NO LLORO POR TI ARGENTINA

 

imagesUHVWG6V0Teresita Dussart, todos derechos reservados. Primer capitulo de una obra protegida ante la Dirección Nacional del Derecho de autor. (registro 23 de Julio 2014)

 

 

Lo único que se ha olvidado y olvida son las lecciones de nuestra historia, de nuestras triste experiencia. Se olvida que ésta es la quinta ley de amnistía que se dicta en pocos años y que los hechos se suceden con una regularidad dolorosa: la rebelión, la represión, el perdón… Está en la conciencia de todos que esta amnistía que se supone será la última, no será la última. Será, tal vez muy pronto, la penúltima. Y ¿Por qué, señor presidente? Porque las causas que producen estos hechos subsisten y no sólo en toda su integridad,  sino que se agravan cada día“.[]

Carlos Pellegrini, discurso del 11 de junio de 1905

 

 

No, no lloro por ti, Argentina. O tal vez debería decir Buenos Aires, esa ciudad cuya sombra se extiende y engulle en su desgracia a las provincias ajenas a su desidia, todos aquellos territorios accidentalmente unidos dentro de una misma comunidad de destino, por haber sido cinco minutos antes de la Independencia parte de la misma división administrativa colonial. Ciudad asociada a la delincuencia congénita, contra la cual no parece existir receta que pueda venir a cabo. Aprovecho de este nuevo ocaso, enmarcado en una u otra versión renovada de tu relato hiperbólico para deslizarme en tus sabanas como en una novela de Carlos Fuentes. Tu lecho es el agua cenagosa que deja la marea baja. Como el Erpeton, serpiente de aguas turbias dispones de un doble tentáculo para mejor engañar. Unos dicen que es el estado de desamparo y relegación al cual te arrojó el español, por falta de interés, cuando sólo eras una aldea del virreinato del Perú que te hizo territorio de libres. Otros dicen que esa libertad la pusiste al servicio del contrabando negrero y que tu única riqueza fue aquella que generó y genera la corrupción de funcionarios hasta hoy.

Como lo decía en los albores del siglo XX Juan Agustín García: “Se puede afirmar sin temor de incurrir en una paradoja que el país no ha salido del régimen antiguo”. ¿No es preocupante que semejante declaración no envejezca? Si no se puede decir que seas la misma, es única y excluyentemente porque hay un proceso regresivo que te hunde en tus pantanos a cada entrada y salida teatral de tus muchos dirigentes estrambóticos. Te hundes en las aguas estancas y cloacales que por tu desidia no logras canalizar, como se hunden las casas, los sueños de aquéllos a quienes lo único que les das es el gentilicio. La culpa la tienes tú, que fuera de las aguas turbias te mueves con torpeza. La normalidad es tu territorio del imposible.

Doscientos años de historia, de los cuales casi la totalidad del primer siglo ha pasado  en guerras civiles, en campañas de erradicación del indio y en el mayor genocidio del siglo XIX, perpetrado en Paraguay. A lo largo del siglo XX, seis golpes de estado[1], catorce dictadores o presidentes autoritarios. Y el principio del siglo XXI marcado por las presidencias sucesivas de una pareja gótico-populista. ¡Menos mal que sólo tienes dos siglos de Independencia!

No nos engañemos. En realidad, todo empieza antes. Por ejemplo: eres el único país del mundo cuya casa de gobierno cuando aún eras una alejada provincia olvidada del Virreinato del Perú, era el segundo edificio más importante de la república. El primero tampoco era el Cabildo, sede de algo que hubiese pergeñado una asamblea más o menos constituida. Fue la Aduana, taquilla única de cobranza, la caja, el corazón palpitante de la ciudad-estado, matriz de la argentinidad contemporánea. Las dos edificaciones construidas en la misma línea sobre las ruinas del fortín de Pedro de Mendoza, a la orilla del rio, lejos de las zonas inundables, cuando algo de inteligencia urbanística presidia a los destinos de la pequeña comunidad de adelantados. De toda evidencia, desmintiendo la incontinencia logoreica de tus líderes, más que para república filosófica naciste para ser una zona franca, sólo que el legado de la Independencia te dejó en los brazos una vastedad territorial que no es ya la de la ciudad-estado del flanco derecho del Río de la Plata, sino todas las provincias del último de los virreinatos. Isla de corrupción pero no de piratería. Nada de compatible con las liberalidades y holganza de una isla caribeña o mediterránea. Si no, calificarías para figurar en la lista de los paraísos fiscales, y no es el caso. No hay nadie más puntilloso con la seguridad jurídica que quien viola ese precepto en su país. Seguro que la mayoría de tus presidentes, y de tu personal “políticamente expuesto”, incluyendo la pareja Kirchner, son de lo más exigente a la hora de elegir un paraíso para esconder sus fortunas mal ganadas, y no te elegirían.

Y yo, yo me apresto a darte una estocada. Apuntaré a cada una de las cabezas del ofidio, le arrancaré escama por escama, hasta que esto, que se llama país, esté desnudo frente a la realidad. Argentina estás sola. No lo crees. No lo puedes creer. Pero estás sola. Alrededor de ti el sentimiento menos agraviante que tu actitud genera es perplejidad, incluso por parte de tus propios socios. No me apesadumbro sobre tus socios circunstanciales del Socialismo del siglo XXI, ellos atraviesan una crisis de identidad pasajera de la cual se despertarán como después de una borrachera con el difuso sentimiento de haber incurrido en una payasada cuyo estigma provoca invalidantes escozores de conciencia cuando es descubierto por quien lo padece y el consiguiente dolor de cráneo al ser anoticiados de la factura social como consecuencia de tanta corrupción y derroche. Tu caso es distinto. Es estructural. Estás sola en hacer las cosas como las haces. Y eso no te hace genial. Sólo significa que eres un contraejemplo para los que se anoticiaron que existes; anoticiados gracias a la existencia de destacados corredores de detrás de una pelota y ahora de un Papa peronista. Para los otros, de los cuales te aislaste por motus propio, después de haber hecho trizas reiteradamente el brístol por el cual se te invitaba a ocupar un destacado rol en el concierto de las naciones, el estar solo en hacer algo de modo tan paradigmático se interpreta de una sola manera posible, eso es estar rotundamente equivocado. Por alguna aporía tuya, y solo tuya, llegaste a la conclusión que un destino tan destacablemente único en el continente y en el mundo era una manifestación de genialidad.

