Las elites argentinas. Pornocracia

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Maldad, mala sangre, vulgaridad vertiginosa.

©Teresita Dussart Todos derechos de reproducción estrictamente reservados. En claro no copiar, no robar.

Capítulo II de No lloró por ti Argentina, ensayo publicado en este blog, el 3 de Marzo de 2013.

 

 

No llegamos a este nosocomio para retacear  alguna que otra miseria, por anecdótica que parezca, y esta no lo es precisamente. Argentina, si algo hace a tu síntoma hipostático, es la jerarquización inversada de tus elites como resultado de una involución que merece ser desmenuzada. Lejos de los valores tradicionales que son el modelo heroico original, la legitimidad electiva, el deber de protección, la nobleza castrense o el poder religioso y por extensión el intelectual; la elite argentina se enfunda en una vulgaridad arrolladora, se empacha de ociosidad y se hace campeona de la mediocridad vindicativa. Lejos, muy lejos de ser una elite fundada sobre el mérito, en terminante ruptura con el tejido de la plutocracia, del nepotismo y de las oligarquías; única elite a la cual aspiran las naciones nuevamente constituidas, cuando todo tienen por delante.

Los Maradona, Kirchner, Tinelli son los abanderados de esa elite. Dinero mal habido o no, a esa elite, a diferencia del resto del mundo, le repugna la educación. Sus hijos a duras penas alcanzan el secundario. Estudiar es representado como cosa de pobres o de clase media. Y enhorabuena si fuese así. Lamentablemente los pobres estudian menos todavía, eso es casi nada, y la clase media poco y mal según comparaciones internacionales. El populismo vandalizó los estamentos del saber y, tras ellos, la ética y la estética. La inversión en la pirámide de valores, ya bastante inclinada cuando Buenos Aires era todavía el  puerto de la Santísima Trinidad, se dio completamente vuelta, tras el encuentro cósmico entre el Gaucho Malevo, criollo, nacido de los genes sembrados distraídamente por El Español, vago e ignorante, peón rural, criminal a sus horas, autor de ruindades cometidas eso si en “buena ley” valga lo que valga,  y el Guapo arrabalero que empezó a surgir de entre la inmigración pobre, estafada por la propaganda migratoria, arrojado en los tugurios del conurbano durante el último cuarto del Siglo XIX. Este último se aposentó plenamente, él y los rollos del Código mafioso.  El Malevo rural y el urbano hicieron uno, fomentando la idiosincrasia conocida como “viveza criolla” de renombre internacional.

La sociedad humana es una empresa y la elite remite a una determinada política de recursos humanos para decirlo prosaicamente. En materia de recursos humanos o política de población argentina, el Colón español fue engullido y substituido por el criollo, el criollo por el inmigrante pobre borrando toda huella de una memoria heroica transgeneracional. “La idea de Independencia política de España ha formado en el espíritu público un concepto de división material a manera de muralla china entre el pasado y el presente de una misma generación” dice Joaquín V. González en su Juicio del Siglo. Y entre los criollos y los migrantes pobres llegados después de las guerras civiles se crea una segunda muralla antes de que el segundo engulla el primero.

Las olas de colonos post Caseros y post Pavón, ocupan un lugar económicamente y académicamente privilegiado, no obstante marginal, en la construcción de las elites. Por lo tanto, aunque los mitos de la Independencia, del rosismo, de las guerras civiles y de los diversos acontecimientos a menudo bochornosos vengan repetidos con devoción religiosa dentro de una prosopopeya épica en todo alejada de la historicidad en los programas escolares, paradójicamente no generan adhesión, manteniéndose al estado de fetiches memoriales ajenos, demostrando tal vez, que no puede haber representación colectiva donde no hay memoria afectiva. En ese proceso de “nation building” paradigmático, en todo diferente a todo lo sucedido en las repúblicas americanas, en doscientos cincuenta años de historia desde la creación del Río de la Plata, la población ha sido objeto de varios procesos de substitución, y las elites se han debido reinventar por ráfagas, en ciclos de sesenta años.

Evidentemente hay mentes despiertas, gente erudita, refinada, mentes libres, potentes, que gana a ser conocida, que enamoran en Argentina. No todos pudieron o eligieron exiliarse. Pero no constituyen un estamento de brahmanes. Viven como un estrato aparte. No infunden un modelo a imitar y no se los encuentra en los espacios socio-profesionales que les son tradicionalmente consagrados.

