Fidel se fue, queda Raúl remando

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Raúl Castro se queda solo remando en el bote. Ante él, el reto de una economía que no arranca a pesar del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Deberá lidiar con un plantel de gerontes inadaptables de su mismo pedigrí compitiendo para su sucesión en 2018, si es que llegan vivos. Mientras tanto deberá componer con un nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el cual ya ha declarado que no está dispuesto mantener el nivel de relación restablecido incondicionalmente por Barack Obama. Exigirá mejorías en materia de derechos humanos y libertades. Mientras tanto el patrocinador venezolano de la isla está en fase terminal de delirium tremens. Será “hasta la reforma siempre” u otra revolución.

©Teresita Dussart Todos derechos de propiedad intelectual y reproducción estrictamente reservados.

La muerte de Fidel Castro, el penúltimo gran tirano latinoamericano, que remozó los estereotipos estrafalarios de su género, apela a un breve recuerdo de las grandes fechas de la isla-jaula. En 1959 encabezó una revolución que más que revolución fue una sucesión de gaffes. Como líder del Movimiento del 26 de julio (M-26), el Fidel de los años cincuenta fue lo más próximo a un guerrillero frustrado. Falla en el intento de asalto a la Moncada en 1953, del cual es perdonado por el dictador Fulgencio Batista apenas un año después; falla en una folclórica tentativa de invadir Cuba a bordo del yate Granma en 1956 y falla un año después desde la Sierra Maestra en organizar una huelga general. Nadie le acredita del menor indicio de seriedad. Empieza a cobrar una suerte de respeto cuando los miembros del Partido Socialista Popular (PSP) aúnan sus fuerzas al M-26.

El resto de la vida política de Fidel y Raúl será marketing político: cero logros, toda índole confundida, con una notable excepción: la instalación de la marca revolucionaria. Para ello, Fidel debió traicionar, reprimir, fusilar, especialmente a los opositores de la primera hora de Batista, luego a sus compañeros de ruta (Arnaldo Ochoa Sánchez) así como todo aquél que pudiese enturbiar la propaganda sobre los temas fetiches como la famosa tasa de alfabetización, las vacunas contra todos los males, la zafra milagrosa, el fin del racismo, el desarrollo científico, todas cosas que no fueron.

Vendrán otros momentos cardenales para asentar el castrismo en el tiempo. La derrota de Playa Girón, conocida como Bahía de los Cochinos, en 1961, episodio que fomentará la paranoia del “nosotros solos contra el Imperio”. Con la ayuda del argentino Ernesto “Che” Guevara, la revolución cubana se peroniza antes mismo de entrar en la órbita soviética. El sesgo del “hombre nuevo” y del ultra nacionalismo quedarán plasmados “hasta siempre”.

Un fulgurante logro propagandístico

La leyenda castrista también se nutre de azarosos detalles. Alberto Korda, al tomar la foto icónica del Che, en uno de los pocos momentos donde se lo ve a éste presentable, no sabe aún que será el autor de una obra antológica de propaganda, perpetuada luego por los ingenuos capitalistas a salvo de los efectos del régimen castrista, como Andy Warhol y Jim Fitzpatrick. Esa propaganda es la que asegura hasta la fecha a hordas de turistas el deleite de visitar la isla con la buena consciencia de seguir los pasos del “Heroico comandante”, sin reparo en la miseria y la represión, un habano en la boca y alguna muchachita o muchachito a mano. Si algo es medible en la Cuba post Batista es que a medida que pasan los años, los Castro va restaurando el gran burdel caribeño amparado por su corrupción.

Las cosas se tiñen de un color netamente menos romántico con la Perestroika, palabra odiada en Cuba, por significar el fin del mantenimiento soviético, el famoso azúcar contra petróleo. Por mucho que se hiperbolizó la virilidad de Fidel, la política económica del Castrismo tuvo por modelo el jineterismo en versión macro. Cuando el cliente no fue ruso, fue venezolano.

Pasado lo grueso del “Período Especial”, Raúl Castro sucede a su valetudinario hermano en 2008. A partir de 2014 se van acercando posiciones con Estados Unidos. En abril un presidente norteamericano, Barack Obama, visita la isla por primera vez en ocho décadas, poniendo (en teoría) fin al embargo. No obstante, si la vida de Fidel estaba ya en manos de la Parca y, por otra parte, Obama se acerca a sus últimos meses de mandato, nadie vio venir la elección de Donald Trump, votado por 52% de los cubanos de Miami con una mirada a 180° de la de Obama, sin ninguna predisposición al indulto o a negociar la libertades civiles.

Le tocaría a Raúl asistir al derrumbe del Castro show a pesar de su imagen de reformador solapado.

Trump llega con su revolución del sentido común y declaraciones inequívocas en cuanto al sentimiento que le vale el castrismo. En un comunicado posterior al anuncio de la muerte de Fidel Castro, el republicano lo describió como el responsable “de escuadrones de fusilamiento, robo, sufrimiento inimaginable, pobreza y negación de los derechos humanos fundamentales”. Trump se comprometió a hacer “todo lo posible para que el pueblo cubano pueda finalmente iniciar su viaje hacia la prosperidad y la libertad“.

