Hiperviolencia business model del crimen organizado

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Desde Buenos Aires, volviendo de Mexico.

Cuando los 43 estudiantes de la escuela de normalistas Ayotzinapa de Iguala (Estado de Guerrero), desaparecieron, el 26 de septiembre pasado, la reacción de la clase política mexicana pareció extremadamente tibia, ante una situación de la cual no cabían lamentablemente muchas dudas sobre la naturaleza del desenlace. Hasta un cierto punto se pudo entender que el presidente, Enrique Peña Nieto (EPN, PRI), no se vuelque a horcajadas al lomo de la indignación popular, porque no es su estilo. Aunque lo correcto hubiese sido al menos condenar los acontecimientos del 26, dar muestras de empatía hacia las familias y demostrar una enérgica voluntad de investigar el paradero de los jóvenes. Tres semanas después, ante la reacción de la comunidad internacional, por primera vez la palabra “barbarie fue pronunciada.
Esa falta de expresión de empatía inicial, bastaría para explicar políticamente porqué EPN está cosechando la vendimia de la cólera. Lo que sorprende es la direccionalidad de esa ira. La masacre cobarde fue perpetrada por una pandilla, Guerreros Unidos, como brazo armado de un feudo narco perredista. Bien hubiese sido posible en un feudo priista. Pero no fue el caso. Las nexos del intendente José Luis Abarca Velázquez y su esposa, María de los Ángeles Pineda (decididamente las parejas en política son un síndrome criminal en sí), con Guerreros Unidos, son familiares y directos. Desde la desaparición de los 43 muchachos, se ha ido descubriendo una increíble cantidad de fosas comunes clandestinas. Un cementerio de uso privativo de la organización criminal feudal. Sin embargo, la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero (CETEG) y el movimiento 43X43 apuntan cada día más a EPN y el PRI, contribuyendo paradójicamente a deslindar la responsabilidad del PRD en el estado de Guerrero, la de su gobernador, Ángel Aguirre ahora dimitido, – siendo Guerrero el segundo Estado en el ranking de decapitaciones- y la de la pareja Abarca-Pineda, autores intelectuales de la masacre. El 11 de noviembre, la sede del PRI en Chilpancingo, fue incendiada.

Paramilitarización

El problema del narcoterrorismo en México viene de lejos. Y tal vez no sea casual que el salto hacia la hiperviolencia coincidió con la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, en la época del liderazgo de García Abrego, del Cartel de Juárez. Pero su salto más terrorífico y más sofisticado se daría con el entonces incipiente Cartel del Golfo (CDG), bajo el mando de Osiel Cárdenas, cuando esta crea los Zetas en 1999. Con los Zetas se inauguraba una década de criminalidad de índole psicótica, sádica, animal. A partir de 2004, la decapitación masiva, los cuerpos descuartizados expuestos y las desapariciones precederían, en metodología propagandística del terror, los crímenes de ISIS en Irak y Siria. El Blog del Narco difunde alguno de las más obscenas secuencias de esa violencia.

Con los Zetas se instituye el principio de la paramilitarización de los Carteles. El pasaje a un nivel superior en la administración del terror. Ya no se trata de delegar el suministro del miedo a sicarios amateurs, allegados a la familia, sino de contratar ex jefes de servicios especiales, formados en las técnicas más crueles del terror. Entre otros, los métodos de los Kaibiles, ese grupo de elite guatemalteco, acuñados por los años 70, y el todo vale en materia de lucha antisubversiva. Además de las fuerzas especiales, los Maras salvadoreños, especialmente Calle 13, vendrían a aportar su know-how en materia de sadismo. Guillermo Valdez Castellano, el ex jefe del Cisen bajo la presidencia de Calderón, en su libro “Historia del Narcotráfico en México” (Aguilar, 2013), afirma que el contingente de sicarios Maras que trabajó para los Sinaloenses fue entrenado por un ex militar: Manuel Alejandro Aponte Gómez, “El Braco”.

La violencia hiperbólica de los Zetas generó una escalada de fuerza bruta por parte de los otros carteles: Juárez, Tijuana, Sinaloa, los Beltrán Leyva (antes y después de la ruptura con Sinaloa). Según relata en su libro Valdez Castellano, el nivel de amenaza pasó de ser pública a nacional como consecuencia de la violencia de la guerra entre esos carteles y de las nuevas líneas criminales consentidas a sus brazos armados para satisfacer las demandas económicas de éstos. Por momentos, el libro del ex titular del Cisen se hace apología del método calderonista consistiendo en defender lo que fue una respuesta militar a un hecho percibido como amenaza a la seguridad nacional por Calderón, en vez de una amenaza a la seguridad pública, tal como definido por los detractores del ex presidente. Haciendo abundantemente referencia a la formula “Captura del Estado” de los autores Luis Jorge Garay Salamanca y Eduardo Salcedo Albarrán , Valdez diagnostica la siguiente situación : “Era un despojo al Estado y, en última instancia, a los ciudadanos que quedaron en total indefensión, sin policías que los protegieran o mediaran y regularan, aunque fuera de manera imperfecta, los mercados ilegales; sin autoridades que les sirvieran, sin acceso y posibilidad de disfrute de servicios públicos a menos que aceptaran someterse al dominio de los criminales y ser sus cómplices“.