El modelo dominante de la elite, necesariamente porteña debido al centralismo imperante, se construye sobre los resorte culturales del italiano del sur de la península, arribado pobre y sin educación, entre fin del siglo XIX y los años treinta del siglo siguiente. El colono europeo (ya no el calabrés o sicilano, que obedece a un imperativo migratorio distinto), de fresca inmigración, podría haber creado sus propias representaciones colectivas a modo de asentar una forma de liderazgo debido a su valor agregado tecnológico, pero su centro de irradiación se limitó a las provincias desde donde contribuyó a transformar la economía de ganadería en agricultura en los periodos entre paréntesis de la historia económica. Su superioridad tecnológica y filosófica en lo tocante a la política, magníficamente relatada en el libro de viajes del periodista del diario francés, Le Figaro, Jules Huret [1], nunca garantizó a los colonos gringos el acceso a los estamentos más elitistas, aun gozando de un poder económico alto a muy alto. Demasiado localista. El teatro de los años 30 porta al escenario, no sin humor, las dificultades del criollo y del porteño a asimilar ese colono. Lo termina por tolerar como un mal necesario pero lo marginaliza.  Gana el Guapo arrabalero. El será entonces el cacique argentino del siglo XX que esta por asomar.

Si gracias a Hannah Arendt la banalidad del mal fue explorada bajo todos sus recovecos, hasta cercenar el mecanismo por el cual escudándose en la disciplina y la obediencia debida, miles de funcionarios cumplieron su criminal tarea con el sentimiento del deber cumplido, sin alterar su consciencia de buen padre de familia ¿quién mide el poder de nefandad de la vulgaridad y la relación orgánica entre esta y el crimen asumido? Tan asumido que ya es casi el plato fuerte del acervo nacional. Oscar Wilde dice “no crime is vulgar but all vulgarity is crime.” Cinco canales de televisión, sin poder eludir Diego Maradona, su rostro de mujer menopáusica, sus aros de gitano y un insufrible entorno familiar. Y si no es él, será Nazarena Vélez o Susana Jiménez o Mirtha Legrand o Moria Casán o Jorge Rial o Marcelo Tinelli. Señoritas de pequeña virtud en el mejor de los casos reconvertidas en presentadoras de televisión, mujeres de políticos del conurbano [2]en algunos casos simulando la respetabilidad hundidas en vestidos extirpados al vestuario de Diysneilandia, o jóvenes en fase de expansión de su portafolio de clientes, proxenetas telegénicos, expertos en el baile de caño.  Una nueva elite paradójica, a contrarreloj de los valores estéticos y éticos tradicionales, compuesta de individuos extracurriculares, fue injertada en el espacio público a lo largo de varias décadas y llegó a principios del nuevo milenio a colonizar simple y llanamente la casi totalidad del espacio público. Esa troupe parasita varios escenarios sin ser necesariamente parte de alguno.  Su éxito se teje ante todo  a través de episodios mediáticos del orden de lo estrictamente privado, cuando no intimísimo, y cuanto más indecoroso y obsceno mejor.  Esa casta de impresentables ha desplazado los protagonistas políticos, económicos, culturales tradicionales. Desde el punto del realismo social, la lectura de la prensa oficial a veces supera la prensa especializada en asuntos de corazón y bolsillos, al conceder investidura a la vulgaridad, rescatándola de la marginalidad a la cual por género pertenece.

Para quien se deleite de rubias teñidísimas que insultan a otras rubias teñidisimas de “negras de mierda”, desde un racismo primario totalmente desinhibido y, lo que es peor, un autoracismo tatuado en lo más profundo del alma argentina, no se requiere de revista papier glacé de peluquería. En Argentina, la pornografía vehiculada por las Nazarenas Vélez tiene rango de información mucho más jerárquica que el asesinato de un menor como ajuste de cuenta mafioso en la periferia de Buenos Aires, o la expansión de ebola en África, o un avión que se estrella en donde sea.  Una ex novia de Maradona da conferencias de prensa, sobre los pormenores de su bochornosa última separación, directamente. La demanda por parte de la opinión pública es tal, que tópicos de esa índole se codean con asuntos tan candentes como el espectro de un default, el cual de historia argentina nunca está lejos. La jerarquización tradicional cede ante los personajes de ese pequeño vedetariado conocido en Argentina como “Farándula”.

Se trata de criaturas morunas, toscas, de tacos altísimos, de vestuario recuperado en los excedentes del sex shop, de airbag injertados en los pechos, de bocas y posteriores sobredimensionados como para actuar en una producción pornográfica kosovar.

