Macri año I

macri-asuncionTeresita Dussart© Todos derechos de reproducción reservados.

 

Hace un año, Mauricio Macri y su esposa Juliana Awada hicieron el recorrido que va del Palacio del Congreso a la Casa Rosada escoltados por el Regimiento de Granaderos a Caballo. Ella iba vestida como una novia, de blanco. El conjunto de la ceremonia parecía diseñado por una wedding planner más que por un jefe de protocolo. Pero, qué importaba el kitsch! Bienvenido ese realismo mágico y la lozanía ostentada. Los argentinos habían padecido durante una década el poder de la familia Kirchner, su delirio gótico y las características de los Locos Adams dotados de sus habilidades subnaturales. Durante dos años, los argentinos hasta vivieron al compás del luto extremo impuesto por Cristina Fernández tras la muerte de su marido Néstor Kirchner, también conocido como “el Tuerto”. La sonrisa algo infantil de Mauricio Macri ungido de la banda presidencial, su baile en el balcón de la Casa de Gobierno sobre una canción tonta, la hija menor presidencial Antonia omnipresente, todo eso reenviaba a una sed de apertura, de vida, de policromía, ansiada por los argentinos.

Nadie puede desarrollarse en el odio de sí mismo. Durante la década anterior, la salud mental de la ex presidente, el nivel sobrecogedor de robo al erario público, la militancia sectaria, la cultura del odio, todo eso impactó muy fuertemente en la autoestima criolla. Macri y su séquito, por contraste, traía endorfina. El 10 de diciembre fue un día catártico para la mayoría de los argentinos, inclusive aquellos que no lo votaron y descubrían por cadena nacional otra cosa que los anatemas necrófilos y paranoicos de la ex presidente.

El sueño empezó a fisurarse muy rápido después de ese 10 de diciembre. Parte importante de la opinión pública circunscribe el mayor logro del gobierno de Mauricio Macri al haber sucedido a Cristina Fernández. Es importante poner los roles en perspectiva. Macri nunca fue un ardiente opositor al kirchnerismo al estilo de Enrique Capriles o Leopoldo López en Venezuela, o Aecio Neves en Brasil. Como jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se conformó con levantar la voz sobre los problemas tocantes a su territorio bajo gestión. Rara vez su oposición fue frontal y desbordó los temas de la ciudad. Fue mucho menos opositor al kirchnerismo que el 51,34% de personas que lo votaron el 22 de noviembre de 2015.

Llegó al poder con la idea de que si solucionaba la deuda con los titulares de los holdouts minoritarios y ponía fin al cepo el resto fluiría porque él era distinto de Cristina. Vivió este año en un una suerte de burbuja que consistió en pensar que los inversores vendrían a pegotes, porque en el fondo el problema era una cuestión de personalidad, no de fondo. Vendió el acuerdo con los holdouts y la apertura del mercado de divisas como una proeza. Algo que visto por ojos extranjeros no fue sino, simplemente, normalizar una situación grotesca. Creer que en un coser y cantar la confianza volvería en el país menos confiable del mundo por su récord de reincidencia en la ruptura unilateral de contratos, tal como lo demuestra la antología de casos del Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (CIADI), sólo por que él es un simpaticón, fue muy ingenuo y, sobre todo, un error político.

Un liderazgo sin valores

Los inversores vendrán si el país les parece atractivo y para que lo sea requiere de reformas drásticas. Cambios que necesitan de un liderazgo fundado sobre valores muy firmes. La primera duda en cuanto al grado de confiabilidad de Macri provino del frente exterior. Durante su campaña, el actual presidente argentino había recibido a Liliana Tintori, la esposa del opositor y prisionero político venezolano Leopoldo López. Para Venezuela, la elección de Macri representaba una esperanza nueva. Contar con un liderazgo latinoamericano que rompiera el cerco de las naciones populistas no representaba poca cosa. Por eso el sentimiento de traición creó un antes y un después para Macri cuando éste se abstuvo de impulsar sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro y de solicitar la aplicación de la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos (OEA) en el marco de la sesión extraordinaria celebrada el 1 de junio. Una actitud coherente con la postura “más contemplativa” hacia la dictadura chavista prometida por Susana Malcorra, canciller argentina, a su par venezolana, Delcy Rodríguez, pocas semanas antes. Una traición que le valió al flamante presidente ser calificado de “hipócrita” por el presidente del Parlamento Venezolano, Henry Allup. Esa duplicidad quedó registrada como una señal negativa mucho más allá del ámbito venezolano.