Ese es el nuevo escenario para Raúl, que ha quedado solo con sus 85 añitos.  Los dos años que lo separan de su renuncia anunciada para 2018 pueden ser complicados. Le tocaría a él asistir al derrumbe del Castro show a pesar de su imagen de reformador solapado. Esa imagen no es seguida en los hechos. Nada ha cambiado en substancia en la isla. Y ese sería el motivo de la no llegada de las inversiones. Se esperaban 2,5 mil millones de dólares después del acuerdo con Estados Unidos. Llegaron 1,3 y eso no basta para colmar el vacío creado por el estado bochornoso del patrocinador venezolano, debido a la caída del precio del petróleo y la gigantesca recesión bajo el yugo de Nicolás Maduro. Las restricciones a los pequeños emprendimientos se hacen más sensibles en los últimos meses. Es más difícil conseguir una licencia para abrir un “paladar” hoy que hace diez años. El número de emprendimientos privados ha pasado de  504.000 a 486.000 unidades. Los palos en la rueda burocráticos se incrementaron en lugar de reducirse tras la visita de Obama. Las expectativas de crecimiento para un territorio que tiene todo por delante apenas alcanzan el 1% para 2016.

Oligarquía militar y corrupción

La impronta de Raúl hasta ahora se caracteriza por la perpetuación de la oligarquía militar en todos los rubros económicos, empezando por el más dinámico, el sector del turismo. Esta periodista pudo medir en persona a final de los 90, en el marco de una investigación sobre la organización Gaviota, el control total del sector castrense sobre los tour operadores locales. Ese control obstruye y desalienta la entrada de inversiones extranjeras, por lo menos de todas aquellas que no estén en condiciones de negociar de tú a tú con el primer círculo castrista y pagar los debidos sobreprecios.

En cuanto a libertades, si ha habido una pequeña apertura es accidental. Se debe a la revolución digital y la imposibilidad de controlar el flujo de datos en el siglo de las nuevas tecnologías. Pero el ritmo de las detenciones, torturas, desapariciones no merma. La represión a las Damas de Blanco durante la visita del Papa Francisco, frente a las cámaras y ante la indiferencia del prelado, son otro recordatorio de toda la potencia de la marca “Fidel”. El domingo pasado fue arrestado el joven pintor Danilo Maldonado, cuyo label es “Sexto”. En comunicación con la cadena NT24, la madre del artista declaraba ayer estar sin noticias de su paradero.

Con Fidel en vida, las reformas de Raúl fueron tan graduales que apenas beneficiaron a una marginal camada de emprendedores en La Habana. ¿Será diferente ahora que Fidel ya no está en la sombra para digitalizar los grandes ejes de la política? Nadie está en medida de poner las manos al fuego en un sentido u otro. Pero dos factores pesarán en la balanza de modo decisorio. El primero será el tipo de presión de los “delfines” presentidos para suceder a Raúl, que de hora en más entran en “campaña”. De los cuatro con potencialidades, tres están marcados por la complicidad dictatorial y la corrupción de la Vieja Guardia: José Ramón Machado Ventura, fundador del Partido Comunista Cubano, perfecto recorrido dentro del acervo castrista desde la Sierra Maestra, 86 años, impensable como agente del cambio. Ramiro Valdez, 84 años, mismo pedigrí, fue nombrado por Maduro para asesorarlo en lo que refiere a la grave crisis energética que atraviesa Venezuela, con el resultado a la vista. Menos rígido, podría ser Esteban Lazo, el único negro perteneciente al primer círculo de aparatchiks cubanos. Con sus 77 años ostenta una actividad más abierta hacia el resto del mundo, pero con resultados demasiado confidenciales como para medir el grado de apertura que ello podría representar. El más joven (56 años) y menos comprometido sería Bruno Rodríguez Parilla, ministro de Relaciones Exteriores desde 2009, a quien se debe el supuesto “deshielo” con la administración de Barack Obama. En la medida que la contraparte norteamericana no exigió nada a cambio no se puede especular qué grado de tolerancia tendría Parilla hacia una administración que ahora sí pediría cambios no cosméticos en cuestiones de derechos humanos.

Porque los dos factores se hacen espejo. El segundo es la relación con Estados Unidos, el cual pese a lo que digan es el único país que puede hacer la diferencia en lo tocante a la económica. Cuba ya vive bajo transfusión norteamericana por medio de las remesas como ingreso de divisas, vital para sus operaciones al día al día. Paradoja de la revolución, ya no hay ni Unión Soviética, ni Venezuela. Por lo cual el presidente electo, Donald Trump se vería en una situación ideal para imponer su punto de vista y poner un fin radical a la tiranía de los Castro y sus secuaces.



Categorías:Estados Unidos, Latin America, Uncategorized

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