Día de resistencia


Caricatura
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Hasta el atentado contra los periodistas de Charlie Hebdo, seguido del asesinato de una joven policía municipal y de la toma de rehenes en un supermercado casher, todo en el mismo soplo criminal, sólo los extremos parecían autorizados a expresarse sobre el tema del islamismo, y lo abordaban desde una temática fetiche: la inmigración. Los cuatro caricaturistas de Charlie Hebdo, al revés, eran figuras icónicas de la izquierda anarquista, tendiendo al trotskismo. No escatimaban esfuerzos para retratar a la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, en las situaciones más grotescas y, prueba de que no se les podía acusar de islamofobia compulsiva, la última portada de Charlie Hebdo, antes de la masacre, apuntaba a Michel Houllebecq, autor del libro que debía ser la actualidad de la semana: “Sumisión”, en referencia al Islam que significa precisamente eso, sumiso.

Pacífica fue la manifestación que reunió más de 4 millones de personas en todo el país. No por lo tanto fue una manifestación de Paz. Fue una declaración de entrada en resistencia. Un despertar ante la entropía civilizacional que una clica de espíritus muniquenses venían propiciando desde hace dos décadas. Los mismos que se encargaron de vender las “primaveras árabes” como revoluciones democráticas en manos de la hermandad musulmana, los mismos que en los años 90 vendieron la idea de que los militares argelinos eran los que asesinaban en el Djebel bebes tirados cara al muro, y no el Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC) o el Grupo IsIamista Armado (GIA). Los mismos que no dudaron a disponer a Vladimir Putín en el mismo plano que las viudas negras chechenas durante la toma de rehenes de centenares de personas en el Teatro Nord Ost en 2004. Desde el despegue de la propagación venenosa del wahabismo a nivel global en los años 90, los terroristas se han afianzado a una retórica de victimización que no podrían haber concebido ellos mismos.  Un vale de inmunidad a la justicia y al sentido común,  concedido gracias a una forma de relativismo cultural piadoso, cuyo trasfondo ético es una suerte de protocolo compasional, propio a la izquierda y al catolicismo, destinado a personas percibidas, que lo quieran o no, como vulnerables.  Es lo que el filósofo Donal Davidson definía como el principio de caridad. La idea que la comprensión del otro requiere de instalarlo en una racional difractada.  “En nuestra necesidad de hacerlo inteligible intentamos una teoría que lo encuentra consistente, un creyente de verdad, y un amante del bien (todo bajo nuestro criterios es innecesario decirlo)”. Donaldson murió antes de que se expanda la plaga del wahabismo al resto del mundo, pero la receta es ésa.  Occidente ha concitado cuantas teorías posibles para justificar lo injustificable proviniendo del mundo musulmán, cada vez más islamista que islámico, cada vez más interpolado, pero no asimilado, a la cultura occidental.

El nivel de sofisticación para justificar lo injustificable a través de los discursos tejidos desde la tribuna de lo políticamente correcto son inversamente proporcionales a la imbecilidad rancia de aquellos adquiridos al wahabismo for export. Además de la violencia cruenta y cobarde de los hermanos Kouachi y de Coulibaly, el mundo tuvo que desayunarse con la idea que habían sido sometidos a esos tormentos por individuos con competencias intelectuales distintas. Después de haber matado cuatro rehenes, sin siquiera que ello obedezca a necesidad ninguna dentro de la hoja de ruta criminal, Coulibaly apeló a la empatía de los otros rehenes ya que “los medios tratan a los musulmanes de terroristas y eso no es verdad”. Siendo entrevistado por el canal BFM, el mismo Dandy del terrorismo se explayó sobre su supuesta estrategia: “los hermanos Kouachi hacen Charlie Hebdo, yo hago la policía”. Habían previsto sincronizar el principio, para el instante después no había plan.

Paris no quiere ser la Nueva Alepo

Ser sometidos al régimen del terror es terrible, pero serlo por un rejunte de últimos de la clase es particularmente hiriente desde el narcisismo nacional. Idiotas no significa inofensivos. Alepo, una de las más antiguas ciudades del mundo, ha sido destruida por legiones de portadores de pizza, cajeros de supermercado, valijeros de aeropuerto, pequeños y grandes delincuentes, perdedores todo terreno. Individuos que se han beneficiado de los mejores sistemas de educación pública del mundo, gracias a la generosidad de Europa, y no han sabido aprovecharla.  París no quiere ser la nueva Alepo.  La paradoja hoy, es que miles de sirios escapan en balsas de mala muerte de un país en guerra, y tendrán que codearse dentro de la comunidad musulmana en Europa, con aquella franja wahabisada que marcó a fuego y a sangre su país y, cuando no lo hizo, trenzó laureles al djihadismo global.

Después del asesinato de los cuatro caricaturistas, figuras emblemática de la libertad de expresión, se ha repetido hasta el hartazgo el apotegma más conocido de Voltaire: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Ésa es la poción de la democracia: servirle a sus más acérrimos enemigos, su racionalidad. Pero todo es dialectico. Son millones, de ahora en más en pensar que el espíritu de resistencia, aquel que tuvo su hora en gloria en la lucha contra el nazismo y el fascismo, no sólo no consiste en morir por la expresión de ideas nefastas al género humano, más por el contrario combatirlas.



Categorías:EUROPA, Islam, Terrorismo, Uncategorized

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