  inteligencia artificial. Datos que van conformando su perfil en base a un impresionante capital de información que pocas o ninguna agencia de inteligencia dispone. Huelga reconocer que casi todas las plataformas en su reglamento advierten del uso de esos datos y requieren explícitamente el acuerdo del usuario. La mayoría de las veces esos contratos electrónicos son aceptados sin ser leídos.

En el darknet, el uso de datos solapados por parte de terceros es más difícil. En algún momento deben interactuar físicamente las personas de un grupo previamente constituido para transmitir la URL. Eso es lo que hace aún la diferencia entre la sociedad criminal y la regular. Es el recurso a una forma de socializacialización “primitiva” que le garantiza su confidencialidad y por ende supervivencia. Algo de las prevenciones propias del núcleo marginal debería inspirar al conjunto de la sociedad.

La supranacionalidad de los sistemas electrónicos no atiende ni fronteras ni normas nacionales, permite generar una transferencia de datos masivos hacia el autor del algoritmo de lo que sería una red social,  aplicación o determinado servicio digital.  Mark Zuckerberg, desde ese punto de vista es dueño de una red que detenta más inteligencia que cualquier sistema de inteligencia institucional, policía, incluso de la menos democrática donde todos los individuos estarían fichados. Facebook puede rastrear hasta dentro del sistema de protección Tor. Facebook es Big Brother.

En dos décadas, el auge de la inteligencia artificial ha sido tal que se ha creado un nuevo paradigma antropológico impensado por el naturalista Charles Darwin, ciertamente tampoco por el visionario renacentista Leonardo da Vinci, y menos el antropólogo Claude Levy-Strauss. Interactuamos con máquinas, las cuales no se limitan a captar e indiciar datos. Toman decisiones, (por ejemplo donde doblar para el sistema de pilotaje electrónico de los nuevos vehículos); reconocen formas (ej. Flickr); definen perfiles incluso raciales (a eso sirve el social tag, verle la cara a la gente); ostentan una memoria biográfica (Facebook te acerca gracias a sus extraordinarios algoritmos a tus amigos de infancia, se acuerda de lo que hiciste hace un año y establece un recapitulativo de como interactuaste con determinado Fulano); sugieren comportamientos (ejemplo aplicaciones fundadas sobre la sobreexposición personal), formatean las opiniones acorde a la postverdad creando el espacio para hordas de Trol; ejercen una acción de vigilancia (todas); censuran como Fake News lo que es no es bueno saber según un patrón de elegancia de alisado de ideas. Y si Facebook es Big Brother, Google es Dios. Detrás de todas estas bondades, es menester recordar lo obvio: los algoritmos obedecen a una voluntad, la de su creador.

Esas plataformas son dinámicas, es decir que cuanto más se consumen más necesidades nuevas crean y así va se va alimentando el nuevo árbol de la vida a un ritmo infinitamente más rápido que el de la evolución del homo erectus, al sapiens, y nuestro sapiens sapiens.  Big Brother está mirando, registrando, anticipando, condicionando, generando un nuevo modus viviendi. Y Big brother tiene la cara sonriente y filantrópica de un Bill Gates, Steve Job, Zuckerberg y de varios de los nuevos tycoons chinos que reciben sin corbata, look que le da ese toque tan inofensivo a pesar de haber generado la mayor disrupción societal y tal vez antropológica de todos los tiempos.

El consenso universal ante la invasión de las nuevas tecnologías, la reducción de nuestras libertades y los efectos secundarios desantropizantes cundió cuanto más fácilmente porque existen inconfundiblemente  efectos positivos. La uberización de la economía es lo que permite sortear la burocracia y la arbitrariedad de los carteles. Airbnb permite generar un segundo o tercer ingreso, mejorar drásticamente una jubilación. Esas plataformas hacen lo que cualquier mercado haría: acercar la oferta a la demanda, sólo que lo hacen en una arquitectura que no conoce límite de ninguna índole. Está en el aire. Es de acceso gratis. Impone la protección del consumidor en tiempo real al permitir calificar el servicio, argumento superlativo para el establecimiento de la famosa mano invisible del mercado en la regulación de los criterios calidad, precio. Las redes también esquivan y eso es más preocupante, regulaciones que fueron impulsadas en un marco de cultura de gestión de riesgos, como las habilitaciones en el sector del fármaco, por ejemplo. Amazon estaría a punto de incorporar el sector farmacológico como su próxima meta. No pasará por las horcas caudinas de una farmacia de pueblo. Su poder es descomunal y cuando empiece a funcionar la farmacia de Amazon, la relación al medicamento será sustentada por otro paradigma de consumo y de salud

El consumidor se va acostumbrando a la simbiosis con  la inteligencia artificial y ve como natural la cesión de sus datos. En Suecia la start-up, Epicenter, implanta un microchip a empleados. No es obligatorio pero la mayoría accede. La comodidad de tener incorporada la tarjeta electrónica aparece como argumento superior a lo que anteriormente hubiese sido enfocado como una pesadilla de desposesión de sí mismo.  Ese tipo de servicio se califica como “convivial”  al ser representado como de uso cómodo, fácil, despreocupado.