Básicamente todas las componentes femeninas de esa farándula son definidas como modelos. En una acepción muy distinta a la del resto del mundo. No se trata de una joven, delgada, grácil, de rasgos distinguidos de porte elegante, con raza. La modelo austral sería algo más cercano a lo que en España se definía al salir del hambre pasado durante la guerra civil como “tía buena”. En una versión high tech claro. Alta tecnología de cosmiatria. Se trata de criaturas morunas, toscas, de tacos altísimos, de vestuario recuperado en los excedentes del sex shop, de airbag injertados en los pechos, de bocas y posteriores sobredimensionados como para actuar en una producción pornográfica kosovar. Cabe señalar que la fascinación del macho argentino por esa parte de la anatomía es notable. Un verdadero desfiladero de traseros femeninos saluda desde las tapas de los diarios en los kioscos. Y para los aficionados deben ser muy expresivos. Seguramente que para quien sepa hacer la diferencia debe haber culos alegres, tristes, estupefactos, anonadados aburridos, divertidos, seguramente. Cuando uno no sabe, los mira como la faz lunática de una etnia de culos dentro de la cual todos se parecen. Es mejor pensar que son expresivos porque se ven más culos que caras en las portadas de las revistas. Y las señoras que posan, no son jóvenes artistas que apuestan al anonimato, para hacerse un poco de dinero de bolsillo y pagarse sus estudios. Son mujeres establecidas, madres de familia, algunas veces en estamentos respetables, novias o esposas de intendentes o gobernadores que revindican con pundonor ser las titulares de esa maravilla, con nombre y apellido. No pocas veces lo tatúan para que no quepa la menor duda sobre la dueña. Un intendente peronista del conurbano[3] , reproduciendo el gran clásico de la cultura popular argentino, la dupla Perón-Evita Duarte, se acopló a una de las modelos de tal modo que se le pudo conocer a la señorita la cara al ser la futura esposa de un futuro presidenciable. Hasta ese entonces, no obstante su popularidad, solo se le conocía por la parte menos noble.

Ese modelo de mujer vehicula una visión hipertrófica, hiperbólica, monstruosa de la feminidad en particular, y del género humano en general. La distorsión propina una vanidad falaz de “como si” en serie, desde el cual rimbombantes septuagenarias pueden actuar de Baby Doll sin necesidad de correr en la calle, como lo hacen las prostitutas honradas de la calle Saint Denis en París o de los bosques de Roma.  Disponen del asentimiento y bravos de un público que las aclama como diosas. Podría considerarse como un mensaje alentador para la tercera y cuarta edad de la mujer, pero no es el propósito.

Trabajada a punta de bisturí como una obra de arte hiperreal, híper en volúmenes tanto como en edad, Moria Casan, capobastone de la trata, insigne capitana del género, fue invitada a desfilar en el país vecino Paraguay y no encontró nada mejor para distinguirse que robar el collar prestado a un joyero local. Ese asunto del collar, lejos de suscitar animosidad por parte de sus compatriotas, la elevo a rango de obra de arte nacional en peligro. El respaldo presidencial de Cristina Fernández le permitió salir de ese mal paso no sin generar un absurdo imbroglio diplomático y judicial que fue tapa de noticias. Un diferendo sobre el uso del Paraná por la marina mercante del Paraguay o sobre el uso de la central hidroeléctrica de Yacyretá, que son problemas recurrentes del espacio Mercosur, no llega a ocupar el lugar que ocupó el miserable latrocinio. En su autobiografía, Moria Casán, Ana María Casanova según el registro civil, cultora de la prostitución elegida, trenza laudes a la erotización del dinero. Esa elección plenamente asumida resume  lo que es una “modelo”.

Y sin lugar a dudas, las Moria Casán, que son muchas, no siempre tan sinceras, difunden subrepticiamente el modelo de la semi mundana exitosa, de la ruindad victoriosa, del morro y de la codicia como flujo de ascensión social. La otra cara del populismo es el prostíbulo desencajonado. Seguir los desempeños, las changas, los altos y bajos de una vedette es tener en el espejo la sociedad argentina. Por morboso que sea, no se puede reducir a un interés superficial. A través de esas criaturas y de la exposición diáfana de su vida privada, íntima y ginecológica, el observador se apodera  del sensualismo histérico que rige al país, a la par de la mojigatería, la otra cara de la misma moneda.

