La mala imagen de Argentina, un problema de fondo

bandera-con-logo©Teresita Dussart Todos derechos de reproducción reservados.

 

La marca Argentina está por el piso y ese sería tal vez el reto mayor del gobierno de Mauricio Macri. Si la alternancia fue recibida en diciembre de 2015 con entusiasmo general por parte de potenciales inversores y de aquella parte de la opinión pública internacional que por algún motivo sigue atendiendo la alambicada actualidad argentina, especialmente su abundante crónica judicial, el caso es que la burbuja “Cambio” se desinfló. Y las situaciones que condujeron a construir la imagen sobre lo que hace a la argentinidad sigue desalentando las inversiones, hoy como ayer. 

 

©Teresita Dussart Todos derechos de reproducción reservados.

Nos fuimos hace dos años e hicimos bien. Observamos el cambio y no vemos nada nuevo que nos aliente a volver”, dice el CFO de un grupo que está en el top 10 de los más grandes empleadores en el mundo. Sin embargo, el mismo grupo aguantó la caída del real y el infierno burocrático de Dilma Rousseff, con la certeza de que su paciencia se vería recompensada por el sentido de la historia, que es que Brasil se reencuentre con el crecimiento. Y el CFO dice no haberse equivocado. Dos países, dos niveles de tolerancia al riesgo. Y es que entre Dilma Rousseff y Michel Temer el cambio es medible. Se diga lo que se diga de Temer y de su recorrido en el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), en todo comparable al promedio del político brasileño, el caso es que las decisiones de romper con el proteccionismo, la arbitrariedad y la cultura de enemistad al mundo del negocio ya se hacen notar.

Al terminar un almuerzo con el presidente de un grupo europeo cuyo core business es la química verde aplicada a la agricultura, en un momento de fuerte expansión en México y Colombia, este concuerda. No ve ninguna diferencia en Argentina, donde opera su grupo, siete meses después de la asunción del gobierno cuyo lema era el Cambio. A pesar de ello agrega no tener intención de retirarse, pero tampoco expandirse en ese país. Su preocupación es intentar proteger sus inversiones en Argentina, manteniendo un estatus quo prudencial.

Algo de recurrentemente disfuncional

La percepción de algo recurrentemente disfuncional no sólo tiene que ver con la ausencia de cambio perceptible tras la asunción de Macri. Lo peor es la falta de, llámese voluntad, convicción o coraje, en política para llevar a cabo tales cambios. La ausencia de pedagogía para explicar el retiro de las subvenciones al gas y cuán determinante era esa reforma para sanear la economía, por lo tanto del interés de todos los argentinos, fue un test para ilustrar la capacidad de Macri de llevar a cabo un cambio conllevando un grado de impopularidad. Y falló en el intento. Por el resto, su obsesión en “cerrar la grieta”, la cual hasta fue materializada por la publicación de un libro con fines propagandísticos, allí donde todos los operadores económicos viven la grieta como una realidad insoslayable, tampoco fue una buena señal de entrada.

Pero hay algo que viene de muy lejos y que afecta a todos los argentinos, especialmente a los sectores de alto valor agregado, talento, e ingenio local. Algo que opaca la voluntad de los pequeños empresarios del interior alejados de las decisiones centrales porteñas, que obstruye el porvenir de jóvenes con ideas y ganas, y por ende que pone un palo en la rueda al ascensor social. Esto es la pésima imagen de Argentina y de los argentinos en el mundo. La reputación del país está al nivel de lo que era Rusia al terminarse patéticamente el mandato de Boris Yeltsin. Todos los lugares comunes sobre Argentina son negativos. La mención de Argentina viene inmediatamente asociada a connotaciones infamantes. “Robar sin límites“, “carencia total del sentido del trabajo bien acabado, de control de calidad, de sentido de la responsabilidad, del orgullo del trabajo bien hecho”, “pasaje compulsivo por la ventanilla de la corrupción“; esos son algunos de los argumentos recurrentes. El corolario de esa percepción es un tipo de riesgo atípico que no es ni estrictamente político, ni estrictamente económico. Hay, para Argentina, casi como un indicador de “riesgo moral”.

Hay para Argentina, un tipo de riesgo atípico que no es ni estrictamente político, ni estrictamente económico, casi como un indicador de “riesgo moral”.

Para corregir esa opinión, el país necesitaría de una campaña de comunicación estratégica que analice cuál es la parte de prejuicio y cuál es la parte de realidad. Evidentemente, no todo los argentinos roban, solo una minoría que hace hablar de ella incurre en esas bajezas. La mayoría de los argentinos se esmera valientemente en poner lo mejor de ellos mismos en su trabajo a diario, sean cuales fueren las dificultades en su camino. Partiendo de una constatación objetiva, un gobierno moderno tomaría cartas en el asunto, sin soberbia ni denegación de los hechos, y trabajaría a construir otra imagen, fundada ya no en versos de encantadores de serpientes sino en hechos refundacionales. Esa campaña no podría ser pensada por el comunicador de presidente, el inefable ecuatoriano neoperonista Jaime Durán Barba, sino por uno de los dos o tres grandes gabinetes de comunicación del mundo, con demostrada capacidad de acceder al campo de valores del mundo “normal”.