La diátesis de síntomas que concurren a tu rara enfermedad son todos conceptos uno más abstruso que otro. Afortunadamente, sin posibilidad de contaminación alguna fuera de las fronteras nacionales. Fíjate en el peronismo. ¿Algún gobierno en el mundo se ha reclamado alguna vez, aunque sea de forma marginal del modelo peronista? Jamás. El modelo argentino es inexportable, porque se funda en una larga letanía de mentiras que empiezan desde su génesis; mentiras que encumbran errores garrafales repetidos una y otra vez al idéntico, sin que nada parezca poder interponerse para impedirlo. Abre los ojos Argentina, solo te mientes a ti misma. Tu idiosincrasia te cuesta mucho. Es un relato totalizante que te exilia del mundo.

Sería fácil de atravesar la membrana que separa la ficción nacional y nacionalista de la realidad, pero hacerlo es la garantía de una herida narcisista. Cuanto más estragos causa el relato, más relevancia toma su beneficio residual que es el quintaesencio orgullo. Orgullo criollo que no desperdicia ninguno motivo, bueno o malo, y hasta se agranda sólo con el ser el campeón de la desidia, al ostentar frente al mundo cada nueva barbaridad política, económica, social, y se atraganta de soberbia por haber nuevamente logrado atravesar el techo del riesgo país, como un adolescente en busca de nuevas procacidades. Y así va profundizando el hundimiento de su pueblo, ya que cada generación sacrificada no se redime en la que sigue, sino que entra a engrosar las villas miseria, los ciudadanos de segunda zona y la tasa de cretinismo. El 70% de la población no sabe leer un texto simple al haber terminado ese bachilerato que es una cáscara vacía[2]. Eso sí, con la remera celeste y blanca, fabricada en China, a cuestas. Cuestión de orgullo. Infundado, vanidoso orgullo, pero orgullo al fin.

Es fácil, Argentina, decirte esto para mí que soy extranjera, nacida extranjera. Te propongo, una tentativa. Una tentativa, de última hora, de apelar al extranjero que duerme en cada argentino invitándolo a salir de los estereotipos y determinismos alienantes, a salir de tu épica barata, de ese entrevero gauchesco fascistoide, a despedir del paisaje político las estridencias populistas de los bardas que, de generación en generación, van embargando un poco más las esperanzas de un pueblo según el mismo molde: un protagonismo de envoltorio prometeico profetizando la urgencia de corregir las vicisitudes del estado anterior, aun cuando el cabecilla del momento sea nacido del mismo riñón que el chapucero anterior, y por esa misma incapacidad técnica de gobernar buscara un parche en el cual colmar los instintos más bajos de la muchedumbre, Rosas, Yrigoyen, Perón, los Kirchner. Entre ese panteón de impresentables, una serie de otros malos, de gobiernos de facto, de militares de operetas, de presidencia de interín, de contubernio de personajes de medio pelo, generalmente “radicales” -que es como se denomina la transversalidad política en Argentina – que al no lograr afianzar una identidad política en medio de tanta afición al poder histriónico terminan por ostentar por procuración el bastón de mando, gobernando bajo la tutela de lo que más condenan. Cabe decir que en ninguna de estas categorías, esa cosa que en política en los países normales y menos normales se llama “programa”, tiene curso.

Parece una maldición, algo sobrenatural. Sin embargo la solución para ponerle fin a esta serie de impresentables y entrar a la normalidad, es decir, la sociodemocracia, es de alcance humano. Lo primero que tiene que cambiar es la relación a la historia. Sobrepasar la intrarelación para abocarse a la interrelación entre el yo e historia. Somos protagonistas del presente y autores del futuro. Del pasado sólo somos estudiosos, en el mejor de los casos. La memoria es objeto de estudio, no de devoción. Del pasado somos todos extranjeros. El estado actual de Argentina no es un accidente sino el resultado de una idiosincrasia que empieza por una confianza desmedida en sí mismo, dentro del cual la realidad aparece como una traba a la realización de una argentinidad soñada. Es un yo irreductible, prepotente frente a un fracaso elegido. Los perdedores ataviados del síndrome del Vencedor tienen una Jerusalén. Ésa eres tú, Argentina.

Va de suyo que no es de esperar alguna forma de ternura por parte mía hacia los versos del mercader de botones. No tengo ni la más mínima intención de rescatar algún que otro fragmento, aunque sea por cortesía, de las cosas que aquí se escuchan, en esta botica patriotera del fin del mundo. Algunas de ellas. Dentro de las coplas del ditirambo nacional está como argumento: pueblo más culto de América Latina, segunda Atenas por sus filósofos, cuando no Alejandría por sus libros propicios a la Ilustración; Independencia pensada y alcanzada por héroes, “próceres” de envidia; nación que supo tener  la mejor enseñanza pública del mundo o por lo menos de las Américas; nación que supo ser la más igualitaria y otros superlativos más de esta índole, generalmente formulados al pasado con un dejo de nostalgia, ya que es más difícil construir mitos del presente . Considerando que el nacionalismo es narcisismo en una forma colectivizada, y el narcisismo una mirada miope sobre sí mismo, los Argentinos parecen condenados a repetir al idéntico los mismos errores. Lo decía Jacques Lacan. El lenguaje nos precede, el lenguaje es inconsciente, el lenguaje nos determina. Ese relato determina tus hijos, Argentina, y emanciparse exige de ellos romper el molde léxico ideológico. El tropismo argentino es esa extraordinaria propensión a repetir los mismos errores en base a una visión distorsionada de su propia historia gracias a una suerte de espejo de Dorian Gray al revés;  a medida que el país va decayendo el relato le devuelve una imagen cada vez más elogiosa de sí mismo. Argentina tiene que desanudar los lazos de su alienación, esos varios relatos mendaces que le impiden entrar en la edad adulta. Es difícil, porque  eso significa, al menos, tanto entrar en la edad de la renuncia al deseo irreductible como de entrar en el tiempo de todos los posibles. Lo primero es seguro, lo segundo sólo posible.

Es conocido que el fenómeno de percepción del espacio condiciona a la organización del saber. De la misma manera se puede deducir, a través de la observación del caso argentino, que la percepción de la historia condiciona la construcción y codificación de los valores esenciales de una identidad colectiva. Por eso, yo te impongo mi condición de extranjera, eso que odias, eso que calificas de “cipayismo”, eso que te hace olvidar que hasta tu nombre es extranjero a lo que pretendes y así lo son tus hijos, e impongo mi mirada “extranjerizante” según un precepto sólo tuyo. Te diseco sin las nimiedades o, lo que es lo mismo, los miasmas del nacionalismo fantasioso que te tiene embotellada en formol. Lo hago como lo hacen los extranjeros de derecho plenario, desde la universalidad que es mi única identidad. Te miro con la mirada del transeúnte del mundo sin miramientos hacia tus alambicadas y estrafalarias odas a ti mismo, aquellas que desde la primera hora me aburrieron.