No se le ha concedido al impacto de las nuevas tecnologías el debido enfoque filosófico, como sí fue el caso en materia de bioética

Vacío jurídico

La invasión de la inteligencia artificial no ha venido acordonada por reflexión prospectiva en ningún recinto. Sus redes neurales se extienden ante la total inercia de las entidades que podrían requerir una moratoria como para tener una visión ilustrada de las consecuencias sistémicas de cada uno de sus avances. Aquí no cunde el principio de precaución tan en boga en otras materias. No se le ha concedido al impacto de las nuevas tecnologías el debido enfoque filosófico, como sí fue el caso en materia de bioética. El principio director del políticamente correcto, conocido como desarrollo sustentable, no ha acompañado las transformaciones impulsadas por cada uno de los nuevos chiches lanzados durante las grades misas acuñadas por Steve Job.

Todo lo que surja del manantial high tech brota como una generación espontánea que abre sus capilaridades en nuestra humanidad. Por ignorancia, por no disgustar a los milenials, porque ofrece ventajas en materia de seguridad, ningún político manifestaría alguna circunspección. Francia es uno de los pocos países que más se ha preocupado de acompañar legislativamente Internet desde un principio con la Ley “Informática y Libertad” y recientemente la “Ley sobre el Numérico”. Pero a pesar de tener el mérito de existir, los conceptos que defienden esas leyes se ven totalmente rebasados por la transversalidad de las cuestiones que plantea la inteligencia artificial, si no como fin de la  historia, como fin de una historia.

Apagón de las funciones motrices no solicitadas

Parte de la euforia generada por el avance de la inteligencia artificial es la sensación del acceso ilimitado a la información. El famoso big data. Sólo que la masividad de la información propinada no es el equivalente profetizadó de la biblioteca de Alejandría, en la medida en que las funciones cognitivas, neurológicas de la población disminuyen  al compás del progreso de las nuevas tecnologías.

EL GPS apaga la parte del cerebro a cargo de la memoria espacial, según un muy reciente estudio del University College of London (UCL). La lectura de pantalla disminuye la facultad de concentración, la cual según un estudio de Microsoft ha sido reducida drásticamente estos últimos 15 años.  La facultad de memoria de corto plazo es el gran perdedor (recordar un número de teléfono, un trayecto, una dirección, una imagen). El aporte de Nicholas Carr “The Shallow. What Internet is doing to our brains” es más que inquietante de ese punto de vista. El valor analítico del proceso humano de la información adquirida se resiente como consecuencia de la delegación de las funciones intelectuales a la computadora.

La actividad de documentalista que toda persona ha sido en una vida anterior a los años 90, realizando las operaciones de clasificación que consisten en jerarquizar, definir variables, poner en perspectiva, indiciar, son todos quehaceres efectuados por la computadora. ¿Quién cumple con todos los paso de crear un álbum de fotos para la posteridad hoy? Lo hace Instagram o Flickr. La inteligencia humana ha trasladado sus principales operaciones, incluida parte de su actividad emocional, social, económica hacia las nuevas tecnologías.

Tecnológicamente fecunda pero científicamente estéril

No ha sido lo mismo en cuanto a desarrollo científico, el cual sí se ha visto acorralado de un amplio cerco de contención ética a pesar de ser poco fecundo en innovaciones. Los títulos de los periódicos están llenos de los nuevos avances sobre la realidad aumentada, los Pokemones, las “casas inteligentes”, y de todo el Neverland de la difracción con la realidad, pero lo que no hay es una nueva patente en farmacología que permita remediar a una pandemia. La postverdad se beneficia de más inversiones en búsqueda fundamental que la medicina. Y es así desde  hace décadas.  No hubo nada tan disruptivo como la penicilina que salga de un laboratorio estos últimos 30 años. Ninguna vacuna. En caso de gripe A, de gripe aviaria, de Ebola se vuelven a servir los excedentes del retroviral Tamiflu y sus copias. Un mismo retroviral para las principales cepas del mundo desconectadas en tiempo, espacio y culto de cultivo.