Macri en ese momento apostaba a la elección de su canciller Susana Malcorra como secretaria general de Naciones Unidas, con la esperanza que desde ese mirador pudiera favorecer a Argentina. Un mínimo conocimiento de los pasillos de la ONU le habría reseñado al presidente argentino que las posibilidades de Malcorra de llegar a ese puesto eran del orden de la suma de infinitésimos, es decir nula.  Malcorra no es una diplomática de carrera. Como todo los nuevos conversos sobreactúa la patraña diplomática. Le gustan los tecnicismos propios a los entes multilaterales. Un lenguaje que tiene de bueno poder hablar sin decir nada. Los que la conocen dicen que padece del síndrome Duning-Kurger, el síntoma de los incompetentes, los cuales desconociendo su incompetencia avanzan con un entusiasmo inigualable.

Al optar por una postura que bien podría haber sido kirchnerista, Macri perdió en ese momento la oportunidad irrepetible de constituirse en líder regional. Se olvidó que copiar no cunde. La gente siempre prefiere el original a la copia. El efecto de palanca de árbitro, fundado sobre sus propios valores democráticos y la valentía para asumirlo hubiese hecho la diferencia. Hasta ahora todas sus tomas de posición en el escenario internacional parecen motivadas por el seguidismo. Se sumó a la foto de personalidades vestidas de blanco para el primer acuerdo de paz con la narco guerrilla de las FARC; acuerdo que luego sería rechazado por los colombianos. En ese momento, Argentina pudo haber desempeñado un liderazgo moral recordando que si en algo se ha distinguido es en reforzar el concepto del Nunca Más en el derecho penal internacional. Podría el presidente haber emitido alguna objeción en cuanto a la adecuación del  acuerdo al Tratado de Roma. Pero no lo hizo y no dejo ninguna huella.

Sumarse a la foto, si hay alegría de por medio, mismo si luego tiene que arrepentirse, es un reflejo condicionado. Así es como asistió a un meeting electoral de Hillary Clinton durante la campaña presidencial en Estados Unidos. En una entrevista intimista, on the record, con un personaje de la pequeña farándula local, Macri muy suelto de cuerpo calificó al futuro presidente de la mayor potencia del mundo de “chiflado”, afirmando que el candidato de los republicanos no tenía ninguna posibilidad de llegar a la mayor magistratura de su país. Ese candidato era Donald Trump, ahora presidente electo. Por si la ofensa no fuese poco, charlando en ese ambiente de Doña Flor y sus dos maridos instaló la idea de un Trump mafioso el cual habría impedido a los camiones de la empresa constructora de su padre entrar en Nueva York. Los Macri estuvieron en un momento en tratativas con el grupo Trump y tuvieron un nivel de conocimiento mutuo, pero las versiones difieren mucho sobre la ruptura de las relaciones.

Errores al por mayor

Según las informaciones a las cuales tuvimos acceso pero que no pudimos comprobar, lo que se produjo tiene más que ver con la reputación del padre y las reservas que su recorrido impone ante los sistemas de alerta de las agencias de prevención de lavado de activos en Estados Unidos. Teniendo ese antecedente, la conducta de Macri se debía aun más prudencia. La actitud irresponsable de Macri, de su embajador en Estados Unidos, Martín Lousteau, y de la Canciller, pusieron en peligro los intereses de su país. No obstante los esfuerzos denodados de Malcorra para reparar el daño, alegando una conversación de 15 minutos entre Macri y Trump, hecho que si ocurrió nunca fue refrendado por el equipo del americano, es difícil inferir cómo serán las relaciones entre Argentina y Estados Unidos a partir de enero de 2017. Lo que es seguro es que Trump sabe cosas sobre la familia Macri que pocos saben y eso crea una configuración insólita para las relaciones bilaterales. Las desavenencias, errores, torpezas de Macri en relaciones internacionales lo ponen hasta la fecha al nivel de Cristina Fernández, con menor paranoia y espíritu de asediados.

La personalidad del padre, Francesco (Franco) Macri es un tema en sí. Venido de Calabria a fines de los 50, sus negocios siempre tuvieron que ver con fondos públicos, licitaciones en condición de transparencia más que discutible, negocios con el Estado. Su pedigrí es muy particular, así como su mapa de contactos. El padre del actual presidente hizo muchos negocios con la ex presidente, por ende su hijo, socio y actual presidente de Argentina también, y eso no crea las condicionas más puras para un cambio real. Crea en cambio toda una serie de conflictos de interés, con China, con la administración precedente, en algunos expedientes judiciales.