En base a esa mirada desnuda te cuento que entre los factores de tu ocaso el que primero que me viene en mente es Buenos Aires, la mal nombrada capital errada. Otro país habría sido si la capital hubiese sido la docta Córdoba y no la sede de la aduana artificial, cuna del contrabando y de la cultura mafiosa, ciudad-estado cuyo sello civilizacional fue, es y será, el “curro”.

El segundo factor es la política o la falta de política migratoria. Aunque hables de ti misma como una república nacida de un proceso de descolonización, eres al contrario un hecho colonial. Tu población es un hecho migratorio dentro del cual se distinguen distintas mecánicas, el coloniaje, el mestizaje criollo, los colonos, los migrantes y el colonialismo interior, en particular hacia la Patagonia. A eso hay que agregar que eres de las naciones nuevas la que más ha hecho para crear un movimiento pendular. De territorio de recepción de poblaciones mayoritariamente europeas te has convertido en territorio de origen de los migrantes hacia Europa tras cada uno de tus desastres políticos, institucionales o económicos. Como república, tu política de fomento migratorio, cuando la hubo, fue la del engaño. Engaños que hicieron llegar miles de migrantes pobres como náufragos a una tierra mucho menos desarrollada desde el punto de vista industrial, con lo que ello implica de hipoteca para el surgimiento de un movimiento obrero organizado y una burguesía ilustrada. Los obreros que llegaron no sólo estaban mejor formados que el peón rural local, sino que además traían en su valija de cartón una conciencia social gestada por siglos, no tanto de lucha sino de desarrollo filosófico. No es de extrañar que los movimientos obreros más activos en Argentina tuvieran por dirigentes a representantes de primeras generaciones de colonos. Esos inmigrantes son los padres de los argentinos de hoy. Cuánto dolor, cuanta incomprensión en lugar de la debida realización de sus aspiraciones luego de la epopeya ulisieana del exilio.  Esa derrota personal, multiplicada por millones, es la génesis de la aventura nacional argentina. Qué amargura para aquellos que acostan cuando descubren ese paisaje sin gracia del Nuevo Mundo, y lo que es peor, mucho más conservador que el Viejo Mundo que dejaron atrás de ellos, esa Europa, la cual al fin y al cabo, se encontraba entonces presa de una multitud de procesos sociales en fusión. Cómo explicar a los herederos de aquella tragedia humana, que los que escaparon sea por amor a la aventura o por huir de las arbitrariedades de la tierra madre, encontrarían en esta tierra de adopción el conventillo y sus enfermedades endémicas, la promiscuidad, el crimen o la changa de peón rural que era poco o menos que el estatuto del alma muerta de la Rusia imperial tal como retratada por Gogol. Sólo que los siervos en Rusia a principios del siglo XX no son más que una figura literaria en Rusia. En Europa occidental, habían desaparecido durante los procesos de emancipación rural del Medioevo. En la patria del gaucho errante, la historia no está siquiera por empezar, por ser el fin del mundo, tierra de olvido y de olvidados, como azorada de un castigo original. Las leyes sociales están a nivel de los modales. Un pedazo de carne asada comida a punta de facón.

El tercer factor de tu ocaso es el no haber ni por casualidad intentado federalizar en serio el territorio. Asombrosa fue la usurpación de la victoria de Caseros, por parte de los unitarios; aquella victoria  ganada por los auténticos federales del General Urquiza contra el tirano Rosas. Otra increíble incongruencia. El sillón de Rivadavia, primer presidente de las Provincias Unidas es vaciado por un golpe asonado en nombre del federalismo, por un tal Juan Manuel Rosas. El cual aunque se presente como un furioso federal es el abogado más brutal de la dictadura porteña, del centralismo autoritario y  de la destrucción de la riqueza de los territorios del “interior”.  Cuando finalmente es derrotado por un federalista, esa victoria es espoliada por los unitarios, quienes a partir de entonces abren una década de secesión de Buenos Aires. La ciudad no consiente en festejar la derrota del tirano. Con aires de mujer despechada, le da la espalda a la república nuevamente constituida. Después de varios episodios tan escabrosos como mezquinos que no terminan en Pavón, se constituye la república con Buenos Aires incluida, con rango de capital federal. Sin embargo, el modelo rosista de organización del estado hípercentralizado en torno a un ejecutivo omnipotente, cuya virtud es el control de la “caja”, sobrevive.  Como si la aduana siguiese siendo la Alma Mater de la república.  Y lo es. Es un país ultracentralizado, no en torno a su capital, que curiosamente es el único territorio que goza de un estatuto autonómico, sino en torno a un ejecutivo de atribuciones tan discrecionales como arbitrarias.  El modelo argentino no es de confundir con otro centralismo, el jacobinismo francés que goza de un componente central que es el de la continuidad territorial, merced a la cual, el ejido nacional debe estar dotado en cualesquiera de los punto de los mismos servicios en función de una doctrina de perecuación intachable, sino que observamos un centralismo donde la distribución de fondos se reparte como regalías según el grado de proximidad con el monarca de turno.

Si algo de sobrenatural hay en esa suerte de conjuración que pesa sobre ti, Argentina, tal vez resida en el epitafio del constitucionalista Fray Mamerto Esquiú, después de la gran derrota de Pavón, cuando la apenas promulgada Constitución es sepultada por los vencidos objetivos de Caseros: “Aquí yace la Confederación Argentina, a manos de la traición, la mentira y el miedo. Que la tierra porteña te sea leve!”

No existe un país democrático que pueda prescindir del federalismo. Cuanto más alejado el centro de decisión del votante, menor es la calidad del voto. En el caso argentino, las condiciones están dadas para aplicar, aún con más cautela que en otro países, políticas de desconcentración del poder.  El país se normalizará cuando se haya reinstaurado la confederación de 1853, obviamente con un aggiornamento a las exigencias de nuestro tiempo. Aunque después de la década gótica de la pareja Kirchner, es posible que tal sea el nivel de dislocación de la república, que el federalismo no baste como para mantener bajo una misma comunidad de destino las provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de modo tal que la fragmentación en varios territorios autónomos  sea la mejor solución para aquellas provincias que quieran aspirar a un futuro deslindado de los flagelos de la argentinidad.

Entre los factores más dinámicos del ocaso, el cuarto en este ranking tiene que ver con tu identidad más íntima. Eso que más te descoloca. La aversión hacia la hispanidad, que te hace aborrecer todo lo que de su historia y territorio te recuerde un pasado que no se inscriba en una lógica dominantes-dominados. Todo aquello que relate un pasado de erudición y de consenso como las universidades jesuíticas y luego franciscanas, de Cuyo, de Tucumán, de Salta, el legado sefaradí americano, las escuelas, las instituciones, el legado de la sangre hasta hoy de inmigrantes de fresco asentamiento, la comunidad de destino histórica con el pasaje de la administración de los Austria a los Borbones, el rol de la Constitución de Cádiz como propulsora de un movimiento autonómico y luego independentista, nada tiene gracia a tu ojos, Argentina. Quieres hacer creer que eras Argentina antes que Pedro de Mendoza acoste y se aleje espantado de tus costas. Sin embargo, mal que te pese, sin la hispanidad no existes. No puedes huir de ello. Somos todos extranjeros al pasado pero no así a la sangre, aquella que corre por tus venas y la memoria transnacional de quien te hizo, mal o bien, lo que eres. Ese odio a la hispanidad se extiende, después, al resto del mundo. El resentimiento de tu ciudad-estado se extiende hoy a todo el país, y la xenofobia sobrevivió a la dominación hispánica y no desapareció con el cosmopolitismo de las nuevas cohortes de colonos. Tanto, que te has ido aislando. Has desdeñado participar de los dos conflictos mundiales del siglo XX que hacen de ti un territorio fuera de la alianza que hoy todavía gobierna el mundo, el de los libres, contra el fascismo y el Holocausto. No haber participado del último conflicto mundial te cortó de la comunidad de destino de Occidente, de tus raíces europeas, y de los socio demócratas que surgieron después de ese conflicto paradigmático. No haber sido parte de esa alianza hace planear sobre tu substrato cultural sospechas de simpatías que apestan y que nada, y menos el partido filonazi dentro del cual todo se determina, disipará.

Aún cuando sorpresivamente te has beneficiado de increíbles bondades por parte de la comunidad internacional, y hasta se ha creado un Club sólo para resolver las esperanzas que sistemáticamente has decepcionado, el Club de París, centro de gestión de tus desafueros financieros, fundado en 1956 a medida de tus fiascos para solucionar el ya problema argentino, sigues aleccionando el mundo ¿No te avergüenza, Argentina, tener ese estatuto de caso aparte? ¿No te avergüenzan las sumas que han engullido tu orgullo, tu mala gestión, tu soberbia, tu suficiencia? ¿Esos fondos que nunca llegaron a países enfrentados a una miseria estructural y que no se beneficiaron de nada comparable? Cuando tu problema es tu lascivia, tu sensualismo. En lugar de haber agradecido la comunidad internacional, a las instituciones de Breton Woods de su culpable tolerancia hacia tu desidia, le has escupido a la cara tratándoles a cada reestructuración de la deuda, a cada default, con la bronca de una hetaira jamás satisfecha, de “imperialistas”, “colonialistas”, “caranchos”, “buitres”; así has tratado a todos aquellos que en su impericia se han volcado sobre tu lecho de muñeca brava.  Y durante mucho tiempo los “buitres” del mundo te perdonaron tus caprichos de Rubia Mireya. Pero lo ves, como termina este tango. La Rubia Mireya envilecida por los años y sus muchas turpitudes debe ceder el paso, ante nuevas bailarinas, más atractivas, que son las nuevas naciones emergentes. Desde la era Menem Argentina tienes que pagar para atraer inversores extranjeros o aceptar condiciones realmente humillantes que dan a esas transacciones un sentido muy al inverso de su propósito original.

De entre todos los países, el que menos debería tender la mano para solicitar ayuda es el que más acapara la atención, a tal punto de constituir en varios ámbitos (ninguno que dignifique) un caso de escuela.  ¿Qué haces tú para el mundo Argentina?  ¿A quién sirve tu discurso ultrasoberanista, confinado en autarcía? ¿Cuál es tu utilidad a la comunidad internacional, poniendo de lado, alguna que otra intervención marginal de Cascos Azules neutralizado por la venta de armas a Croacia durante uno de los conflictos bélicos más costoso en vida humana de estas últimas décadas? ¿A qué rescate te puedes prestar? ¿Cuál es tu peso moral en el mundo?

Quinto factor del ocaso: La relación a los pueblos aborígenes. Tus mitos nacionalistas te sirven para endosar la toga de gran fiscal del mundo y de maestra Siruela, pero nunca para servir de ejemplo. Aedo de tus propias e inventadas virtudes, ninguna parece dirigirse a los pueblos originarios. La hispanidad es a repudiar, pero cuando se trata de campañas de erradicación de indios, o campañas del “Desierto”, de ti como joven nación ya sea como Provincias Unidas o como República Argentina superas al maestro con brío y sin falsas vergüenzas. Represión conducida con una brutalidad que ningún poder colonial habría osado. Y cuando no fue represión fue corrupción. Y cuando no fue corrupción fue traición a los compromisos ratificados. Dentro de tu relato, ese episodio nunca llegó a llamarse Conquista. Esa mala faena, la cometiste ufanándote de que esos territorios eran la “herencia” de España. Herencia que no figura en ningún texto y menos en el espíritu de la ley cuando esta surge del fuelle del Estado de derecho. Ese desprecio es de actualidad hasta hoy y marca una diferencia entre Argentina y el resto de las nuevas repúblicas de América y del Pacifico hacia sus pueblos originarios. Del norte al sur, tu relación hacia los pueblos primeros se traduce por la confusión entre indigenismo e indigencia. Cuando no el ridículo. Litros de tinta se habrán vertido sobre el tema de la araucanizacion de la Patagonia, y de la importancia de determinar si los mapuches son chilenos o argentinos! La cuestión seria, según tu acepción identitaria desvinculada de la realidad, de saber si pueblos nómades se encontraban en el territorio en una de las fechas del nacimiento de la república, que puede ser tanto 1810 (revolución de Mayo), como 1816 (Independencia), 1853 (Primera constitución, sin la provincia de Buenos Aires), 1862 (actual territorio antes de la conquista de la Patagonia), después de la conquista del Desierto de Avellaneda o cualquier otra fecha antes o después.

Habiendo dicho esto, tampoco se trata de hacer una apología ingenua y lírica del indigenismo rioplatense y desdibujar una sociedad russoísta de tribus, cuyos grados de desarrollo eran francamente poco envidiables. Para el discurso apologético, falsamente indigenista, no falta quien. El panfleto de Fray Bartolomé de las Casas cundió más en esta parte olvidada del Imperio que en cualquiera otro punto del continente. La leyenda negra sembrada por la Brevísima constituye el terreno ideológico idóneo para campar una idea hipertrofiada de la soberanía nacional en base a un nativo presuntamente espoliado de lo que hubiese sido una Persépolis si no fuese por el Español.