Lo mismo se puede decir del cáncer, cuyo último esfuerzo abandonado fue la investigación sobre la terapia génica. Nada nuevo en el frente de la diabetes. El tratamiento está al mismo punto desde hace décadas, no obstante ser una enfermedad en plena expansión gracias a las limonadas servidas en lugar de agua. La diabetes es una de las enfermedades que representa el interés comercial más importante para los grandes laboratorios, sin embargo ningún nuevo blockuster injertado en el mercado desde décadas. En cuanto a las grandes patologías neurológicas, sí es verdad que se ha avanzado en lo tocante a la mapización de cerebro, se sigue abordando las epilepsias con los parches que son los anticonvulsivos. Gran paradoja, siendo el cerebro humano lo que tanto inspira la ciencia de los sistemas.

Dinámica involutiva

Los logaritmos de las plataformas de vida virtual se vuelcan sobre las matrices más humanas, para luego, paradójicamente, alterar, sea planificado o no, toda la gama de sus reflejos antropológicos. Se dispone de suficiente distancia ya, como para tomar las debidas providencias sobre transformaciones conductuales elocuentes de una dinámica involutiva en marcha. La marcada perdida de referentes universales como el pudor es una de las consecuencias directas de la erradicación de la compartimentación entre el claustro espacio-tiempo real, necesariamente limitado y la panoplias de los posibles ficcionales, tanto como la supresión de barrera entre vida pública y esfera privada. El yo del usuario de las redes sociales se representa en una dimensión hiperpotente, desinhibido. Aspira a ser la parte estelar del Truman Show.  La percepción de la pérdida de ese límite que es el pudor es confundida con una emancipación, cuando en realidad  provoca la más severa de las alienaciones.

La percepción de la pérdida de ese límite que es el pudor es confundida con una emancipación, cuando en realidad  provoca la más severa de las alienaciones

El que se adelanta en ese espacio sabe que todo lo que dice quedará registrado en la memoria pantagruélica de Google, que conserva indiscriminadamente todo lo que es subido a la tela, verdades o falsedades malintencionadas. La inteligencia computacional ignora el olvido a la diferencia del ser humano. Pero no es ello algo que afecte al contemporáneo del siglo XXI. El fin del pudor,  la vergüenza, la valoración de la intimidad con rango de tabú, y hasta el sentido del secreto, son conductas que pertenecen a un ayer anterior a la hibridación con la inteligencia artificial.

Desafío para la psiquiatría

Una de las conductas más notables es la búsqueda del consenso más amplio posible. En neolengua orwelliana: conseguir muchos “like”. El poder del like es el de la demostración de una empatía o respaldo virtual. El que recibe esos like se sitúa en una escala de dependencia emocional que varía acorde al tiempo que pasa online y del grado de lavado de cerebro. Varios papers de asociaciones de psiquiatras en el mundo analizan las repercusiones en términos de ansiedad tanto como la recurrencia de depresiones nerviosas entre  grandes adictos a las redes.

Las patologías derivan según de qué redes se trata (red de contenido, de juego, de expresión, de intercambio) y de la categoría de información que se sube. Cuanto más personal, cuanto más espoleada por el clima de desinhibición online, más peligrosa para el sujeto a corto plazo. Por otra parte el tiempo pasado en redes sociales no multiplica, ni mismo facilita la socialización. Al contrario. Está demostrado que todas las redes generan una clara introversión del  usuario.

La búsqueda del like pasa por dos estrategias. Una consistente en limar toda arista polémica ahondando en el consenso o, al contrario generar polémicas (buzz). En ambos casos, la mutilación intelectual es insoslayable por el recurso sistematizado, interiorizado, normalizado, de comisión de errores de ortografía, dentro de una transliteración infantil. La carencia de reglas gramaticales, la pobreza semántica y la sintaxis mutilada, son todas armas de destrucción masiva de la inteligencia humana. Cometer un error en un correo hace veinte años era percibido como un incidente bochornoso. Se entendía que la ortografía, no es un atildamiento, sino un determinante del mensaje.

De todas las películas de ciencia ficción, la más acertada es Idiocracy, de Mike Judge. En él se vislumbra en 2505 el advenimiento de un mundo gobernado por gente que no supera los 80 puntos de coeficiente intelectual. Un paisaje post científico, totalmente entregado a la nueva tecnología en una perspectiva ociosa. Tan poco científica que los campesinos riegan la tierra con soda. Una edad de apogeo del porno que atañe hasta la oferta del Starbucks, mientras afuera se apila residuos en montaña por incompetencia a atacar problemas simples. 2505 es en unos minutos.