Obsesión con la “grieta”

Eso puede ser una explicación de porqué Macri no quiere o no se siente con el coraje político de ser el agente del cambio. La catequesis del Pro consiste en erradicar la grieta: no se deben señalar antagonismos con la administración kirchnerista a menos que ellos tomen la iniciativa de las hostilidades. Hay una contradicción categórica en no querer la grieta y postular por un cambio considerando el abismo en el análisis de la situación y las soluciones a aportar. Pero en el universo de eslóganes cortitos e infantiles que siempre empiezan por “la verdad que” ese principio de sentido común no cunde. El latiguillo sobre la grieta dio pie a otra decepción, muy presente en las redes sociales. Ese libreto no fue un argumento de campaña.

La autoestima del Presidente, el cual se otorgó un generoso 8 para su actuación en 2016, contrasta con la autoestima de la clase media que lo votó.

El desempeño de Macri durante los debates del período electoral fue paupérrimo. En condiciones electorales y en otro país hubiese sido el candidato a quien se le pregunta sobre Alepo y se aturde. Pero no eran elecciones normales y era el único que parecía encarnar un  cambio de ruptura. No fue necesaria una campaña en el sentido tradicional de la palabra, con programa, conceptos, ideas, batallas. Fue un despliegue de globitos, sonrisas, “timbrazos” y el escenario de la política de la felicidad. Una gran vacuidad de la cual la gente retuvo la palabra Cambio.

La felicidad justamente no abunda. Uno de los factores más tristes de  2016 es la perpetuación de las humillaciones, hoy como ayer, de la clase media, a pesar de constituir la fuerza viva de la sociedad: trampitas, carrera de obstáculos.  La gente sigue impactada por el impuesto de la inflación tanto como durante el kirchnerismo. Su perspectiva de retorno al crecimiento es muy difusa. La estimación más optimista sería que eso ocurra durante el primer semestre 2017 en un orden de 1,7%. Tampoco será Bizancio. El proteccionismo y mercado cautivo dentro del cual vive, obliga a esa clase media a consumir dentro de un perímetro de oferta del cual predomina la escasez, la mala calidad y los precios altos. Para lograr un nivel de consumo equivalente a sus vecinos debe hacer 10 horas de cola en la frontera con Chile y aceptar ser registrada por la aduana con más celo y tecnología que lo serían narcotraficantes, los cuales siguen prosperando impertérritos. Si la clase media quiere emprender un proyecto no hay acceso al crédito, y cuando lo hay es usurero. Si quiere comprar una cosita dentro del “puerta a puerta”, deberá ir a Canossa y rellenar una cantidad surrealista de papeles. Las trabas burocráticas son las de cualquier república bananera donde impera lo arbitrario. El nepotismo es la regla excluyente de contratación en la administración pública y sigue. La caída en los rankings de la educación pública durante la década pasada no le deja a la clase media otra expectativa que la escuela privada para sus hijos, escuela que tampoco es buena. Nada fue hecho en ese ámbito para mejorar drásticamente la situación. Hoy Argentina ya no cumple los requisitos ni para ser reportada dentro del test PISA. La gente sabe que casi 30% de la población vive bajo la tasa de pobreza, que esta va in crescendo y es la próxima etapa si no logra resistir los achaques de una crisis casi crónica. Esa clase media viene siendo humillada desde hace mucho en Argentina. Sus miembros son tratados de caranchos, vendepatrias y otros epítetos desde décadas.

La autoestima del Presidente, el cual se otorgó un generoso 8 para su actuación en 2016, contrasta con la autoestima de la clase media que lo votó. Es cierto que la herencia es pesada y que no tiene mayoría en el Congreso. El proyecto de Ley de Ganancias, promovido por una coalición de peronistas encabezada por Sergio Massa del Frente Renovador, es asimilable a un acto de sabotaje. Se trata de erradicar el impuesto a las ganancias generadas por los trabajadores y poner a mal, aún más, las cuentas del Estado nacional y de las provincias dentro del sistema de coparticipación. Pero esa coalición irresponsable no podría desempeñarse como se desempeña si no fuese por  el poco talento del actual presidente para convencer cuando se llega a temas de una cierta tecnicidad. A Macri le quedan tres años para entrar en la historia como el presidente del Cambio o como un truffatore más en la historia política argentina.

 

 



Categorías:Argentina, Latin America

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1 respuesta

  1. Excelente articulo Teresita, gracias!

    Reynaldo

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