Culto de la imagen del presidente, no del país

Argentina ausculta la opinión del resto del mundo, mirándose en el espejo. Y eso conduce a grandes malentendidos. Hasta ahora la comunicación de Mauricio Macri ha sido pensada desde el primer momento, en modo muy peronista, de modo a condicionar la opinión sobre su persona, no sobre él país, ni siquiera las acciones de su gobierno. El esmero en construir una leyenda personal es algo eminentemente chocante visto desde la sensibilidad occidental, especialmente para un país que ya tomó mucho de esa poción con el kirchnerismo. Todo lo que Macri ha hecho en términos de imagen es labrado desde la dimensión personal, afectiva, vehiculizando chismes sobre aspectos anecdóticos desde las redes sociales, en base a la misma receta en el fondo que la conllevó a la caída de Cristina Fernández de Kirchner: miles de cuentas apócrifas, periodistas a saldo, propaganda a la antigua.

El eje de esa comunicación ensalza las vivencias de la niña Antonia, exponiendo a los medios a la joven persona de cinco años como nunca se había visto antes. Para dar un ejemplo, Nicolas Sarkozy (ex presidente de Francia) tuvo una hija con la cantante y aristócrata italiana Carla Bruni, sin embargo nunca se publicó una foto de la niña. El uso político de la menor  habría sido considerado como de muy mal gusto. Juliana Awada es utilizada por la propaganda, elaborando sobre el tema de lo que sería su belleza. Todo eso vende hasta un cierto punto en Argentina, debido a las varias décadas de deconstrucción de la inteligencia local, pero no trae inversores al país.

Contestar al: ¿por qué elegirnos? y crear las condiciones de esa elección

En  los países centrales, desde donde tienen que llegar las inversiones, los nuevos empleos, el dinero fresco,  la buena nueva que se espera de Argentina es de otra índole (si se quiere convocar a inversores, en todo caso; de lo contrario, no tiene ninguna importancia). Esa comunicación debería enfocarse en aportar una respuesta contundente a una pregunta tal como: ¿por qué elegir el mercado argentino? Se esperan ejemplos, en base a ilustraciones concretas, del talento argento y su dinamismo en materia de innovación tecnológica. Asimismo se esperan respuestas convincentes del porqué confiar que los estragos del pasado están siendo fehacientemente corregidos.

Otro punto candente es el nivel de recursos humanos. La destrucción paulatina de la educación pública hace que el obrero argentino no sólo no hable lenguas extranjeras, sino que linda el analfabetismo, lo cual en la era de la maquinaría digitalizada es un factor disuasorio para inversores. Éstos leen los rankings de medición de calidad de la enseñanza y el director de Recursos Humanos es parte del primer cerco ejecutivo de una empresa. Desde ese punto de vista, también, el problema argentino no sólo es de imagen: es de fondo y es urgente. Encontrar cuadros que estudiaron en universidades extranjeras es fácil, además se los puede hacer venir como expatriados. Lo importante para un operador industrial extranjero es el nivel de tecnicidad de los obreros locales.  Está además la cuestión de los consumidores, fundamental para un inversor que aborda un nuevo mercado. Una sociedad compuesta de un pueblo poco educado es un mercado a pérdida para los productores del siglo XXI.

Cambiar la imagen debe ser entendido como una voluntad de cambio ontológico, no sólo de vidriera. Debería ser una urgencia que se atenga a curar al ser, no al parecer. Las personas en el mundo que pueden alardear de algún conocimiento sobre Argentina, es por haberlo vivido en persona. No hay otra fuente generadora de opinión sobre Argentina que no sea empírica. Y muchas veces esa opinión es mala. Y ese es un verdadero desafío para el futuro: transformar esa experiencia negativa, primero terminando con los hechos que condujeron a tales situaciones y luego trabajando la imagen del país.

En México, el programa “México Próspero”, del ex secretario de Hacienda,  Luis Videgaray, dio resultados medibles. El control de la inflación en Chile, a pesar de factores coyunturales como la caída del precio del cobre, entre otros, da resultados medibles. Los gobernantes de esos países no buscan parecer cool. Buscan generar hechos apreciables desde el análisis racional y no desde lo emocional. No basta con una charla de carácter personal entre Macri y Barack Obama, al margen del G20. Por buenos o malos motivos, el país tiene mala reputación; y es su imagen y lo que arrastra, no la del Presidente, la que debe ser mejorada.



Categorías:Otro día en Argentina

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2 respuestas

  1. Es una buena nota, con verdades duras.No es fácil para mí aceptarlas porque no deseo perder la esperanza todavía. Pero bien dicen que la única verdad es la realidad. Muy aguda Teresita como siempre.

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  2. En verdad es una muy buena nota, por lo que describe sin estar involucrada en ninguna “interna” argentina. Pero no porque haya esperanzas en el gobierno de Macri. Nunca los neoliberales han hecho nada bueno para la nación y su ciudadanía, sino que, constituidos en oligarquía, siempre han tomado el poder para saquear y adueñarse de las riquezas argentinas, sus instituciones,su cultura. La única esperanza que representa Macri y su banda de mafiosos es la esperanza que tienen de quedarse con todas las pertenencias del Estado.
    Sin embargo, la autora, de raigambre liberal sin duda, muestra en realidad las ruinas de una nación azotada por el Progresismo, esa perversa filosofía de la praxis con la que demuelen pueblos y naciones los poderes globales del supercapitalismo transnacional. Y lo mas triste, es que nos demuelen y nos hacen creer que está bien. Felicitaciones a la autora y gracias, como argentino, de mostrarnos en otro espejo. Un abrazo

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