Todos los estudios psicométricos en Occidente demuestran una baja del coeficiente intelectual desde 2000 a la fecha en promedio de 4 puntos, pasando de 102 en 1990 a 98 en 2016. Una involución en ruptura total con la progresión de las competencias intelectuales desde la revolución del siglo XIX que se venía registrando sin disrupción hasta los albores de este segundo milenio. La revista británica Inteligence publicó en 2013 un estudio demostrando que los británicos habían perdido 11 puntos de coeficiente intelectual entre la segunda mitad del siglo XIX y el año de publicación del estudio. Los franceses por su parte según un estudio encargado por la misma publicación científica perdieron 3,8 entre 1999 y 2009. Y se puede decir lo mismo de todos los países occidentales.

Las causas de esa regresión son de orden multifactorial. Entre ellas están los perturbadores químicos, presentes en el ambiente. Otro factor tiene que ver con la extensión de hábitos de consumo de droga como el hachís o tetrahidrocannabinol (THC), el cual produce una pérdida de hasta 8 puntos de coeficiente intelectual a los grandes consumidores. Otro factor sería el fin de la selección natural. En Occidente las personas más inteligentes tienen menos propensión a reproducirse y lo hacen tarde. Por lo tanto, para la especia humana el factor de selectividad no funcionaría al igual que el resto de las especies.

Se pueden agregar condicionamientos mesológicos desde la primera edad en los mecanismos de aprendizaje de prueba y error, al haberse en Occidente erradicado la sanción negativa tanto como la mismísima noción de exigencia de resultado. La horizontalización de las relaciones sociales, familia incluida, exige menos esfuerzos analíticos al infante para abordar un mundo alisado, cada vez más despojado de las complejidades,  sofisticación, arbitrariedad y necesaria dosis de injusticia de la sociedad humana para desarrollar reflejos de superación. Por fin, el recurso a la tecnología atrofia a ciencia cierta, ciertas regiones del cerebro  entre ellas el hipocampo, zona de la memoria.

Curiosamente cuanto más tiempo se pasa ante herramientas electrónicas,1 más tiempo le toma al cerebro reaccionar a los estímulos externos. Como si en el cerebro se hubiese producido un condicionamiento pavloviano a delegar a la maquina las funciones motrices y dar de bajas a las biológicas.

Todos aquellos nacidos después de 2000 habrán delegado la mitad de sus operaciones mentales desde la más temprana edad,  procesos de aprendizaje incluidos, a una máquina.

El aspecto positivo es que, a pesar de la senescencia neuronal,  las personas que han llegado a la madurez antes de los milenials, disponen de mejores aptitudes analíticas, memoriales, cognitivas que estos. Todos aquellos nacidos después de 2000 habrán delegado la mitad de sus operaciones mentales desde la más temprana edad,  procesos de aprendizaje incluidos, a una máquina. En dos o tres décadas se empezará a poder proceder a las primeras analogías generacionales sobre el envejecimiento del cerebro. Estudios que a todas luces serán realizados por máquinas y no serán nada alabadores para la especie.

Hace mucho que las élites económicas se divorciaron de las elites intelectuales. Por lo tanto, la actitud consistente en poner a niños de muy temprana edad ante pantallas, tablets, teléfonos para mirar dibujitos o proceder a ciertos aprendizajes es una actividad que se generaliza tanto donde hay dinero como donde el acceso a la electrónica es barato, pero donde ciertamente no abunda  la prevención sobre sus secuelas psicomotores.

Empoderamiento 

La televisión, inventada a fines del siglo XIX, extendida como objeto de difusión de contenidos masivos a partir de los años 50, es una extraordinaria herramienta de democratización del acceso a la información. No obstante con el paso del tiempo, la necesidad de difundir contenidos alisados, consensuales para lograr una audiencia la más amplia posible ha favorecido la erosión del libre examen, la estigmatización de la singularidad y entronizado autoritariamente lo que vulgarmente se llama lo políticamente correcto. Es también el principio de una adicción y de un encierro fundado en la entelequia que la realidad entra en una caja por el tubo catódico ayer, el streaming hoy.

Las nuevas tecnologías son sólo una aceleración de lo que fueron los inventos radioeléctricos de fin del siglo XIX hasta los 90. La diferencia es que ya no es el mundo que entra en la casa, sino el mundo que se convierte en territorio ficcional a través de la noción de realidad aumentada, corolario de la post verdad, del relato y del fake news.  El juego Pokemon, desde ese punto de vista, constituyó un hito fundamental para entender el pasaje a la difracción psicótica con la realidad, alterando irremediablemente los conceptos de percepción del espacio, orientación, sensibilidad al riesgo y todo ello en adultos a priori sanos de mente.  No obstante la difracción con la realidad, aspecto central en la definición de la locura, no es vendida como tal, sino como una emancipación o, mejor dicho, una palabra muy de moda, como arma de empoderamiento.