De la misma manera que nadie llora por ti, Argentina, tampoco nadie se sorprende que la que más castigue también sea la que con más deshonra pague a sus clientes. Surgida del popurrí populista kirchnerista,  fue creciendo en Argentina, con una extensión a las antiguas provincias de Chacras, una corriente de reindigenización en base a una retórica encubierta de reivindicación de soberanía, tan histriónica ésta como reveladora de una inseguridad desgarradora. Sentimiento que no parece poder encontrar forma de sosiego por el simple hecho de ser una nación plenamente reconocida entre sus pares. Es la típica inseguridad del nuevo converso o nuevo rico. Lo extraño es que entrada en la madurez, la mayoría de las otras naciones nuevas surgidas del mismo proceso de independencia americana, viven con más serenidad su soberanía, sin necesidad de reafirmar constantemente el estribillo del imperialismo de las ex potencias coloniales o de las presuntas nuevas. Esas naciones son como Estados Unidos, Brasil, Colombia o Chile. Naciones cuyo crisol racial compuesto de lo nuevo (inmigrantes europeos), lo menos nuevo (colonos y población afroamericana) y lo antiguo (pueblos originarios) conviven dentro de la tribu republicana sin mayores cuestionamientos, aun si el desnivel racial e económico dista de haber sido estructuralmente corregido por todas partes con una misma determinación.

La soberanía totalizante es un tropismo argentino, ahora bolivariano, pero primero fue una idea argentina, que conduce necesariamente a negar la interconexión del mundo y asimilarla al famoso concepto de imperialismo de las “Venas abiertas” y, antes, de la Leyenda Negra impuesta por Bartolomé de las Casas.  La misma soberanía principista de espalda a la globalización desemboca en la negación de los valores de la transculturización, irremediablemente. Valores percibidos como el caballo de Troya del colonialismo. El ultra nacionalismo argentino del siglo XXI recupera ahora el indigenismo no para hacer justicia u ofrecer a los descendientes de las tribus de antaño un lugar en la república en base al criterio de la igualdad garantizado por la Carta Magna, sino para implementar una identidad tribal elaborada artificialmente y manipulable.

El paradoja de Argentina es que martirizando sus pueblos primeros desde el origen de la constitución del Estado, ignorando las políticas modernas de inclusión efectiva, no aquellas del estado clientelar, procede ahora sigilosamente a reindigenizar con pueblos andinos, es decir los más endogámicos, sus villas, ofreciendo miseria económica a cambio de mano de obra no calificada, sin poder ni querer garantizar la educación pública de las generaciones yacidas de esa política de fomento migratorio no asumida oficialmente.

Sexto factor, los revisionismos. Entre lo más nefando que hace a tu relación a la historia, necesariamente se encuentra el revisionismo. O más bien los revisionismos. En ningún país el esfuerzo de embaucar, pervertir, alienar las mentes ha sido tan desdonadamente puesto al servicio de la creación de mitos tan estúpidos como en Argentina. El revisionismo más conocido él es del nazi Arturo Jauretche. Nazi y no filo nazi, como eufemísticamente se lo caracteriza. El revisionismo jauretchiano ha apuntado sus flechas envenenada contra la inteligencia de un pueblo, mofando y censurando la historiografía, prefiriendo a la fría epistemología el libreto de militantes. Algo que Jauretche reivindica en repudio al “academicismo elitista”, odiado por un Jauretche a quien le costaba un esfuerzo desmesurado renunciar al sociolecto porteño, el lunfardo, según cuentan sus contemporáneos, al menos tanto como estudiar. Según el ideólogo nazi argentino, la escritura de la historia debe ser militante, y de esencia popular. El revisionismo jauretchiano fue primero puesto al servicio de la extrema derecha, luego de la extrema izquierda, una vez su patrocinador muerto: eso sí, sin cambiar de contenido en el traspaso. Lo militante, es en Argentina el equivalente de la censura del Santo Oficio pero peor. Es su heredero directo. Los revisionistas han operado verdaderos actos de fe, a la imagen de los funcionarios de la “Santa” en contra de todo aquello que no abundara en asentar un nacionalismo mitológico, fascista, imbuido de perversión narcisista. El odio hacia los académicos ha garantizado la asunción de cretinos, colonizando todo los sectores de las ciencias sociales, según una escala de valores inversados, siempre en curso, donde el mérito intelectual es un agravante y la mendacidad una calidad. Se ha tratado, a través de una grandiosa estafa intelectual hoy institucionalizada aun entre aquellos que la combaten, de rehabilitar al tirano Rosas y así legitimar sus imitadores.

El segundo revisionismo, porque existe otro revisionismo que no dice su nombre, consiste en condenar toda aquella crestomatía que no abunde en hacer creer que Argentina es el fruto de un despertar filosófico porteño compartido por todas las provincias del Río de la Plata,  cuando fue exactamente lo contrario. Buenos Aires se construyó contra las provincias, haciendo guerras en nombre de éstas, mientras éstas le hacían la guerra a ella. Guerras que pocas veces se concretaron en la provincia de Buenos Aires, costaron mucho a las provincias, y permitieron a Buenos Aires desarrollarse mientras el resto del territorio de lo que no era todavía Argentina, y no quería serlo, iba asfixiándose. Ese despertar, accesoriamente habría sido inspirado por autores de la revolución francesa, americana. Es importante señalarlo. Porque en esta segunda acepción del revisionismo se debe despreciar, condenar, burlar, ningunear todo aquello que tienda a explicar que existen otras fuentes del movimiento independentista, en particular todas aquellas nacidas del renacimiento ibérico sembradas por libres pensadores (una mala palabra en la Argentina de supina bigotería) o por lo aluviones de la revolución de Cádiz o hasta por aquellas modificaciones aportadas por la sucesión de administraciones distintas de los territorios del ultramar de los Austria y los Borbones. Nada pasó antes de la revolución algo accidental y de sin querer queriendo de 1810. Es una gesta ahistórica en tiempo y en espacio. Buenos Aires es vista como una Atlántida rescatada por los únicos héroes argentinos posibles que son los porteños del siglo XIX, los cuales recitaban, según esa acepción, de memoria las obras de la Ilustración europea. Ese otro revisionismo políticamente correcto converge con el jauretchiano, aunque opuestos sobre la cuestión de la persona de Rosas, no de su protagonismo, en denostar toda aquella fuente de erudición surgida de los tantos baluartes de la cultura que eran Chuquisaca, Lima, Córdoba, Salta. Ciertamente no Buenos Aires, que hasta pasada la revolución se encontraba desprovista de Alma Mater, y por más que la Aduana generara ingresos importante era un lugar maldito para un intelectual.

