Brexit. Autocrítica ad minima por parte de Juncker & Cie

thHG9H2SBY©Teresita Dussart. Todos derechos de reproducción reservados.

Hay imágenes más elocuentes que cualquier discurso. Este sábado, se reunieron en Berlín los cancilleres de los seis países fundadores de la Unión Europea (Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) para compartir el trago amargo y tomar las providencias necesarias del resultado del referéndum a favor de la salida del Reino Unido. 60 años de ampliación del bloque regional, llegando a 28 miembros (virtualmente ahora 27), pero en horas críticas, los seis Estados fundadores recomponen el núcleo histórico de 1958. Debido a las críticas acordaron repetir el lunes la cumbre, extendiendo la invitación esta vez al grupo de Visegrad (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia) “para no ofenderlos”.  No porque sean indispensables.

A pesar del discurso sobre la integración, a pesar del esfuerzo que las naciones orientales han producido frente a la ola de migrantes sobre la ruta de los Balcanes el último año, la realidad es que siguen siendo tan extranjeras a las autoridades de la parte occidental. La fuerza centrífuga de Bruselas es una entelequia. La integración, como tal, funciona sobre aspectos marginales aunque fascinantes. El bloque es un agregado de posturas y situaciones objetivas, profundamente extranjeras, las unas a las otras, que hace eco al voto a favor del “Leave”.

El modelo europeo echa agua por todas partes: política exterior, seguridad, defensa de sus fronteras, ajustes estructurales de convergencia de los nuevos estados miembros, endeudamiento, etcétera.  El sueño de los europeos de la posguerra necesita de una profunda refundación. Sin embargo, las primeras declaraciones de sus dirigentes no traducen  disposición explícita a la autocrítica, sólo despecho hacia el Reino Unido. “Se tiene que ir cuanto antes”, espetan como si se tratase de un esposo infiel. No falta motivo para mosquearse. El reino de su graciosa Majestad beneficiaba de un estatuto muy favorable del cual recibía mucho de la Unión a cambio de poco o nada.

David Cameron, el primer ministro Británico, ha tomado con alto sentido del honor político la decisión que se imponía, presentando su renuncia. Se esperaba algo de similar por parte de Jean Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea. Es su fracaso más que de ningún otro. Ningún mandatario europeo parece dispuesto a recordárselo. El luxemburgués siempre causó recelo en el Reino Unido desde su candidatura en 2014 al puesto de Presidente de la Comisión Europea (función adjudicada por el Consejo Europeo y luego ratificada por el Parlamento Europeo, con un aval democrático discutible en cuanto a la representatividad). Juncker es un puro producto de lo que la democracia cristiana de los países del  Benelux ha podido producir: paternalista, colocando el consenso por encima de las convicciones las cuales pueden variar según las circunstancias, con un apreciable nivel de tecnicidad, el cual en su biotopo, el Gran Ducado de Luxemburgo, produjo sus resultados, en parte porque no es difícil garantizar la estabilidad en un paraíso fiscal y banquero. En cambio, en la UE, confrontado a crisis superlativas fue creando cada vez más consternación.

Desde 2014 la prensa euroescéptica lo catalogó como un príncipe autoritario que haría evolucionar la presidencia de la Comisión hacia una función con ínfulas presidencialistas, apuntalando a más transferencia de soberanía gracias al tratado de Lisboa, sin por lo tanto estar en condiciones de invocar una unción democrática.  Juncker no hizo nada por desamortiguar esa percepción. Al contrario, la confortó.

Del euroescepticismo a la eurofobia

El peso de los diktats comunitarios pensados por burócratas ubicados en oficinas con siglas tan esotéricas como las del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería de Harry Potter, siempre generó críticas por parte de varios sectores de la sociedad. Pero la inoperancia de Juncker y su actuación durante la crisis de migrantes desatada en agosto de 2015 elevó el euroescepticismo a eurofobia.  Desde el primer momento, Nigel Farage, el líder de la campaña del “Leave”, tuvo a Juncker en el ojo del ciclón. En ningún momento hubo por parte de Juncker o algún representante de los tres poderes de la Unión una veleidad de escuchar las inquietudes de los votantes del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), de todos modos estigmatizados como xenófobos o populistas, sin motivo objetivo para respaldar tal injuria. Es un signo de estos tiempos, evocar a las personas que encabezan causas que rompen con el consenso como populistas, mientras que los demagogos son percibidos como razonables.

Es un signo de estos tiempos, evocar a las personas que encabezan causas que rompen con el consenso como populistas, mientras que los demagogos son percibidos como razonables.

Llego el momento de pensar el modelo de construcción europea. Farage no es el causante, es el producto de las diversas crisis: Grecia, los refugiados y la adhesión solapada pero en marcha de la Turquía, tres temas candentes que pusieron esa porción esencial de la europeidad, que son los británicos, en un estado de no va más. Pero por espectaculares que fuesen esos problemas, la crisis de la institución remite a un período anterior.