La idea que el ser procede de una ingeniería y no de una condición ontológica

Expresión aberrante de ello es la Ley de género. La idea que el sexo se elige, a pesar del implacable determinismo cromosómico. Mucho se ha desvirtuado una expresión de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer, se convierte en mujer”. La ley de género y la negación de la alteridad binaria hombre/mujer proceden del mismo alejamiento de la realidad biológica humana y acercamiento a la máquina. La idea que el ser procede de una ingeniería y no de una condición ontológica.  Leyes físicas contra leyes biológicas. La vindicta de reclamar ser lo que no se es, fue traducido en Ley en muchos países donde la demencia es celebrada como norma.

Peter Pan prócer de las nuevas tecnologías

Gran parte del discurso de los editores de las principales redes sociales es una mixtura de todos los ingredientes de lo políticamente correcto, post hippy. En la Sillicon Valley, los Steve Job, los Zurckerberg, teatralizan el apogeo de Peter Pan, como el hombre nuevo, prócer de la lucha contra los flagelos alienantes de la salud mental percibida como una forma de conservadurismo. El complejo de Peter Pan, ya observable en los 90 en Occidente, se ha consolidado con los Millenials. El parecer no está en cuestión. Eso valía hasta los ochenta. No hay que lucir niño, basta con percibirse como tal en su realidad aumentada, pensar y expresarse como tal, cometer los errores ortográficos, hacer tabula rasa de la sintaxis, enorgullecerse de su propia pobreza conceptual, hablar por onomatopeyas, preferir el horsing a la equitación, el parecer al ser, empoderar sus caprichos como derechos.

La niñez es cruel, es sabido. Y los mismos niños viejos que editaron juegos millonarios como Assassin’s Creed, que hace la apología de la decapitación serial; Call of Duty; Mortal Kombat, con sus muy graficas escenas de descuartizamiento humano, por nombrar sólo algunos, podrían pasar a la realidad aumentada. Después de todo, Pokemon fue primero un dibujito animado y un videojuego para niños, los cuales después pasaron a Assasin’s Creed.  Es una realidad que este último juego sirve de cyber reclutamiento a grupos yihadistas. Con el sistema tag, permitiendo el reconocimiento facial, los terroristas en lugar de cazar pokemones taguarían todos aquellos que conforman el abanico de takfirs, básicamente toda la humanidad, y sumarian así puntos hasta el califato. Todo como un juego. Así como hay Pokemones raros habría takfires más codiciados. Eso puede producirse dentro de la realidad aumentada: el pasaje al asesinato cool. Los snuff movies existen desde los años 90. Nada que exista en el espacio virtual es inmune a un salto tecnológico.

Entregados estamos

La lobotomización por necrosis de partes del cerebro no utilizado crea una humanidad lista para ser gobernada por una computadora en una cuestión de pocas décadas. Sundar Pichai, director ejecutivo de Google, oficializó esta semana el proyecto AutoML, que consiste en reproducir la función humana de aprendizaje a través de un set neural propio de la máquina. Es decir que la máquina va corrigiéndose, ganando en competencia analítica, autogenerándose en un destino libre de funcionalidad, acercándose al libre albedrío. La máquina reemplaza al Adam de Miguel Ángel y acerca su dedo al dedo de Dios para digitar el destino de la humanidad. Aunque para acceder a ello falta mucho. 

A  diferencia de la máquina dotada de la inteligencia artificial más sofisticada del mundo, el cerebro humano no responde a un programa único, sino a millones de programas adaptables a las estimulaciones, jugando con la lógica del caos, de donde fluye la creación. Es por eso que es único e irreproducible y cada individuo creado fomenta su propio destino. No obstante el empobrecimiento de sus funciones motrices, de sus emociones, de su sociabilidad, lo hace que cada vez más fácil de imitar. La tentación ante ese futuro que todos intuyen es apoyar (a través de la expresión popular) un sátrapa detentor de reflejos antropológicos preservados por su carácter rudimentario, pero no estúpido, para hacer frente a ese cambio de paradigma radical. Un cambio  que atañe a la especie en una perspectiva insospechada de sometimiento, hasta hace poco.



Categorías:ensayo, Estados Unidos, EUROPA, Sociedad

Etiquetas:, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: