Alabanza de la frontera

©Teresita Dussart

balint valassiBalínt Balassi, poeta húngaro (1554-1594) autor de Laudem Confinorium (Alabanza de la frontera).

La declaración de Angela Merkel el 1 de septiembre de abrir grande las puertas a los “refugiados” sirios creó un efecto de llamada que ya produjo sus primeros estragos. El más notable ha sido poner contra las cuerdas las pequeñas repúblicas del Este europeo, las más pobres de la Unión, para luego demonizarlas. En teoría, Hungría debe hacer respetar las fronteras de la Unión, siempre y cuando disponga  de la ayuda de los países Schengen. En la práctica, se vio enfrentada, como en la época de las invasiones otomanas, a levantar una pared de resistencia ante al tsunami migratorio. Su resistencia dio un respiro de unas horas a los países centrales para organizar la logística frente a la crisis humanitaria y securitaria, que hubiese sido aún más aguda sin el esfuerzo magyar. No por ello fue gratificada con laudes. Al contrario. Viktor Orban, presidente de un partido de centro derecha y no de extrema derecha como se lo presenta, se vio inmerso en el ojo del huracán mediático.

El segundo efecto consiste en la suspensión parcial del Tratado de Schengen. El espacio europeo deja de ser una sociedad abierta también para los ciudadanos de la región que contribuyeron a edificar ese gran proyecto de paz. Aunque sólo afecte parte del territorio de la Unión es una primera disrupción institucional, augurando otras medidas propias al estado de excepción. La provincia de Bolzano decidió el miércoles restablecer su frontera con Austria, dejando al país alpino estrangulado entre Hungría, Italia y Alemania. Porque la esplendidez de la hospitalidad de la señora Merkel no le impide, más discretamente, restablecer sus fronteras.

Zorban Milanovic, primer ministro croata, quiso jugar en la corte de los grandes. Primero aleccionó severamente a Hungría: “No apruebo la política de Budapest. La construcción de un muro no parará a nadie”. Luego, generoso: “tenemos capacidad de acogida de 1.500 personas por día, sin levantar carpas”. El mensaje fue bien recibido y a primeras horas habían llegado 5.600 y era sólo una primera columna. Para esas personas, Croacia es un país de tránsito secundario. Pero frente al cierre de las fronteras de los países circundantes, podría convertirse en país de recepción. Eslovenia, la única alternativa geográfica, ha sido muy ambigua sobre el tema. No ha dado ninguna señal de facilitar un corredor de tránsito para el pasaje a Austria. De pocas horas fue menester a Milanovic para bajar los decibeles. En menos de veinticuatro horas, Kolinda Grabar-Kitarovic, presidente de Croacia ordenó el cierre de siete de los ocho pasajes fronterizos. Más teniendo en cuenta que Macedonia a sus fronteras, sigue siendo un agujero negro donde llegan, según la Cruz Roja, 2.000 personas por día.

Los tiros de gas lacrimógeno del 16 de septiembre por parte de la policía húngara, en su  frontera con Serbia y dirigidos hacia migrantes que durante toda la noche estuvieron tirando proyectiles hacia las fuerzas de seguridad del país cuyo suelo solicitan pisar, deja augurar un ciclo de violencia de consecuencias impredecibles. Los migrantes provienen de las zonas de conflictos más álgidas en lo que va la centuria y la sorpresa generada por las oleadas de agosto y septiembre no permitió censarlos. Hasta la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión Agencia Europea (Frontex) admite haber censado dos veces algunos de los migrantes que pudo registrar en Grecia y luego Serbia. Es decir, el nivel de caos administrativo.

La realidad es que se desconoce lisa y llanamente los antecedentes de la totalidad de los que entran. Jean Claude Juncker, presidente del Consejo Europeo apeló a absorber en un tiempo record la última cohorte de 160.000 migrantes del mes de agosto, y la velocidad no se condice con la gestión de riesgo.  Estos vienen a agregarse a los 500.000 sirios que ya habían ingresado al espacio europeo desde el principio del año. Ello, sin hablar de las otras nacionalidades.

El efecto de llamada de Merkel y Juncker también se oyó en Libia, donde un millón de ciudadanos de ese país estarían tentados de pasar por la nueva ruta: en balsa hasta Grecia desde Turquía, y de allí seguir a Serbia, Austria, Alemania o Suecia. Se observaría una movida muy intensa en la publicidad que hacen las mafias de trata en ese país. Otra ruta se estaría creando a partir de Rumania, donde encontrarían mafias más dispuestas a colaborar y pasarían más al este aún, hasta alcanzar los estados centrales. El decrecimiento de las entradas por la costa Italiana, conoce un respiro que durara el tiempo que dure el auge de la ruta oriental.

Al ex primer ministro luxemburgués, Juncker, siempre le gusto alardear de esa postura de protocolo compasional ostentoso cada vez que se presenta una crisis donde algún grupo ostenta a grandes rasgos ser la víctima de algo. Aunque luego un análisis minucioso demuestre una realidad más compleja. Así lo demostró en la gestión de la crisis griega. En cambio, la conversión de Merkel al orden hospitalario tiene fecha más reciente. Surgió del después de Aylan, o tal vez de las lágrimas que desencadenó durante un programa televisivo cuando debió explicar muy honestamente a una joven palestina que no todos los refugiados podían quedarse en territorio alemán. Es justo que los refugiados que se beneficiaron de la ayuda de los estados centrales y pudieron estudiar, como la joven palestina, ayuden a la reconstrucción de las personas afectadas en sus territorios de origen que no tuvieron la misma suerte y no hagan de un refugio transitorio un destino permanente, si no se altera la noción misma del estatuto de refugiado.

