Emoción violenta, gran oxímoron del código penal

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©Teresita Dussart

 

La noticia de la muerte de la empresaria Claudia Schaefer a manos de un verdugo que no era otro que su marido, Fernando Farré, en proceso de separación y padre de sus tres hijos, volvió a poner el concepto de “emoción violenta” en tapa de las noticias. Insoslayable Sésamo de los abogados penalistas para restar años de cárcel a sus clientes, mantra de los violentos y cobardes, norma dotada de amplia recepción en la opinión pública, consagrado por el artículo 81 del Código Penal de la Nación; la emoción violenta se cobró una vida más y se quiere instalar ese hecho como un episodio más en la cadena de daños colaterales del circuito cerebral masculino cuando éste difracta, curiosamente siempre en la intimidad del espacio intrafamiliar o de la pareja, donde ninguna de sus víctimas se encuentra en situación de protegerse o de devolver los golpes.

Como era de prever, la defensa de Farré no podía sino intentar enriquecer la antología de los casos atribuidos a ese estado de supuesta incontenible impulsividad. Farré, enceguecido por una “emoción violenta” no podía sino matar. Tras el largo despliegue de asesinatos y violencia contra las mujeres en Argentina y el recurso automático a ese latiguillo como garantía de imputabilidad disminuida, amerita detenerse ante ese concepto.

Una obviedad empírica, fáctica, relevante del sentido común, reza que si una persona es violenta debe ser apartada del conjunto de la sociedad. Llama la atención que la emoción violenta sea utilizada como factor explicativo de un hecho delictivo como la privación de vida y los perjuicios físicos y psíquicos que deja en los sobrevivientes, cuando precisamente, la emoción violenta sería constitutiva en una antropología del derecho de una circunstancia agravante. Se tendería a pensar: si tiene pulsiones violentas no controladas, hecho que en el caso de Farré se viene constatando desde hace ocho años, su lugar es en un espacio que proteja a la especie del escarnio que infaltablemente el violento va a seguir infligiendo.

Ese oxímoron (emoción violenta como circunstancia atenuante o de inimputabilidad) solo se puede explicar en los casos de asesinato de mujeres, por el sexismo cultural que hace de la violencia hacia éstas un género menor del crimen. Un flagelo menos peligroso en la representación colectiva del hecho criminal que el crimen organizado o el terrorismo.  De percibir las cosas así, el problema es ¿Qué hacer con las cifras? Los violentos domésticos matan objetivamente más que cualquier organización terrorista o mafia.

Según Raimond W. Novaco, psicólogo social, (Estados Unidos), especialista de la cólera y comportamientos violentos, la cólera (emoción violenta) no es una condición previa sine qua non al paso al acto pero si constituye un antecedente compartido. Y eso vale para las cuatro categorías de violentos que establece: situacional, relacional, depredación y psicopatológico.  La violencia abarca todo el abanico de actividades delictivas.

No obstante esa predisposición sui generis al crimen, la emoción violenta es transformada por el legislador (y aceptada por el conjunto de la sociedad) en un criterio contextualizante, de lo que entonces queda como un crimen cometido sin dolo. Lógicamente rebasa la gravedad del crimen de asesinato a homicidio. Artículo 81 del CPN “Se impondrá reclusión de tres a seis años, o prisión de uno a tres años: a) Al que matare a otro, encontrándose en un estado de emoción violenta y que las circunstancias hicieren excusable.”

En esa acepción, la que rige por ser ley en Argentina, la emoción violenta es percibida como un factor limitado en el tiempo que no define el sujeto en su identidad global. Es un estar y no un ser. Sería como un estado transitivo (circunstancia) que irrumpe en la serena normalidad del sujeto. Como no se trata, a priori, de un individuo que registra antecedentes psíquicos, no sería siquiera necesario interponer una petición de demostración clínica de forma alguna de alteración temporaria de su estado de consciencia. En resumen, lo que queda de noción de crimen es que al autor le sobrevino una bronca tan, pero tan fuerte que mató y acto seguido volvió a ser normal. El legislador no pecó por exceso de sofisticación en un afán de limitar la discrecionalidad del juez en cuanto a la apreciación de la “emoción violenta”. Apuesta elípticamente a una infinidad de matices o momentos en lo que va del hombre sano al hombre enfermo, sin necesidad de recurrir a peritajes específicos.

La “emoción violenta” como tal, a secas, es una especificidad argentina, pero la realidad es que no cuesta caro matar a una mujer y eso no es propio a Argentina.  El relativismo moral que se impone a la hora de penar los cobardes corrompe la filosofía del derecho en los lugares más impensados y eso de distintas maneras. Si no es emoción violenta, es el crimen de honor, es respeto de los usos y costumbres, es crimen pasional. Existen varias maneras en el mundo de disfrazar el asesinato de una mujer o niña en algo que no sea estrictamente un crimen hasta en los estados más insospechadamente democráticos.  El derecho comparado ofrece más de una triste perla al respecto.

El artículo 62 de Italia evoca un “estado de cólera provocado por un acto de injusticia”. El artículo 64 del código penal suizo contextualiza el crimen cuando el culpable ha actuado impulsado “por la cólera o por un dolor intenso producido por una provocación injusta o una ofensa”. Todos los celópatas del mundo quisieran beneficiar de ese artilugio helvético. Italia y Uruguay prevén, como muchos otros países, el contexto de una reparación a un hecho de honor cuando valores morales o sociales particulares han sido dañados (artículos 62 y 46.10, respectivamente). Varios países como Canadá y hasta hace poco Bélgica reconocían el derecho de costumbres, introduciendo el relativismo cultural. En algunos estados de Canadá la Sharia se puede aplicar dentro de la minoría musulmana, abriendo las puertas a todas las violencias contra la mujer, relegando éstas a sujetos de no-derecho.

En Bélgica, un fallo interesante en 2011 (Cours d’Assises de Mons, 12.12.2012) asimiló el crimen de honor a un crimen de odio sentando jurisprudencia. La víctima, la adorable Sadia Sheik, de 22 años, fue asesinada por su hermano en el marco de una dramaturgia asegurada por el protagonismo declinado de todos los miembros de la familia. El motivo: Sadia había decidido rechazar una boda forzada con un primo en Pakistán y vivía con un belga de su edad, no musulmán. Algo  inaceptable para la familia. La corte suprema de Mons avaló la acusación, la cual en su sabiduría identificó como móviles reales, más que honor, odio y desprecio hacía la víctima y sus valores.

Toda la familia de Sadia indujo a comportamientos de violencia psicológica y física anteriores al asesinato. Una vez más, la violencia hacia las mujeres es un crimen que obedece al mismo patrón que las otras formas de delincuencia y que debe ser contemplado dentro del sistema de justicia retributiva, un crimen = un castigo, sin relativismo cultural alguno, sin transformar el factor causal del dolo en circunstancia aminorante.



Categorías:Argentina

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