Una presidencia «recontra mamarracho»

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El kirchnerismo tuvo entre sus conceptos abstrusos para consumo interno a “Recontramamaracho”, que fue uno de los acuñados por el entonces jefe de gabinete Jorge Capitanich. Para los observadores internacionales, lo que empezó con dolores de cabeza terminó con dolores mandibulares por las situaciones surrealistas que impuso la Reina de la Noche de la Casa de Olivos.

El más conocido de esos conceptos gestados por el desencuentro reincidente entre las neuronas de la señora para resolver situaciones sencillas fue el de imponer a su único sector productivo, el agro, las famosas “retenciones”. Así Argentina se convirtió en el único país del mundo que sancionaba con un impuesto a la raíz un sector que debía competir, por esa misma razón, debilitado, con operadores ultra subvencionados por las grandes potencias como Estados Unidos y la Unión Europea. El famoso viento de cola venía ya comprometido y, no por nada, esa renta fácil fue dividida por dos a lo largo de la década.

Otro de los conceptos esotéricos fue la paranoia que se instaló desde lo más alto del gobierno hacia el resto del mundo, y en particular hacia el “Primer Mundo”. Esa expresión, que ningún europeo o estadounidense utilizaría para calificar su región o país, fue acuñada con gesto acusatorio por Cristina Fernández como la responsable de todos los males del mundo. Se odió a Estados Unidos y Europa por tener la osadía de ser prósperos y democráticos. Se estuvo acechando la menor crisis y cuando la crisis griega explotó, la Reina de la Noche aleccionó el mundo por varias cadenas nacionales y desde lo alto de los pupitres onusianos, cuando le fue posible, para celebrar una presunta decadencia de Europa.

Cristina se regocijó abiertamente de esa crisis. Se burló de las facciones del ministro de economía español del Partido Popular, como si su parecer bueno o malo algo tuviese que ver con una crisis además gestada durante el anterior gobierno socialista. En ningún momento se le cruzó por la mente a la Valquiria que cuando un país atraviesa una crisis, el único motivo para mencionarlo es ofrecer colaboración. Cristina se olvidó que presidía un país que mereció que se creara el Club de París para resolver los problemas que crónicamente, antes inclusive de nombrarse Argentina, creó ya que nunca dejó de contractar deuda, entrar previsiblemente en default, defraudar, renegociar e insultar los que le prestaban dinero a 4% como el FMI. Su país fue históricamente la Rubia Mireya del mundo y se benefició de ayuda del resto del mundo, cuando otros la necesitaban más. Pero Cristina no podía hacer caso de ese argumento. El ruido del mundo que le llegaba en su aislamiento neuronal es que la culpa la tiene el que se dio la posibilidad de estar en condiciones de hacer de bombero, no el que se autolesiona.

También se regocijo del atentado terrorista a la redacción de Charlie Hebdo. No personalmente. Lo hizo a través de un Batracio, un ser altísimamente repugnante, Hebe de Bonafini, que justificó los terroristas cuando el mundo entero se volcaba al lecho de Francia y de la libertad de expresión. Casualmente la república francesa acaba de interceder a favor de Argentina, contra el parecer de la mayoría de los acreedores, para favorecer una salida de crisis con el Club de París. Ni decencia, ni agradecimiento. Y en los cercos kirchneristas se sigue justificando los atentados del 13 de Noviembre, sólo que ahora se hace a puertas cerradas.

Enfundada en su cosmogonía de concurso de belleza Miss Pelopincho, en su arrabal de Tolosa y arropada de las ínfulas de chica espabilada, elegida por una seguidilla de capos de medio pelo, medio montoneros, medio buchones, el viaje más importante de la vida de Cristina Fernández sería el pasaje de La Plata a Rio Gallegos. La ciudad de las casitas de tolerancia fue su Bizancio. Entonces cuando por un accidente estelar -, de allí tal vez la denominación de “barrilete cósmico” que es como nombra ahora al finado Néstor Kirchner -, su marido se convirtió en presidente de todos los argentinos, perdió los últimos estribos.

No hubo personaje más pedante. Más ridículo. Más vulgar. Se hizo conocer en los grandes encuentros internacionales, como el G20 (del cual sin venir a cuento Argentina hace parte), como siendo la persona que pedía menues especiales. La única que no podía alienar dos palabras de inglés o de castellano neutro. La que recibía a los Embajadores y hasta ministros con horas de retraso. La que podía hablar de maquillaje en las poquísimas conferencias de prensa que dio durante su investidura. Los maltrataos han sido tan reiterados y tan aceptados por personalidades que en un mundo bien ordenado no hubiesen cruzado semejante energúmeno sino como personal de limpieza que habla de nuestro complejo de Estocolmo y propensión al sometimiento, un hecho muy contemporáneo.

Quedan muchos aspectos por dilucidar de Cristina Fernández que relevan de la antología criminal y que se deberían arbitrar ante sede judicial, como su nivel de relación orgánica con la mafia bonaerense. Algo de mucho más grave que la corrupción ordinaria. Otro es su flirt con el narcoterrorismo y el efecto domino que el narcotráfico creó en zonas de conflicto bajo yugo jihadista. Lugares del mundo donde se pasó del contrabando de cigarrillos a trasiego de drogas gracias a los cargamentos que llegaban de Argentina o Venezuela durante las presidencias socialo-manicomiales.  Temas de los cuales en este blog se ha hablado y se va a hablar más en los próximos días.

Pero el personaje superó en repudiable hasta sus hechos más despreciables. La incapacidad manifestada por Cristina Fernández en actuar con dignidad siquiera una vez, como cuando tuvo que recibir al presidente electo, Mauricio Macri y no fue capaz de posar ni siquiera para una foto, cierran una fase de vaciamiento moral de una república. De mucho bochorno. Tal vez lo que un país necesita para renacer de sus cenizas. Tocar el fondo.



Categorías:Argentina, Latin America, Otro día en Argentina

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