Elecciones Brasil, menos Mercosur más apertura

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Lo que en el secreto de las urnas los brasileños decidan no deja indiferentes a los países de la región. Brasil es la potencia de América Latina. Su radio de influencia ha ido aumentando  desde que Francisco Enrique Cardoso, antes que Ignacio Lula da Silva, a principios de este milenio, allanó el camino para el despegue de su economía. La pregunta sobre todos los labios es ¿quién mejor de entre los tres candidatos, Dilma Rousseff (PT), el social demócrata Aecio Neves (PSDB), la ambientalista y evangelista Marina  Silva (PSB), podría recomponer un paisaje latinoamericano, sellando para el olvido esa casa de Orates, en la cual se convirtió parte de la región, bajo el bastón de mando de los líderes neo-bolivarianos del eje kirchnero-chavista?

El líder más proclive a la apertura del país, sería el mejor postor, y eso es nombrar Aecio Neves. Más, teniendo en cuenta que Dilma participó de la soldadura de esos regímenes, y en cuanto a lo que toca a Marina Silva, desveló una personalidad política prometedora pero sigue siendo en parte un enigma. El programa de Aecio Neves es consistente con el personaje. No ha sido editorializado según las necesidades de la contienda electoral: rigor presupuestario, reducción de la inflación a una tasa de 4.5 en lugar del 6.5% actual, reforma fiscal, autonomía del banco central, tasa de cambio flotante. En breve, todas aquellas medidas ortodoxas que son las que salvan las naciones del ocaso, como fueran las de España durante la última crisis. Medidas que cuando son implementadas como políticas de Estado sin esperar la debacle, hacen al desarrollo de un país.

Pero la realidad es que las probabilidades de que Aecio Neves ocupe el Palacio del Planalto son de 26% de intención de voto, según un sondeo de Datafolha el 4 de octubre. Mientras que Dilma Rousseff, repuntaba a 44%, lejos de los 77 % que alguna vez alcanzó, pero de todos modos liderando la consulta. Marina Silva, la outsider sufría una corrección a la baja a 24%, conforme a la tendencia desdibujada desde el primer debate televisado. ¿Qué pasa si según todas las probabilidades gana Dilma Rousseff? ¿Qué gobernante se revelaría a lo largo de un segundo mandato?

Pasando en revista su política internacional, Rousseff se caracterizó por pragmatismo y prudencia en algunos casos, y seguidismo en todos los otros. Cuando el congreso de Paraguay decidió suspender a Fernando Lugo, luego de un juicio político el 29 de junio de 2012 (tras el asesinato de campesinos por fuerzas de seguridad), Rousseff se sumó a la postura liderada por Argentina de expulsar a Paraguay del Mercosur. Pero detrás del telón se llegó a saber que su postura era mucho más ambigua y menos propensa al discurso de barricada que la contraparte austral o la parte venezolana. En esa época Chávez vivía y se preparaba a una reelección. Los bramidos de Cristina y su canciller Timmerman todavía hacían autoridad con su retórica setentista. Dilma en esa misma sesión también dio su aval para la entrada por la ventana de Venezuela al Mercosur, en condiciones extraestatutarias.  En esa época, la impresión generalizada era que Brasil jugada en una liga inferior de la cual devengaba, siguiendo estados con políticas tan estrambóticas como Argentina o Venezuela. En los ámbitos diplomáticos se decía que hasta dentro de una misma óptica ideológica, Brasil habría podido y debido hacer oír una voz con más altura. Pero no lo hizo.

En fondo de tela, se sorteaba una relación muy difícil con el canciller Antonio Patriota. Ese mismo Patriota que remite a Bolivia, y un episodio digno de una saga de la guerra fría con la huida del senador opositor Roger Pinto Molina, de la embajada de Brasil en La Paz, en donde estuvo refugiado 455 días. Es uno de los tantos momentos emponzoñados por el odio entre naciones supuestamente hermanadas por la ideología del “socialismo del siglo XXI”. El episodio Pinto no constituyó el único conflicto abierto con Bolivia, aunque Dilma pretendió no haber sido avisada de la operación, y cargó sobre las espaldas de Patriota la exfiltración jamesbondesca del senador, sin haber obtenido el salvoconducto por parte de Morales. Cuesta creer que el canciller habría tomado tamaña decisión sin informar a la mandataria, la cual no es conocida por ser una persona que descuida los detalles. Ésa fue una de las partituras de solista de Brasil.

El seguidismo en política internacional por parte de Dilma ha sido cuanto más paradójico que Argentina, tanto como a Uruguay le devolvió a culetazo la cortesía a cada vez que pudo, especialmente en el rubro económico.  Detrás de los abrazos de las dos mandatarias durante las cumbres internacionales, el malestar ya no busca disimularse. El tratado de asociación entre el Mercosur y la Unión Europea desde 2013 patina por culpa de Argentina, e Itamaraty perdió varias veces los buenos modales cuando se trató de explayarse sobre el tema. Desde 2013, la Cancillería de Brasil optó por una actitud de ruptura, consistiendo en negociar bilateralmente, haciendo valer para ello una cláusula de flexibilidad del Mercosur. En 2014, la Argentina de los Kirchner, el Mercosur y el neo-bolivarianismo se convirtieron en un lastre para quien sea que gobierne Brasil.