Esa forma estridente de vulgaridad se empieza a hacer notar en la vida pública en los años treinta y se conservan rastros de ello en la antología del teatro “cocoliche” de los hermanos Podesta, y los textos del tango con la celebración del “cafisho”, de la “muñeca brava”, y de modo general del crimen como estilo de vida. La impunidad viene siendo celebrada recurrentemente (“los jueces de mármol no comprenden que a veces la vida te obliga a matar” reza un tango). Algunos conceptos claves para entender la sociedad argentina hacen su entrada en ese momento, como el de “comer o chupar de arriba”. Entender algo que llega providencialmente, sea por las buenas o las malas, y no se trata de apesadumbrase en cavilaciones morales, sino de consumirlo tal como llega, inclusive si es malo. En su crudísimo Opus de realismo social, el autor Joaquín Gómez Bas, Barrio Gris, relata la historia de una familia de inmigrantes asturianos de una barriada de la periferia de Buenos Aires. Sarandí es un pueblo donde las casas de adobe se inundan cada vez que caen unas gotas de más. La madre viuda trabaja sin descanso, en el marco de una sociedad feudal que no conoce las estructuras de solidaridad obrera, pero si las “avivadas”. El padre periodista murió de tristeza, vale decir de muerte natural para un intelectual en semejante entorno. De los tres hijos, progresivamente uno va a caer en el registro del bandolerismo, la chica en la prostitución y el tercero será el único en conocer una relativa salvación. El momento de la caída de Federico el mayor se da, cuando Claudio su padrino en el crimen le ofrece su primero golpe:”Mira yo sé lo que te digo, con un bufoso en la mano y en lo oscuro, el más guapo te chupa las zapatillas”. El “Guapo” del registro cabaretero porteño va reemplazando progresivamente la endecha del gaucho errante, víctima del comisario coimero o del juez de paz, tales como el personaje Juan Moreira o el Martín Fierro de José Hernández. Como los unos no tienen superioridad moral sobre los otros, ya que oponen el forajido rural, asesino y ladrón confeso, a menudo cobarde, a su par urbano, no se puedo hablar de decadencia.

El vocabulario de transición del italiano o más bien de sus varios dialectos van fundiéndose en un bizarro encuentro con el español, y de esa conflagración lingüística se gesta el argentino, consolidado como expresión dominante en Buenos Aires y luego al resto del país. Al cocoliche se agregará el lunfardo (lunfas=ladrones) un sociolecto cuyo glosario contiene esencialmente fonemas con relación al crimen y la prostitución. Son los años treinta y se atisba el Mussolini argento, Juan Domingo Perón y su Cicciolina. De ese campo léxico cultural, nacido en el barrio gris arrabalero, el cual no tardará en involucionar también hacia la villa de emergencia, el hombre nuevo peronista está por surgir. Será el Petiso Orejudo[4], que volvió y fue millones [5]. Como lo describimos en otra ocasión [6] “el Hombre Nuevo que debía surgir del peronismo, el ‘descamisado’ surgido del laboratorio populista argentino y de la descomposición lexical, resultó ser el orejudo de gorra con visera amplia, tatuado, animado de la pasión violenta del fútbol y con una plataforma semiológica disponible de cincuenta palabras. Fue un trabajo de largo aliento de mutilación que requirió de varias generaciones y cuyo golpe de gracia fue el kirchnerismo. Décadas de destrucción furiosa de la institución escolar culminaron en la creación del homo conurbanensis. Y sigue. Porque el homo conurbanensis caló hondo hasta en el corazón de la capital. El país se transformó en un gran conurbano. Conurbano del mundo que entró en el siglo XXI, mientras esta parte más austral se mantenía en una dimensión ahistórica.” El homo conurbanensis es el descendiente del “Cabecita negra” de Eva Duarte que ésta se aseguró de infantilizar lo suficiente como para inhibir definitivamente su desarrollo personal.

