Manifestaciones anti-islamización en Europa

racists-rapists

 

 

Las manifestaciones en Europa del sábado en contra de la nueva avalancha migratoria reflejan soledad, censura y violencias, a la cuales han sido sometidas poblaciones que hasta hace poco celebraban el multiculturalismo.

@Teresita Dussart. Todos derechos reservados.

 

Este sábado, en catorce países de Europa, varios grupos abiertamente islamófobos, manifestaban su desaprobación ante el tsunami migratorio desencadenado por las mafias de tráfico de personas, principalmente turcas. Entre esas formaciones, grupos de ciudadanos autoconvocados por las redes sociales que se fueron consolidando con el tiempo en grupos de presión como el movimiento Pegida, en Alemania. Partidos de ciudadanos desamparados frente al flujo de migrantes, como en Calais donde la manifestación fue brutalmente reprimida, o partidos liberales con un largo recorrido en la lucha contra la islamización en Europa, en pos de la defensa de las libertadas civiles, como el partido del mismo nombre de Geert Wilders (PVV), y el partido Popular de (DF), de Kristian Thulesen Dahl, en Dinamarca.  A ellos se sumaban la franja incompresible de la extrema derecha xenófoba albergada en los rangos de algunos partidos nacionalistas en Finlandia, Grecia, en los países del Este, Polonia y Hungría.

Tras casi un siglo de sociodemocracia, bipartidismo y sociedad felizmente abierta en Europa occidental, la resurgencia de grupos identitarios con un sesgo en algunos casos demagógicos vino a ocupar el vacío dejado por los partidos tradicionales. Viejas y honorables formaciones políticas, pero que no sólo fueron organizando el caos migracional  sino que instalaron un cerrojo moral en forma de censura de todo lo que pudiese parecerse a un reclamo frente a una serie de situaciones realmente escandalosas. Los miedos legítimos generados por la pérdida de territorios enteros del estado de derecho a medida que se acentúa la penetración del veneno del wahabismo en su expansión global, no fueron debidamente interpretados. Hoy una extrema derecha que se daba por perdida, curiosamente aglutinada a su antítesis de partidos liberales de defensa de las libertades y de una cierta forma de vivir, marca el compás y ha entrado en la vida parlamentaria de casi todos los países de la EU. La naturaleza odia el vacío. Lo que los partidos tradicionales no gestionan no está perdido para todos.

Un punto cardinal para el estallido de ese hartazgo -además de las escenas de guerra civil del 13 de noviembre parisino-,  fueron las celebraciones de fin de año en Colonia. Las 120 chicas abusadas sexualmente o por lo menos vejadas, violentadas y gallardamente robadas por las hordas de “refugiados” provenientes de varios países musulmanes y el silencio de corderos de los medios y de la clase política, trajo a colación la cuestión de la libertad de expresión. Principio fundador de las repúblicas sociodemócratas europeas, pero que se ve inhibido desde el instante en que fue inmiscuido el políticamente correcto.

#Medienzensur

La inequívoca censura que la policía tanto como la prensa ejerció en los días posteriores a la noche de horror es tan acongojante como lo sería la censura de una satrapía. Con un diferencia, empero, el consenso victimario en no ser informado, cuando el violento es parte de una minoría (no tan minoría) percibida como vulnerable. No solo la policía se negó en un primer tiempo a intervenir, luego a registrar las denuncias, pero parte de la prensa abogó por la autocensura para no “estigmatizar” individuos que de ser autóctonos habrían sido calificados de sexópatas inadaptados sociales y bestias. Uno caso solo de todos ellos habría sido reportado de haber sido étnicamente europeo, asiático, cristiano o judío el asaltante. En cambio el establishment fue concienzudamente hurgando entre las declaraciones aquella que pudiese ser falsa. Encontró una y la enarboló para deslegitimizar todas las otras víctimas a pesar de las pruebas documentales en los propios teléfonos de los agresores que se ufanaron de su noche fiki-fiki (expresión en árabe para designar una persona que tiene mucho sexo).

Frente a la arrolladora masa de información, el muro del políticamente correcto se cayó al cabo de 48 horas y no cesó desde entonces.  El presidente de la principal cadena de televisión alemana, ZDF, que impuso una censura total sobre la masividad de los asaltos, explicó que no “querían inflamar la situación”. Con esa declaración diafanizó una situación ya conocida del gran público: que la libertad de prensa se ve acotada por un manual de estilo, fundado en el relativismo cultural, según el cual la identidad de los autores de un hecho lo indicia. Como fueron los centenares de agresores todos musulmanes, no se debía reportar, para no atentar contra la catequesis del políticamente correcto. En twitter el hashtag #medienzensur (censura de los medios) se disparó.

No podía faltar el gran clásico de trasladar la responsabilidad de los actos de barbarie a las propias víctimas. En Austria, Gerardh Purstl, jefe de la Policía de Viena, sumido al mismo escenario de violencias sexuales, aconsejó a las mujeres no salir solas por la noche. La intendente pro-refugiados de la ciudad de Colonia apeló por su parte a un nuevo código de conducta (preámbulo a la aplicación soft de la Sharia) que es la de estar “a distancia de un brazo” de los hombres. Una sugerencia que hizo reír y a su vez reflexionar sobre el grado de aberración alcanzado.  En una escuela donde se impartían clases de gramática de noche, se les pidió a las adolescentes que vengan vestidas “modestamente”.

La prueba está hecha que amordazar ya no basta. A lo que apunta el políticamente correcto es a la reeducación ideológica o a la transmutación cultural. Eso pasa por generar culpabilidad a las víctimas y estigmatizar los recalcitrantes aferrados a las buenas costumbres del Estado de derecho sin incisos.

