Voto hispano un mito clientelar que no cundió

latinos©Teresita Dussart Todos derechos reservados

La elección del 9 de noviembre marca un nuevo hito de desconfianza hacia los organismos de sondeo político y analistas. Superando todo aquello que ya se sabe sobre el compromiso militante de gran parte del establishment, si hubo un ingenuo error de apreciación por parte del equipo de campaña de Hillary Clinton, incluyendo los medios partícipes como CNN, es el estrabismo ideológico en la apreciación del voto latino.

Ninguna campaña en Estados Unidos u otra parte del mundo habrá sido editorializada en un modo tan sesgado sobre la categorización racial, exhibida como factor de determinismo insoslayable a la hora de emitir su voto, como lo fue por Clinton. No hubo en boca de la demócrata ocasión, sea debate, entrevista, columna o discurso, en la cual no conminó a los afroamericanos y a los hispanos a votar acorde a supuestas expectativas diferenciales. La actitud compasional hacia la personas confundidas como grupo homogéneo y gregario sólo encontró su correlato en la representación de un voto blanco, el cual se dividiría en un antagonismo entre un votante milenial o mujer instruida (precisión importante) votando demócrata, por ende ilustrado, o un voto de cuello azul, trabajador pobre, “white trash”, “basket of deplorable”, votando necesariamente Donald Trump. Esa entelequia fundada sobre un relato progre desconectado de la realidad más inmediata no podía sino naufragar.

No fue tan desinteresado tampoco. La idea de presentar el votante blanco como trabajador sin luces o ama de casa sin preparación académica y al guatemalteco como un individuo incapaz de hacer la diferencia entre lo que es ser ilegal y lo que es ser migrante fueron todos conceptos instalados para crear las condiciones del voto de la vergüenza. No votar Hillary en ese marco devengaba en convertir en subdesarrollado mental al primero y traidor el segundo.

El error conceptual en la aprehensión de grupos definidos no por sus muy reales expectativas -económicas, sociales, de valores- sino por la pertenencia étnica en una sociedad tan popperiana como la sociedad estadounidense, sólo podía, paradójicamente, beneficiar al candidato presentido (erróneamente) como el más hostil hacia los latinos y los afroamericanos. En su empecinamiento a no entender al ciudadano como entidad singular, la demócrata hizo el impasse sobre la comunidad de destino entre pares reales, respondiendo a categorías socioculturales más finas que ya ni siquiera son las de la categoría profesional necesariamente. Lo que define la identidad en el siglo XXI de una sociedad abierta son identidades situacionales, generacionales, cuestiones de representatividad y no, excluyentemente, el origen étnico.  Trump hablaba a todos los americanos sin concesiones piadosas por portación de melanina o falta de ella. Clinton editorializó a fines netamente clientelares su discurso a gente unida en una misma sintonía, tal como se los representa en los estamentos del pensamiento único.

Donald Trump ofendió gravemente la dignidad de los mexicanos con sus insultos, luego ponderados. El agravio tendrá consecuencias mucho tiempo en las opiniones públicas de la región latinoamericana, más fuera de Estados Unidos que dentro. Por otra parte, el ser reducido a  un determinismo étnico y por la misma operación servir de carne de cañón electoral puede ser percibido como aún más insultante. Y ese fue justamente el método Clinton. Ninguno de sus asesores parecía conocer suficientemente bien a los latinos como para avisarle que si a algo remite la latinidad en lo político es a la memoria clientelar y sus estragos. Es uno de los pocos denominadores comunes de norte a sur del continente hispanohablante.

El afán de Hillary Clinton en alimentar el populismo políticamente correcto la condujo a desarrollar una narrativa de clivaje racialista, por no decir racista.

Por lo demás, el voto latino es un mito. No hay mucho más en común entre un mexicano de la costa oeste y un cubano de Miami que entre un descendiente de una etnia yoruba y un descendiente de escoceses o griegos. Donde el factor latino podía intervenir en la campaña, ocupando un protagonismo renovado comparando con su rol durante campañas precedentes, es en lo tocante al padecimiento de los ciudadanos de las repúblicas sumisas al castro chavismo. La indiferencia hacia esos latinos hubiese podido ser un factor de afinidad electoral vinculante y tal vez lo fue. Un vínculo de ninguna utilidad para la campaña de Hillary Clinton. No se conoce ninguna denuncia o acción por parte de Clinton, en calidad de Secretaría de Estado, antes o después, durante los 17 años de locura en Venezuela.

Obviamente, no se puede negar que en ciertos estados, como Florida, el voto latino represente una importancia crítica, dotada de dinámica propia. Como tampoco se puede negar que los “latinos” en Florida votaron más por Clinton (65%) que por Trump (29%) según una estimación del instituto Edison Research del 9 de noviembre. Sin embargo, la diferencia fue menos importante que durante la anterior elección entre el demócrata Barack Obama (71%) y el republicano Mitt Romney (27%). Es decir que la exacerbación del origen de los votantes no cundió en su favor. El afán de Hillary Clinton en alimentar el populismo políticamente correcto la condujo a desarrollar una narrativa de clivaje racialista, por no decir racista, obviando el análisis de los problemas compartidos por sus compatriotas. Problemas o esperanzas que ni se inmutan ni se gestan en la pertenencia a un origen étnico.

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