Entre el cabecita negra, que por algo se nombra con diminutivo, porque hubo un esfuerzo concertado de miniaturización intelectual, y los representantes de la nueva elite, el delta cognitivo es inexistente. La vacuidad semiológica en ambos casos es vertiginosa. En el marco de uno de los eventos sociales que movilizó la agenda “cultural” de Buenos Aires, un “vernissage” organizado para, más que por, tres herederas. Una hija de zapatero, otra de un bufón telegénico y otra de padre con actividad indefinible pero mucho dinero. Ninguna de ellas terminó la secundaria, ni pisó aunque sea una hora por curiosidad una escuela de Bellas Artes o asistió a une conferencia de historia del Arte, o fue vista en una Bienal. El evento de relaciones públicas fue intitulado, con un nombre que hacía referencia al Renacimiento. Interrogada una de las “artistas” sobre su proceso de creación, respondió: “«La idea fue mostrar un poco algo diferente, traje unos cuadros que no había mostrado y que los hice con una amiga. Estar con dos “herederas” está buenísimo porque me siento cómo más acompañada porque siempre estoy sola y es diferente. Creo que cada una tiene su propio estilo, somos las tres re diferentes en eso y está buena la mezcla. La obra que hicimos las tres juntas [“Renacer”] quedó buenísima. Nada, un poco eso, que se pueda ver el estilo de cada una y esto de desprenderse de eso de ser ´hija de... ‘” “Nada”, “re”, “está buenísimo”. Ese vacío intelectual sideral no viene de un prototipo de Villa Lugano.[7] Eso es una “heredera”. En Argentina tiene rango de aristocracia ser hijo de prostituta o de bufón tatuado. Lejos están los Xul Solar, los Emilio Pettorutti, el grupo Boedo, Florida, los exquisitos e intrigantes representantes argentinos del surrealismo que ocupan un destacado lugar en la historia del arte del siglo XX. Corriente artística que pudo florecer porque se benefició de un reconocimiento global, empezando por sus pares franceses, catalanes, italianos de las corrientes pictóricas de su contemporaneidad. En cuanto a la “heredera” si viniese a entrar en contacto con otros artistas, su situación sería cuanto más delicada, ya que desde los años sesenta el discurso sobre el arte pesa más que la propia obra y se hace hasta hegemónico. El arte tolera la falsificación pero no la corrupción. Esa pobreza intelectual a la hora de insertar una creación en su logos, no tiene lugar en el panorama global. Por eso su espacio de irradiación es Buenos Aires, Miami para el shopping y Punta del Este para el esparcimiento. La clase media puede en cierta medida todavía realizarse en la re-inmigración. No así la nueva elite que es tan inexportable como impresentable.

Como lo indicaba Ingenieros, las tres fuentes de la evolución son la genética, la herencia y la mesologia. De la interacción con un entorno social hecho de autarquía social, azotado de descomposición cognitiva debido a la instrumentalización de la institución escolar a fines del revisionismo histórico, de propaganda místico-política, de clientelismo sin exigencia de resultados para los más pobres -durante el kirchnerismo se eliminaron las calificaciones en la escuela primaria pública-, de egolatría fundada en el nepotismo para los más ricos, se ha ido elaborando un individuo regresivo en la escala de la evolución. Un individuo totalmente inadaptado a entender el mundo, evaluar su gobierno, insertarse él o sus creaciones en el mercado global.

La cuestión de una eventual decadencia observando la elite argentina es muy delicada, porque son demasiado los testimonios que describen un estado anterior muy similar y contado en términos que podrían perfectamente ser pronunciado hoy y no depararía una coma. El escritor viajero Teodoro Child declara en 1885 sobre Buenos Aires: “En Buenos Aires, desde el presidente de la República, hasta el vendedor de diarios que trata de no entregar todo el vuelto al comprador, se encarnó la formula «cada uno  para sí y dios para todos”; un materialismo grosero y brutal, he aquí lo que se encuentra en el fondo de las costumbres de la ciudad y de sus fenómenos sociológicos”… “Nada hay de simpático en el aspecto exterior de los hombres y de las cosas. De un lado, la lucha por la riqueza, con toda la crudeza de las especulaciones sin escrúpulos y de la cínica malversación de los dineros públicos: de otro, la ostentación de la fortuna que para manifestarse no conoce sino las formas más vulgares del lujo”.[8]

