Clima de bronca entre los diplomáticos argentinos

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©Teresita Dussart. Todos derechos de reproducción sometidos a previa autorización del autor.

A más de un año de administración del presidente Mauricio Macri, las ilusiones de Cambio ya no son sino un lejano espejismo en el retrovisor para los funcionarios del Palacio San Martín, sede de la Cancillería argentina. Si alguna casta odió la militancia kirchnerista, fue la de los diplomáticos de carrera. El leitmotiv de la agrupación “La Cámpora” se refería a ellos como “irrecuperables”. Tal fue la esperanza del cambio, tal es el desconcierto al tener que resignarse a hacer de ello duelo. En los testimonios impera el recurso al anonimato como si no hubiese transcurrido un año desde la alternancia de gobierno. “No me nombre, que termino en Tombuctú de número dos del cónsul honorario”. “Esta conversación no ocurrió”. Y lo más sorprendente es que los castigados de ayer no son los Torquemada de hoy, lo cual también sería arbitrario. No hubo inversión de roles.  La arbitrariedad y las promociones impactan de la misma manera a los mismos.

En la Cancillería imperan el desencanto y desanimo por muchos años de maltrato. La camada de embajadores militantes de la Cámpora o por lo menos afines al kirchnerismo, nombrados en las postrimerías del mandato de la Sra. Fernández, sigue en pie. Una de sus máximas exponentes, la muy odiada ex Directora General de Recursos Humanos de Cancillería,  Laura Bernal, sigue viéndose ungida con la dignidad de Embajadora en Irlanda. Se dice de ella que sus actitudes vejatorias hacia los diplomáticos de carrera fue tal, que no podría dar un paso por los pasillos del palacio sin que alguno se olvide de sus lecciones de protocolo.

Además de haber la actual administración mantenido la mayoría, si no la totalidad, de esos nombramientos, surgió como otro escarnio una nueva categoría de nombramientos, que son los de la cancillería paralela ejercida por Fluvio Pompeo, el Secretario de Asuntos Estratégicos. Pompeo es percibido por sus detractores como el Monje negro de Macri, o por lo menos uno de ellos. Se le atribuye haber nombrado a dedo varios embajadores. Algunos acertados como el diplomático de carrera Renato Carlos di Sersale di Cerisano, Embajador en Londres. Otros, sin cumplir con los requisitos de tecnicidad o antigüedad, infringiendo en algunos casos la propia ley del Servicio Exterior de la Nación (SEN).

Los casos que mayor rechazo provocan dentro de la asociación local de Profesionales del Servicio de la Nación (APSEN) son los de aquellos percibidos como alcahuetes de la gestión anterior, específicamente de los gabinetes “militantes” de Eduardo Zuain y María del Carmen Squeff (ex Subsecretaria de Política Exterior). En 2015, Squeff fue nombrada Embajadora en Paris a pesar de su triunfal ignorancia. Su maltrato en esa sede fue tal hacia los no correligionarios, que termino generando una causa ante la jurisdicción de los Prud’hommes. A esa camada pertenecería Sergio Pérez Gunella, pero mal no le pese es ahora segundo en la Embajada en Washington. Su celo en denunciar opositores durante el kirchnerismo le habría merecido el puesto de Cónsul General en Canadá.  Su mujer fue agraciada por los mismos motivos con la misma función, pero en Ottawa. La diplomacia durante el kirchnerismo fue, a imagen de la pareja presidencial, una cuestión conyugal.

Y sigue con la actual gestión. Mateo Estrémé, el ex representante adjunto en Naciones Unidas acaba de ser nombrado Cónsul General y Director del Centro de Promoción Comercial en Nueva York, un puesto importantísimo. Será el jefe de la esposa del Embajador Martín García Moritan, actual representante permanente de la República Argentina ante Naciones Unidas, Claudia Corti, a la vez que su propia esposa, Gabriela Martinic, se convierte en la segunda de García Moritan. Se puede contar la misma historia desde el punto de vista de las esposas, sin discriminación. Queda que es un asunto de “familia”.

Además de la opacidad en los nombramientos, el rol de Pompeo es sujeto a cuestionamientos cada vez más insidiosos. A principio del milenio, Pompeo, llegó a ser uno de los jóvenes funcionarios del peronista Carlos Ruckauf. Este último, ex dactilógrafo convertido en Ministro de Relaciones internacionales durante la presidencia de Eduardo Duhalde, también fue Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Ministro de Seguridad nacional en 1994, año del atentado a la Amia.

El lineamiento con Ruckauf abre varias conjeturas sobre el nivel de influencia de la red de la vieja mafia bonaerense en la alta administración macrista. Se lo ve al ex presidente y ex gobernador Eduardo Duhalde, cada vez más presente dentro del “oficialismo”. El duhaldismo  encarna los años más corruptos de historia argentina. Implicado en varios casos de narcotráfico y asuntos terribles, como la coima a los diputados del ex partido neonazi Modin para la reforma de la Constitución de la Provincia de Buenos Aires en 1994, a pocas semanas del atentado Amia, Duhalde goza de una escudería de funcionarios leales al más alto nivel del Estado. En esa red mafiosa circulan los nombres “de siempre”, que abarcan desde las actividades de influencia y lobbying (sin impacto político fuera de las fronteras nacionales) hasta actividades explícitamente delictivas de los 90, no siempre desconocidas, del padre del actual mandatario, Franco Macri.

Cuando Argentina más necesita de un cambio, repite sus errores de siempre. En lugar de aquel cambio que debería ser pensado para el largo plazo, como muy sensatamente lo mencionó Mauricio Macri en su alocución en apertura de las sesiones legislativas, ante el Congreso nacional el primero de marzo; paradójicamente no solo mantiene lo peor del Kirchnerismo, su matriz de promociones y castigos, sino que recompone cada vez más nítidamente la tertulia Duhaldista. En el Palacio San Martín ya no caben muchas dudas.

 

 

 



Categorías:Argentina, Corrupción

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