A Daniel Scioli le tocaron las doce campanadas

Elecciones Argentina

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©Teresita Dussart Todos derechos reservados

El Ministerio de Justicia de Julio Alak y la Dirección Nacional Electoral (DINE) tardaron seis horas en proveer estimación alguna sobre el resultado de las elecciones. A pesar del embargo informacional sobre los resultados, Daniel Scioli, candidato del Frente Para la Victoria (FPV), partido en el poder desde hace 12 años, fue presentado como ganador cuando no habían pasado las dos horas del cierre de los colegios electorales. La protesta iba creciendo en las redes sociales y uno de los periodistas políticos, Luis Novaressio, comentando la velada electoral editorializaba sobre un “gravísimo problema institucional”. Fue hasta después de la medianoche, cuando las mismas autoridades tuvieron que admitir que las cifras le daban la ventaja al candidato opositor Mauricio Macri, liderando la coalición Cambiemos, con 69% de escrutinio de los votos. Una ventaja luego transformada en empate técnico.

Hasta ese momento, la oposición daba por consumada la derrota o se aferraba a un balotaje. Esta nota fue primero esbozada como “la fuerza de la inercia”. La duda en la opinión pública empezó a germinar con el pasar de las horas. El silencio y la actitud del gobierno de Cristina Fernández, rápido de reflejos cuando se trata de celebrar el triunfo, instiló la duda. La ausencia de la mandataria fue otro indicador. La viuda de Kirchner no acompaña sus representantes en la derrota. Su camarín, vacío en el bunker del FPV del Luna Park, era un signo de que algo les estaba yendo mal. Pero no era un indicador suficiente teniendo en cuenta su relación con el delfín. Daniel Scioli fue el candidato por defecto del kirchnerismo. La presidente lo humilló metódicamente durante una década. Fue su cabeza de turco. En ese catálogo de vejaciones, hasta haberlo dejado dar un discurso triunfal no depara. “Muchas gracias por este nuevo triunfo” celebró.

La campaña fue muchas veces de una rara pobreza intelectual por parte de la oposición. Pero tras doce años de un régimen ubuesco, el voto castigo de la clase media argentina venía garantizado de antemano. La sorpresa viene de un voto castigo que abarca todos los segmentos de la sociedad. Sumando los votos del arco opositor, el peronismo ortodoxo y populista ha alcanzado ayer su techo. El clientelismo y sus parches ya no cunden.

Todos los indicadores están al rojo vivo: educación pública, medioambiente, estado de reservas del banco central, deuda externa e interna, crisis energética, infraestructura en ruina, estatuto de Estado paria en el concierto de las naciones, es el fin de un ciclo. Una de sus manifestaciones más nítidas es el juego de bolos entre los intendentes del tenebroso conurbano de Buenos Aires y su tesitura mafiosa. “Cambiemos” logró en esas jurisdicciones un triunfo sin ambigüedades. La gobernación recayó en la persona de María Eugenia Vidal, un personaje relativamente nuevo en el escenario político argentino que pudo derrotar al candidato kirchnerista, el feudal Aníbal Fernández, recurrentemente asociado al crimen organizado.

No obstante, la campaña no está ganada para Mauricio Macri. Los votos que debe seducir son los de Sergio Massa, principalmente. El intendente de Tigre hizo su carrera emboscado en las filas del kirchnerismo, esperando el momento de matar el padre. Lo hizo hace dos años, y eso tuvo por efecto el cortarle toda posibilidad de un tercer mandato a Cristina Fernández. Desde entonces intentó afirmarse como opositor. Fue creciendo en identidad y logro reunir una adhesión significativa de 21,21%, la cual habría podido ser mejor, de no padecer del estigma kirchnerista. Un lastre del cual no se desambiguó totalmente.

En su discurso de ayer en su bunker, Massa dejó muy abierta la cuestión del destino de sus votos. Eso era verdad en instantes en que se daba Scioli ganador. Hasta dónde Massa es propietarios de esos votos es un tema discutido por los analistas. Parece ser un voto de adhesión personal lo bastante consolidado como para congraciarlo de un peso crítico en las negociaciones triangulares previas a la segunda vuelta del 22 de noviembre. Scioli por su parte, cuyo discurso hizo alarde de lealtad kirchnerista con todos los artilugios imitados a Cristina, va a tener que ajustar la realidad al final del encanto.



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