Desde su génesis, la institución escolar porteña, y sabemos que la Argentina contemporánea es un panporteñismo, empezó con el pie izquierdo. El maestro emblemático, mucho más que Domingo Faustino Sarmiento es el alsinista o neo rosista, José Manuel Estrada[9]. Un hombre que no obstante haber combatido al tirano Rosas, propaga al mundo académico una propedéutica de alineación de los saberes objetivos sobre la catequesis de la iglesia católica argentina que la hace aun más conservadora. Su protagonismo como  profesor de derecho constitucional en las postrimerías del siglo XIX y como rector del Colegio El Nacional, del cual se dice que salen las elites argentinas, fue la de luchar contra la separación del Estado y la Iglesia, y subordinar este a esta, oponiéndose a la ley más ilustrada de tiempos argentinos que fue la Ley 1420, de 1885, de Separación de la Iglesia y del Estado, justamente, y Ley de educación obligatoria y gratuita que le valdrá al presidente Julio Roca entonces la ruptura diplomática con el Vaticano. Esta ley, digna del espíritu de Rivadavia, le valió a Roca ser excomulgado por la Iglesia. Es un aspecto que no se estudia en las escuelas argentinas como tantos otros capítulos de la historia, sin embargo fundacionales de la cultura argentina. Estrada, en su Opus La Iglesia y el Estado dice : “Quiero que el evangelio ilumine la legislación, la fecundice, la dirija y la realce por la comunicación de su verdad una e infalible; quiero que la Iglesia gobierne los hombres libres e independientemente, les refrene y les eduque para el deber, para la libertad, para el sacrificio, y para su patria; y quiero por fin que el Estado abdique sus pretensiones, reconociendo su incompetencia propia y la grandeza del origen de la Iglesia, la excelsitud de su fin y las maravillas de su organización”. Las ideas de Estrada tienen siglos de retraso en ese entonces con los conceptos en vigor por entonces en Europa y en América del Norte e instalan una religiosidad fundamentalista y supersticiosa en el sistema escolar, que pronto abonará otro credo, el peronismo.

Ese fundamentalismo acoge en su regazo, con más clemencia, al Gauchito Gil, al umbandismo y al peronismo que la laicidad.  Es el abono de una sociedad que progresivamente va recelar cada vez más de toda forma de educación. Una vez entrada al contacto con el cretinismo maradoniano y la fiesta del futbol. esa idiosincrasia habrá alcanzado la plenitud de su potencial de nefandad y borrado todo rasgo del único sensualismo que la superstición aborrece por subversiva que es la sensualidad del saber.

Los efectos secundarios de ese acervo no tardaron en propagarse y toca tanto a las clases más afligidas por los males atávicos del país como a su elite. El periodista francés Jules Huret[10], se refiere con gran entusiasmo a lo que percibe por momentos con maravillamiento como potencialidad de una gran nación americana en la década de los ochenta del siglo XIX, a través de una viaje que lo llevara de Buenos Aires al Chaco. Pero también descubre a “aquellos jóvenes vividores, bulliciosos, callejeros, ociosos, limpios y relucientes” que ni estudian ni trabajan, como lo enfatiza en varios momentos de su relato. Cuando habla de las mujeres resalta “una belleza o finura florentina o “esas caras españolas morenas y serias” pero después de la descripción física enseguida comenta: “No han leído nada. Su educación parece bastante superficial y mediano su deseo de aprender”. Esas mujeres son las futuras damas de beneficencia de la alta sociedad argentina. Y el problema de la potencialidad de gran nación argentina es que dispone de estos recursos humanos, como padres y madres de la patria para pasar de potencialidad a realidad.   El peón rural, el guapo arrabalero, el joven ocioso de la buena sociedad, la muñeca brava, la dama de beneficencia inculta, el inmigrante pobre que se rehúsa a optar por la nacionalidad argentina, aspecto sobre el cual volveremos cuando se trate de identidad, y una clase media que es el sector más ilustrado de la sociedad, siendo esta ultima la cual más tiene que luchar para mantener su lugar y sus valores a flote. Los roles se han modificado con el pasar del tiempo, pero la metaestructura sociológica sigue vigente. La elite económica argentina no es una elite intelectual.

“Triste y sola, sola se queda Fonseca, Triste y llorosa, se queda la Universidad, y los libros, y los libros empeñados en el Monte, en el Monte de Piedad, reza una canción de Tuna, de aquellas que también se oían por las universidades del Perú, Lima la Universidad de San Marcos, Chuquisaca en Sucre, Córdoba del Tucumán, como grito de amor al Alma Mater cuando los estudiantes debían alejarse de su viejo reloj.  Según la Fundación Santillana[11], y según datos colectados en 2010, comparando los sectores más acaudalados de Latinoamericana, los veinteañeros argentinos habiendo alcanzado un título de secundaria  son los últimos de una lista de nueve países. El titulo no constituye un pasaje iniciático en la representación colectiva del joven argentino de familia acomodada. Y ese estudio es corroborado por los resultados de otras encuestas de la misma índole, nacionales o internacionales,  como el “Proyecto Graduar XXI”,  auspiciado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).  Evidentemente el abismo se profundiza entre los jóvenes argentinos y sus compañeros del mismo continente cuando se releva la performance de los jóvenes menos privilegiados para los cuales se pasa prácticamente del simple al doble, comparando Argentina y Chile, siempre tratándose del acceso al secundario. El aprendizaje escolar mismo es severamente cuestionado por esas encuestas, posicionado la calidad de los contenidos del sistema escolar argentino como las más pobres en sus respectivos ranking continentales.