Para los jauretchianos, Argentina es una república ontológica, datada en tiempos inmemoriales, un tiempo usurpado por los españoles pero afortunadamente recuperado por próceres  argentinos que solo pueden ser los Moreno, Castelli, Monteagudo. San Martín está en un lugar aparte. Se lo descubre y recupera en el siglo XX, cuando se empieza a apreciar el valor del sueño que quiso la providencia impedir, realizar una república panporteña que se hubiere de haber llamado Argentina, dentro de la cual serían más los territorios americanos engullidos y empobrecidos de los que cabe deplorar en la configuración geopolítica actual. El todo disimulado en una propaganda mentirosa. Por eso, y porque la leyenda quiere que le otorgara su espada a Rosas, San Martín pone de acuerdo todo el mundo.

A diferencia de los jauretchianos, para los revisionistas mitristas y lo que viene hasta el nacimiento del radicalismo argentino, hay una república inmanente surgida de una gesta nacionalista cuyo revelador fue la influencia francesa o anglosajona. Siendo la cultura española en esta acepción el obstáculo a dicha epifanía republicana. Sea lo que sea, el embrollo argentino, en los dos casos se trata de supeditar la verdad al deseo del sujeto nacionalista y más que de crear un aparato suasorio, erradicar simplemente, de la forma que sea, toda aquella fuente: memoria de protagonistas o libros que relaten los matices en el proceso de ruptura política y cultural con la Península.

Sarmiento es uno de los capitulares de esta corriente. Nunca dejo de expresar su desprecio hacia Córdoba, su universidad, su hispanidad. Este revisionismo tiene como musa el resentimiento. Y es uno de los más funestos estigmas de la argentinidad contemporánea. Confluyen en opacar la riqueza del legado europeo en el desarrollo filosófico del Río de la Plata, que es el fruto de la gestión de una dinastía eminentemente europea, la Casa de los Austria, en realidad marginalmente española, y del legado de aquella cultura cosmopolita gestada dentro del renacimiento ibérico que es la fusión entre las culturas judías, moras y cristianas que se trasladó a las Américas en el curso del siglo XVI, donde guste o no, concreto un maridaje con el mundo Incaico. El Inca Garcilaso de la Vega es la expresión de una modernidad subestimada. El mismo que puso las primeras piedras del sentimiento americano, cuando Buenos Aires no era más que una aldea que pertenecía al Virreinato del Perú. Los crímenes legados por la conquista y luego el proceso de colonización argentina son parte de la complejidad de la historia, como para  todos los pueblos. Pero aquella riqueza o flaqueza no llega a hacer parte del inconsciente cultural de un pueblo porque esos dos revisionismos lo obstaculizan, obligados que están en atenerse a entretener sus mitos.

Séptimo factor: Nula sensibilidad hacia los conceptos de buena gobernación. Esa relación trunca, atrofiada al pasado, es cuanto más perjudicial porque precisamente el argentino vive en el pasado. Un pasado mistificado, pero el pasado al fin. Los desarrollos de su contemporaneidad y las preocupaciones que agitan las sociedades del mundo globalizado con las cuales debería medirse no lo atañen. Las únicas problemáticas a las cuales dedica algo de sincera preocupación y energía tienen todas fechas vencidas, como de ocuparse de los derechos humanos de los setenta, o procesar la memoria de Cristóbal Colombo desatornillando su estatua, cuando en 2012,  más que derechos humanos está puesta a mal la supervivencia de la especie argenta, al menos en aquellas zonas de relegación de tus tantos barrios, localidades sin existencia administrativa, ignoradas del estado, viviendo en una casi edad de piedra, sin los servicios tan obvios que existen desde tiempos milenarios en las grandes urbes, como un sistema cloacal. Allí viven familias enteras en barrios explosivos tanto en inseguridad, desamparo económico, escolar, violencia de género o situación ambiental potencialmente generadora de varios Bhopal, como lo fue la explosión en la refinería de YPF en las afueras de la ciudad de la Plata en abril 2013, o unos meses antes, el 6 de diciembre 2012, la explosión de productos químicos de origen nunca identificados, que provocó una nube toxica en el barrio de Puerto Madero de Buenos Aires. Los productos importados de China venían en contenedores que no cumplían con los estándares internacionales de estanquidad. Ninguna diligencia de investigación fue emprendida, aparte de un breve y sumario de regaño a algunos funcionarios de Aduana, amonestación circunscrita al daño político del asunto. Esas malas prácticas no datan de hoy. Siempre hubo una flagrante ausencia de reflexión prospectiva sobre las necesidades del país. El genial Ezequiel Martínez Estrada recuerda en su Cabeza de Goliat lo que muchos argentinos han obviado en su culto del “prócer”: cómo Bartolomé Mitre desvió los fondos de un empréstito destinados a mejorar el sistema sanitario de la ciudad para financiar su guerra absurda con Paraguay. Cuando los soldados volvieron del país del norte, infectados de fiebre amarilla, de cólera y de peste bubónica, la ciudad se encontraba desamparada porque no había ni cañería, ni sistema de recolección de basura para hacer frente al foco de enfermedades que arrolló la ciudad y fue causante de otro crimen de masa por desidia, por encima del genocidio paraguayo.

Frente a la desidia, el ciudadano argentino no fue y no es más exigente hoy con esos conceptos de buena gobernancia. No está acostumbrado, en el clima de corrupción estructural en el cual nació y vivió, a exigir de sus gobernantes aplicaciones de normas en materia de seguridad, por ejemplo. A veces se “calienta” (enfada) más que otras, como en el caso de la tragedia del Once, cuando  por deficiencia de los frenos un tren colisionó con los paragolpes del andén y murieron 54 civiles. Los trenes, como todo los que es infraestructura, son chatarra rodante. A los concesionarios no les faltaron subsidios, pero todos fueron a parar a manos de capitalistas amigos del poder de turno, el cual se sirve la parte más generosa. Con un pico en términos de corrupción jamás antes alcanzado en la era Kirchner, es menester especificarlo.

Quien ha podido hacer empíricamente un mapa de la corrupción del mundo se da cuenta que Argentina ocupa un lugar particular. Generalmente los corruptos se guardan una parte importante del retorno de la subvención, pero dedican una parte aún más importante, aunque sea de poco a su finalidad primera, a la obra de infraestructura. En Argentina lo que queda es la limosna, lo simbólico. Y eso se hace no sólo al costo de la modernidad y de la eficiencia sino de la seguridad. Obviamente con un alto nivel de anuencia del ciudadano cómplice.

Porque hay un consentimiento ciudadano. Basta ver que no obstante los casos de corrupción, el terrorismo de estado, la ineptitud de los gobernantes y tantos otros flagelos nunca han conmocionado fuertemente la opinión pública,  como podrían haberlo hecho asuntos de la misma calaña en otros países. Para generar percepción concientizada de la corrupción se necesita de esos principios que son una cultura de gestión de riesgo, la sensibilidad al conflicto de interés, la exigencia de independencia de los contrapoderes como la prensa y los sindicatos, de control colegial del buen funcionamiento de las entidades del estado adjudicadas en manos expertas y de independencia indiscutible del ejecutivo, de desarrollo sostenible, de integración regional, de implementación de las debidas diligencia en materia de lucha anticorrupción, etc. Esos son conceptos del presente que deben ser acaparados por la ciudadanía. Un ejecutivo malo no lo será nunca tanto en una sociedad profundamente democrática, dotada de un alto grado de ética.