La “reunificación” de Europa bajo las presidencias de François Mitterrand y Helmut Kohl devino en leitmotiv a fines de los ochenta. La ampliación de la Unión Europea no tenía precio en la simbología de los mandatarios nacidos a la leva de la guerra fría. Cumplida la implementación de los criterios de convergencia impuestos por el tratado de Maastricht en 1992, entrados en la zona euro  diez años después, la parte occidental de la UE abrió las puertas a estados que no hubiesen calificado ni para una firma de cooperación bilateral. El Tratado de Niza y, más específicamente, los tratados de Atenas (2001), Luxemburgo (2007) y Bruselas (2013) incorporan progresivamente a Europa Oriental, aunque no toda, dentro del Tratado de Schengen. Si no fuese por el voto negativo de los Países Bajos en 2013, Bulgaria y Rumania se situarían dentro del espacio de fronteras comunes.

Esa ampliación a marcha forzada genera problemas. Las trentas gloriosas se acabaron hace mucho para Europa. El desempleo se ha instalado en una franja incomprensible de la población y la inmigración en masa ya no viene para ejercer el trabajo que los europeos no quieren hacer. El capital social heredado de naciones con historias muy disimiles tiende a la suma nula por momentos. Sólo los valores de la globalización pueden compensar la ausencia de un acervo compartido. A ese estado de Lost in Translation multidimensional hay que agregarle el desafío de seguridad por la irrupción del terrorismo de masa, así como un contexto internacional que la Unión Europea no ha sabido regular. Su política exterior y su defensa como bloque es improcedente. La crisis Siria es una dramática demostración de ello, cuando no las amenazas que surgen desde Libia, del otro lado del Mediterráneo.

Alexis Tsipras no se da por aludido

Esa carencia no sería grave si el bloque fuese sólo económico pero es político. Es un cuadro institucional de estado supranacional cuyos tratados le ponen techo a sus leyes nacionales, pero a la vez ese estado supranacional es ineficiente para solucionar las cuestiones más esenciales a su supervivencia. Juncker llego a pronunciar una frase espantosa en ocasión de la crisis griega que le pega hasta siempre a la definición del personaje: “ninguna elección democrática puede estar por encima de los tratados europeos. ”

Algunos jefes de Estado han hecho muestra de una forma embrionaria de empatía hacia lo que expresaron los británicos con el Brexit, reconociendo tal estado de cosas. Tal vez el Primer Ministro francés, Manuel Valls, como representante de un ejecutivo, haya marcado una vez más la diferencia, al haber visto en el Brexit “un revelador de un malestar demasiado tiempo ignorado”. “Demasiado tiempo hemos cerrado los ojos sobre los avisos expresados por los pueblos europeos”. François Hollande, por su parte, se mantuvo en un mensaje enigmático, el cual se puede interpretar como Dios existe y su contrario también es verdad: “Europa es una gran idea y no es sólo un mercado. Es, sin lugar a dudas, a fuerza de haberlo olvidado que se perdió”. Podría ser autocritica. Ángela Merkel, en su nuevo yo, por su parte entiende a la Unión Europea como un proceso de unificación de entidades nacionales aun si no lo quieren. Por lo cual deploró, en un nuevo oxímoron, la ruptura como un “freno a la unificación”. Matteo Renzi, el presidente del Consejo Italiano, apeló a la necesidad de “renovar la casa Europa”. Alexis Tsipras no se dio por aludido por el significado del Brexit. Según él, el primer griego el “Leave” se debe a que “son las políticas del rigor que han agravado las irregularidades, la grieta entre el Norte y el Sur de Europa, y hecho subir la Extrema Derecha”. Los 320 mil millones de euros generados por la corrupción del Pasok (partido socialista griego) durante décadas, que el contribuyente alemán y francés, o sea europeos del “norte”, tiene que cancelar no imponen ni un gracias y menos una autocrítica. Los más extraordinario es que hace un año se hablaba de un Grexit, que no fue porque el mundo entero parecía convencido que si salía Grecia de la Unión Europea se venía un Armagedón. Finalmente, sólo sale la quinta potencia económica del mundo de la Unión Europea. Hoy vota España. Según los resultados del partido chavista Podemos, la presión a la reforma se harán sentir.



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2 respuestas

  1. Un analisis concreto y preciso, abarcando todos los puntos, causas y consecuencias de un hecho que será lamentado y padecido por varias generaciones en todo el mundo, principalmente en Europa. La UE de los 27 deberá cambiar sus pautas legislativas, adaptando los derechos y deberes de cada estado miembro a sus circunstancias políticas, económicas y sociales. Un buen momento para que las autoridades europeas evaluen concienzudamente la entrada de Turquia en el mercado común. Turquia es un pais diametralmente opuesto a nuestra civilización occidental. Un motivo para la implementación de nuevos referendum en los paises mas desarrollados de la UE.

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  2. Reblogueó esto en analectasblogy comentado:
    Exhaustivo análisis de Teresita Dussart sobre Brexit

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