El narco reclama amor

Pero hay un momento en que la fuerza bruta se da vuelta contra sí misma. Un ejemplo concreto es cuando los productores de limón del Estado de Hidalgo se cansaron porque se veían tan extorsionados por el crimen organizado derivado de los carteles de droga que ya no ameritaba seguir produciendo. En ese caso el ejército debió intervenir e impedir la labor de los carteles momentáneamente. Algunos jefes comprendieron a principio de este mileno que debían seducir al pueblo a través de un discurso apostando a un sentido de comunidad de destino del pueblo para con la empresa narco, en otros casos con matices revolucionarios. Es el caso de Servando Gómez Martínez, alias, “La Tuta”. El que fuera uno de los tres fundadores de la Familia Michoacana. También conocido como el líder más violento de la misma y, desde marzo 2011 líder de los Caballeros Templarios, de funesta trayectoria. La Tuta, además de ser uno de los asesinos seriales más violentos de la historia del narcotráfico mexicano, imparte una justicia salomónica, desde lo alto del respeto que su figura infunde. Ex normalista se impuso como una suerte de Robin Hood, aunque sus crímenes no enriquezcan a nadie más que él. Su socio era Nazario Moreno. Valdez relata: “En el colmo del cinismo, para aparentar que la Familia estaba del lado de la sociedad, Rafael Cedeño, mano derecha de Nazario Moreno, hasta 2009 cuando fue detenido, aseguraba ser observador permanente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos y llego a encabezar manifestaciones en Morelia que exigían la salida de la Policía Federal de la entidad.“ Según reportaba el diario El Universal el 12 de noviembre: “detectaron que en una de las más importantes reuniones entre funcionarios del gobierno federal y los familiares de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, se encontraron personas que supuestamente fueron identificadas como miembros del EPR y dos del ERPI”. Los dos grupos guerrilleros mantienen una fluida relación con La Familia.

Desde la caída de los Carteles de Cali y Medellín, los clientes colombianos, ahora más socios que clientes, son las FARC, y eso genera un mimetismo por parte del crimen organizado del lado azteca, mismo si el guerrillero selvático guarda muy poco en común con el estereotipo de los corridos narcos.

La Familia prácticamente patentó la mutación hacia el estilo proto-guerillero. La doxa sin el uniforme. Una hibridación que consiste en mantener el negocio, infundiendo el mismo terror en base a decapitaciones, sórdidas ejecuciones, control de varias líneas delictivas, además del narcotráfico, pero encima con la genialidad política de lograr aceptación social, dándole un sentido socializante a esas prácticas. De ese modo, una organización narcoterrorista hasta podría sacar provecho político de una fechoría, movilizando el activismo comunitario, para salvar los muebles, ante la tempestad. El intendente Abarca es el carácter visible del día de esa metodología. El miembro de un ejecutivo instalado por el cartel al igual que las fuerzas de seguridad. Ya no se trata de subcontratar la fuerza al crimen organizado, se trata de instalarla al poder, por lo menos al nivel localista.

La evolución de los carteles mexicanos es interesante mucho más allá de las fronteras del estado Azteca, y no sólo porque la droga es un fenómeno global, por donde se lo mire. Es interesante porque la variable de ajuste de la mutación de los carteles familiares en organizaciones de hiperterror se debe a un factor: la cocaína. El cambio de rumbo de los narcos colombianos produjó ese aleteo de mariposa que desembocaria en una nueva raza de criminales. Lo que ni la heroïna, ni la marihuana hicieron en ocho décadas, lo hizo la cocaína, y eso tendría una consecuencia geopolítica y sobre todo geocriminal en los territorios menos esperados, África del Oeste, la parte austral del continente americano, con manifestaciones análogas a lo observado en México, en cuanto a la paramilitarización del crimen organizado y la captación del Estado o de partes de éste, en base a un discurso de legitimación del crimen. Ese discurso de legitimación va mucho más allá del rol de padrinazgo moral tradicional de la organización mafiosa territorial.