Nueva Inquisición

Las figuras protagónicas de esta nueva inquisición son abanderados de la izquierda biempensante más incuestionable. Había que frotarse los ojos para ver y creer lo que una joven del movimiento de izquierda  del grupúsculo  “Rote Antifa”  exhibía como mensaje: “We trade racist for rapist” (Mejor violadores que racistas), “Preferimos fugitivos sexualmente hipersexuales a racistas”. Desde entonces, la foto fue removida del Facebook de la organización. Décadas de lucha feminista para llegar a eso!

La sociedad biempensante creció en una tierra abonada a veces por la culpabilidad. En el caso de los alemanes por la segunda guerra mundial. Para los otros socios europeos más que culpabilidad se trata de en un cierto paternalismo tendiendo a contemplar la barbarie como una procacidad pasajera. En su ceguera la sociedad biempensante crea permanentemente las condiciones de los programas de reeducación ideológica.  Los violadores musulmanes dejaron de ser violadores para ser “refugiados sexualmente activos” o más crudo “hombre sexualmente activos” o el casi compasivo “refugiados sexualmente frustrados” como se pudo leer en varios medios y redes sociales por los mismos comisarios políticos a la orden del día.

En un correo de lectores, un joven estudiante se insurge de la obligación de asistir a clases de multiculturalismo donde, en minoría, debe batirse el pecho por existir y haber nacido en la tierra de sus ancestros. Secuencia de autoincriminación a través de un módulo de expiación denominado identidad racial y otro de identidad social. Esos módulos vienen siendo integrados a los sistemas de educación pública desde décadas. El que confiesa ser un innoble retoño del imperialismo será relajado a condición de comprometerse a pagar toda su vida la culpa de ser lo que es.  A quien se le ocurra declararse bendecido por ser hijo de una civilización en todo brillante, el cadalso social no está lejos. Del racismo o antisemitismo, esclavismo, violencia contra mujeres, represión hacía las minorías religiosas, o sexuales, todos los odios propios al islam no se habla.

La reeducación puede derivar en el auto racismo o en el racismo tolerado, que es el racismo antieuropeo, el antisemitismo o el odio hacía los asiáticos, del cual se habla menos. En Francia a principio del año escolar, en septiembre de 2015, se registró una inaudita cantidad de comentarios racistas por parte de los hijos dela  inmigración, los cuales apuntaban a los “batbou” (blancos). Estar sentado al lado de un “batbou” era asumido como una mala racha. Ser blanco no está de moda, es como ser viejo, y los niños blancos en la tierra de sus ancestros, en la escuela pública de los barrios de clase media a baja o en la periferia lo pasan muy mal. Batbou fue tendencia en twitter sin por lo tanto generar espacios de reeducación ética. En las periferias, trabajar bien en la escuela también está mal visto, es una cosa de “batbou” y genera automáticamente mobbing. La mixidad social funcionó durante la primera generación, cuando el multicularismo lo era de verdad. Donde  el elemento musulmán es ahora mayoritario y además contaminado por el wahabismo, el racismo tribal y la arrogancia se han impuesto.

La dificultad en tratar con serenidad, fuera de los esquemas de odio, pero con rigor fenomenológico, las transgresiones a los valores de los países receptores nutre una muy reciente ola de movimientos  de tipo “basta ya”, que no se deben confundir con la extrema derecha, aunque a veces la línea que los separa sea muy delgada. El Front National de Marine Le Pen ha borrado de sus manifestaciones el tinte antisemita y xenófobo del fundador Jean Marie Le Pen para poder ser aceptado por una parte creciente de la clase media francesa, que no es racista pero aspira a un cambio radical. No obstante, el ADN populista y fascistoide del Front Nacional es consustancial a su historia.

Hay que retraerse a otros períodos de la historia para poder hablar en un marco de libre albedrío, ajeno a los pudores y esquemas contemporáneos. Uno puede llegar a experimentar pelusa frente a un autor del renacimiento o del realismo social del Siglo XIX. Paradójicamente el modernismo ha impuesto una moral mucho más nefasta a la libertad de expresión que cuando la censura venía impuesta por un sistema absolutista. La censura es ahora autoimpuesta. El problema no son las opiniones que no se pueden expresar. Son los datos duros ausentes del debate público. Por ejemplo, el hecho que, según la oficinas de respuesta de emergencia mediterránea de la agencia para refugiados de Naciones Unidos (ACNUR), el 57% de los refugiados son hombres, 24% menores y 17% mujeres. Según estadísticas nacionales, con los refugiados provenientes de Afganistán, Siria o Irak excede en todos los casos los 70% la presencia masculina. ¿Dejaron a las mujeres en la zona de conflicto y se escaparon hombres jóvenes, en edad de combatir, incidentemente  “sexualmente frustrados”? Es una de las preguntas que por no haberla levantado el establishment, hoy rezumba en la mente de muchos ciudadanos.

Por si no fuera poco, CNN y varias televisiones que nos contaron que esas personas huían perseguidos, no muestran esos mismos ciudadanos iraquíes hoy volviendo de Alemania a Irak por motus propio, porque la situación que les proponían en Alemania no coincidían con sus expectativas económicas. Algunos hasta han iniciado pleitos al gobierno alemán por haber tenido la ultrajante insolencia de no otorgarles bastantes ayudas sociales o no haber tramitado con suficiente eficiencia su estatuto de refugiado. Europa, sumida a la amenaza de terrorismo, ha abierto las puertas a casi dos millones de refugiados, sin miramientos de su documentación, en muchos casos falsificada. Si alguna denuncia había que hacer sería esa.

 



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