Del Colegio Nacional de Buenos Aires, por el cual pasaron las más destacadas figuras de la vida política e institucional argentina y es considerado por los propios como la incubadora por excelencia de las elites argentinas, lo que salen son descerebrados, dogmáticos, provinciales, inexplotables por ninguna empresa o universidad que se precie. Uno de sus más encumbrados representantes en la actualidad es el ex ministro de la Economía Axel Kicillof, que tuvo que negociar con los fondos especulativos holdouts en Estados Unidos en julio de 2014.  Debió ser el único economista incorporando tres generaciones, a ese nivel de responsabilidades que no hable inglés. Autoproclamado especialista de Karl Marx, después de  haber leído el primer capítulo de El Capital en castellano, por no poder hacerlo en el texto original y haber considerado que no necesitaba proseguir, que ya lo había entendido todo. A las enormes carencias de saber objetivo se suma la falta del saber vivir en sociedad. El recurso a expresiones coloquiales como “guita” en lugar de dinero en conferencia de prensa, a insultos al primer grado de frente a los negociadores, todo eso desvela que la vulgaridad también está correlatada a ese crimen que es la soberbia. El protocolo, como conjunto de convenciones unánimemente aceptado por el concierto de las naciones para poder tramitar las más complejas relaciones y procedimientos en el marco del respeto mutuo, es tan despreciado como la ley misma. Uno rasgo típico de los egresados del Nacional es su mala educación en el sentido más holístico de la expresión.

En Argentina se pueden cometer infinidades de actos infamantes, ruindades, escabrosos crímenes de sangre, estafas; pero eso sí, hay que tener Código.

En ese espacio de semioscuros y de rojos telones, metafóricos o no, tener código es infinitamente más honorífico que observar la ley, que pasa a ser algo reservado a los mequetrefes, cipayos[12] y millones de ciudadanos perdedores, ya que la norma dictada desde el altar de la representación popular apesta a concepto “extranjerizante”, y por lo tanto se debe restringir al registro estrictamente notarial de las veleidades del cacique de turno, asumidas por “disciplina de grupo”. El código implica este baluarte de la cultura peronista que es la lealtad, valor representado como excelsa virtud. Esta forma de obsecuencia ocupa el lugar que ocupa en el resto de las sociedades el heroísmo, el cual implícitamente refiere a la singularidad del ser pensante, la independencia en la toma de decisión, la capacidad de romper con la disciplina de grupo, y el sentimiento interiorizado del deber de proteger.

Alguno de los valores que conforman la elite, es decir la representación social del ciudadano ideal, se encuentra representado en la Carta Magna. No obstante, estudiar la Constitución argentina es una materia de interés para anacoretas o amantes de lenguas vernáculas. La madre de las leyes, la Constitución natural argentina es el Código mafioso  y es lo que prevalece como norma vivida-pensada.  En Argentina se pueden cometer infinidades de actos infamantes, ruindades, escabrosos crímenes de sangre, estafas; pero eso sí, hay que tener Código.  Ese código es lo que relaciona orgánicamente la vulgaridad al crimen y el crimen a la impunidad en una cadena proteica de automática regeneración. No es un detalle. En las sociedades complejas el liderazgo se moldea dentro de la representación colectiva horneada por las instituciones. Cuando el líder es un corrupto, proxeneta, ladrón e ignorante generado al margen de las instituciones es de preguntarse: ¿de qué tipo de sociedad se trata?