Con el octavo factor, lamento tener que nombrar un flagelo particularmente luctuoso para una nación nacida de un proceso emancipador: el nepotismo, garante previsible de la selección de los mediocres. Cuantos ministros, embajadores, periodistas, abogados, artistas, médicos acceden a su puesto por herencia del cargo. Por ser hijo de, esposa de, cuñado de. Los castellanos advertían ya en el siglo XVI el riesgo de suministrar cargos a parientes e instalaron herramientas administrativas para soslayar esa forma de corrupción. Está a la vista que ese atavismo no fue corregido y los funcionarios porteños de los albores del siglo XIX (españoles, acriollados o no) se encargaron que el nepotismo se fije en el ADN cultural. Y allí están en el siglo XXI, los “hijosdalgo”. La república es de ellos. Una auditoría en recursos humanos confirmaría que Argentina es la mesa del juego de las siete familias. Y eso vale del cadete al jefe de empresa.  El nepotismo tiene varios caras: la oligarquía, el darwinismo al revés, el rechazo del talento, la predilección dada al sistema feudal, la parálisis del ascensor social, el cretinismo tanto en la cumbre como en la base de la pirámide social, la imposibilidad de crecer económicamente, científicamente, culturalmente y la condición previa a estructuras criminógenas como la mafia.  Es dinámico. Con el paso del tiempo el cuello de botella demográfico se va estrechando y la tasa de reproducción socialmente endogámica cada vez más riesgosa para el porvenir.

Noveno factor: el mayoritarismo o desprecio rondando al odio descarado hacia las minorías, a menos que éstas sean susceptibles de conformar un grupo de choque. En esas minorías reales o imaginarias (todos sumados pueden hasta conformar una mayoría)  están los partidos opositores, los extranjeros no instrumentalizables, el sector privado, el núcleo unipersonal de la minoría más definitoria de la calidad de la democracia que es el individuo mismo. Claramente, la interrogación de Alexis de Tocqueville sobre la tiranía de la mayoría en su “De lademocracia en América, Vol I”, no inspiró a los gobernantes argentinos. “Miro como impiadoso y detestable esta máxima que, en materia de gobierno la mayoría de un pueblo tiene el derecho de todo hacer, y sin embargo, coloco en la voluntad de la mayoría el origen de los poderes. ¿Estoy en contradicción con mi mismo?” Alexis de Tocqueville considera que la democracia no debe ser una minoría viviendo bajo la tiranía de una mayoría y, para evitar tan funesto régimen, un sector debería ser totalmente independiente del poder político garantizar el derecho de las minorías, hasta la más insignificante, el individuo, y eso es la Justicia. He aquí que también eso hay que lamentar en Argentina, la Justicia es una institución que después de ser altamente corrupta, la pleitesía al poder de turno paso a ser orgánica cuando Cristina Kirchner decidió hacerla oficialmente partidaria con su proyecto de reforma judicial exprés en abril 2013.  Argentina, sufres de un error conceptual que es el de considerar que la marca de fábrica de la democracia es el poder de la mayoría. Esa acepción de la democracia es la que hace posible el gobierno de la chusma, la oclocracia, la que da paso a la vorágine de gaseosas, choripán y futbol “para todos” y arrasa en eructos y otras expresiones gástricas con la educación, relegada a un artefacto elitista a combatir.

Termino con la recurrente tentación cesarista que conduce al fascismo, consolidada y personificada por el espía nazi que fue Juan Domingo Perón. Ultima sobrevivencia del musolinismo en el mundo como partido en el poder, casi religión de Estado. El musolinismo en esta versión austral hace naturalmente imposible o muy difícil la existencia de otro partido. La ausencia de bipartidismo; la transversalidad o propensión a pasar de un antagonismo a otro, pero siempre dentro del peronismo; la gestión de Estado, así como de la vida económica o civil, articulada desde neologismos y conceptos entendibles sólo desde ese tropismo argento: el peronismo. He aquí, Argentina, las fístulas de esa ficción geopolítica programada para siempre difractar de la realidad.  Programada para perder y hacer perder.

 

[1]
[1] 1930; 1943; 1955; 1962; 1966; 1976.
[2]
[2]                    Resultados del estudio de la Operación Nacional de Evaluación del Ministerio de la Educación de la Republica Argentina, 2013.



Categorías:Argentina, ensayo, Latin America

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14 respuestas

  1. no conoce la euristica de la ciencia histórica lo que hace que este pésimo articulo no tenga ningún valor, solo demuestra su resentimiento para con nuestro país

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  2. Los comentarios laudatorios o criticos deben ser redactados en buen castellano. A título de excepción y para demostrar lo que no hay que hacer dejo pasar este comentario. Heurística se escribe con H y las frases empiezan con mayuscula. Los comentarios en cocoliche no se publicarán.

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  3. Teresa:
    La verdad es que a los argentinos la mirada de los otros nos agobia, sobre todo cuando no se hacen responsables de sus papeles. ¿Así que sos belga y española? ¿Y venís a hablarnos de nazis a los peronistas?
    Sólo una persona que se cree superior es capaz de tamaña pavada. Me recuerda a un británico que conocí que hablaba de Perón como “the south american dictator”… Un galés que vino a mi país a lavar dinero de un hedge fund haciendo una película sobre nazis. Hablaba del dictador, como si Perón no hubiera ganado 3 elecciones presidenciales y dos de medio término. Como si los británicos fueran garantes de la democracia. ¿Qué? ¿Estoy loco, son hipócritas o sufren una seria confusión de identidad y valores?
    Y usted viene de un país cuya monarquía es ladrona y el bipartidismo falso, su pueblo incapaz de indignarse por cuarenta años de dictadura, y me critica a un partido político del que mi bisabuelo ya formaba parte. ¿No entiende que para muchos el peronismo es nuestra identidad? ¿Se atreve a denostar mi identidad? ¿Y usted quién carajo se cree que es?
    Los europeos siguen enquistados, empantanados, en paradigmas sociales caducos. Por eso no entienden el mundo que viven. Se quedaron. No nos culpe a nosotros por lo que no puede entender ni caminando nuestras calles, por su incapacidad espiritual de sentirse entre iguales.
    Y si critica mi identidad, yo hago lo mismo con la suya.
    Usted es una fascista que se tomó el colectivo equivocado. Vuelva a los templos de la moral burguesa de los que salió y no joda a la negrada, que está tratando de aislarse del mundo decadente sin que la dejen. Ya lo conseguiremos.
    Hágame el favor: vuelva a Bélgica o a España o a donde le venga en gusto, aunque allí no pueda destacarse con certificados de origen y tenga que dedicarse a algo más o menos respetable. Y sea feliz, por el amor de Dios, antes de que sea demasiado tarde y le quede el permanente gesto de haber chupado un limón grabado en su cara, para siempre.