Nadie duda de la sinceridad de Merkel en sus recientes disposiciones. Lamentablemente, la función conativa del caso Aylen no tuvo tanto éxito en las petromonarquías donde la muerte del niño fue acogida por el silencio más vil. Un funcionario de la cancillería de Kuwait, Fahad al-Shalami, llegó hasta inventar una forma de generosidad paradójica para justificar el rechazo de asilo: “No queremos que la gente sufra de un estrés interno y trauma dentro de nuestro país. No está bien que aceptemos gente que no es como nosotros”.

Lo que el deconstructivismo no se llevó, las nuevas tecnologías lo acabaron. La complejidad no tiene derecho de ciudadanía. La opinión pública prefiere netamente una realidad configurada para Snapshot o Instagram. En el mejor de los casos, Twitter. Eso es castigar a Hungría. Nada vende tanto como CNN aleccionando al canciller húngaro sobre su presunta barbarie. En agosto, el país magyar recibió 56.000 migrantes. Antes de la construcción de la valla metálica en la noche del 14 al 15 de septiembre, los húngaros vieron sus campos devastados de vuelta por hordas de migrantes cuyo comportamiento demostró ser realmente arrogante, guste o no guste a las maestras Siruela del Mundo. No obstante desacatos y provocaciones, miles de húngaros se precipitaron a ayudar los migrantes. Abundan las imágenes al respecto, las cuales no hablan de un comportamiento de refugiado de guerra. La preocupación de los migrantes por recargar el Smartphone, el rechazo de la comida no halal. En Macedonia, la ayuda de Cruz Roja fue rechaza por ser precisamente una cruz. Hay un video en un tren en el cual hombres jóvenes cantan himnos del Ejército Islámico, bandera negra en mano. Son hechos ilustrados por videos amateur. Circulan en todas las redes sociales y es difícil comprobar la autenticidad de esos documentos.  Al otro extremo, la desolación del campesino húngaro que vive (mal) de su propia producción no levanta indignación, o si se da es acatado de expresión “rancia”  de la extrema derecha o de grupos “identitarios”.

La desolación del campesino húngaro que vive (mal) de su propia producción no levanta indignación, o si se da es acatado de expresión “rancia” de la extrema derecha o de grupos “identitarios

La memoria transgeneracional húngara tiene todavía muy fresca la lucha contra la dominación otomana del siglo XVI al siglo XVII y sus razias humanas que hoy serían evocadas como terrorismo. En el siglo XVI era ya Hungría la vanguardia oriental contra esas invasiones. Valenti Balassi, poeta tardío renacentista y mito de la construcción nacional magyar, creó el poema épico “Laudem Confinorium”, (Alabanza de la frontera), texto fundador de la consciencia húngara si lo hay. La consciencia nacional se construyó en torno a la lucha por las fronteras, siendo ésta más íntimamente asociada a la idea de la soberanía que tal vez en cualquiera de los 28 otros países de la Unión. ¿Qué hay en ese rasgo cultural que lo haga per se más despreciable que lo que acarrean los migrantes como bagaje cultural, el cual sí merecería empatía?

Técnicamente, según el acuerdo de Protocolo de Dublín de 1990, aquellos que podrían cumplir con los requisitos de refugiado según la Convención de Ginebra de 1951, dejan de ser elegibles al transitar por un país en el cual se encontraban reunidas las condiciones de su seguridad y no haberse registrado en conformidad con el derecho internacional. Ese país es Turquía. Más, teniendo en cuenta que más del 90% de los migrantes son musulmanes sunníes, arbolando en el caso de las mujeres el código de vestuario propio a un práctica radicalizada. En el gobierno islamista de Recep Erdogan, sin lugar a dudas esa porción de la población siria se encontraría en fase. Pero los sirios no se quieren quedar en Turquía. Y Angela Merkel ha declarado suspendido el protocolo de Dublín. La elección de Alemania es económica. Aunque incidentemente deja abiertas algunas dudas sobre esa fascinación con lo que se pude intuir de un cierto imaginario árabe y antisemita. “I love Germany and Arabia” gritaba un joven barbudo en una cadena de noticias permanente. A la calle árabe le llegan solo las noticias que quiere recibir.

Los miles de migrantes que no alcancen Alemania, o Austria, se quedaran en gran parte en Hungría, Serbia, Croacia, Rumania.

Los miles de migrantes que no alcancen Alemania, o Austria, se quedaran en gran parte en Hungría, Serbia, Croacia, Rumania. Los Balcanes no han festejado dos décadas desde que se terminó el peor conflicto desde la segunda guerra mundial en territorio europeo. Veinte años a escala de la historia es un soplo de viento. La actitud cortoplacista de Merkel puede provocar un daño colateral, consistente nada menos que en reencender esas brasas aún humeantes. En una cierta lectura, el hastío expresado por el primer ministro croata hacia su par húngaro es una señal débil.

El impacto de la acongojante  imagen de niño Aylan Shenu (llamado Kurdi por su origen kurdo) constituyo un placaje definitorio al derecho a la crítica o al menor cuestionamiento. Una imagen fuerte, cuyas circunstancias más recónditas hacen el crimen más atroz aún. El crimen de un padre que llevó a la muerte doce personas, entre ellos sus dos hijos y su esposa.

Se sabe ahora que el padre de Aylan era miembro de una red de traficantes, que era él quien manejaba la lancha sobrecargada de migrantes, de los cuales la mayoría murió, y que él mismo debe la vida al porte de un salvavidas, el cual como es costumbre entre las mafias de trata de personas en el Mediterráneo, era el único en portar, con aquellos que tuvieron dinero para comprarlo a la mafia, y eso aparentemente no incluyo su propia familia. Nada de angelical. Solo caos, codicia, desolación e impunidad para el padre.



Categorías:EUROPA, Islam

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