El contenido de ese código no es estrictamente el de las organizaciones criminales de la metrópoli italiana, la mafia, la N’Drangheta,  la Camorra, para nombras algunas de ellas. No hay que confundir con un conjunto de leyes no escritas de una sociedad secreta, en sí asimilable a un código de honor. El Código es una actitud, un modo de ser al mundo, un Dasein,  de una sociedad que de secreta no tiene nada. No tiene nada de secreto porque es un país que figura en el mapa. Tanto es así que las prostitutas que tienen código se publicitan en artículos de la prensa generalista y los corruptos al más alto nivel que tienen código no buscan disimular sus bienes mal habidos sino que eligen cobijar bajo el mismo techo a portadores de valijas, financieras expertas en lavado de activos, testaferros y beneficiarios últimos de la maniobra en un mismo edificio. Sin ir más lejos, la presidenta Cristina Fernández, el banquero Jorge Brito, su vicepresidente testaferro Amado Boudou y varios otros protagonistas compartían  todas las cadenas de la etapa de la corrupción de uno de los muchos esquemas de lavado en un mismo inmueble en Puerto Madero. En realidad el código conlleva pocas obligaciones o ninguna. Consiste en invocar con ostentación a Dios (el dios del Gauchito Gil, se entiende), en ser  peronista, en ser pariente, en tener el respaldo aunque sea implícito de un grupo de choque, en poder contemplar con una pizca de empatía la codicia del otro como para poder morigerar la suya propia y definirse de alguna forma un límite a la alevosía, en elegir una infamia entre todas las infamias posibles y decretar arbitrariamente que ésa es intolerable, guardándose intacto todas las otras. Últimamente ser recibido por el Papa Francisco es una distinción importante para quien quiera alardear de tener código. Marcelo Tinelli, gerente del programa de pornografía light en Prime Time, Show Match, desde el cual “modelos” ejecutan coreografías de varias de las posturas más acrobáticas del Kama Sutra, y los miembros de un jurado delirantemente histriónico disertan a los golpes sobre el valor artístico de un simulacro muy realista de sodomía, fue a ostentar sus brazos tatuados ante el Pontífice. A cambio, el Papa peronista, aquel que pide urbi et orbi que los conflictos más complejos del planeta y tal vez de la humanidad cesen incesantemente, “por favor, de onda se los pido”, le  brindo al amuseur algunas de sus agraciadas trivialidades. La fraternidad de pertenecer los dos al club de fútbol San Lorenzo crea infinitamente más comunidad de destino que aquello que los podría separar ateniéndose a irrelevantes detalles de la vida privada de uno y otro.

La traición no se encuentra de ninguna manera proscripta por el Código y no es vivida como antinómica de la lealtad, son desbarajustes étnico-mafiosos. Lo que sí la gente que tiene Código repudia con rotunda reprobación moral son aquellos celados seguidores de la Ley que los argentinos definen como  ”pechos fríos”.

 

 

Capitulo III El Patrioterismo

El argentino desprecia profundamente los latinos de los países fronterizos. Las manifestaciones de ello se han dado en particular cuando el Mundial de futbol. Los comentarios de lectores estaban llenos de profanidades de argentinos ultra racistas: brazuca, macacos (muchos argentinos tienen sangre africana pero lo ignoren o no, no les impide ser racistas) o en Paraguay. Cuanto más superior se creen más saqueadores y delincuentes. Destrozaron el Corinthians, fueron echados barrabravas. En Paraguay, las carnes flácidas del hincha argentino fue a demostrar la superioridad de su crisol de razas napolitanas y otras non identificables robando a mano plena durante la Copa Sudamericana en Asunción. El recuerdo que dejaron fue tan malo que el director del Nacional Paraguay decidió no hablar con la prensa argentina.

SIGUE….

[1] De Buenos Aires al Gran Chaco.

[2] Periferia

 

[3] Periferia

[4] Sobrenombre de Cayetano Santos Domingo, nacido en 1896 y muerto en 1944, hijo de inmigrantes calabreses. Asesino serial y autor de varios crímenes sexuales e incendios. En una época totalmente volcada al positivismo el caso del Petiso Orejudo atrajo la atención de científicos interesados por la psicomorfología muy particular conformación física del sujeto. Santos Domingo vivió en un barrio gris de la provincia de Buenos Aires muy  parecido a la barriada relatada por Joaquín Gómez Bas.

[5] En alusión a una máxima de Eva Duarte a pocas semanas de su muerte :”Volveré y seré millones”

[6] El hombre nuevo Peronista resultó ser el Petiso Orejudo, de Teresita Dussart, relacionesinternacionales.co

[7] Barrio pobre del sur de la Ciudad de Buenos Aires con villas de emergencia o chabolas.

[8] Vedia y Mitre. Orígenes de la revolución del 90.

[9] “La Iglesia y el Estado” José Manuel Estrada con prólogo del Dr. Rodolfo Rivarola. Colección grandes escritores argentinos.

[10] De Buenos Aires al Chaco, Jules Huret. Hyspamerica, colección Nuestro Siglo

[11] “Educación en America Latina, logros y desafíos pendientes”. Fundación Santillana. Investigadora Margarita Poggio, Directora del IIPE. Investigación patrocinada por la Unesco. 2014

[12] Locución peyorativa para designar el indio que trabajaba para el colon. Luego por extensión se emplea para todo aquel argentino que manifiesta afinidades hacia todo aquello definido como “extranjerizante”.



Categorías:Argentina, ensayo

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