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  4. Algunos comentarios no califican para ser publicados en este blog, entre otras cosas por estar redactados en cocoliche, por contener expresiones obscenas y por ser intrascendentes, pero tienen un valor testimonial que confirma cada palabra de mi ensayo, por lo que revelan del espíritu sectario, de la imbecilización de las huestes peronizadas, de la vulgaridad dominante (capítulo III de mi ensayo). El autor del comentario anterior, comentario que consiento a publicar, parece querer decir que los españoles no hemos protestado contra la dictadura de Franco. Además de no ser cierto, no parece saber que el tirano Perón eligió esa dictadura para exiliarse.

    Signo inequívoco de la cultura de violencia:la xenofobia que culmina en la amenaza no velada en el último párrafo, (me invita a irme antes de que sea “demasiado tarde“·) por lo cual es fundamental que eso esté publicado. El “antes de que sea demasiado tarde” hace parte de un acervo terrorista, que de la extrema derecha a la extrema izquierda siempre estuvo presente en esta tierra poco hospitalaría para espiritus libres y gente de letras.

    La disgresión racista del individuo sobre la gente que como muchos de sus compatriotas evoca como “negrada”, infame expresión, por la cual debería ser denunciado el autor en un país normal, es un punto sobre el cual vuelvo en un capitulo dedicado al racismo y autoracismo argento.

    SIGAN ATENTOS A LOS COMENTARIOS DE LECTORES EN TODAS LAS PUBLICACIONES. ES EL MEJOR INDICADOR DE LA OPINIÓN PUBLICA Y DE LA CULTURA LOCAL

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  5. Evidentemente sin el disenso racional no se puede construir nada.

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  6. Sra. Dussart: Excelente este primer capítulo. En cuanto a los comentarios, comprenda Ud. lo difícil y duro que es para un argentino que nos creemos los mejores del mudo, sólo por tener algunos buenos jugadores de fútbol y algún que otro genio. Incapaces de hacer una verdadera autocrítica y con una considerable cuota de ignorancia y formación cultural, que cree que va a leer en estos. Si recorriera los comentarios que se hacen en otros blogs se caería de espaldas, por lo groseros, desubicados e hipócritas que se vierten, con un desparpajo que sorprende y harta. Gracias y espero con ansias los próximos. Cordialmente

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  7. Sra. Teresita Dussart
    Le agradezco como nacido en esta tierra sus comentarios críticos, solo con la critica y la autocritica se logra el mejoramiento en este caso social.
    Los comentarios de Nahuel Coca son el ejemplo del porque del actual estado social de un país, que fue una Nación y ya no lo es y para muchos europeos (entre ellos muchos españoles como mis suegros) su “patria”, concebida como lo planteaba el filosofo positivista italiano/argentino Jose Ingenieros en su “El Hombre Mediocre”.
    Voy a seguir sus próximas entregas y así hacerle llegar algunos comentarios sobre aspectos que no concuerdo en su totalidad y aspectos que probablemente por acceso a bibliográfia incompleta no ha llegado a la comprensión.
    Una cosa es haber vivido los tiempos y los hechos y otro haberlos leído solamente. Incluso cuando alguien como yo he vivido la segunda mitad sel siglo XX y lo que va del XXI, siendo investigador y docente, siempre encontramos nuevos conocimientos que nos hacen reveer nuestras opiniones.
    Le agradezco poder conocer el punto de vista de una persona que por su profesión y por sus experiencias de vida en tantos países es muy respetable.
    La saludo atentamente

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  8. Muy bueno el contenido del artículo. Le señalo que el verbo es “pergeñar” y no “pergueñar”. Mis saludos.

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  9. Muy interesante el artículo, lamentablemente no he accedido a todas las citas bibliográficas, pero como argentino crítico, coincido en líneas generales con su visión. Muchas gracias y espero su próxima entrega.

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  10. Muy buena critica a la ontológica cosmovisión argentina y falaz del mundo.La necesidad patológica de permanecer eternamente afirmando una identidad mítica a la que nos enorgullece pertenecer, en estado presente, como si fuésemos una sociedad sin futuro. Revolviendo la ensalada del pasado en forma completamente estéril e interesada, viviendo el eterno retorno del error cometido anteriormente.

    Tengo 30 años. Fui estudiante de medicina y deje la facultad por cansancio espiritual . Viaje sin rumbo fijo por Sudamérica durante 4 años viviendo el dia a dia. Recorrí en bicicleta Venezuela y durante 6 meses trabaje en una Comuna Socialista a orillas del imponente Río Orinoco con eso me pague el pasaje devuelta. He conocido viajeros de todo el mundo ,hippies,delincuentes de frontera, pueblos indígenas, ricos, pobres, indigentes y millonarios. Amo profundamente a los latinos como a los gringos o cualquiera . Debo ser un extraterrestre ya que las ideas políticas imperantes que reinan en los medios y la gente a la que frecuento me dan miedo por lo imbecil , falsas y profundamente antieticas. esto te obliga casi a permanecer desconectado del mundo por una cuestión de salud personal.

    Gracias Teresita ¡¡ valoro mucho tu trabajo por no seguir el discurso de lo politicamente correcto y darle una mirada mas amplia a lo que se se discute todos los días.

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  11. Me ha dejado, como siempre, sin palabras. Bienvenido este magnifico escrito a quienes nos han contado en la escuea la historia argentina, estilo Andersen. Esta es la forma adulta que ni el mas avezado, arriesgado revisionista historiador argentino osaria contar. Tal vez Sebrelli. Admiro su capacidad crítica, conocimiento de la idiosincrasia “idiota” del argentino, medio y no tan medio, para haber penetrado en la medula de su ser. Este blog debería ser publicado para que aquel capacitado haga un acto de contrición, olvidándose que quien lo escribe no es solo una extranjera de renombre sino que, pese a su juventud, posee una trayectoria de verdadero estadista con la suficiente capacidad coherencia y experiencia para elaborar tan concienzudo análisis de un singular pueblo cono ek argentino. Desde afuera se ve la realidad, el medio impide la objetividad. Su exquisito y variado lenguaje ha plasmado mis ideas coincidetes con las suyas, luego de estar fuera de ese país hace 15 años.

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