Onda de choque del tráfico

Queda muy claro de la lectura de “Historia del Narotráfico en México” que, a partir del momento en que la ruta del Mar del Caribe se cierra para los narcos colombianos, los carteles mexicanos empiezan a asegurar el trasiego hacia Estados Unidos. El boom financiero que representa esa actividad parece haber sido un detonador muy importante en la mutación criminal de los carteles por los beneficios exponenciales realizados. Más, teniendo en cuenta que a fines de los ochenta los otros opiáceos sembrados en Sinaloa acusan una baja de consumo. A medida que la relación entre carteles mexicanos y colombianos se va modificando, siendo los mexicanos más exigentes, los colombianos van a buscar mercados alternativos. Ese aporte invita a repensar la evolución de otros nichos criminales como el Hezbollah de Ciudad del Este o grupos islamo mafiosos de África del Oeste, o los grupos político mafiosos, que controlan la parte más austral del continente latinoamericano.
En una nota del 14 de julio de 2013, relatando el primer seminario de la Comisión de Análisis de Información Financiera (CANIF) en 2006, organizado por el Banco Central de Mauritania del cual la que escribe participó, alertaba sobre las nuevas formas de financiamiento de los nuevos grupos djihadistas, por entonces incipientes, en África sub/trans Sahariana. A partir de 2009, lo que era contrabando de cigarrillos paso a mayores con la cocaína, y esas pandillas tribales son ahora guerrillas transnacionales que pueden derrocar a un ejército regular y practicar la política de la tierra quemada. El rol ascendente de America Latina, como puerto de salida de cocaína hacia África occidental, corredor de tránsito hacia Europa, ha tenido por efecto exacerbar la rivalidad dentro de la nebulosa djihadista nomadizando en Mali, Níger, Mauritania, para el control de la droga. Un mercado infinitamente más lucrativo que lo que hasta 2009 dividía casi inocentemente las facciones: el contrabando de cigarrillos. La relación entre narcotráfico proveniente de América Latina y grupos terroristas de nueva generación, ultra violentos, es tal que el 21 de septiembre, el Consejo de Seguridad de la Unión de Estados Africanos se reunió para elaborar propuestas en base a un informe sobre ese tema.
Dahan Ahmed Mahmoud, del Instituto Mauritano de Estudios Estratégicos, gran observador de los grupos terroristas operando en la zona transahariana, ha escrito y repetido en tantas ocasiones como fue posible que antes de ser islamistas, esos grupos son organizaciones criminales. Y la cocaína ha desempeñado un rol determinante, aunque no excluyente, en el equilibrio geopolítico regional y global. Guerrilleros o djihadistas, todos vienen surtidos de su miríada de pandillas y grupos de choque.

A partir de los 90, Argentina por su parte también se fue progresivamente transformando con la aparición de fenómenos, comparables a los de México, con una aceleración a principios de este mileno. La pareja Kirchner recuperó de su ex padrino político, Eduardo Duhalde, una estructura por expandir. La delegación de varias líneas criminales (robo al voleo, menudeo de drogas sintéticas, hooliganismo, venta de armas, “trapitos”…) a grupos de choque. Éstos pueden ser “punteros” barriales, “barrabravas”. A cambio de impunidad, los jerarcas de la organización criminal reciben una forma de protección en base a una política de cuadrillage territorial por esos mismos grupos de choque. El sicariato también se fue instalando en el paisaje criminal. Pero nunca tan violento como en México. Habiendo sido la republica Argentina denunciada por varias instancias multilaterales como narco estado, la violencia no alcanzó los picos que se registran en México. Una hipótesis no tan atrevida podría ser que si en el país del Norte, engranajes localistas son cautivos del crimen organizado, en Argentina, el gobierno nacional se convirtió en la principal unidad de crimen organizado, por lo tanto no hay conflictos entre carteles porque hay monopolio del crimen.

El gobierno de la pareja Kirchner supo utilizar mucho del know how de los importantes narcos mexicanos y colombianos que eligieron Argentina como refugio para huir de la justicia. Leonardo Fariña, el portador de valijas de uno de los testaferros de la pareja Kirchner, Lázaro Báez, había trabajado para los narcos mexicanos y es en esa calidad que lo conocieron y eligieron. Y los servicios de Fariña no serían lo único, ni lo más importante que aprendieron o que tomaron de los narcos.

Joaquín Guzmán Lloera “El Chapo” habría resididó en Argentina de 2010 a 2011 y cuando huyó de ese país lo hizo a través de Paraguay. En cuanto al Hezbollah de Ciudad del Este, hasta los años 90 era conocido sobre todo por ser mayorista de heroína y marihuana hacia Europa. Su pasaje a la cocaína no pasó inadvertido. Esta semana, la revista “Veja” reveló nexos entre la organización Primero Comando da Capital, de San Pablo, y el Hezbollah en el marco de un tráfico de armas y de droga.
Quien consuma cocaína deber tener presente que está financiando grupos terroristas y/o pandillas del crimen organizado, gobiernos macro corruptos, los autores de la masacre de los jóvenes de Iguala. Curiosamente, a la fecha, no hay campañas que enfoquen la demanda.



Categorías:Corrupción, Latin America, Terrorismo

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