En cuanto a las relaciones con Estados Unidos  podrían ser mejores con Aecio Neves y Marina Silva, pero no son ontológicamente malas con Dilma. No existe una aversión estadounidense por parte de Dilma, ni el contrario tampoco. Prueba de ello, es que en su gira por Latinoamérica en 2011, el presidente Barack Obama hizo de su visita a Brasil el plato fuerte. En 2013, el escándalo de las escuchas telefónicas por parte de EE.UU. a la propia Dilma convirtió las relaciones entre ambos líderes en un ejercicio un tanto difícil. Pero difícil como lo podría ser con Ángela Merkel. Las relaciones están en un impasse, pero no de índole ideológico y difícilmente pueda sostenerse. La oda a las relaciones Sur-Sur, y el multilateralismo, concepto caro a todo los políticos brasileños, es un ejercicio loable y suena muy bien en ciertos ámbitos “alter” de los años 90, pero la realidad es que no hay más tiburón para un país del Sur que otro país del Sur. En cuanto a la famosa alianza con el Pacifico,  hasta ahora se traduce para los que lo intentaron, por la ventaja de ser inundados de productos chinos. Por lo cual Europa y Estados Unidos, siguen siendo valores seguros.

Brasil tiene una deuda social y esa deuda social se soluciona por la mejor política social por antonomasia, que no es otra cosa que una buena política económica. Claramente, la política del PT que Dilma ha seguido a la letra es la del estado providencial a través de los programas “Bolsa Familia”,  que recubre 40 millones de familias, “Minha Casa” y “Minha Vida”. Es verdad que hay un reflejo por parte de los ciudadanos del Cono Sur  que tiende a asimilar indiferentemente política social con clientelismo como consecuencia de los regímenes populistas de esta última década. Es entendible. No obstante, en el caso brasileño es un prejuicio que no se puede aplicar con esa automaticidad. Una política más aperturista generaría más prosperidad, por lo tanto más ascenso social, pero se necesitarían de por lo menos dos generaciones para absorber la tasa de pobreza e indigencia sin la intervención del estado. Las políticas europeas de después de la segunda guerra mundial, antes de ser liberales pasaron por una fase de estado providencia. Son estados pasajeros necesarios frente a problemas endémicos. No por nada los dos candidatos opositores concuerdan en mantener esos programas. Con un matiz por parte de Aecio Neves que consiste en surtir las mismas  de un seguimiento de eficiencia. La diferencia de una política clientelista de tipo de lo que se aplica en Argentina y una política social del estilo de la que se aplica en Brasil se traduce en cifras. En el primer caso, se generan más pobres, en el segundo se reducen. En el primer caso, se satisfacen demandas de índole oclocrático, en el segundo se atienden problemas estructurales.

Durante la primera parte de la contienda electoral, Dilma pareció propulsada hacia su ala izquierda. Cuando fue abucheada en el estadio Corinthians, durante la ceremonia de inicio del Mundial –ella, que gobernó los tres cuartos de su mandato presidencial con una tasa de aprobación plebiscitaria- denunció “la clase media blanca”. En ese momento también amagó con tomar medidas de control de la prensa al estilo kirchnerista, so pretexto de luchar contra monopolios (al plural) imaginarios, anunciando una política de mano dura para con los medios. Pero el efecto de palanca tanto por parte de Aecio Neves como por parte de Marina Silva tiende a recolocar Dilma en un eje más liberal, más ortodoxo, es decir más moderno, visto desde el prisma latinoamericano, donde lo conservador es lo populista.

Es difícil que Dilma no tome apunte de lo que la sagacidad de Marina demuestra. Marina tuvo que (re)inventarse de alguna forma tras la muerte accidental de Eduardo Campos el 13 de agosto. Eligió colocarse al centro derecha. No sin razón Aecio Neves le reprocha de haberle copiado integralmente su programa económico. Evangelista, portadora de un estigma de bigotera, también tiene un historial que demuestra una ética probada, en particular en  cuestiones ambientales, donde como ministra de la cartera durante el gobierno de Lula su desempeño fue saludado en el mundo. Sin lugar a duda fue la primera ministra de Ambiente digna de esa cartera,  en todo el espacio Latinoamericano. Marina es una liberal de centro derecha desacomplejada, en las cuestiones económicas. En cambio su fe evangelista (es miembro del Partido de Dios) la hace menos liberal que Rousseff o Neves en cuestiones relacionadas a las libertades del siglo XXI, como el tema del matrimonio homosexual, al cual se opuso (y luego se retractó) y el aborto.

Marina es un bicho raro en política. Tal vez por eso, como fue ensalzada en los sondeos, bajó en el espacio de un mes. El síndrome Cristina Fernández genera un terror al cual toda mujer con un recorrido atípico puede quedar pegada. Y Marina es atípica. Además le gusta recordar que ella “también pasó hambre” y, al colocarse en ese registro autorreferencial, la comparación se hace inevitable. Su propensión a hacer discurso espontáneo la expone al riesgo de prometer proyectos dithyrámbicos y por ende demagógicos. Releva de la adivinación pura proyectar qué tipo de intelección electoral se despegara entre Aecio Neves o Marina Silva, según quien salga segundo del sufragio, para enfrentar a Dilma en segunda vuelta.

 



Categorías:Latin America

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