Terrorismo en Francia, urge nombrar el problema

A man supposed to be suspect who held over an attack against a gas company site is escorted by police officers during investigations in Saint-Priest, near Lyon, France, June 28, 2015. Yassin Salhi, 35, told detectives he had killed Herve Cornara in a parking area before arriving at the plant in Saint Quentin-Fallavier, 30 km (20 miles) south of Lyon, where he attempted to cause an explosion on Friday, the source told Reuters. REUTERS/Emmanuel Foudrot TPX IMAGES OF THE DAY - RTX1I520

teresitadussart@gmail.com

©Teresita Dussart

A pocas horas del asesinato de Hervé Cornara,  en la región de Isère (Ródano-Alpes, Francia), quien apareció degollado según el mismo ritual macabro que impera en Irak y Siria, cuesta salir del discurso aseptizado para enfrentar la realidad. En una primera entrevista, la esposa del asesino Yassine Salhi hilvanó en un francés muy precario, que los millones de euros engullidos en la educación pública no pudieron corregir, un muy curioso: “somos una familia normal”. Por normalidad se refería a una familia donde el padre ha cumplido con el recorrido típico de la conversión de un islam sunita malaquita a un islam salafista.  Donde ese mismo padre acaba de decapitar una persona y colgar dos banderas, una negra y una blanca del auto-proclamado Estado Islámico (EI) al lado de la cabeza de la víctima, enarbolando en árabe la profesión de fe musulmana y, por si fuera poco, hacerse una selfie al lado de la cabeza.

La “Al-Jamaa Al Salafiya Al Muhtasiba”, conocida como salafismo apareció a mitad de los años 60 en Arabia Saudita.  Es una ridícula utopía religiosa que consiste en no hacer nada que no hubiese hecho Mahoma en el siglo VIII en la ciudad de la Meca. Yassine Salhi lleva los pantalones a mitad de tobillo, algo típico de los salafis. La idea es que el abrigo del profeta no tocaba tierra, por lo tanto ninguna vestimenta de hombre debe tocar tierra.

Hay centenares de miles de Yassine Salhi en Europa y en Francia en particular. El salafismo es el segundo “invento” fundamentalista aparecido e instrumentalizado por la dinastía Saudí. La primera es el wahhabismo, sin el cual simplemente la casa de los Saud seguiría siendo una tribu entre tantas otras, sin ninguna forma de legitimidad dentro del Islam por no ser reputados descendientes del Profeta.  Cuanto menos, para ser los guardianes de los lugares santos del Islam. La carencia de legitimidad de los Saud entre sus correligionarios, les impone mantener jaurías varias de fundamentalistas, so condición, eso sí, de cometer estos sus estragos fuera del Estado. Por lo cual, la monarquía Saudí, ha sido y seguirá siendo una amenaza para el mundo, no obstante las sonrisas  y el ser un socio de negocios para Occidente.

Desde 1965, el salafismo se expandió lentamente, pero seguramente, al mundo entero por medio de predicadores saudíes y sus conversos. Pero esa ideología, el salafismo, está ahora superada por la irrupción del Estado Islámico (EI), un eslabón más arriba en la escala del terror djihadista, tanto que se registran elementos de Al Quaeda en Siria decapitados por el EI. Lo que proclama EI es una guerra de conquista territorial. No se conforma con actos de terror por aquí y por allá.

El tropismo de la familia “normal“ prosperó 24 horas, hasta que los servicios franceses ubicaron en Siria el destinario del WhatsApp, un converso francés que se sumó a Daesh. Ese hallazgo tiró por la borda la teoría del “día de furia” de un padre “normal”.

Ese divorcio de la realidad hace el lecho del terrorismo. La política del como si consiste en rechazar obcecadamente toda formulación que pudiera incurrir en  una estigmatización de la población musulmana. Una cerrazón de la cual las principales víctimas son los musulmanes que viven pacíficamente su fe. Por no poder discurrir técnicamente del problema se asume con fatalidad y con pleno consenso político y civil, que el atentado de Saint–Quentin-Fallavier no será el último, como no lo fue la masacre de Charlie Hebdo, ni la toma de rehenes del Híper Casher. Daesh ha declarado que “este Ramadán debía ser un mes de dolor para los infieles”. De hecho fueron cuatro los focos de atentados fuera de Irak: Francia, Somalia, Kuwait y Túnez, en un día. Se tiene por asegurado que el atentado de Túnez en la ciudad de Sousse fue cometido por un simpatizante de Daesh y lo mismo del atentado contra la mezquita chiita en Kuwait.

El domingo, el primer ministro francés, Manuel Valls, intentó ofrecer un diagnosticó de la situación real, en el marco de una entrevista del programa radial “Grands Rendez-Vous”: “Vivimos bajo una amenaza mayor que habremos de combatir en el tiempo. Vivimos en un mundo donde esta amenaza es constante, constante en su nivel muy elevado, constante en el tiempo”. Valls siempre ha marcado la diferencia con el resto de sus correligionarios socialistas. En este caso no hizo menos, evocando una “guerra de civilización”, en el mismo orden de espíritu que lo había hecho al día siguiente del atentado de Charlie Hebdo cuando denunció el “islamo-fascismo” como el nuevo totalitarismo.

La evocación de esa “guerra de civilización” despertó los zelotas del ala progre-conservadora del partido socialista francés. Aquellos guardianes de un políticamente correcto, que por su política del avestruz vienen allanando la vía Elísea a la extrema derecha. Julien Dray, jefe del grupo socialista del parlamento, se hizo un hueco para denunciar esa guerra de civilización, de reminiscencia neo-conservadora según su parecer. Y el revuelo político que generó aquel concepto en el fondo bastante acertado de Valls, llegó a hacer olvidar por unas horas que Francia acababa de vivir su primera decapitación islamista en suelo proprio.

La república francesa ha hecho lo que pocos en materia de lucha contra el terrorismo con mucho más brío que Estados Unidos. La operación Serval en 2013 logró liberar Mali del avance del grupo Ánsar Dine y otros grupos djihadistas. Sin embargo, en el Hexágono, no obstante el despliegue de 30.000 policías, gendarmes y militares afectados a la vigilancia de 5.000 lugares estratégicos, falta una metodología para enfrentar de modo sistémico la amenaza de un enemigo interior.

Ese etapa de glasnost implicaría hablar abiertamente del Islam en general y del Islam en Francia en particular, del tipo de conversiones que se están dando entre sus jóvenes más vulnerables. Implicaría incriminar las potencias extranjeras que financian la colonización sectaria de partes enteras de su territorio imponiendo una propéutica del odio.

Francia se ve enfrentada a una amenaza paradigmática. No hay parangón en la historia mundial de semejante situación. Nicolás Maquiavelo, observando las “cosas de Francia”, admiraba el rey Luis XII por su sentido de la “razón de Estado” y el marco técnico de resolución de los conflictos de su contemporaneidad. Maquiavelo y Luis XII fueron los primeros tecnócratas de la historia. Es ese concepto, el de la racionalidad, el que permitió que gradualmente de estados feudales fragmentados, Francia pasara a ser la primera nación constituida de Europa, y de monarquía absolutista a un principado civil, o sea República. Maquiavelo observaba con gran afección el desprendimiento de los franceses hacia los hombres de Iglesia y la bigotera. Hoy Francia necesita reencontrarse con ese sentido de la razón de estado que le permita salvar sus principios republicanos más elevados. Cuando no, simplemente sobrevivir a lo que se viene.

Del mismo tema en este portal también:

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Categorías:Islam, Medio Oriente, Terrorismo

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